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LA NAVIDAD ES UN TRUCO CALLEJERO

Escrito por Francisco Santana

Vanessa Gálvez Ferigra, de cinco años, y su hermana Katthy, de doce, están arrimadas a una malla de un local comercial. Más allá, saltando del parterre a la calle, corretea inquieta Eva. Esquiva los carros y disputa con otros pequeños su ubicación. Cuando la luz del semáforo cambia a rojo es la primera en llegar a los autos, extiende su manita delgada hacia las ventanillas cerradas y tratando de ser agradable pide algún dinero. Es una escena que adorna estos tiempos de Navidad en Guayaquil. Cualquiera puede observarla en la Av. San Jorge antes de llegar al paso a desnivel de la Av. de las Américas, junto al aeropuerto.

La tarde del martes 23, los niños cargaban prisa. La Nochebuena estaba próxima y algunos como Joao Medina, de 9 años, solo tenían unas cuantas monedas que no eran suficientes para un día como éste. En resumen, un día malo. Nada de regalos, un pedazo de pizza, galletas, unos pocos caramelos y centavos que no llegaban a los dos dólares.

Esas horas, observando cómo los autos parecían flotar en el vapor que se levantaba del asfalto, en un desfile interminable de formas que se fundían a la distancia, y el sol aplanaba la ciudad mientras ésta se refugiaba en un manto de lejanos tonos grises. Allí, un montón de niños con sus madres, tías y hermanas como cómplices, rumiaban por caridad esperando que la Navidad llegara adelantada.

Y sí. Algunos les regalaban cualquier cosa. Otros, en cambio, seguían su marcha apurada de felices consumidores a sus compras navideñas en medio de las súplicas, los gestos de mendicidad y los intentos por poner orden de algún policía metropolitano. Al otro lado de la calle, Eva parece más ligera, vuelve sonriente y victoriosa, apretando los centavos entre sus manos corre al encuentro de su madre y hermanas.

María Norma Ferigra la recibe con un grito destemplado por el peligro de los autos que Eva feliz ignora. Ella es una guayaquileña de 48 años, madre de siete hijos, entre ellos de María Cristina, que es la madre de Joao Medina, un niño muy inquieto al que le encanta jugar fútbol.

Todos ellos y otros apellido Salvatierra, como Andrés Villamar, de 4 años, Karina Morales, de 8, Alexander, de 3, Damaris, de 6 y Cruz, de 9, son dueños de esta pequeña parte de la ciudad. Al menos por estos días de fiestas y en los que la huelga de los maestros mantiene a muchos niños lejos de la escuela, este territorio les pertenece. María Ferigra es de raza negra. Aunque su piel es clara, en ella se reconocen esos gestos tan característicos como el tono al hablar y los rasgos físicos de cabellos y nariz. Está separada de su marido y vive en un cuarto en la casa de su madre, Ana Josefa Vallejo, ubicada en la 19ª entre la C y la CH. En su voz hay un dejo de vergüenza que ella intenta disimular.

Da la impresión de que mastica las palabras. No abandona aquel hablar como con pena. No trabaja y el padre de los niños le entrega 50 dólares al mes. Desde hace tres años vienen a este sitio para pedir. Sabe que los días próximos a la Navidad son los mejores. La gente se desprende con más facilidad de algún dinero. Los niños suelen comer pedazos de pollo, pizza o hamburguesas que les regalan y también les dan juguetes, ropa y zapatos.

Reconoce que el 24 de diciembre es el día más esperado por todos. Es por eso que se levantan a las 6 de la mañana. La idea es tener más tiempo para pedir y conseguir una mejor ubicación entre las demás personas que también madrugan.

Ella refiere que han intentado llegar hasta Canal Uno, porque alguien les comentó que están repartiendo juguetes y comida, pero no conocen la dirección. Se arrimaron por el Policentro, pero tampoco pudieron quedarse. Los policías metropolitanos no lo permitieron. “Ya hay mucha gente en este lugar”, fue la respuesta.

Los ruidos pueblan la calle y los vehículos pasan rozando las aceras. En medio de esto, sorprende que pequeños desde los 4 años se manejen con tanta libertad. Asusta mirar el abandono y la desenvoltura con la que se mueven, a pesar del peligro. Donde aparece una mano ofreciendo una galleta, un montón de niños corre sin miedo tras ella. Es fácil mirarlos sin zapatos o con la ropa sucia y rota. Algunos dicen que intentan completar para que sus padres les puedan comprar algo para lucir en la Nochebuena.

Otros se apresuran a responder cuando se les pregunta qué desean cenar para celebrar el nacimiento de Dios. “Chancho”, dice Joao. “Pollo”, agrega Eva. “Pavo”, confiesa Manuel. Vanessa quiere pollo y que le regalen la muñeca Travelina. Katthy también prefiere pollo, y sueña con la casa de la Barbie. Y así los gritos fueron llenando la tarde.

¿Quién puede fingir no escucharlos? Son voces de niños, que, a veces, llevan años en la calle, y provienen de familias rotas que acumulan mucho sufrimiento. Pero también tienen esperanzas, sueñan y no tienen vergüenza de pedir.

María Ferigra dijo que deseaba completar para comprarle un par de zapatos a Eva. Entre eso y un pollo para cenar, prefería los zapatos.

Ya pasó la Navidad, ahora solo quedan sus nostalgias.

Fotos: lapalabraabiert.blogspot.com; mediateca.inah.gob.mx; expreso.ec; elpaiscali.com; victoriaoprimidos.wordpress.com;

Serie: Sombras en la Ciudad. Nota publicada en Diario El Universo, el  domingo 28 de diciembre de 2003 en la sección El Gran Guayaquil, capítulo Guayaquil Escondido y parte del parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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