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EL LOCO MATUTE

Una remembranza de Jorge Peláez Sarmiento, el “Loco Matute”, un hincha al deporte muy popular en Guayaquil. Un hincha común que no fue nada común.

Lugar: Escenario deportivo. Cualquiera que este sea. En él, fuera de la cancha, en la tribuna un hombre flaco sin ropa deportiva, en traje de calle, mira un partido de fútbol cerca del alambrado, camina de un lado a otro, gesticulando, haciendo mueca, gritando, disparando al arco imaginario, festejando un gol también imaginario. De pronto empieza a hacer calentamientos  físicos, como si fuera entrar al cambio pero no entra nunca. Ahora estamos en un coliseo. Hay un partido de básquet y en la cancha en medio del entretiempo el hombre flaco, otra vez sin ropa deportiva, entra a la cancha a lanzar, a veces balones de verdad, a veces balones imaginarios. Hace un dribling, salta, lanza al aro, encesta y celebra. Ahora estamos en la piscina, fuera de ella, el mismo hombre sin traje de baño, nada en el aire, mueve los brazos como nadando de verdad y hasta hace los cuatro estilos, toca le meta de llegada y celebra. Ahra caminamos apenas unos metros y estamos en un diamante de béisbol. El mismo hombre delgado que no viste bombachos ni usa gorra ni guante, hamaquea la brisa con un bate imaginario. Ha conectado un jonrón y corre a la almohadilla. Llega a base y festeja. El umpire le anula la carrera y el hombre protesta airadamente y lanza el guante imaginario al piso. Se va enojado.  Ahora estamos en un  coliseo de boxeo, abajo del ring, el hombre que viste camisa, pantalón y zapatos de suela y no porta guantes, hace juegos de cintura, salta la curda imaginaria, mueve con saltos leves sus pies de atrás adelante, hace un simulacro de ataque y defensa o golpea al saco o la pera  y lanza un golpe imaginario que hacer caer al piso al también imaginario rival. Espera la cuenta. Al conteo de diez con la mano izquierda levanta su mano derecha y se declara ganador.

Les parece conocida la historia. Vamos dándole visos de verdad a este escrito que parece cuento y no lo es. El escenario deportivo es d Guayaquil. El estadio es el Modelo, aunque puede ser también en Unamuno o el Capwell. El coliseo basquetero es el Huancavilca, o el Voltaire Paladines Polo o el Abel Jiménez Parra; el de boxeo son esos mismos escenarios o el César Salazar Navas; el diamante, el Yeyo Úrga y la piscina es l Olímpica. El hombre Delgado que no viste ropa deportiva, es Jorge Peláez Sarmiento.

¿Jorge Peláez Sarmiento? ¿Quién es él? Así, pocos o casi nadie lo conoce. Si digo Matute, Muchos guayaquileños de las levas del 50 al 80, lo sacan de una. ¿Quién afecto al deporte no conoce al Loco Matute?

Hoy nos vamos a embarcar en un tren deportivo, vamos a transitar por los rieles del recuerdo de aquellas tardes o noches “idas y no volvidas”, cuando el deporte era el centro del quehacer de guayaquileño y había deporte para todos los gustos. Algo que es hoy una irrealidad y una triste quimera. Hoy vamos a extraer de la memoria, a un personaje popular de Guayaquil, de esos personajes folklóricos que hacen historia y que cuentan su historia. Hoy rememoramos al Loco Matute. Ese hincha que visitaba los distintos escenarios de Guayaquil para hacer literalmente lo que leyó en el primer párrafo.

El loco Matute

¿Por qué Matute? Matute se le dice en Guayaquil a los que le patina el coco, a los que tienen averiado el mate. Por lo del mate como se dice a la cabeza humana, sale Matute y así se conocía a este hombre de pueblo, parte del folklore guayaquileño. Otra teoría urbana dice como como era everiano, (hincha del Everest) decía que el era como el centro delantero goleador del cuadro rojo: Isidro Matute. No importa el origen de su apodo, sobrenombre, alias, remoquete o chapa. Matute fue muy conocido personaje que causaba sensación  en los escenarios deportivos y al que la gente lo molestaba y el enojado recriminaba con gestos. Matute, el hombre flaco, de aproximadamente 1.75, de mirada temerosa e inquieta, a quien era común verlo con su cigarrillo y una Coca Cola en la mano, que viste ropa de calle y zapatos de suela, al que jamás lo vi en jean, peor un traje deportivo de camiseta numerada y pantaloneta, era un común hincha o más bien un hincha nada común, amante del deporte, sea cual fuere.

Ya el hombre era conocido y en la puerta, los porteros lo dejaban entrar sin boleto. Pero si alguno se portaba impersecuto él sacaba una credencial que lo acreditaba como miembro honorario del equipo de fútbol Everest, del cual se decía hincha. Ya adentro en el escenario, Matute con sus extravíos hacía su show. Él ehacía su propio show en medio del show. Y la gente le hacía barra o le gritaba bromas. A los gritos de “¡Fuera, Matute! ¡Fuera el Loco!, “!Amarren al loco!, el protestaba y en protesta insultaba y lanzaba una yuca al público. Yuca es ese movimiento de brazos de poner la mano en la coyuntura del brazo y doblarlo. Matute era molestado, pero querido.

Una nota escrita por el abogado y comentarista deportivo, Mario Canessa: titulada. El ‘Loco’ Matute, el gran fantasista, publicada en Diario El Universo, el 10 de marzo de 2018 nos narra que: Caminaba lento o aceleraba el paso, según las circunstancias. Y parecía que lo hacía todo calculadamente, pero no era así; su actuación era por impulso o repetición. Matute era un hombre sencillo, delgado, con los ojos brotados. Infundía temor al ser visto por primera vez. Tuve la suerte de tratarlo muchas veces porque por circunstancias de la vida parte de mi adolescencia la viví en el barrio de la esquina de Chimborazo y Maldonado, a pocos metros donde Matute residía. Luego uno se daba cuenta de su mirada perdida mostraba la imagen de soledad y tristeza. Pero aunque por contraste Matute, de cuerpo de adulto, tenía un espíritu de niño. Era alegre, como un menor cuando tiene en sus manos un juguete nuevo. Y en su mente había ilusionismo puro. Pero su gran amor no fue una mujer, aunque las piropeaba a todas, y aunque era capaz de hacerles poemas improvisados, su gran amor fue el deporte y por ello la gente lo comenzó a conocer y con el tiempo a quererlo.

La nota cuenta que su autor conversó una vez con el periodista Valdez Zeballos, ¡Chausón” quien le contó detalles de su vida. Por eso se sabe que allá por 1955, un joven flaco, de mirada temerosa e inquieta, empieza a interesar al público asistente a las carteleras de básquet en el desaparecido coliseo Huancavilca, en la calle Chimborazo al que le era fácil llegar porque vivía muy cerca. “Él era capaz de proponer el tema más comentado de la política y con voz seria, con tono grave, se contestaba él mismo, insistiendo en que los aludidos eran idiotas porque no sabían que a Barcelona lo habían goleado. Y después de carcajearse asumía una actitud seria, preocupada, inculpándose por los goles que había recibido el club y no quería andar por la calle porque lo iban a chifla” refiere la nota.

También por la nota de Canessa y lo contado por Valdez, quien llamaba a Matute: El Emperador de la Pantomima, se sabe que: “Sus padres, personas trabajadoras, tenían una despensa en la esquina oeste de Chimborazo y Maldonado. De poco conversar, ellos engreían a su hijo, lo vestían, lo cuidaban, le daban viada para que vuele en libertad de hacer lo que le venga en gana. Pero hay que reconocer que en ese desvarío, entre todas sus incoherencias, alucinaciones y delirio diario con lo deportivo, no era el Loco Matute una persona atrabiliaria y peligrosa”.

“Con el pasar del tiempo, y con el fallecimiento de sus padres, el mundo se le vino encima. Solo, sin protección, nadie se preocupó de él; ni dirigentes, ni autoridades se hicieron presentes para al menos averiguar de su mendicante vida. La indiferencia social dejó que este hombre tan popular sintiera el desinterés de una cultura porteña desarraigada con sus costumbres, leyendas, mitos, con sus cuentos, hasta con sus personajes y también de sus locos buenos y queridos. Un excompañero de aulas colegiales, y dueño de un restaurante y billar, de apellido Matamoros, lo reconoció al Matute convertido en menesteroso y lo protegió como pudo. El Loco bueno dormía en el billar. La falta de sus padres lo transformó, cambió la ilusión por el deporte por una inmersión profunda en su soledad. Matute había perdido la chispa, y recuperaba su sonrisa cuando abría esa billetera plástica donde tenía dos fotos pequeñas en blanco y negro, del tamaño de una peseta, donde posaban su papá y su mamá, y guardaba un carné de everiano y una estampita de san Alejo”.

De su afición al Everest también habla la nota: Siendo fanático del Everest, al Loco se le grabó en la mente un gran jugador del Equipo de la Montaña: me refiero a Isidro Matute. Nuestro personaje repetía que sus cualidades eran mejores que las de Isidro, aunque muchas veces él aseguraba ser el mismísimo delantero Matute mutado, casi reencarnado, en sí mismo.

Y hasta dos anécdota suya, cuenta la nota: “Conocido es el caso de la rifa en que se había ganado un televisor, pobre de aquel que se le ocurriera decirle que lo devolviera, porque Matute, angustiado por semejante vergüenza pública, para salvar su honestidad, le contestaba: “¡Anda a que lo devuelva tu madre!”. “Pocos periodistas se dieron tiempo para escribirle unas frases y aunque parezca mentira, alguna vez escuché en una radio popular una publicidad de una programación boxística que anunciaba que entre pelea y pelea, el Loco Matute demostraría cómo poner KO al rival sin que suene la campana”.

Matute, un día despreció de los escenarios deportivos. Luego se supo que había muerto. Los años se le vinieron encima. Encanecido por el tiempo, la vejez le trajo la diabetes y problemas renales. Cuentan cercanos al billar que demacrado el Loco seguía teniendo los ojos grandes pero desorbitados, desdentado. La muerte se le acercó hasta que se lo llevó. Nadie lo lloró, nadie se condolió. Velado en el billar, fue sepultado con algunos curiosos presentes. Así se fue el Loco Matute y con él se fue la alegría de los escenarios deportivos de Guayaquil.

Se fue Matute. Pero aquí hurgando en el baúl, lo “revivimos” con el recuerdo.

Foto: Apertura (reproducción Revista Estadio). Foto de Everest 1979 (Gianpaolo Dstteffano Jara)

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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