EL CABO ROJEÑO

Hoy me embarco en un tren que huele a cerveza y que echa espuma en vez de vapor y bueno también echa humo, el humo del hielo que viene pegado a la botella que está vestida de novia y tiene rabia. Hoy mi tren del recuerdo y la nostalgia, anda zigzageante y tambaleante por los rieles del sabor y la sandunga y va más de-lado que nunca, o quizá en efecto contrario, vaya recto, ya ni sé. Hoy mi mente da vueltas y veo “moverse” los cuadros de fútbol que están colgados en las paredes, también “veo doble”, los cuadros de insignes músicos salseros. Y sentando en el banco de uno de los vagones de la remembranza, siento la pasión del fútbol adherida a las paredes que hacen que mis pies quieran patear un balón y escucho salsa, lo que provoca que mis piernas se mueven solas como bailando estacionadas en el piso y mis manos tocan un timbal imaginario, todas esas sensaciones, siento mientras la salsa retumba y ensordece. Hoy tengo el grado de cabo aunque metido allí me sienta un general, Hoy estoy con una fría, añorando mis tardes y noches en el Cabo Rojeño. El bar salsero y salsoteca con toque de fútbol, más bacán que ha tenido Guayaquil en todos los tiempos.

¿Qué cuantas veces he ido al Cabo? No sé. He perdido la cuenta, como perdía la cuenta de las bielas “helánticas” que me tomaba allí mientras veía fotos de fútbol de Emelec y Barcelona / Barcelona y Emelec, y oía canciones de Héctor Lavoe, Rubén Blades, Willi Colón, La Sonora Ponceña, El Gran Combo, Ismael Rivera, Oscar De León, Celia Cruz, Rafael Cortijo y muchos más. Porque si en algún lugar se oía de la buena salsa y se sentía la pasión del fútbol, es allí en el Cabo Rojeño, un bar con salsa, sabor y sandunga. Al Cabo, lo quiero por una cosa o por muchas. Cuando cerró Cortijo, que era el bar salsero al que iba por que quedaba a tres cuadras de mi casa, en el sabido barrio Cuba, el Cabo fue mi refugio.

¿Cuántas veces he salido jumo del Cabo? No sé ni quiero contarlas, solo sé que salí felizmente jumo, porque “la juma de ayer ya se me paso y esta es otra juma que hoy traigo yo”, como canta Henry Fiol, el mismo que me recuerda que soy “salao, salao, siempre salao”, porque aunque no crean soy de los que si me compro un circo me crecen los enanos. Es que a me pasan una cosas que no le pasan a nadie,  por eso me dicen chueco y no precisamente por lo de-lado. Es que “mi número salió al revés pero no lo jugué combinao”.

Pero hoy no vamos a hablar de mi o de mi “Mala Suerte”, hoy vamos a hablar del Cabo Rojeño, el bar salsero más bacán, tradicional, histórico y pepa del país Y lo vamos a hacer, hablando con uno de los  duro del Cabo, con el general del Cabo, el fundador y dueño, al amo y señor del Cabo, mi pana Yoyo Pinargote, (Jorge Pinargote Brito) el duro del bar.

¡Habla Yoyo! “Mándate una rabiosa bien “helosa” y cuéntame la historia del Cabo: “El Cabo Rojeño fue fundado el 13 de julio de 1983. Inicialmente nació en la calle Zaruma, y Rumichaca. Allí estuvimos ocho años, hasta que luego me cambié al local actual en Rumichaca entre y Quisquís y Luis Urdaneta. La idea me nació de mi amor por la salsa, a la que escucho y quiero desde que era un adolescente y mis parientes que viven en Nueva York, la capital de la salsa, me enviaban los discos de la Fania All – Stars y Willie Colón. Cuando abrimos en el 83, en Guayaquil solo había dos bares de salsa: el del exfutbolista Miguel “Cortijo” Bustamante en el barrio Cuba y el de Rigoberto en Sucre y Babahoyo. Comenzamos con unos mil discos y  desde el inicio tuvimos éxito porque poníamos los últimos discos salseros que los amigos les traían del extranjero (Colombia, Panamá, Puerto Rico y Estados Unidos). No hay que olvida que entre los años sesenta y ochenta, errónea e injustamente se creía que la salsa era música de ladrones y marihuaneros. Era cuando solo se la escuchaba y bailaba en bares y cabarés del barrio Cristo del Consuelo. Nosotros cambiamos esa imagen y el boca a boca de la gente nos fue haciendo conocer”.

La visión de Yoyo, sirvió para abrir mercado y hacer que proliferen este tipo de negocios en Guayaquil. Ahora hay decenas de ellos. “Aquí siempre se escucha salsa clásica. Tenemos música excelente y en cantidad, respetando a los colegas. La la mayoría de bares y barras copiaron el estilo que impuso el Cabo Rojeño y a mí sin egoísmo y con modestia me gusta haber y enorgullece sido un referente. No veo mal ni me molestia la competencia porque para todos sale el sol”

Yoyo ¿Por qué Cabo Rojeño? “Cabo Rojeño», en honor a  un emblemático club estadounidense de salsa que, en ese entonces ya había cerrado y al que junto a mi hermano Galo, conocimos en 1975 en Nueva York, cuando fuimos a gran cantidad de bares. Cuando conocí el Cabo Rojeño se me ocurrió poner uno acá. Nos ha ido muy bien y no nos equivoqué. .Su nombre viene de una ciudad turística salsera portorriqueña llamada Cabo Rojo y los nacidos ahí les dicen Cabo Rojeños, como a los de Guayaquil nos dicen guayaquileños. El Cabo fue creado con la finalidad de ser un referente de diversión, un lugar que una a los apasionados de la salsa, convirtiéndose en parte de la identidad de Guayaquil. Ahora, el único Cabo Rojeño que se escucha en Estados Unidos y en Puerto Rico es el mío, porque los clubes de allá ya no existen, allá solo existe el nuestro, el de Guayaquil, por todos los emigrantes ecuatorianos que viven allá y que trasladaron nuestra fama fuera de nuestras fronteras. No hay ecuatoriano salsero en el exterior que no conozca al Cabo Rojeño”,

El domicilio de la rumba

El Cabo Rojeño,  el domicilio de la rumba es una tradicional barra – bar de Guayaquil que combina el fútbol con la salsa. De entrada, antes de ingresar al local, junto a la puerta hay una foto de Héctor Lavoe, que en realidad se llama Héctor Juan Pérez Martínez, conocido cantante, compositor y productor musical puertorriqueño, ícono de la música salsa, y un referente considerado como uno de los mejores de todos los tiempos.

Al abrirse la puerta del templo de la salsa porteña, lo primero que se divisa es la barra desde donde suena la música que apasiona y alegra y salen de los congeladores la cerveza helada que también alegra y ajuma. Detrás de la barra, está el equipo de sonido y miles de discos de salsa. Además de tres pantallas gigantes para ver partidos de fútbol o conciertos salseros. Ya en el salón principal, si giras tus ojos a los lados, ves hileras de asientos, pegas a las paredes. La izquierda es azul en honor al equipo de mis amores, Emelec y hay decenas de cuadros que grafican la grandeza del equipo, la derecha es amarilla por Barcelona. Sobre la puerta, como si fuera un altar vigila y cuida a los bohemios, una imagen de Cristo en la cruz, otra de San Gregorio, el sexagésimo cuarto papa de la Iglesia católica y uno de los cuatro padres de la Iglesia latina; y al lado, un par de maracas y bongó de neón.

Sobre el cielo raso, guindan para iluminar el lugar, balones de fútbol que realmente son lámparas y a la izquierda, está la esquina del homenaje a populares personajes que partieron al más allá. Es la Galería de los Difuntos: Y ahí están el revolucionario Argentino Ernesto “Che” Guevara, el artista cómico mexicano Mario Moreno Cantinflas, el futbolista ecuatoriano Carlos “Frentón” Muñoz y los salseros Marvin Santiago, Ray Barreto, Joe Mayorga y otros menos conocidos.

Las paredes del fútbol del reino salsero de Pinargote,  reflejan la pasión deportiva de sus dueño, en las que hay afiches y fotos de los mejores equipos de los ídolos del Astillero y también fotografías de futbolistas legendarios de Barcelona y Emelec. Mi pared, obviamente es la azul, la de mi equipo, junto a la que yo me siento cuando voy; la amarilla, que evito ver, es del dueño, barcelonista a muerte y fanático de Héctor Lavoe.

El sitio, considerado en Guayaquil, el templo de la salsa, abre sus puertas de lunes a sábado de 17h00 a 24h00 y pasadas las 22:00, empiezan las presentaciones artísticas se artistas en vivo que incentivan  a los clientes a “arrugar el piso” de la pista de baile y en ese meneo de cuerpos calientes y sudorosos bailando con pasión, se puede ver algunos maestros del baile. Yo los “envidio” porque yo tengo dos pies izquierdos y para bailar soy tan malo como para las matemáticas, la tecnología y las tareas manuelas.

Visitantes ilustres

Cuando le pregunto a Yoyo Pinargote,  cual es uno de sus más grandes orgullos como dueño del bar, infla el pecho de orgullo y con voz firma y festiva, sin dudar dice: “los visitantes ilustres que han pasado por aquí. Han sido muchos. Por el Cabo Rojeño han pasado los mejores exponentes de la salsa, han cantado grandes figuras de la salsa y han venido personalidades ecuatorianas de todos los ámbitos, futbolistas, artistas de teatro y televisión, cantantes, pintores, escritores, periodistas, empresarios, ejecutivos y hasta políticos y hasta hombres comunes de nuestro pueblo, ciudadanos a pie, porque para nosotros todos son clientes ilustres”

Y Yoyo que cuando atiende su local, no para, pues anda de mesa en mesa, conversando por la gente porque es amigo de todos, los empieza a enumerar: “El más grande, Lavoe vino en el 85 al local anterior. Además por aquí han pasado Henry Fiol, Ismael Rivera, Adalberto Santiago, José Bello, Rey Sepúlveda, Ray Bayona, Hanzel Camacho, Atrato River, Henry los hermanos Lebrón e integrantes del Gran Combo, la Sonora Ponceña, del Grupo Niche y Calé, quienes promocionaban su show en vivo que daban en esta ciudad, aquí en este lugar. Además de aquí han sido los mejores disc jockey de salsa”.

Pero así como ha habido personalidades internacionales, también las habido, nacionales y Yoyo, gentilmente me nombra entre ellas y yo riendo le digo, nada Yoyo. Yo soy una personalidad solo un bohemio más, o un borrachito más y el ríe y me dice. “Nada, Aurelio, tu eres el duro de la pluma” y entonces inicia la lista de visitantes ilustres, como los llama a mis colegas de profesión. “Pablo Hanibal Vela, el Rey de la Cantera (+) y su hijo Aníbal, Carlos Víctor Morales, Diego Arcos, Roberto Bonafont, Marcos Hidalgo, Douglas Barahona, Jesús Mite, John Idrovo, Rómulo Barcos, Paco Álvarez, Gustavo Yépez, Ralph del Campo Jr,  y Panchito Moletina, los fotógrafos Iván Navarrete y Elio Arnas Jr (+); los futbolistas Jorge Bolaños (+), a quien le gustaban los boleros de Tito Rodríguez, “Canario” Espinoza, Luciano Macías, Vicente Lecaro, Bolívar Merizalde, Jaime Ávila, Jorge Lazo (+), Enrique Raymondi, Julio Bayona, Guillermo «Cachorro» León, José Gavica, Kléber Fajardo, Nicolás Ascencio, Galo Vásquez, Mario Tenorio, Stewart Quintero, Wagner Rivera, Héctor Carabalí, Alfonso Quijano, Otilino Tenorio (+), Emilio y Freddy Huayamabe y Rafael Santos; los escritores Jorge Martillo, Fernando e Iván Itúrburu, Miguel Donoso, los músicos Héctor Napolitano, Alonso Flores (+), Carlos Prado, Freddy Barberán, el defensor de los Derechos Humanos, Billy Navarrete, políticos como Abdalá Bucaram,  y personajes conocidos como Galo Navarrete, Jorge Jiménez “El Chino”, Mario y Baquerizo y clientes de siempre como: Gustavo Almache, Freddy Mendoza, los esposos Bella Balero y Wilmer Macías, quienes asistían desde que eran novios, o de Estefanía o Janeth que iban desde los 16 y hoy tienen 35. Como ellos, muchos son los fieles al Cabo y tienen para contar aventuras, desventuras, jodas y pluteras.

Y hay en el Cabo, otros personaje ilustre. Su nombre Vicente Aquilino Quintero, ‘el Abogado del Maní, apodo se lo pusieron, hace 30 años, en este bar guayaquileño. El manicero es apodado así por su inusual vestimenta: Él es el único vendedor que con maní en mano, carga su charol, que además tiene mortadela, queso y aceitunas, vistiendo camisa y corbata. Quizá don Vicente, no lo sepa, pero él es clave en el lugar, Su producto de venta: el maní alado, provoca sed lo que hace que aumenten las ganas de pasar la salazón y refrescar la garganta con una biela, lo que de carambolo beneficia a Yoyo en el volumen de ventas. Trucos de bar. Y también está el Cónsul de Los Negros, otro vendedor de maní.

Yoyo, ¿Cuál es el secreto del bar para que tenga tanto éxito. “Sin duda la buena música salsa que tiene algunos discos solo la escuchas aquí. Luego el ambiente que se vive, Aquí todos parecen ser amigos, que están unidos por el amor a la salsa, el nivel cultural y d saber bailar de la gente que viene  pasar un buen rato y no a hacer problemas. Aquí están prohibidas y vetadas las peleas. Si intenta haber una, aplicamos de la el Gran Combo: Pa fuera, pa´´ la calle.

 Es que el bar tiene sus reglas. La primera y quizá la única: divertirse sanamente sin molestar a nadie, respetando cada una su metro cuadrado. Pero antes hubo una muy peculiar y que estaba escrita en un letrero en la puerta de entrada, sobre el cual Yoyo asume su paternidad. El cartel decía: “Prohibido entrar mujeres solas”: “Es que por aquí proliferan las barras con saloneras y en todas ponen el mismo letrero: “Se necesitan señoritas. Entonces yo puse: Prohibido entrar mujeres solas, para llevarles la contra. El cartel duró  hasta 2003 en que en un incidente feminista una periodista de un diario de la ciudad,  lo rompió porque no la dejamos entrar y nos recriminó el hecho. Pero la verdad de fondo es que cuando entraba una chica sola, los hombres la desnudaban con la mirada y eso resultaba muy incómodo para ellas y nosotros”.

 Hoy gracias a la colega, ya el Cabo no es el un “club de Toby”, (el gordito del comic la Pequeña Lulú), es el club de la Club, al que van hombres y mujeres de todas las edades que disfrutan de la música salsa, la cerveza nacional o importada y el balanceo de los cuerpos. Al bailar en una baldosa con piquete e incluido.

Y esta no es regla, pero si un secreto de estado. Yoyo nunca confiesa cuántas jabas vende semanalmente, lo que sí dice es: “que de jueves a sábados los salseros beben cualquier cantidad de cebada y para las siete horas diarias que el local está abierto, está perfectamente calculado que las cervezas se acaben en ese lapso”.

Yoyo explica, esa relación de salsa – fútbol, (en ese orden) que impera en el bar: Lo de las paredes en honor a Barcelona y Emelec se implementó cuando empezaron a frecuentar el local los periodistas deportivos y porque desde 1992 en los estadios de Guayaquil, empezaron a flamear lienzos y banderas de los equipos del Astillero con las insignias del Cabo Rojeño. Así comenzó la fórmula que mezcla salsa y fútbol, así los goles empezaron a cantarse al son de la salsa. Desde 1992 empezamos a proyectar conciertos de salsa y encuentros de fútbol. Ahora con eso de que el fútbol solo se ve en los canales deportivos de la televisión por cable, la gente viene para escuchar música, ver los partidos y tomarse una bielita al mismo tiempo”

Yoyo, ¿qué tan fácil o difícil es complacer a los clientes?  Hay tanta salsa y los gustos son tan variados y hay tanta gente, que debe ser jodido complacer a todos. “Es difícil complacer musicalmente a todos, pero cuando saben qué canción le gusta a tal cliente, se la ponemos, porque así pide otra cerveza por el impacto.”

Pero el Cabo no es solo es escuchar salsa, también hay apasionados salseros que la bailan. A las 19h00, cuando el Cabo está a reventar el estrecho pasillo se convierte en pista de baile, mientras algunos de los clientes se atreven a agitar las maracas o tocar la clave.  Allí han tocado cantantes nacionales como Freddy Barberán, el Héctor Lavoe ecuatoriano, la orquesta Herencia Rumbera, entre otros.

El Cabo Rojeño, es mucho más que un bar de salsa, en el imaginario colectivo y sociocultural guayaquileño, como dicen los sociólogos, como mi eterno entrevistado en es esos termas, Gaytán Villavicencio, el Cabo que es parte de la identidad de Guayaquil, es el templo de la salsa, ¡sí!, templo, pues aunque ese término en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE), se lo use para designar un edificio sagrado religioso, para el guayaco ese es el templo mundano en el que se rinde culto al Dios Baco, a la cerveza y a la salsa. Al Cabo va todo tipo de gente, algunos a festejar logros, otros a “ahogar” las penas, aunque las penas saben nadar y se ahogan en el alcohol que atrapa y gusta. Allí hermanados por la salsa se juntan, el futbolista, el anti-fútbol; el deportista, el anti-deporte;  el artista, el negado para el arte; el músico, el que no toca ni los discos; el intelectual, el iletrado; el escritor, el que no escribe; el farándulero de la televisión, el que odia la farándula; el escultor, el pintor, el del pincel y el de brocha gorda; el profesional, el bachiller;, el catedrático, el estudiante;,  el burócrata, el “burócrata”, el comerciante establecido y el informal, el albañil, el vago, el bohemio, el chulo, el ladrón de esquina que allí hace la de honesto y se olvida de robar. Allí van todos, todo tipo de gente, como lo canta en su canción  “Oh que será”, Willie Colón:”el comerciante y el burócrata, el estudiante y el catedrático, el albañil y el intelectual… también “el bandido, el desvalido,, las meretrices, los infelices,, el reverendo y el bombero,, el presidente, el zapatero, y las maestras y el carpintero, la ciudadana y el extranjero, el juez y el farandulero,
la enfermera, el timonero, el santero, el marxista, el bodeguero y el masoquista”,  
porque nunca como en ese local, es más exacto y contradictorio el estribillo de la canción del Gran Cobo, “No hay cama pa` tanta gente”, pues en el Cabo, sí hay cama pa´ tanta gente. Por eso le gente va y abarrota el lugar

La última vez que fui al Cabo, fue  el año pasado a festejar del matrimonio de mi amigo y uno de los clientes íconos del lugar, mi pana, el escritor Jorge Martillo. Que matri para pepa. Ahí me encontré con buenos amigos y colegas, como la cantante Gise y la dura de la pluma Silvia, mi compañero de Universidad, Mario Campaña, a quien no veía hace más de 30 años, al escritor Miguel Donoso, Buena rumba, como muchas que he vacilado allí.

El Cabo Rojeño hoy está cerrado por la prohibición de abrir estos establecimientos, como medida de protección ante la dura enfermedad que nos ha tocado vivir desde marzo pasado. Pero injustamente estuvo cerrado desde el 3 de enero de este jodido 2020, cuando El Municipio de Guayaquil lo clausuró otros 20 locales de la céntrica calle Rumichaca y aledañas, porque ese sector no tiene permiso de uso de suelo para esa actividad, aunque por suerte y en una decisión sensata, porque los patrimonios culturales y folklóricos de una ciudad se respetan y eso es el Cabo, cinco días después los dueños de bares y discotecas llegaron a un acuerdo con el Cabildo y, en principio centros como el Cabo Rojeño, que son emblemáticos de este puerto calusoros, bohemio y salsero, podrán quedarse en el sector, avalados por una ordenanza. Bendita ordenanza, porque cuanto todo esto pasé, volveré al Cabo Rojeño, para permitirle a mis oídos que escuchen el deleite de la buena salda y permitirle a mi garganta se refresque con unas “helosas” que alegran y ajuman. Y darle un abrazo a mi amigo y pata, su dueño Yoyo. Que sea pronto, porque ya estoy necesitando, un “Cabazo”

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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