EL MONTREAL

Hoy vamos a sentarnos en el portal de Pedro Moncayo entre Primero de Mayo y Nueve de Octubre, frente al Parque del Centenario, vamos a reclinarlos en una silla, vamos a tomarnos una biela o un café, a escuchar tangos y pasillos de una vieja rockola, y desde una zona céntrica, sentir la brisa nocturna y la bohemia porteña, para ver a Guayaquil pasar y pasar. Hoy vamos hurgar en el baúl de los recuerdos y vamos a sentir como pasa el tren de épocas idas por el túnel del tiempo y rememorar a uno de los bares –cafeterías y fuentes de soda más tradicionales del Guayaquil de ayer, de hoy y de siempre, el nunca olvidado Montreal de don Floresmilo Arcos.

Algunas veces disfruté de la magia del Montreal, llamado así porque su dueño que trabajaba en una empresa naviera, vivió once meses en Montreal, mientras se construía un barco para sus jefes y al enamorarse de ese puerto canadiense, tomó su nombre. Al Montreal, cuya calle nunca supe cual mismo fue, porque por esas rarezas de mi ciudad esa calle es Víctor Manuel Rendón y metros más allá Primero de Mayo fui varias veces. Creo que se puede citar las dos rúas como lugar de dirección. Más allá de cuestiones geográficas, recuerdo algunas estancias mías en ese tradicional cafetería bar, tan guayaco como Guayaquil, donde una tarde que no fue cualquiera me tomé la última biela que por los años 2000, costaba apenas 0,90 centavos..

Fueron varias mis visitas. Una tarde con mi yunta de TV, mi parcerita de farras, Osita, nos sentamos a disfrutar de una biela, yo y de un café, ella, para hacer tiempo antes de llegar al Baricaña en la que ella tenía un acto cultural. Otra tarde, llegué anticipado a un concierto que iba a haber en la Casa de la Cultura y el Montreal fue el lugar que me acolitaba para la espera. Allí me encontré con mi pana Martillo y casi me pierdo el concierto por estar concentrado en el sabor de las humeantes rubias con rabia, vestidas de novia. Otras veces estuve solo,haciendo tiempo mientras hacía alguna gestión personal, Fueron algunas las veces que me senté en ese portal a ver a Guayaquil pasar y pasar, como canta Piero.

Y vi pasar, balletistas, artistas, pintores, escritores que iban a la Casa de la Cultura, algunos amigos o conocidos, quienes me acompañaban por un rato.  Vi pasar oficinistas uniformados, estudiantes de la Universidad Católica que bajaban a hablar de sus tareas, vendedores ambulantes, transeúntes comunes y corrientes, galanes, mujeres guapas, mujeres feas, las chicas de Primero de Mayo rumbo a su trabajo, bohemios que buscaban bohemia, familias enteras porque el bar era familiar también y clientes asiduos que iban a pasar un divertido momento de amigos. Muchas cosas vi pasar y pasar en ese Guayaquil, cálido y humano, del cual era parte intrínseca el Montreal.

Dice la historia, escrita en una nota de Diario El Universo, publicada el lunes 7 de noviembre de 2005 en la Sección El Gran Guayaquil, en la serie Retratos de Guayaquil, titulada: “Un réquiem por Bar el Montreal, que: “Días atrás, El Montreal cerró sus puertas. Y es, la única historia que no deseé escribir jamás. El fin del mitológico bar, aquel de gente ni tan común ni tan especial. Su punto de encuentros y desencuentros. El final de un bar es tan trágico como la muerte de un ser querido o de un amor. Y es que, también, de esa materia de duelo se nutre la vida”. La nota no menciona su autor, pero me imagino que letras así solo pueden pertenecerle a plumas como mi compadre Francisco Santana, mi pana Jorge Martillo o al Profe Germán Arteta que retratan el Guayaquil de siempre. Si no son ellos, quienes escribieron esa crónica, mi respeto por no imaginar su nombre a su verdadero autor.

La misma nota cuenta algo de la historia de la costumbre de los bares guayaquileños. “En los años 50, los bares y restaurantes extendían sus mesas a los portales de Guayaquil. En la vía pública se disfrutaba del café, bebidas espirituales y buena conversación. Esa sana costumbre –creo que por una  ordenanza municipal– desapareció. Hasta el año anterior en El Montreal era posible esa pública tertulia”.

El Montreal nació un sábado 18 de octubre de 1952 por iniciativa de su propietario, don Floresmilo Arcos Pérez, quien antes había trabajado de mayordomo en barcos de las compañías Holandesa, Grancolombiana y flota Noboa. A él, era común encontrarlo, haciendo cuentas en la vieja registradora Rémington, mientras meseros como Miguel Bautista, Benito Zambrano, Leonel Rodríguez y el Gordo Tomás, atendían a los clientes que disfrutaban del lugar, mientras de la rocola Wurtlitzer, salían a sonar canciones de diferentes géneros musicales, que iban desde el tango a los pasillos hasta temas de Frank Sinatra.

Desde su inauguración El Montreal tuvo buena acogida y era el sitio clave de la bohemia porteña, que disfrutaba de una cerveza a un sucre con 50 centavos. Poco después de su apertura, el mismo dueño inauguró a un costado, un restaurante de primera, cuya carta ofrecía platos a base de langosta, langostinos, corvinas, carne de venado, guatusa o pato y liebre. De bebida se servía vino y whisky, el restaurante cerró tiempo después. A finales de 1979, cuando Abdalá Bucarám era intendente de Guayaquil, se obligó a que el lugar no venda más cervezas y sea convertido en fuente de soda.  Pero la cerveza no quiso irse del lugar y la servían camuflada en una taza de café o en un vaso cubierto con papel de empaque. Más allá de esa pequeña “trampa”, la gente se adaptó al cambio a igual disfrutaba de los sánduches de pollo que costaban dos sucres, los sorbetes de duraznos de 1,50, los jugos de mandarina, los helados de distintos sabores, la  banana split, los melbas, o las sabrosas frutillas con crema. La gente siempre añoró esas delicias.

Al Montreal iba gente de todo tipo desde el ciudadano a pie y profesionales, hasta intelectuales, artistas, actores y escritores que eran la gran mayoría, o personajes de la política y la vida pública de Guayaquil como el expresidente Galo Plaza Lasso o Assad Bucaram, Elmhalin. De la gente de las letras iban: Jorge Velasco, los Fernando: Nieto, Itúrburu, Artieda y Balseca, Hugo Salazar, Jorge Martillo, Francisco Santana y la narradora Gilda Holst entre otros, o profesionales reconocidos como el sociólogo Gaytán Villavicencio, la periodista Lola Márquez.

Recuerdos Añorados

Una nota, esta sí, escrita por el connotado escritor Francisco Santana, mi compadre y columnista de Revista Delado, publicada el martes 8 de junio de 2004, en Diario El Universo, perteneciente a la
Serie: Nostalgias de otro Guayaquil y publicada además en su libro Crónicas de Ecuador Escondido, editado en mayo de 2013, cuenta de los últimos momentos del Montreal, cuando se venía llegar su fin. La nota tristemente premonitoria, dice:

“El guayaquileño Floresmilo Arcos suelta las palabras tranquilo. Sus 84 años se sienten en la calma con la que se comunica. Sentado afuera de su querido bar-cafetería El Montreal, ubicado en Pedro Moncayo y Víctor Manuel Rendón, mira cómo la gente pasa y se aleja a cualquier lugar. Lo extraño es que su silla es el único testigo de la realidad que ahora domina la acera donde por 52 años los guayaquileños, y sobre todo los turistas, compartieron alguna bebida y respiraron la vida que siempre circuló por el parque Centenario.

¿Por qué ya no hay sillas y mesas afuera del Montreal? “Porque desde que empezaron los trabajos de la regeneración urbana en éste sector tuvimos que sacarlas”, responde Floresmilo. Su voz está marcada por la tristeza. Es fácil percatarse de aquello. Él sigue con su explicación. “Hemos ido al Municipio, también enviado oficios a la Fundación Malecón 2000, pero todo sigue igual”. Él habla sin revanchas y sin enojo, pero asegura que el hecho de que no le permitan mantener las mesas en la acera le hace un daño tremendo.

Ya no hay turistas tomando fotos desde esas mesas que ahora se pudren en alguna bodega que Floresmilo no desea ni mirar. Ya no están los estudiantes universitarios, la mayoría de la Universidad Católica, discutiendo deberes y lecciones. Ya no aparecen los intelectuales que frecuentaban la Casa de la Cultura y siempre aterrizaban por aquí.

¿Adónde se fueron las familias que paseaban sábados y domingos en el Centenario? Porque si algo El Montreal siempre ha sido, es un bar familiar. Floresmilo lo asegura sin pensarlo demasiado: “Nunca una clausura. Nunca un inconveniente”.

Si hubiera sido un lugar problemático las personas que han administrado la Cruz Roja, quien es la propietaria del edificio donde funciona, ya le habrían pedido que se marchara, pero es todo lo contrario. Casi no se puede creer que en todos estos años, porque 52 años son demasiados, jamás haya tenido un pequeño problema.

Floresmilo es una persona que ha visto mucho mundo. Cuando joven trabajó como marinero en diferentes navieras del país. Asegura conocer toda Europa y otro montón de países más. Sus recuerdos lo llevaron por París, Madrid, Londres, ciudades donde es muy normal observar los cafetines poblados de sillas en las aceras. Él no comprende la actitud de la ciudad.

Antes solía tener dos hileras de mesas sobre la acera, pero ahora no le permiten colocar ni una. No le entregan el permiso para usar la vía pública. “El Montreal se está muriendo. Estamos mal porque no hay clientes, pero siempre hay que pagar el arriendo”, se lamenta.

Parece haberse ido el tiempo en que a las doce de la noche los clientes le pedían que por favor no cerrara aún. Tampoco están los dos empleados que debió despedir porque ya no alcanzaba el dinero para pagarles los salarios. Y así la conversación se fue alargando por recuerdos de tiempos buenos y momentos que él espera algún día vuelvan. Desde la rocola sonaba un tango de Francisco Canaro (1): “más solo que nunca, como si alguien estuviera burlándose del destino de otros seres”.

Pasó Miguel Bautista, de 63 años, a quien todos llaman Miguelito. Está en el Montreal desde 1969 y sabe que la cosa anda mal. También estaba Benito Zambrano mirando desde sus 49 años cómo la situación ha empeorado, y pensando en sus seis hijos, que saben que viven del trabajo de su padre. Junto con ellos, Leonel Rodríguez, que con solo cinco años en el lugar, 35 de edad y tres hijos, entiende perfectamente que la vida nunca más volverá a ser la misma.

Floresmilo siguió con lo suyo mientras sólo cinco personas compartían la música de Tormenta (2) que hablaba de “Promesas son Promesas”. Y era una situación triste, porque había más empleados que clientes, y eso duele.

Contó la historia de cuando viajó a la ciudad de Montreal, en Canadá, y se quedó a vivir once meses en tanto terminaban de construir un barco en el que debía volver a Guayaquil. Se enamoró de la ciudad y también del nombre. Cuando terminó su aventura por los mares ancló en nuestro querido puerto y bautizó el bar que desde el 18 de octubre de 1952 se hizo parte de la historia.

La historia podría ser diferente, pero la realidad dice que desde esa fecha abren todos los días a las 09h30. En la mañana se encarga su hijo Jaime y Floresmilo aparece desde las 20h00.

Ellos continuarán insistiendo en su pedido, al que creen tener derecho, sobre todo cuando otros establecimientos, que también funcionan en áreas regeneradas, exhiben mesas y sillas en la calle. Mientras se despedía, Leonel Rodríguez metió una moneda de cinco centavos y puso a sonar la canción Las Puertas del Olvido, de Los Iracundos. Tal vez fue a propósito, pero todos saben y entienden que nadie merece el espanto del olvido”.

(1) Tanguero uruguayo. Su nombre verdadero era Francisco Canarozzo.

(2) Cantante y compositora argentina. Su nombre real es Liliana Esther Maturano.

Oda literaria del fin

El Montreal fue tan querido, tan popular y tan parte de Guayaquil que el escritor Jorge Velasco Mackenzie, dolido por el cierre del bar, le dedicó un  fragmento de su novela Ciudad Tatuada, en el que el personaje doctor Zacarías –álter ego del escritor– visita El Montreal y lo encuentra cerrado. “Fue el comienzo del fin de cincuenta y tres años de atención, El Montreal había comenzado a zozobrar en el mar de la calle y el viejo capitán, maniobrando el timón de la caja registradora, encendiendo la sirena de Wurtlitzar, arengando a la tripulación a toda máquina, no podía dominarlo hasta que encalló. Fue un amanecer del lunes más largo del medio siglo, me asomaba a los portales de la Casa de la Cultura y vi las puertas grises, como mármol de tumba, los meseros afuera llorosos y los pasajeros peor, con las manos quietas en los bolsillos, tocando el filo de las monedas y la hoja de los billetes, entonces me acerqué como pude y Verónica, la betunera que también vendía diarios, me dijo: “Doctor Zacarías, se hundió El Montreal”.

El Montreal pudo hundirse en el naufragio de la vida real, pero en el mar de los recuerdos continúa navegando en las nostalgias de nuestras memorias.

Fotos: El Universo


Fotos: Ricardo Bohórquez Gilbert. Fotografías  exhibidas en la Exposición Anacrónicas, realizada en el bar Viva la Musica en marzo 2019

 

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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Un comentarios

  1. Guillermo Hasing

    Recuerdo el lugar, las cervezas en tazas, que tristeza, igual sucedio con el Lusitania y su jugo de caña

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