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LA CATORCE

Escrita por Bernarda Calvo

Una tarde de niebla  llegue a Villa del Cerro de Oro de San Antonio de Zaruma, un pueblo mágico, donde hay colibríes por todas partes, donde la niebla se mezcla con el olor del café, una joya engarzada en las rocas que guardan el noble metal. Eran algo así como las 11:00am  la dueña de casa donde yo había llegado me esperaba con un café en  la mesa,  me senté y al instante de llevarme la taza a los labios sentí un temblor debajo de mis pies, la pequeña casa parecía temblar asustada. Le pregunté a la señora que, que era eso, me dijo que  dinamitaban debajo de las calles de Zaruma, que estaban socavando sus entrañas,  con horror pensé  “un día la avaricia dejara en escombros a la sultana de El Oro.

Terminando de desayunar salí a toda prisa con mi inseparable cámara de fotos, a pocas cuadras del lugar donde me hospedaba, estaba el maravilloso casco colonial, sus altivas casas perfectamente conservadas y cuidadas eran  testigos de un tiempo que parecía negarse a transcurrir.  Recorrí el lugar, mirando sus empedradas calles,   los misteriosos callejones, la catedral abrazada por la niebla se levantaba indemne en el tiempo, de pronto un sonido llamó mi atención, alguien aplaudía insistentemente, siguiendo el sonsonete, bajé las escalinatas de la iglesia, a lo lejos pude divisar una anciana de cabello canoso y enmarañado que aplaudía maquinalmente, me acerqué a  mirarla, sus ojos  parecían un nido vacío,  sus manos eran enormes y amargas, me alejé prudentemente y le tome una foto.

Parecía que solo yo la veía,  nadie la miraba siquiera, seguí mi camino hasta  que la distancia devoró el sonido sordo de sus aplausos. Mientras admiraba la belleza de aquel lugar no podía sacar de mi mente a aquella mujer. La noche llegaba sigilosa, el olor del café se intensificaba, los faroles se encendían tornando el lugar más romántico y nostálgico, de regreso a casa pase por el sitio  donde había estado la mujer, los locales comerciales ya estaban cerrado,  la niebla se paseaba por  las calles solitarias, por los misteriosos callejones, descendía por las estrechas escalinatas

A lo lejos de entre la bruma parecía que se acercaban un enjambre de luciérnagas acompañado de un rumor sereno, luego comprendí que era una procesión,  susurrando rezos, caminaban todos al mismo paso como si todos tuvieran las mismas cadenas en los pies y la misma culpa en el alma.  Al día siguiente salí muy temprano y otra vez estaba ahí la mujer que aplaudía hipnotizada en algún espacio o tiempo.

Y así pasaron los días, la veía en la misma vereda. Un día me acerqué a ella le  hablé, no me escucho, seguía aplaudiendo, cogí sus manos, se dejó llevar, caminó conmigo sin decir una sola palabra, entramos a una cafetería, me miraba fija, pedí  café para las dos y un biscocho de naranja, no  dejaba de mirar  sorbía su café sin quitarme los ojos de encima y sin decir palabra, también guardé silencio, no quería robarle las palabras, ni remover nada en ella, le compré un biscocho para que se lleve a su casa, terminamos el café y me despedí sobándole ambos brazos

Una mañana al salir de mi habitación, la encontré a Martha sentada en la sala, y antes de hacerme mi desayudo me quede platicando con ella, – ¿Martha usted conoce a la loca que está en el centro, una que aplaude todo el tiempo?- Martha me quedó mirando con su mirada huidiza, se chupó los labios como si algo amargo tuviera en la boca ,  “¡ah la catorce, creía que ya estaba muerta!”. “¡La catorce!, pensé  ¿Aquí en este pueblo enumeran a sus locos?”   Me quise reír.

De pronto el rostro de Martha se iluminó y me dijo: “llegó  mi hija Dorita de Machala”.   Susurrando le pregunté -¿Dónde está el papá de su hija?   Bastante incomoda me respondió. “¡Las guayaquileñas son bien preguntonas…!”.  En ese momento salió Dora con un par de vasos de jugo de tomate de árbol, las dos guardamos silencio y cambiamos el tema.

Esa misma tarde yo me regresaba a Guayaquil pero tenía que pasar antes por donde la costurera, porque no había perdido la oportunidad de hacerme coser algo allá puesto que en Zaruma hay alta costura. Terminé de empacar mis cosas para dejar todo listo para mi regreso. Dora la hija de Martha cerró violentamente las puertas de la ventana diciendo: “La catorce ya me tiene harta con esos aplausos. Me va a volver más loca que ella”. Me causó gracia su fastidio así que salí riendo de la casa. Al llegar donde la costurera  mi traje ya estaba casi terminado, solo le faltaba un par de puntadas y el hilván, a pesar de estar apremiada no tenía otro remedio que  esperar. El sonido metálico de la maquina nos enmudeció,  pero en cuanto dejo de coser aproveché para preguntarle: ¿Por qué la señora que aplaude está loca?.  Doña Olga empezó diciendo,  “Ella tenía unas tierritas y su vecino se pasó el lindero invadiendo parte de su propiedad  ella le fue a reclamar, el vecino le dio un palazo en la cabeza que casi la mata, y desde ahí quedo así”.  Dejó de coser el hilván y bajando el tono de su voz como si las polillas pudieran escuchar, me dijo: “Oiga es verdad que usted llegó a la casa de la señorita Martha, ella nunca se casó  y nunca se le conoció un novio, ¡La profesora tenía su carácter…! Pero no se quedó sola la tiene a la Dorita, una buena chica… ¡Sabe la catorce es la mama de la Dorita!”.  El sol estaba es su canícula, una persiana de nubes fue atenuando su fulgor, yo avanzaba lento en  mi automóvil y ahí estaba Mélida (la catorce) en la misma calle, aplaudiendo. La niebla devoró su doliente imagen  junto con la del pueblo. Saliendo del lugar, el sol resplandeció acompañándome en todo  mi regreso, como si hubiera cruzado el lindero de los sueños.

BERNARDA CALVO En realidad no soy capaz de hacer una semblanza de mí. ¿Cómo describir lo que hago o porque lo hago? Como decir quién soy si aún no reconozco mi rostro en el espejo, si escribo para habitar por otro mundo. Todo en mi es incendio, impulso. Escapar de todos lados, de todas las personas

 

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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