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MUJER SOLA EN LA NOCHE

Escrito por Francisco Santana

Fue una noche cualquiera, sin tiempo y sin fecha. El viaje hacia la madrugada había empezado inevitable. Yo estaba rastreando información para un tema nocturno. Preguntando llegué a su lugar. Y, como siempre sucede, se termina hallando lo que no se ha perdido.

Parada junto a un poste de alumbrado, pero sin arrimarse, como si fuera una película en blanco y negro, en la oscuridad, como anulando los sentidos, sintiendo el frío en sus piernas largas que apenas tapaban una minifalda negra, la vi. Cartera grande, más ancha que su cuerpo, blusa de mangas largas, negra también, y zapatos de tacón. ¿Por qué tanto negro? Color símbolo de la noche y de lo oculto, de magia y de misterio, o ¿tal vez soberbia?

Una luna raquítica sin ninguna luz que prometa nada estupendo. El silencio que se estira cómplice. Ella también me miró sin prisas, con un gesto parecido a la tristeza, pero sin decir nada. Sonreí torpemente, sin argumentos, y me supe perdido cuando giró, agarró la cartera con ambas manos y respondió que las palabras no servían para remplazar el dinero. Toda charla era perdida. Dijo que yo tenía el tipo de los que solo quieren hablar, y que ese es un lujo que cuando se trabaja en la calle sale caro. Todo lo dijo siempre con mucha cortesía. Un problema. Le dije que era redactor de un diario y me miró fuertemente, repasando la mirada, con desconfianza e incredulidad. Tal vez intentando encontrar señas o rastros que le permitan creer.

—Hay que ver lo loco que está este mundo –respondió, negando con la cabeza.

El cabello también era negro, lacio y más largo que corto. Me inclino a decir que no era fea, pero sin llegar a bonita. Tenía una delgadez que resultaba atractiva y acompañaba muy bien sus maneras lentas y rítmicas. Nada chocante. Se manejaba con un aire de naturalidad que hacía sospechar que todo era calculado, pero quién podría afirmarlo. Yo no. Los minutos pasaban. Le pregunté por qué no iba a la calle principal. “Porque no me gusta la competencia, prefiero estar sola”, contestó.

—¿Y los peligros?

—En la calle se aprende de todo y por eso llevo un carterón.

—¿Qué nomás llevas ahí?

—Eso no te lo puedo decir.

—¿Qué, un arma?

—No –respondió mirando a su alrededor–. Cosas de mujer y trabajo: papel higiénico, condones, toalla, cosméticos, cortaúñas y alguna otra cosa.

—¿Cómo qué?

—Tú preguntas demasiado.

—¿El cortaúñas te puede servir de arma?

—No. Te aseguro que no.

—¿Y por qué tanto misterio con la cartera?

No contestó. Caminó algunos pasos y la seguí. Por la calle no pasaba ningún vehículo y había mucho silencio, eso producía cierta inquietud. Sin detenerse habló. “Si me sigues preguntando cosas tendrás que pagarme como cualquier otro cliente”. Tampoco contesté, pero ya estaba enganchado y ahí había una historia y también una persona que se alejaba dejándome fuera de su realidad, poniendo distancias entre mi desesperación de redactor y la absurda certeza de su conocimiento de la psicología del ser humano, que ella había aprendido recorriendo las calles. Fui tras ella con poca esperanza y mucho atrevimiento. Total, a veces, se tiene suerte y otras veces mucha más todavía.

Nunca dijo su nombre. Sin embargo habló, siempre de pie y agarrando la cartera. Su historia viene fuerte con el viento en una noche cerrada. Para ella los días se quiebran fuera de la luz que ha visto caer por noches torpes y sin brillo, triste y sola como recompensa del olvido. Con un único pensamiento que la persigue cuando el sol desaparece. Los hombres son necesarios y el dinero también.

Nada de hijos ni familiar que mantener. Está en esto por placer. Sin hipocresías ni falsedades. “Me gustan demasiado los hombres”, dice y agrega. “Tener novio no me interesa, después te controlan demasiado. Ya lo intenté”. Tampoco dijo su edad, pese a la insistencia, pero se le notaban más de 25, tal vez 28. Y en ese ir y venir de frases, confesiones y reclamos a la sociedad, se abandonó con algo de vergüenza sobre sus propias palabras. “El sexo es un negocio también, pero a mí lo que me gusta es el sexo oral, me gusta tanto que soy capaz de hacerlo gratis”.

Lo dijo sin apuros y mirándome fijamente. Yo no pude ocultar mi turbación y traté de esconderla con una burda sonrisa. Buscar explicaciones psicológicas no es mi trabajo, lo mío son las palabras. Todavía conversamos un rato más antes de irse cada cual por su lado. No voy a mentir: me fui rápido. Estaba amaneciendo y ya no había ni siquiera esa luna ridícula. Yo necesitaba llegar pronto a mi departamento, para encerrar en mi memoria la violencia de su voz.

Foto: esrf123.com; eltiempolv.com; cronicaglobal.elespanol.com; elconfidencial.com


Serie: Historias cotidianas. Nota publicada en Diario El Universo, el domingo 7 de septiembre de 2003 en la sección El Gran Guayaquil, capítulo Guayaquil Escondido y parte del parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

 

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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