CONVERSACIÓN CON UN TAXISTA A PROPÓSITO DEL TAXÍMETRO

Paro el taxi en la esquina de la Avenida Nueve de Octubre y Tungurahua. A El Universo, le digo. Tres dólares, contesta. Casi no doy a tiempo a que termine la frase y replico. Dos y medio. Bueno. Acepta.

La ciudad está llena de los ruidos de la mañana. Más escándalo de pitos y gritos de reclamos que otra cosa. Esta vez no me tocó el típico Lada con motor adaptado y molestoso olor a gas. Es un Hyundai que, por fuera, se ve limpio y sin maltratos. Por dentro es igual, ordenado y confortable. Sin preámbulos, va la pregunta obligatoria en esta nueva intentona con los taxímetros. Desde el asiento de atrás interrogo.

—¿Está usando el taxímetro?

— “Ya…”  Hace una pausa y agrega con una sonrisa: “A veces, la gente no quiere. Por eso hablan para ponerse de acuerdo antes de subir, pero de todas maneras se prende por si acaso algún vigilante.

—¿Y desde cuándo es obligatoria su utilización?

“Desde el 1 de enero.”

—¿Entonces por qué molestan los vigilantes? (es 7 de diciembre).

“Para que lo cargue prendido”.

Se interrumpe y lanza una exclamación. Delante, una mujer con un niño en brazos corre imprudente para subir a un autobús que se detiene en mitad de la calle. Todo sucede en segundos, pero el conductor con sorprendente calma frena y mira por la ventana izquierda hacia el bus, que con un desparpajo impresionante arranca y solo deja rastros de humo y chirrido de llantas: “La gente cree que la vida es gratis.”

—Todo es como un entrenamiento para el gran día. Hay que intentar acostumbrar a los pasajeros al uso del taxímetro porque se viene sin remedio, y debemos estar familiarizados con él.

Prendida en el espejo retrovisor cuelga una credencial con los datos del conductor, que no logro leer desde el asiento de atrás. Es su obligación tener la credencial a la vista, aunque algunos la carguen en el bolsillo. Sigue con la charla. Cuenta que lleva 20 años de taxista, que pertenece a la Cooperativa Siete de Mayo, en la que están agrupados 70 choferes. Dice que hay muchos que no están en ninguna, pero que existen 126 cooperativas en la provincia del Guayas, y que en total son 8.000 taxistas.

—Hace 16 años ya se intentó el uso de los taxímetros, ¿qué pasó en ese tiempo?

—“No quería la gente.” —Se apresura a responder.

—¿Por qué no quiere la gente?

—“Porque dicen que alteramos el taxímetro”.

—¿Y es verdad eso?

—“Algún electricista que sepa lo puede hacer. Si usted tiene algún amigo electricista le puede decir que se lo cambie, pero eso no hace cualquier electricista”.

—¿Alguno de los que fabrican o programan el taxímetro?

—“Exacto, porque ellos tienen una máquina para reprogramar. No es con la mano que se lo hace, es una computadora. Pero bueno, todo se puede truquear en esta vida. Eso sí, todo, todo se puede.”

—En Quito todos lo usan y ahí no hay problemas. —“Es porque ya están acostumbrados, por eso es que aquí nos dan un mes para que la gente se adapte. Aquí funciona a la criolla. Cuánto me cobra hasta allá y punto”.

—Pero siempre es mejor saber cuánto se va a pagar, en ocasiones no alcanza.

—“Claro, pues. Lógico. Todos regateamos, si hasta yo, a veces, ando con las completas y me toca hacer de pasajero”.

El ruido del sur de la ciudad. Las casas pegadas donde los vecinos se enteran de cuanto ocurre en las viviendas contiguas. Señoras que arrojan agua en lavacaras hacia la calle. El polvo que se levanta e invade los portales cubriéndolos de gris. Es la ciudad la que se manifiesta en las formas de vivir que tenemos sus habitantes. Ella va por un lado, nosotros por otro. Momentos de silencio que interrumpo preguntándole su nombre.

—“Ángel” —dice. Y agrega: “Mire que la Comisión nos cobra 5 dólares por la credencial. Hay que hacer un curso de tres días. A ocho mil taxistas. ¿Cuánto se hace la Comisión?”

—¿Y la credencial es para toda la vida?

—“No, solo hasta octubre del próximo año. Imagínese mi hermano cómo nos sacan la plata, 8 mil por cinco son 40.000 dólares. Suavecito les entra la plata, hermano”.

Lo dice con pausa, deteniéndose en cada sílaba y poniendo énfasis para que el efecto de la cifra penetre. Pienso en esa cantidad y entre nosotros se instala el silencio y la distancia de la cifra. Luego vuelvo con mis inquietudes.

—¿El taxi es suyo o es alquilado?

—“Alquilado”.

—¿Y cuánto le cobran la guardia?

—“Veinte. De seis de la mañana a seis de la tarde”.

—¿Y sí le alcanza?

—“Puta hermano, estoy tira y jala, ¿qué más se puede hacer si uno no sabe otra profesión?”

—¿Cuánto tiene que hacer diariamente para poder pagar la guardia y ganar algo?

—“Hay que hacer unos cincuenta, aparte lo de la gasolina, que pueden ser quince. Claro que a veces da y otras no, por ahí se hace unos cuarenta”.

—¿Si le pasa algo al taxi usted tiene que pagarlo?

—“Claro. Para eso se entregan 200 dólares adelantados en garantía, por si acaso”.

La charla no puede continuar porque llegamos.

—“¿Quiere saber cuánto se hizo con el taxímetro?”

—No. Mejor no pregunto —respondo evasivo.

—“Me debe 30 centavos” —sonríe y me despide amablemente.

Foto: bernardocastillo.com; hoyenimbabura.com; reportemendigo.net


Serie: Historias cotidianas. Nota publicada en Diario El Universo, el domingo 7 de diciembre de 2003 en la sección El Gran Guayaquil, capítulo Guayaquil Escondido y parte del parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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