EN LAS PROFUNDIDADES DEL DESAMOR

¿Quién dijo que nosotras no podemos enamorarnos? Quien lo haya dicho se equivocó rotundamente. Así también, muchos creen que no podemos hablar su mismo idioma, o peor aún, que ni siquiera realmente existimos porque nunca han tenido la oportunidad de vernos.

Lo que no saben es que siempre hemos estado cerca de los hombres, viviendo en un mundo paralelo. Sí, es por eso que los mares y los océanos nos conocen mejor que nadie. Somos felices viviendo en sus profundidades y nunca estamos solas. Pero también nos agrada la dosis de recreación en las superficies.

Así es como un día lo conocí, cuando gran parte de mis días salía a descansar allá arriba y me posaba en las rocas, y él también, luego de sus largas jornadas de pesca, alrededor de las cinco de la tarde. Terminábamos contemplando el atardecer juntos.

Tres horas más tarde, él siempre regresaba y me escuchaba cantar mientras tocaba mi guitarra, siendo la luna nuestra única fuente de luz. Supongo que le agradaba escucharme, pues sus ojos y su sonrisa así me lo decían. Recuerdo que decía estar enamorado de mis ojos, y que éstos eran su entrada al océano, donde se mantendría sumergido hasta que no pudiera respirar más.

Pero antes de dejarme ver de frente por primera vez, él dijo haberme visto de espaldas varias veces a lo lejos, mientras peinaba mis cabellos largos y ondulados y lo adornaba con mis infaltables corales rojos, que se confundían en ellos. A decir verdad, en una ocasión su mirada me atrajo por medio del reflejo de mi espejo, pero no se lo hice notar.

Fue ahí cuando sentí que se me acercaba lentamente, no tuve la intención de lanzarme al agua y desaparecer, como usualmente lo hago al menor ruido; de hecho, ¡quería ser vista por él! A pesar de ello, cubrí mi pecho con mis mechones y fue inevitable sentir pudor.

Ahora entiendo por qué tenemos prohibido acercarnos a los humanos. Sin embargo, en esos momentos sentí que no debía temerle pensando que sería presa de sus redes, porque era puro de corazón.

Más tarde comprobé que se preocupaba por llevar un equilibrio en sus pescas, pescaba sólo lo necesario.

Y es así como nuestros encuentros fueron parte de nuestras rutinas. Yo contándole mis hazañas debajo del mar y escuchando las suyas en alta mar. Me hubiese encantado llevarlo a mi mundo, cuando todo era maravilloso y mágico, pero aquello nunca se dio. Tal vez ésa hubiese sido su cura. Me había confesado desde hace un tiempo que no se sentía del todo bien, pero seguía visitando aquel acantilado porque su terapia era yo.

Mantuve la esperanza de continuar viéndolo hasta que llegó aquel último atardecer, en que lo noté más enfermo. Fue difícil tener que decirle “hasta mañana”, dada la incertidumbre que me invadía…

Desde entonces nunca más volví a la superficie, ahora menos que nunca, desde acá abajo casi ni puedo verla, no entra ni un rayo de sol, parecería que estuviéramos encerrados en nuestro propio hogar, asediados por enormes barcos, ¡es que son tantos que ya hasta perdí la cuenta!

Antes de la llegada de estos monstruos disfrazados de humanos, todo acá abajo era armónico. Todos vivíamos bajo nuestros propios parámetros, y el equilibrio de nuestro ecosistema era como debía ser. Ahora estamos confinadas en el fondo para evitar ser descubiertas y cazadas, pero aun así les ha pasado a muchas tortugas, rayas, ballenas, tiburones, que inevitablemente han debido migrar, recorrer largas distancias y traspasar la línea imaginaria que aquéllos le llaman “límite”, pero, ¡qué han sabido mis compañeros de eso, ni yo misma lo sé bien!

Incluso, éste, uno de mis amigos del grupo de los peces payaso, está intentando vivir anormalmente a mayor profundidad por el temor latente, alejándose de sus compañeras de vida, las anémonas, que permanecen donde yo solía tomar un respiro.

En estos tiempos debemos trabajar arduamente para encontrar comida, pues se nos está haciendo difícil conseguirla y la desnutrición nos quiere ganar. Lo que queda no es bueno para ninguno de nosotros, cuando antes bien disfrutábamos de nuestro paraíso.

Nuestra felicidad y calma se ven arbitrariamente transgredidas. No hay forma de poner un alto, desde acá nos vemos todos amenazados. ¡No, ellos no descansan hasta que cubren la mayor cantidad posible de cuerpos dentro de sus redes, caigan quienes caigan!

No basta con ver a muchos de mis compañeros sin vida, atrapados y estrangulados por las redes, cuando desgraciadamente no llegamos a tiempo. No basta con parecer insuficientes para rescatarlos, tomando en cuenta la extensión de nuestros mares y océanos. Tampoco basta con la invasión de toneladas de desperdicios en las superficies, que mis amigos los pelícanos, las tortugas, las focas y demás, e incluso los más pequeños peces, tragan creyendo que son alimentos. Tampoco basta con ver a los martillos, y a muchos más, sin sus aletas, cuando éstas les han sido mutiladas y terminan agonizando lentamente, y nosotras sin poder ayudarlos, ¡qué impotencia!

Es por esto último que, desde hace unos días, nuestras aguas se han tornado rojizas. Esto es una verdadera pesadilla que se repite en estas épocas del año.

No basta con ver tantas muertes donde debería existir vida. No hemos podido evitarlo, por más que queremos sobrevivir, esos humanos se ensañan en no permitirlo. Tan sólo si nuestras aguas respondieran con enojo ante tanto acto malicioso, creo que sería la solución, mas ellas están siendo tan nobles en estos momentos, o es que ya están demasiado cansadas…

¡Cómo quisiera que nunca se hubiese ido!, tal vez esto sería más soportable con su presencia. Es posible que también tenga que partir pronto, mis fuerzas desaparecen junto con mi hogar. El amor hubiese sido la salvación, ¡pero él ya no está! Y de humanos como éstos yo no me enamoraré jamás.

Fotos: galeria.dibujos.net; esdreamstime.com; ayojon.m


Mariella Chacón Morales

Médica Veterinaria

WhatsApp: 593 984 010 758

E-mail: marielinha20@hotmail.com

Instagram: @mariellachaconmorales

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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