HISTORIAS COTIDIANAS

Conversación con un taxista

El taxi se detiene. Luego de preguntar el precio de la carrera, empieza el regateo. En el rostro del conductor asoma un gesto de melancólica resignación. Acepta cobrar 50 centavos menos. En tiempos de crisis todo descuento vale. El auto es un Lada. Se le nota el maltrato del tiempo. Nada más subir, siento el aire pesado con un molestoso olor a gasolina. El chofer mira de reojo mientras toma el volante forrado en cuero para evitar el sudor de las manos. Sobre su cabeza, una estampita de la Virgen del Cisne junto a una peinilla en forma de ballena. En la puerta izquierda no hay manubrio para subir el vidrio de la ventana. Parte del asiento trasero está rasgada y los tapetes lucen polvorientos, por ningún lado se ve el extintor de incendios.

En la radio se escucha una canción en ritmo de salsa. Héctor Lavoe dice que él es el rey de la puntualidad, mientras el carro avanza dando tumbos y brincos en la calle. En el espejo retrovisor los ojos del taxista saltan de aquí para allá, pareciera querer preguntar algo, no puede contenerse más y dice:

¿De dónde es usted?

De Guayaquil.

Hace un ruido extraño con la boca y agrega. Yo pensaba que era de Esmeraldas, aunque también parece jamaiquino.

No, respondo, soy de aquí.

No parece. Yo soy de Manabí, de un pueblito cerca de Chone, pero hace 20 años vivo en Guayaquil. Me vine después de las inundaciones del 83. Ese año todo se perdió, fue un desastre. El fenómeno El Niño arruinó a mi familia. En ese tempo yo sembraba maíz, tomate, sandía, productos de ciclo corto, sabe. La verdad es que ganaba bien, ahora las cosas son diferentes. Mientras habla, se acomoda la cinta que le sirve como cinturón de seguridad. La lleva sobrepuesta y a cada salto se le escapa. Mira indistintamente a uno y otro lado de las ventanas y acelera imprudentemente.

Este calor no se puede aguantar, por eso es que yo prefiero trabajar en la noche.

¿No es más peligroso trabajar en la noche?

No. Bueno, todo depende. Las cosas son relativas. Mire, por ejemplo, una vez me asaltaron en Urdesa (1) y era de día. Eran tres tipos jóvenes y bien presentados. Parece que se habían amanecido bebiendo. Estaban en el centro y me pidieron que los llevara a Urdesa. Yo pensé que no habría ningún problema, aunque se los veía borrachos. La cosa es que en la calle principal, Víctor Emilio Estrada, me pelaron. Por suerte no me quise meter por una calle que no tenía salida.

¿Y usted no sospechó nada?

La verdad es que cuando los cogí no. Nadie piensa que le van a robar en Urdesa, pero después que uno le empezó a decir al otro que pagase, y el otro le decía “no, mejor paga tú”, ya me imaginé lo peor. Gracias a Dios solo se llevaron la plata. En realidad, he tenido mucha suerte: me han asaltado tres veces, pero únicamente se me llevaron el dinero y la radio. Han sido choros turros.

Ahora suena Me liberé, del Gran Combo. La tarde se alarga demasiado y el calor se vuelve agobiante. Rodando por la calle Quito todo es como un hervidero, a cada momento los autobuses invaden cualquier carril y el escándalo de los pitos, los insultos y los reclamos se vuelven cotidianos. El auto se detiene frente a la luz roja del semáforo.

En la noche es mejor, hay menos tránsito y las carreras se hacen más cortas, además siempre ocurre alguna cosa. Lo malo es cuando llueve, ahí la gente se esconde, la lluvia daña el negocio.

¿Usted conoce bien Guayaquil?

Claro. En esta profesión uno conoce todo, y también ve de todo. Fíjese que una vez cogí a una chica cerca de la Universidad Estatal. Me pidió que la llevara a Mapasingue por atrás de la Facso (2). Se sentó junto a mí. La verdad es que era muy guapa y llevaba minifalda negra, me acuerdo perfectamente. Cuando llegamos, después de dar un montón de vueltas, me dijo que no tenía dinero para pagar la carrera. Yo ya me imaginaba algo así, pero qué se le va a hacer. Le dije que me diera un beso. Son cosas que pasan.

Una vida muy agitada.

Sí, realmente sí, hay cosas que no se pueden creer.

Se acomoda las gafas y pega algún grito destemplado a otro conductor, un piropo para una chica linda que cruza la calle de prisa, y aprieta despiadadamente el pito.

Las mujeres son maravillosas y los hombres nos portamos como bobos cuando las tenemos cerca. Hace tiempo recogí una pareja cerca del Hilton. Me dijeron que los llevara a Puerto Azul. Todo el viaje no dejaron de besarse apasionadamente. Al llegar, el chico me pidió un favor. Dijo que me pagaría todo el tiempo que fuera necesario, pero que necesitaba el taxi para ellos. Tenía que bajarme y no mirar nada. Le salió caro. Yo me hubiera ido a otro sitio.

Estamos llegando. Esta ciudad es un gran laberinto.

Foto: pinterest.com; esdreamstime.com; intimetaxi.com


(1) Fue el barrio tradicional de clase alta de Guayaquil.

(2) Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Guayaquil. Queda en el barrio de Mapasingue.


Serie: Historias cotidianas. Nota publicada en Diario El Universo, el domingo 30 de  marzo de 2003 en la sección El Gran Guayaquil y parte del parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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