JUSTICIA ANIMAL

Había una vez un hombre que habitaba en un barrio de una ciudad en un hermoso país. Al igual que hermoso, dicho país era carente de leyes que buscaran justicia para sus habitantes. La mayoría de ellos eran constantemente vulnerados, no vivían tranquilos sino en zozobra, porque parecía haber tanta gente con malas intenciones, como peces en el océano. Muy frecuentemente existían asaltos a mano armada. Los noticieros locales abordaban mayormente temas de asesinatos, violaciones y secuestros. Simplemente la gente no confiaba en la gente. Algunos habitantes ya se habían acostumbrado a vivir de ese modo, pero otros sólo deseaban poder migrar a un lugar más seguro.

El hombre en mención vivía en una pequeña suite, en la que había una habitación, un baño, una cocina y una sala de estar, que una señora de avanzada edad y con capacidad auditiva disminuida, le arrendaba desde hace un par de meses. Al contrario de la señora, este hombre era de mediana edad, de unos cuarenta años, de 1.80 metros de estatura y de 70 Kg de peso aproximadamente; debido a que siempre usaba gafas oscuras, una gorra gris y barba, no podía apreciarse su rostro, pero aun así proyectaba un aura oscura o era el reflejo de su vestimenta: un jean desgastado de color negro, camisa gris por dentro y una chaqueta de cuero negro encima, y sus imperdibles zapatos deportivos del mismo color.

Cada mañana salía a comprar el pan muy temprano a la panadería que estaba a la vuelta de la casa donde vivía, con su andar apresurado y su mirada clavada en el suelo y asimismo volvía a casa. A veces también compraba leche, yogurt, galletas y huevos. Un día, mientras compraba el pan y esperaba ser atendido, se escucharon murmullos que venían de afuera de la panadería, que decían: “Esperemos que salga el chico raro de la 103 para entrar”. El hombre se percató de aquello, pero se hizo el sordo y salió sin mirar a nadie.

Los vecinos lo habían catalogado como una persona ermitaña, que no le agradaba siquiera le dijeran un “Buenos días, señor”, porque si alguien se lo decía, él simplemente hacía como que no era con él, mientras continuaba con su camino. Inclusive desconocían su nombre.

Nadie le hablaba, jamás se lo veía en los pocos eventos barriales que se solían hacer pese a la inseguridad que reinaba. No tenía amigos ni familiares, al menos nunca se veía que alguien lo visitara.

Como en todo barrio, no podía faltar el grupo de vecinos que disfrutaban de meterse en la vida ajena, y por tal motivo, el hombre de la 103 se convirtió en su blanco, porque de todos los demás, ya no tenían más historias que inventar. Es por ello, que hasta rumoraban que el hombre andaba en drogas, sólo porque veían que no hubiera una noche, a las 23h00, que él no saliera de su casa y se sentara al pie de su puerta para fumar un cigarrillo.

Lo que no sabían es que él no podía fumar adentro, puesto que tenía a Gatito, un gato amarillo y nariz rosada al que amaba, era su engreído, su única compañía. Cada vez que él salía de casa sentía la necesidad de ponerse una coraza para no tener que lidiar con la gente negativa del exterior y volver lo más rápido que pudiera para atravesar la puerta y que su vida se llenara de colores al ver y cuidar de su gato nuevamente. Su gato y su computadora portátil eran los que no le podían faltar, pues se ganaba la vida siendo ilustrador de páginas web.

Además de ir a la panadería cada mañana, también iba al restaurante que quedaba a dos casas hacia el norte, lo hacía a las 15h00, hora en que éste ya no era tan concurrido, pues no le gustaba tener que toparse con la gente. Siempre iba portando sus propios recipientes para que ahí le fueran servidos sus alimentos, y pedía dos almuerzos para llevar.

Una tarde, la dueña del restaurante, la muy querida por todos, la señora Benigna, le indicó al hombre: “Hoy tenemos sopa de queso, arroz con carne frita con puré de papas o ensalada de atún, ¿qué te doy?”. Él sólo señaló con el índice derecho donde se encontraba la olla de la ensalada de atún. Entonces, la señora le dijo: “Listo, ya te despacho. Son cinco dólares, por favor”, mientras él estiraba su mano entregándole el billete.

La señora Benigna, quien entraba a la tercera edad, era muy respetada porque era una de las vecinas más antiguas del barrio, al igual que su negocio, el cual, sin embargo, ya había sido víctima de robo en un par de ocasiones dentro de un mismo año. Vivía con una sobrina, quien recién había llegado para quedarse. Celeste era su nombre, ella le colaboraba en el negocio siendo la nueva mesera y de vez en cuando también le ayudaba en la cocina; una chica de unos 30 años, muy guapa, pelirroja, de cabello largo y ondulado, de mirada muy intensa por sus ojos claros y una sonrisa atrapante, casi perfecta, y de escultural cuerpo. Le encantaba conversar con los clientes, mostrando su coquetería innata, y pues a éstos no les era absolutamente indiferente; de hecho, la llenaban de elogios.

En los días siguientes, el negocio prosperó aún más, las mesas y los almuerzos no eran suficientes para la cantidad de nuevos clientes que llegaban, a los cuales no les importaba esperar de pie, entre 30 minutos a una hora, por un asiento. Eran mayormente del sexo masculino los clientes que llegaban de otros barrios, entre obreros, hombres de oficinas, adolescentes, adultos de mediana y avanzada edad.

Tal fue el éxito del restaurante después de la llegada de la nueva integrante, que la señora Benigna quiso promocionar un mega evento por el décimo aniversario de su local, en el cual tenía previsto ofrecer cien platos de arroz con pollo totalmente gratis. Gracias a que sus ingresos se multiplicaron en poco tiempo, pudo hacer arreglos en el restaurante: le mejoró la fachada, cambió la pintura de interior y el mobiliario para los comensales, y pudo ampliarlo para hacer un ambiente más.

Después de que logró hacer todos los cambios que quiso, se propuso a que el domingo próximo se daría el evento. Llegando la semana siguiente, desde ese mismo lunes por la mañana, se iniciaron los preparativos.

A mediados de esa semana, un miércoles, fue el hombre de la 103 y pidió como siempre sus dos almuerzos para llevar. Entonces, en un descuido de la señora Benigna, su sobrina se le acercó al hombre y casi al oído le susurró: “Hey guapo, ¿y a mí no me pides para llevar?”, a lo cual éste no mostró reacción alguna y casi de inmediato le dio la espalda.

La mujer sintió una corriente fría por todo su cuerpo ante tal desprecio y sus ojos se tornaron oscuros mostrando un rostro asombrado y enojado a la vez. Y así también se volteó rápidamente y siguió atendiendo a los que esperaban en las mesas.

El restaurante tenía su área de cocina al fondo y ésta a su vez tenía una puerta, que daba a un callejón sin salida por donde nadie solía transitar, pero al pie de la mencionada puerta siempre se posaban once gatos callejeros, para esperar su comida diaria. Los habían de todos los colores, entre ellos estaban Blanco y Negro, quienes eran los preferidos de doña Benigna. El olor que emanaba de la cocina era tan fuerte e irresistible para ellos, que desde que comenzaba la cocción de los alimentos ellos eran los primeros comensales en llegar, pues la señora les permitía esperar ahí y al final de la tarde les guardaba su ración de comida de las sobras del día más una olla mediana adicional. De cierto modo, les agradecía porque eran los que se encargaban de ahuyentar a los roedores, los cuales antes de que los gatos llegaran, le daban demasiados dolores de cabeza, igual que a sus vecinos.

Ella, además de darles de comer, se había encargado de llevar uno a uno donde un veterinario conocido para que los esterilizara y no se reprodujeran. Cada uno tenía su propio nombre. Los consideraba como los hijos que nunca tuvo. Pero su sobrina no comprendía esa conexión y tal grado de apego de su tía con aquellos animales. De cierto modo, le molestaba el sólo hecho de verlos.

Doña Benigna se sentía afortunada porque su negocio había crecido en tan pocos días a raíz de la incorporación de su sobrina en él, por lo que estaba también agradecida con ella. Pero, lo que no sabía es que su llegada era para bien tanto como para mal.

Al llegar el domingo, dado el aniversario, doña Benigna había contratado a cuatro cocineras para que la ayudaran a preparar los cien platos de arroz con pollo que tenía previsto brindar aquel día.

El lugar había sido decorado con guirnaldas que colgaban de las lámparas y globos de colores pegados en las paredes. Había comprado un par difusores de aceites esenciales y había colocado en ellos gotas de lavanda para aromatizar el lugar.

Los clientes comenzaron a llegar desde las doce del día y el local estuvo a estallar. El arroz con pollo había sido todo un éxito, ese día el menú era exclusivamente ése y no costaba ni un centavo. Doña Benigna había preparado suficiente comida, que dieron las 15h00 y aún había de sobra, hasta que llegó el hombre de gafas y gorra por sus dos para llevar y fue Celeste quien se los entregó, asentando los recipientes fuertemente sobre el mostrador, mientras lo miraba con una cara de enojo, recordando el desplante que le hizo la vez anterior.

Un par de horas más tarde la comida se terminó y no llegaron más clientes, llegó la hora de limpiar el lugar, pero doña Benigna estaba tan agotada que decidió irse a descansar a su departamento que estaba justo en el piso superior del restaurante y no volver sino hasta el día siguiente, mientras las empleadas y su sobrina hacían el trabajo restante.

Al día siguiente, a las 7h00, un olor pútrido e inaguantable despertó a la señora, quien se llevó una sorpresa al asomarse por la ventana de su cuarto y ver a sus once gatos muertos precisamente al pie de la puerta de su cocina, dispersos entre ese punto y la vereda de la calle hasta un par de casas más hacia el sur, con espuma en sus bocas y alrededor de ellos varios vómitos amarillentos y con restos de comida. Al ver dicha escena, no pudo contener su llanto mientras bajaba velozmente las escaleras y gritaba: “¡Dios mío, ¿qué les pasó a mis gatitos?, dime, ¿qué les pasó?!”. Sus lamentos se escucharon en toda la cuadra, tanto que sus vecinos se alarmaron y comenzaron a salir uno a uno, y se impresionaron al ver a los animales sin vida. Enseguida, también salió Celeste y les dijo: “¡Alguien debe ser el culpable de esto, por favor hagan justicia para mi querida tía, estoy segura que el de más allá tuvo que ver con esto!”

Entonces, corrieron en grupo a tocar y golpear fuertemente la puerta del vecino de la 103, creyendo firmemente que aquel había sido el responsable. Al no ver respuesta, comenzaron a insultarlo y a lanzar piedras a las ventanas provocando la ruptura de uno de los vidrios. El escándalo fue tal, que Gatito se erizó completamente y se mantuvo escondido debajo de la cama de su dueño durante los diez minutos de terror con palpitaciones extremadamente rápidas. El alboroto llegó a su fin luego de que un patrullero pasara por ahí de casualidad y lograse calmar a la gente, pero no hubo sanción alguna por los perjuicios ocasionados. Otro grupo de vecinos se encargó de recoger los cuerpos y enterrarlos juntos en un terreno, del cual doña Benigna disponía.

Esa misma noche, en vista de que la señora no encontraba una explicación para la muerte de sus animales, no paraba de llorar, y entonces recordó que la olla de arroz con pollo que les había preparado la había dejado fuera del refrigerador antes de retirarse, y elevando la voz pronunció: “¡Tal vez yo misma fui la culpable!, claro, la comida se dañó y eso los intoxicó, ¡cómo pude olvidar decirle a la señora Mariquita que la refrigerara, esa olla debió estar algunas horas a la intemperie hasta que ella les sirvió ya casi en la noche, y ellos pobrecitos comieron con muchas ansias porque les tocó esperar más tiempo que de costumbre!”. Entonces, Celeste susurró: “Sí, tal vez eso fue lo que ocurrió”.

Días más tarde, la señora Benigna se mantuvo atendiendo a sus clientes, pero sus días no volvieron a ser iguales que antes del suceso con sus gatos, no tenía ánimos de nada, pero hacía un sobreesfuerzo y sólo vestía de negro.

Después de dos semanas del envenenamiento de los animales, una noche, la señora Benigna encontró en el tacho de basura de la cocina de su casa, un frasco vacío de Malatión al 70%, que indicaba era un veneno organofosforado. Se le hizo tan extraño aquel hallazgo, que no dudó en tocar la puerta del dormitorio de su sobrina para preguntarle: “¿Celeste, sabes qué es esto?”, a lo cual ella respondió nerviosa, pensando en voz alta: “¡El veneno! Perdón tía, no te había dicho, compré eso para matar unos bichos que están molestando a mis plantas. Los detesto”. Entonces, la tía la miró con extrañeza y le dijo: “¿Bichos?, pero si recién has sembrado, es extraño que tan pronto tengas ese problema.”. La sobrina simplemente asintió con la cabeza.

Celeste era la primera en abrir el restaurante e ingresar a la cocina, había notado desde hace un par de días que la llama que salía de las hornillas estaba más bajita cada vez, a pesar de que abría la perilla totalmente cuando iba a comenzar a cocinar, pero no lo reportó y sólo sospechó que el tanque estaba por desabastecerse. Aun así, tuvo la idea de revisar la conexión, pensando que tal vez el gas no estaba pasando porque la manguera que conecta el cilindro con la cocina, ya debía ser cambiada. Se agachó y abrió la puerta para acceder al cilindro, como estaba oscuro ahí adentro no podía visualizar nada, y al no tener al alcance una linterna, se nubló y decidió tomar un encendedor acercándolo al cilindro, donde alcanzó a ver una pequeña ruptura de la manguera, en el tramo de donde salía de éste, entonces una gran explosión se originó en cuestión de segundos. Ella cayó hacia atrás y se generaron llamas voraces que arrasaron con el lugar y que marcaron a Celeste, ocasionándole quemaduras de tercer grado. A los pocos segundos de haberse originado el estruendo, la señora Benigna llegó abriéndose paso entre las llamas y el humo emanado y con desesperación gritó: “¡Auxilio, auxilio, mi sobrina!”. Y allí estaba Celeste, echada en el suelo, con su cabello chamuscado, su rostro desfigurado y en un estado de inconsciencia, respirando lentamente.

Ante la ausencia de los gatos, los roedores habían comenzado a llegar. De hecho, nadie se había percatado de que un pequeño ratón se camuflaba en las noches en la cocina del restaurante mientras éste permanecía cerrado, y había sido el causante de destruir la manguera principal sin premeditación.

Pero premeditado sí fue la masacre de los gatos, los cuales nunca iban a saber que un ratón fue quien les hizo justicia, mas no las leyes en la ciudad donde habitaron tantos años sin causar daño a nadie, sólo dando felicidad incondicional a doña Benigna.

Ilustración: Mariella Chacón Morales


Mariella Chacón Morales

Médica Veterinaria

WhatsApp: 593 984 010 758

E-mail: marielinha20@hotmail.com

Instagram: @mariellachaconmorales

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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