YO SOY MÉDICO Y SOBREVIVIENTE

CRÓNICAS DE UN MÉDICO RURAL SOBRE DIVOC 19

«Espero que el amor verdadero y la verdad sean finalmente más fuertes que cualquier mal o infortunio que haya en el mundo». Charles Dickens

Médico con sueños profundos, nefelibata, idealista, un poco ilusa y romántica. Viviendo en este mundo de fantasiosa realidad empírica y que todavía cree en el gran poder del amor. Egresada de la facultad de medicina, hace un año relata esta historia:

¡Qué iba a imaginar yo, ni en mis pesadillas más recónditas que en mi año de rural se avecinaba una enfermedad de tal magnitud y que además de todo, debía enfrentarla!

Todo comenzó una madrugada de marzo en la habitación de un hospital:
Realizando mi servicio social que es obligatorio en mi país para todo personal de salud recién graduados, fui removida del centro de salud donde trabajaba por la emergencia sanitaria al hospital del mismo cantón donde experimenté mi catarsis emocional y personal con la vida y la muerte. Como médico reconozco que hay una línea muy delgada entre ambas. Lo he aprendido y eso no quita lo deprimente de la situación.

Una madrugada antes, presenté un insomnio extraño. Soy de sueño ligero y la situación me preocupaba. Como no podía dormir acudí a la lectura por internet desde mi celular, decidí leer y llegué a Salmos 118: No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de Dios. Fue la frase que más caló hondo en mi corazón y titiló en mi mente. Era un claro mensaje oculto de amor y de promesa, pero, aun inconscientemente lo ignoraba. En aquel momento sentí una premonición. Oré y pedí a Dios que no sucediera nada malo en mi guardia. TENÍA MIEDO. No tenía idea de la realidad.

Más tarde, del mismo día estaba laborando en el área de triaje de sintomáticos respiratorios consignado por el hospital con el equipo de bioseguridad y protección respectiva. Aquel día temprano en la guardia una colega que trabajaba junto a mí en el centro de salud designado por el sorteo, envía un mensaje por whatsapp indicándome que quería llevar a su abuelito adulto mayor para realizarle una radiografía de tórax porque desaturaba y se encontraba preocupada, y desesperada, por el momento, a las nuevas de esta enfermedad viral, nadie quería visitar el hospital, pero no le quedaba otra opción, mientras que su abuelito el único síntoma que había presentado era dificultad respiratoria, por lo demás se encontraba en apariencia normal, no obstante, había sido una hallazgo accidental para su nieta cuando por rutinas lo había saturado y encontrado cifras de 50% de oxígeno en sangre. Ella aseguraba que su abuelito se encontraba en aislamiento voluntario y no había salido de casa y nadie lo había visitado. Su mayor temor era que se infecte en el hospital.

Las radiografías se realizaban en dos horarios, por la desinfección y por no contaminar otras áreas hospitalarias. El señor conocido como Papi Chilo por antonomasia, acudió con sus familiares, le administramos oxigeno enseguida por estar hiperventilando y por la hipoxia demostrada en saturador colocado en su dedo índice. Le realizamos el protocolo de la enfermedad respectiva. El ingreso del paciente sucedió a las 18h00.

En la madrugada de marzo a las 3:40 am, vi fallecer a mi primer paciente sospechoso por Divoc 19. Vivenciar esta experiencia per sé y sentirme tan impotente, vulnerable, inútil, porque no hallaba resolución al paciente, todavía hipoxémico con diez litros de oxígeno y tratamiento. Palpar el cambio de su temperatura de forma drástica y aunque, estaba vestida con traje de astronauta, sentirme impermeable, fría, intocable, incólume, intangible e irreconocible, creo que es la peor sensación de un médico cuando se necesita ser todo lo contrario frente a esta peste mortífera.

Al mismo tiempo no saber cómo explicar, sentirla, palparla, respirarla, ver a la muerte de frente, es inexplicable e inverosímil como lo sabes, que está tan cerca visitándonos y no puedes hacer nada. No sé en qué momento sin ni siquiera dudarlo y pensarlo me encontraba dando maniobras de RCP (reanimación cardipulmonar) sobre él. Fue un reflejo innato de mi profesión que me sorprendió a mí misma. Al momento mi paciente era sospechoso de la enfermedad. A pesar, de ello no podía dejarlo ir tan fácilmente, sin siquiera intentarlo.

Los médicos a diario luchamos contra la muerte. Por mi conciencia incuestionable que se encuentra en paz, tranquila porque hice todo lo que estuvo a mi alcance por salvar aquella vida. Lo traté y lo cuidé como si fuera mío, mi abuelito. Aunque vaya en contra de los protocolos, no pretendo quedar como héroe o descuidada, ni triunfos apoteósicos, por ese momento solo deseaba que mi paciente sobreviviera. Hasta por un milagro. Hice lo que podía y usé lo que aprendí por siete largos años de estudio.

«Lo que son amados no pueden morir, porque amor significa inmortalidad». Emily Dickinson

Papi Chilo, fue un lindo abuelito con talante generoso y parlanchín y con una sonrisa muy bonachona, conocido por todo el pueblito y amado por su familia gigantesca. Dejó toda una generación y entre ellos a mi compañera médico, su nieta. Y por la cual preguntó en su condición crítica hasta el último momento. Decía llame a mi nieta, ella también es médico.

Escucharlo gritar e implorar y preguntarse a sí mismo varias veces… minutos antes de morir: ¡Qué tengo Dios mío! ¡Qué tengo! Doctora ¡Qué tengo! Es algo que me acompañará toda mi vida y qué provocó en mí una serie de crisis existenciales y traumas profundos difíciles de asimilar con los cuales aún lucho. Ha sido la muerte más triste y solitaria que he evidenciado. En realidad, es como un ser humano vivo no quisiera saber que va a morir, como tu cuerpo de un momento a otro se vuelve inerte y ya no queda más y te vuelves inexistente y te tratan como tal, porque te envuelven en fundas de cadáveres y en tu último suspiro de aliento lo último que viste fue a un médico y no a tu familia.

Aquella vivencia la llevaré conmigo toda la vida. Aquel día fui fuerte por él, por mí, por su familia. Ahora está descansando… eso es lo que anhelo y me consuela. Me trastocó en lo profundo no podría ser menos sensible.

¿El precio de una vida? Es infalible. No hay respuesta, sólo una PCR (‘Reacción en Cadena de la Polimerasa) de 400 y una Glucosa de 500 que fue tomada una media hora antes y una radiografía mal tomada.

«Nadie que alivie los males de otros en este mundo es inútil en este mundo». Charlie Dickens.

Por los siguientes días me sentí mal, triste, desolada, deprimida, desesperanzada son los términos más cercanos.

Al tercer día cuando pensaba haber superado de a poco aquella triste situación comencé a sentir malestar por la mañana, acudí al centro de salud para tomarme los signos vitales ya que no contaba con termómetro, en la tarde mientras que trataba de solucionar una situación en la que un familiar estaba siendo sospechoso de la enfermedad, me sentí peor, me acosté y me duché mientras sentía como se incrementaba mi temperatura corporal, mi compañera de cuarto, también, médico me colocó medios físicos para bajar el alza térmica. Usé mi pulsioxímetro para registrar la saturación y la frecuencia cardiaca, en mi corta experiencia con la enfermedad, había presenciado y evidenciado cambios similares en pacientes positivos, taquicardia y aumento de la frecuencia respiratoria (taquipnea).

El pulsioxímetro registró una FC (frecuencia cardiaca) de 128; alterada y SATO2 98% (saturación de oxígeno) que se encontraba en parámetros normales. En ese momento de inmediato pensé que tenía la enfermedad, no quería ser negativa y le indiqué a mi compañera que me tomara la frecuencia respiratoria, le pedí que respondiera con sinceridad y me dijo que tenía 24 respiraciones por minuto. Tenía los dos signos vitales alterados y esenciales de los que yo misma me apoyaba para pacientes sospechosos. En ese momento me quiso dar un ataque de ansiedad. Para mí misma yo pasaba a ser una paciente sospechosa de divoc, mi amiga por alentarme me dijo que no me preocupará que pudiera ser dengue.

Ahora recordando los acontecimientos recuerdo que mi compañera corrió, limpió, y trapeó todo el piso con cloro, yo de la temperatura y de la ansiedad no me fijé que ella también sospechaba. Aferrada a la esperanza que tenía, acudí al hospital a realizarme unos exámenes de laboratorio, consolándome, después de una noche larga y difícil, en donde sentía cerca de mí las garras de la muerte, y en donde pensaba que mi sueño de ser médico me iba a matar.

Sin embargo, en días anteriores me levantaba tan feliz de al fin haberlo logrado que a veces no me lo creía. Para lo única profesión que nací. Tener la capacidad e intelecto de poder ayudar a muchas personas, de diferente sexo, etnia, edad.

Cada día me prometía a mí misma jamás olvidar mi promesa de profesión. Cuando veía un caso nuevo, la sonrisa de un lactante junto a su mamá, en mis salidas visitaba abuelitos, y era mi cosa favorita, escuchar sus anécdotas, sus penas, su sabiduría y poder ayudarlos con recetas, presenciar la gran necesidad que tenía este cantón, mucha pobreza, discapacidad, y enfermedades infecciosas de las que aprendía, solo hacía que cada día me sintiera afortunada por esta viva, por encontrarme sana, por amar la vida y valorar cosas sencillas y realmente importantes, dejar de preocuparme por cosas fútiles.

No sabía que me estaba preparando para la enfermedad de hoy. Momentos antes en la guardia que realicé en el hospital, me permitieron atender a un paciente que gritaba que iba a morir y que traté y en pocas horas se encontraba mejor. En mi mente decía: fue un milagro. Días largos y cansados en los que palpaba la muerte de cerca pero no ocurría. Ganábamos las batallas. Vencíamos a la muerte. ¡Qué satisfacción y felicidad!

Aquel día absolutamente todos teníamos EPP (Equipo de protección personal), más adelante, nos enteramos que todos éramos positivos para la enfermedad y de los cuatro cada uno presentó similitud de síntomas; dos licenciados y un médico, e incluida yo, que rotamos en triaje por 24 horas. Todos estamos vivos para contarlo.

Presenté síntomas propios de la enfermedad: Fiebre de 38.5 grados centígrados, tos no productiva, dolor de garganta, dolor muscular, pérdida de apetito, anosmia (perdida de olfato), hipogeusia (perdida del gusto), diarrea (una diarrea atroz), y elevación de enzimas hepáticas. Y los no propios que uno de ellos la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de añadir como nuevos síntomas asociados a la enfermedad; dificultad para moverme, y cansancio extremo.

El día sexto y séptimo de los síntomas fueron la peor fase de la enfermedad. Todo el aislamiento lo realicé en casa, en compañía de mi fiel compañera que estaba reacia en abandonarme, y en los que por la emergencia, antes se había alojado por la cercanía a su trabajo y para no poner en riesgo a sus padres que son pacientes vulnerables y con enfermedades previas. Por los días graves, había tomado una decisión firme, desacierta y peliaguda por el pavor de volver a pisar el hospital, y esta vez como paciente. Llegué a desaturar hasta 91%. Y me ayudaba con puff de salbutamol, no llegué a requerimiento de oxígeno.

En realidad, no sé si fue por el alza térmica. Creí que iba a morir y no llegaría a mi cumpleaños. Creo que sufrí una especie de alucinación.
Por un instante, todos los momentos más felices de mi vida pasaron por mi mente. Y saben algo no era nada material, no era la ropa que me gusta, ni ningún libro, ni título, nada de eso. No era ni cosas, ni lugares, ni viajes. Saben lo que pasó en ese santiamén fugaz. En ese momento veía de forma vívida el rostro de mi familia: Recuerdos entrañables y hermosos que reviví. Y saben lo que pensé y deseé en ese instante. En ese instante le rogué a Dios volverlos a ver.
Aunque sea una vez más, ver sus rostros igual de felices, sanos y alegres. Sus rostros pasaron de mi cabeza a mi corazón e imploré porque esos recuerdos se quedaran para siempre allí. Y pedí con todo mi corazón que Dios me los guarde y los proteja por siempre. Eso hace la enfermedad. Mostrarnos lo realmente importante. La familia.

«Si puedo evitar que un corazón sufra, no viviré en vano; si puedo aliviar el dolor en una vida, o sanar una herida o ayudar a un petirrojo desmayado a encontrar su nido, no viviré en vano. La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin palabras, que nunca cesa». Emily Dickinson

Sentí que Dios me dio otra oportunidad de vida, volví a nacer, trato de vivir con intensidad cada momento, veo la vida, más bonita, mas clarita, más valiosa. Actualmente trabajo realizando telemedicina y en el área de triaje de sintomáticos respiratorios en un centro de salud más rural. Sé por experiencia propia lo que se siente escuchar que eres sospechoso de la enfermedad. Sé lo que es estar aislada por un mes, el terror que sientes de poder contagiar a alguien y aún más a las personas que amas, la ansiedad que sientes cuando cumples el aislamiento y debes salir a continuar tu vida, la expectativa, luchar cada día contra la enfermedad, el temor y pavor que te da que regrese, porque todavía todo se encuentra escrito en tabla.

Estoy agradecida con la vida y por todo lo que aprendí de la enfermedad. Es una enfermedad que puede afectar a cualquiera, que todos estaremos expuestos en algún momento. Algunos asintomáticos, otros presentando síntomas con mayor severidad. Algunos no están aquí para contar su experiencia. La alegría y alivio que siento cuando un paciente me dice que se encuentra mejor y que pasó los días más difíciles. Lo feliz que soy al decirles: Usted es un milagro en esta tierra. Porque lo creemos. En serio, se siente así.

«Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay». Emily Dickinson

Posdata: El amor es mi modo de medicina, escritura y vida.

Recomendaciones de supervivencia:

Hidratación abundante.

Ser cuidado con mucho amor y paciencia.
Reposo.
Pensar e inspirarte en todo lo bello que quieres vivir y hacer después. Haz una lista si puedes.
Escuchar canciones o la voz de personas que amas… (en mi caso era mi papá que me cantaba todos los días por audio y mi mamá que me indicaba el té que debía realizar o para recordarme las vaporizaciones de eucalipto).
Ver atardeceres desde mi ventana con añoro y esperanza, ayudó, también.
Tener fe y ser fuerte.


CAROLINA MISHELLE CABRERA ALBARRACÍN
La mayoría del tiempo vivo en mundos rosas since 1990, intento de bloguera desde el 2015 (adicta a los finales felices) irm: rotación medicina interna y cirugía en hospital de infectología Dr. José Daniel Rodríguez Maridueña. Médico general con sueños profundos, egresada de la universidad de Guayaquil hace un año, coleccionista de palabras, frases y onomatopeyas. Próximo sueño: escritora de novelas. Por el momento dedicada a escribir historias de amor.

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

Check Also

YO VENCÍ A LA PELOTITA CON PUNTOS

Nuestra colaboradora de la Sección De Puertas Abiertas, Catalina Uscocovich, nos comparte su historia de …

Un comentarios

  1. Fabricio Cabrera Ramos

    Esta carta es de una profesional de la medicina una auténtica guerrera que se ha forjado en la batalla en Contra de una Pandemia como es el Covid 19 más conocida como Coronavirus y que ha sufrido los estragos de esta maldito virus que asola en el Ecuador y que ha matado a millones de perosna en todo el mundo .
    Quiero darte las gracias Doctora Carolina Mishelle Cabrera Albarracin por ser una magnífica Profesional de la medicina y por estar en primera linia salvando vidas a mi Compatriotas en Ecuador
    Atentamente
    Fabricio Cabrera Ramos
    Presidente del Comité Civico Ecuatoriano en Cataluña CIECAT

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *