YO SOY PRÓFUGO DE LA JUSTICIA

Todo iba bien. Mi vida se desarrollaba entre los cánones normales de lo que se supone es una vida común. A mis 47 años gozaba de un matrimonio feliz, tenía dos hijos encantadores a los que los amo con mi vida, tenía mi casa, mi auto, mi vida sin lujos pero con comodidades, todo logrado con base a mi trabajo honesto en diversas trabajos con relación de dependencia y luego en actividades privadas, que las empecé a las 20 años, hasta que un día un hecho inesperado lo cambió todo.

Sé que no se debe maldecir, que es pecado, que no está de acuerdo con los cánones del cristianismo, pero maldito el día 8 de junio de 2017. Ese día, como todos los días al abrir el periódico, antes de ir a mi trabajo, veo entre las noticias de crónica roja, mi nombre involucrado en una estafa masiva. Confieso que tuve que leer varias veces para creer que si lo que estaba leyendo era cierto. Quería creer que se trataba de un homónimo, pero mis dos nombres y mis dos apellidos eran los mismos de la publicación lo cual es mucha coincidencia y para corroborar más el hecho y despejar cualquier duda, estaba el número de cédula, que está demás decir que era el mío. De pronto estaba inmerso en un escándalo y con orden de captura, y como dice el viejo adagio, sin saber leer y escribir. Juro por mis hijos y mis padres, lo más sagrado para mí, que yo no sabía nada, ni tenía nada que ver en el asunto.

Lo primero que hice fue llamar a mi esposa y mostrarle la noticia. No hizo falta que ella me pregunte si era cierto. Jamás dudó en mi inocencia, lo que nos costaba entender era como mi nombre estaba involucrado allí. Nos miramos asombrados y desesperados, lloramos juntos y de pronto el teléfono de la casa y nuestros celulares no dejaban de sonar. Eran llamados de familiares (padres, hermanos, primos, tíos) y amigos cercanos y no cercanos, para informarme que mi nombre estaba en el diario y algunos incluso para preguntarme que pasó y uno que otro desubicado para recriminarme por participar en tremendo delito. Ellos sin ser jueces, ya me habían juzgado y hubo un par de “amigos” que me pidieron me aleje de ellos, no los contacte, que mi teléfono podía estar “pinchado” y que no querían tener ningún tipo de problema por mi culpa. Hasta ese momento no había pensado en la posibilidad de que allanen mi casa, pinchen mi teléfono. No tenía cabeza para pensar nada, solo quería saber qué hacía mi nombre en esa noticia si yo no tenía nada que ver en ese asunto.

Entonces hablamos con mi esposa y decidí que debía acercarme a los juzgados a decir que no tenía nada que ver. Quien nada debe, nada teme y yo no debía nada. Ella me sugirió hable con un abogado amigo. Nunca antes había hablado con un abogado por asuntos de líos legales. Era mi primera vez. Llamé a mi amigo y le conté mi idea de acercarme a rendir mi declaración. Me dijo casi gritando: “Noooooooooooo.. ¿Estás loco? No hagas eso. Ni se te ocurra hacerlo. El momento que te apareces te meten preso de una. En este país no hay garantías legales, la justicia no es justicia, es billesticia y nadie te va a reconocer como un hombre honesto que va a dar la cara porque tiene limpio su cuaderno, sino que te van a detener para investigaciones y aunque eso no debería ser por más de 24 horas, no va a ser así, te puedes quedar años, hasta comprobar tu inocencia. Porque aquí no es la que ley no dice que un hombre es inocente hasta que se demuestre lo contrario, sino al revés, un hombre es culpable hasta que no demuestre su inocencia. Es mejor defenderse en la clandestinidad”. Le hice caso. Total lo decía un abogado y abogado amigo además, quien me prometió investigaría mi caso para saber que pasa realmente.

En efecto, investigó y se enteró que un compañero de trabajo que se decía mi “amigo”, había hecho una estafa a los clientes, usando contratos que yo “firmaba” a nombre de la compañía, había depositado dinero en cuentas que yo “abrí” y mil cosas más que no había hecho. Llamé a mi “amigo” a reclamarle y no me contestó jamás. Hasta ahora, tres años después, no sé nada de él. Solo se rumorees que dicen que vive en Miami dándose la gran vida, mientras mi vida se tornó un caos completo.

De inmediato y por consejo de mi amigo abogado, debía dejar mi casa y huir, sí, huir, esconderme en un lugar seguro, cambiar de teléfono, mantenerme incomunicado y borrarme del mapa, hasta tanto se pueda aclarar las cosas. Porque pronto irían en mi búsqueda. Y así fue. Entonces pensaba ¿Dónde iba a ir? No sabía, dónde. No tenía idea. No tenía dónde ir. A casa de mis padres, suegros, hermanos o cuñados, era obvio que no podía. Ahí me podían encontrar. Llamé desde el celular de mi esposa a un viejo amigo de colegio, barrio y universidad que se había separado de su esposa, que vivía solo. Sin pensarlo dos veces, me dijo: ven. A la media hora estaba en su casa, empezando una nueva vida: vida de prófugo de la justicia.

Esa noche y madrugada, mientras yo en casa de mi amigo, no podía dormir, daba vuelta como loco de un lado a otro, cerraba las ventanas y las puertas con picaporte, apagaba las luces y demás,  la policía allanaba mi casa. No entendía porque debía ser en madrugada, bueno, la verdad, si entendía, se supone que en madrugada, estás dormido en casa y el factor sorpresa de cogerte desprevenido es la mejor condición para capturarte. Tras el allanamiento y la publicación de mi fuga en los periódicos, al díoa siguiente, nacía la primera conjetura, el primer juicio de la sociedad: “Es culpable, por eso huyó”. La sentencia estaba dada. Yo era culpable….Y juro que no lo era.

Tras eso, mi vida cambió radicalmente. Mi mundo se derrumbó, tal cual dice la canción. Parecía una pesadilla, pero era real. Me estaba pasando. No era un mal sueño, peor una pesadilla. Era algo real. Sin merecerlo estaba sufriendo un castigo, saldando una penitencia, pagando un karma, no sé, lo que so sé es que eso no se lo deseo a nadie. O mejor, diciendo la verdad. Sí. Se lo deseo a alguien. Se lo deseo al que realmente se lo merece. Aunque no creo que tenga consciencia, para sufrir lo que yo sufrí.

Lo que vino después es de terror. Empecemos por partes y tratando de llevar una cronología del hecho y sus consecuencias. Primero, vivamos lo del encierro. En casa de mi amigo, me trataron bien. No me faltó un techo, las tres comidas, apoyo, afecto y consejos sobre mi situación con criterios razonados que no podía entender. Es que yo no era el mismo. De la noche a la mañana cambié mi forma de ser. Yo me precio de ser una persona muy inteligente y de gran capacidad de raciocinio. Me puse bruto, que bruto, brutísimo. Literalmente se me nubló la mente y se me apagaron las neuronas del cerebro, al parecer fugaron con mi fuga.  No podía pensar, no razonaba, me olvidaba todo, no coordinaba las ideas, no entendía lo que se me explicaba, debía anotarlo todo porque me olvidaba lo que me decían. Le pasaba el teléfono a mi amigo para que le digan a él lo que debían decirme a mí porque simplemente yo no entendía. Anímicamente me decaí, casi no comía, no podía dormir, pensaba y pensaba mil cosas, algunas fantasiosas y caí en desesperación. Me use paranoico. Cerraba las puertas, apagaba las luces, miraba por las ventanas a través de las cortinas, si veía un carro parqueado al frente pensaba que era mí que me estaban esperando. Si oía una sirena, me asustaba. Escondía mi teléfono, mi billetera, mi cuaderno de apuntes, y luego cuando los necesitaba, no sabía dónde los había dejado. A veces sonaba mi teléfono y me demoraba en contestar porque debía rastrearlo por el oído. Lo encontraba en sitios inimaginables de poner. Algunas veces cuando contesté tras encontrarlo, ya habían cerrado y yo no podía llamar. Caminaba de un lado a otro, no podía estar quieto. Intentaba distraerme, leer un libro de los muchos que tenía mi amigo en su biblioteca, pero no podía pasar de la tercera línea y a mí me encanta leer y yo soy un lector compulsivo. Me puse intenso. Esa es la palabra precisa.

Mi amigo es un asocial por naturaleza. Callado, ensimismado en su mundo, introvertido, le gusta vivir y estar solo, es definitivamente un lobo solitario, casi no habla, no le gusta salir, es temático del orden, no le gusta la televisión (solo ve noticias y programas de fútbol), odia a Tinelli y yo que soy su fan, lo veía porque era lo único que lograba distraerme. Yo en cambio no puedo estar encerrado, no concibo estar solo, me encanta salir, ir a centros comerciales, ver televisión, soy desordenado, muy hablador, me gusta conversar, yo intentaba hacerlo con él pero contestaba con monosílabos. Me aburría y no entendía como él podía ser así y estar en esa pasividad que él goza y disfruta. Trataba de ser muy sutil (algo que no soy) para decirle que no me estaba ayudando, que cambié su forma de ser, que hable, que juegue naipes, que cuente cachos, que se yo, que haga sentir que estaba con alguien y no con un ser inerte. El con mucha paciencia sonreía y  decía: “así soy yo, pero vamos a darte gusto, conversemos” y conversábamos bastante, nos quedábamos hasta la madrugada charlando de diferentes temas, pero el tema principal era mi situación en la que el me aconsejaba y yo no lograba entender. Por lo demás le desordenaba la casa y el en silencio la arreglaba, le llenaba de vasos la mesa, le dejaba los platos sucios, notaba papeles en el inodoro, escondía las cosas, le cerraba puertas y ventanas, le perdía el control remoto, caminaba de un lado a otro, hasta que un día me dijo. “Me estás enloqueciendo. Tranquilízate por favor, que me estás desesperando y las reglas son estas: lava tus platos, no desordenes, deja las cosas en su puesto, no botes papeles en la tasa, etc, etc, y no me pida que converse si no quiero. Déjame tranquilo en mi mundo para poder ayudarte en el tuyo”. Así lo hice y todo mejoró. En verdad estaba intenso, alterado, a ratos descontrolado, me puse sicoseado y paranóico, al punto que tuve que tomar tranquilizantes, sedantes y pastillas para dormir.Pastillas que él también tuvo que tomar.

Fuera de eso, alejado de mi encierro, el mundo seguía. Mi familia que estaba afuera tenía que comer, mis hijos tenían que ir a clases, mi esposa a su trabajo, había cuentas que pagar, yo no generaba ingresos y los ahorros se estaban acabando. Ya habían pasado dos meses desde el día de la fuga y el tiempo parecía dos años, que dos años, dos siglos. Entonces hubo la necesidad de vender cosas, mi carro para empezar, porque además la defensa judicial costaba y mucho, por suerte mi amigo abogado, no me contaba sus honorarios, pero igual había gastos que hacer. Esa situación me afectaba mucho y contribuía a que mi actitud, mi conducta, mi carácter, cambie. Estaba desesperado. Lo único que me consolaba y me animaba e impulsaba a seguir era la continua visita de mis familiares y su apoyo irrestricto. Con el pasar del tiempo, las cosas se fueron calmando, la presión mediática disminuyó y mi caso pasaba al olvido porque en seguida otro escándalo lo tapaba. Yo rezaba para que haya un escándalo nuevo, porque así se olvidaron de mí. A los dos meses, ya la opinión pública había olvidado mi caso, pero el caso estaba ahí, el proceso judicial seguía y yo me defendía desde la clandestinidad. Pero no solo la prensa me olvidó, me olvidaron los amigos y algunos familiares que se borraron. Ahí aprendí a saber quienes eran mis amigos. A excepción de cinco, todos se me negaban, se me escondían y hablaban a mi espalda, destrozándome por supuesto. En algún momento necesité presentar un simple certificado de honorabilidad, que alguien que me conozca diga la verdad, ni más o menos, que me conoce y que en el tiempo de conocerlo fui una persona honesta que jamás tuvo problema. No saben lo difícil que fue conseguirlo. Unos me decían. “Claro, encantado, cuenta con eso”, pero el certificado nunca llegó y cuando llamaba a pedirlo, me metían algún paro o simplemente no me contestaban el teléfono y los más sinceros, me dijeron con las escusas más estúpidas, que no me podían ayudar. Nadie a excepción de mis padres, mis suegros y mis hermanos, llegó a casa de mi familia con una funda de comisariato, con un dinero prestado, con una palabra de ánimo, muchos dejaron de saludar a mi esposa y si la veían en el comisariato, en la calle o en algún lugar, le viraban la cara. Parecía de locos, pero la pesadilla se había extendido a mi familia, que dejó de ir a reuniones y de hacer su vida normal, por la conducta de la gente que un día dijo ser amiga.

Un año y dos meses duró la pesadilla. Los dos primeros meses escondido en casa de mi amigo, los otros ya en mi casa con medidas cautelares. Hasta tanto no podía trabajar y aprendí los oficios de la casa, aprendí a cocinar y vendíamos comida a domicilio para generar algún ingreso, me inventaba cualquier cachuelo,  venta de ropa, perfumes, trago, algo que signifique ingresos. Trataba de seguir con mi vida normal, pues la vida continúa y hay que seguir, no queda de otra tampoco. Ya las aguas se habían calmado y yo ya al menos no estaba huido y podía transitar libremente, bueno con ciertas limitaciones, pero ya podía movilizarme. Mi carácter, mi aptitud y actitud, cambiaron. Ya no estaba paranóico, ya no necesitaba pastillas para los controlar nervios ni para dormir, ya sabía quienes eran mis amigos y con quien podía contar. Ya había vuelto la normalidad. Hasta que llegó el bendito día que se aclaró todo y legalmente se limpió mi nombre. Y digo legalmente porque eso fue literal, para mucha gente maliciosa y de mala fe, fui y sigo siendo un delincuente que se salvó der su lío legal, porque pude solucionar el problema con la plata que tenía de lo que me robé. Al principio me afectaba lo que pensaban o decían. Me deprimía, sufría, lloraba. Lloré mucho en ese tiempo por eso y por otras razones y circunstancias. Hoy ya no me afecta. Se lo que realmente pasó y eso me basta. Se lo que viví y eso me marca, porque esa etapa de mi vida, me marcó.

Hoy he vuelto a casa, he vuelto a trabajar, pero hoy soy desconfiado, ya no me fío de nadie, ya no quiero sociedades, ni negocios conjuntos, ni espero nada de nadie. Hoy valoro más a mi familia, a los amigos que nunca se borraron, a los pocos que me dieron la mano. Hoy valoro inmensamente lo que es la libertad. Valoro la vida. Disfruto de los bellos momentos y de las cosas sencillas. Sigo sin hacerle daño a nadie y fiel a mis principios y convicciones. Pero la marca queda, lo vivido no se olvidará jamás, las cicatrices dejaron su huella. Cuando recuerdo muchas cosas, aun me duele. Confieso que no logro sacarme el rencor del miserable que me embarcó en eso y le deseo mal. Quizá esté equivocado y no deba proceder así, pero no logro ni quiero perdonarlo y sueño que llegue el día que caiga, porque no concibo la idea de que los malos triunfen. Un día tiene que perder. Yo perdí mucho sin merecerlo, no puede ser que él no pierda nada, por sus malas acciones. Mi familia me dije que se lo deje a Dios y espero que el imponga la justicia divina.

Hasta tanto yo sigo adelante, sigo llevando mi vida normal, procediendo bien, y diciéndole a quien me quiera oír, lo espantosos que es ser prófugo de la justicia.

Foto: cadenaser.com: infojusnotoocoas.com.ar; esdreamstime.com; radioambulante.org; shutterstock.com; es.dreamstime.com

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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