UN GATO EN LAS ALTURAS

En plena noche, mientras todos dormían, de un momento al otro el silencio se vio interrumpido. Los llantos desgarradores de un pequeño gato no cesaban.

Mi mamá dice haberse despertado ante tanto llanto. Aquel debió ser muy fuerte como para que se despertara. Admito que de ella debí heredar la capacidad para dormir de forma profunda, tanto así que mi hermana dice que puede estar temblando la Tierra y yo seguiría en medio de mis sueños…

En fin, salió de casa, en busca del único sonido en medio de la oscuridad. Difícilmente lograba determinar de dónde provenía. Entonces, optó por llamarlo por el típico “Michu, michu”. Pero parecía que mientras ella lo llamaba, el gato la escuchaba, se desesperaba y proyectaba un grito aún más fuerte.

Guiada por el sonido logró ver una pequeña mancha negra en medio de las ramas del árbol más antiguo que está en medio del parque ubicado frente a la casa.

Se trataba del gatito de unos tres y medio meses de edad, al cual dejaron abandonado en un cartón junto a su hermana y a su mamá, cerca de casa, cuando apenas los bebés tenían alrededor de un mes y medio de haber llegado al mundo.

A la edad actual, el instinto de explorar estaba presente en él. En un descuido de su madre se había escapado al parque, cual niño que va a divertirse a uno. Lo que él no sabía era que iba a experimentar por primera vez el trepar un árbol gigante, y que estando arriba, otra sería la historia…

Cuando mi mamá me contó aquello, me remonté a cuando era una niña de diez años y en el vacacional del noventa y cuatro me encontraba así: arrepentida y muerta del susto, queriéndome bajar del trampolín, a tres metros de altura, donde me había subido para hacer mi primer y magistral clavado en la piscina, según yo. La diferencia era que yo no podía gritar como aquel animalito, porque de haberlo hecho me hubiesen visto como a un bicho raro. Para variar sonó el timbre que anunciaba que debíamos retirarnos de las instalaciones y no me quedó de otra que lanzarme al “abismo”.

La aparente fobia del gatito a las alturas también me recordó cuando, ya adulta y hecha la intrépida, decidí practicar canopy en Baños de Agua Santa, y estando en la plataforma lista para ser lanzada al recorrido, comencé a sudar y me quería bajar a pesar de estar completamente equipada. ¡Dios mío, qué nervios! Los mismos que me invadieron años atrás, pero esta vez me encontraba a muchos más metros de altura y haría un recorrido suspendida por un cable con mil metros de extensión. No sé cómo no se me salió el corazón para cuando volé como un pájaro en libertad.

Igual que el gato, nadie me obligó a subirme, lo hice por mi propia voluntad y ganas de adrenalina pura. En mi caso, la única forma de bajarme de esos dos sitios era voltear hacia atrás o ir hacia adelante.

Con respecto al gato, si se hubiera lanzado era muy posible que se hubiese lastimado alguna de sus extremidades siendo tan frágil y diminuto (a pesar de que los gatos siempre se las ingenian para caer de pie). Él tuvo la opción de pedir ayuda sin importarle el qué dirán de los vecinos a medianoche.

Mi mamá me contó que ya hasta había pensado llamar a los bomberos, quienes habrían llevado a cabo la labor de bajar al gato con toda la diligencia que ameritaba el caso.

Sin embargo, no fue ni mi mamá, ni los bomberos quienes pudieron haber hecho un mejor trabajo que el que hizo la mamá gata…

De pronto, mi madre la visualizó trepándose hasta donde estaba su hijo. En su mente estaba que la gata lo tomaría del cuello para bajarlo junto con ella. Pero pudo ser testigo de algo mucho más elaborado y mejor pensado que eso.

Al llegar la gata a la copa del árbol, los lamentos se esfumaron de manera automática. Pasaron unos minutos y divisó a la gata descendiendo primero, bien agarrada del tronco, paso a paso, de espaldas. Y unos segundos más tarde, su hijo replicando sus movimientos.

A veces nos podemos encontrar en situaciones bastante difíciles y queremos ser salvados de ellas a como dé lugar; sin embargo, para valernos por sí mismos y enfrentarlas, es vital aprender cómo hacerlo y no que nos den la solución rápida. Sólo así podremos vivir la experiencia y entender cómo somos capaces de ser parte de la solución de un problema por nuestros propios medios.

¡Cuán importante es el ejemplo que los padres les dan a sus hijos, en todos y cada uno de los aspectos de sus vidas, en cada situación que se les presenta, desde la más sencilla hasta la más complicada de resolver!

Concluyo que es necesario gritar y pedir ayuda, lo cual no supone gritar por temor a caer, esto es algo que aprendí de aquel gatito cuando me fue contada su primera gran aventura, tan singular como aleccionadora, ¡casualmente en las alturas!

Foto: Imagen de Bessi en Pixabay


Mariella Chacón Morales

Médica Veterinaria

WhatsApp: 593 984 010 758

E-mail: marielinha20@hotmail.com

Instagram: @mariellachaconmorales

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

Check Also

JUSTICIA ANIMAL

Había una vez un hombre que habitaba en un barrio de una ciudad en un …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *