AMANECER EN EL MERCADO

Fue en una noche de parranda en que el músico Luis Rueda me invitó a comer en la Caraguay. Justo es decir que ya era de madrugada y yo nunca me había amanecido en ese mercado del sur de Guayaquil. “Vamos a la Caraguay, quiero un caldo de salchicha”, dijo. La borrachera todavía no nos había vencido, pero las miradas ya estaban lánguidas. Todo borracho que se respete sabe que comer solo sirve para matar la fiesta, y únicamente se llega a ese momento cuando ya se acabó el trago, o no queda otra alternativa más que dormir. Después la seguimos, agregó.

Era, quizás 2004. Los días en que reinaba El Gran Cacao, el bar insignia de la Zona Rosa de Guayaquil y que amablemente cobijó a tanta gente rara. A veces yo pasaba por ahí, ponía algo de música y bebía gratis. El recorrido por algunos tugurios y muchas noches me había curtido cuerpo y espíritu. Amanecer en una plaza o mercado era normal en aquella época. Ahora resulta cada vez más extraño, sobre todo en Guayaquil, donde la alegría pública concluye a las dos de la mañana. Una hora miserable que ha dañado el sentimiento de la diversión y ha metido el mal humor en el alma de muchos guayaquileños; los obliga a hacer trampas y a esconderse como desdichados en bares que cierran las puertas y bajan el volumen para beber, como si se tratara de vulgares delincuentes.

Es un poco antes de la cinco de la mañana de un martes. Llueve. Ha llovido casi toda la noche. La bendita lluvia no me ha permitido dormir bien. Hace frío. Dentro del taxi que me lleva a la Caraguay, no puedo evitar pensar que antes era moneda corriente amanecerse en cualquier lado. Recuerdo que una de las mejores amanecidas que viví fue con los escritores Jorge Velasco Mackenzie y Miguel Castillo, y por supuesto que pasó en un mercado: la Plaza Central que queda en las calles Seis de Marzo, Diez de Agosto y otras más. Fue una noche en la que estos maestros, pero que primero se portaban como seres humanos, lograron que me enamoré definitivamente de la escritura. No me avergüenza reconocer que yo tenía mis dudas, aún las tengo. A los 19 años me era imposible distinguir y aceptar que tuviera algo de talento para este difícil arte. La jornada resultó perfecta, hubo la necesaria dosis de gritos, escándalo y puteadas, donde el ego del uno se imponía al del otro y viceversa. Yo estaba en medio. Me decían short stop, como en el beisbol.

Sentados en el piso y arrumados a una pared bebíamos con devoción arropados por la piel de las palabras. La gente del mercado nos miraba con curiosidad y preocupación porque no teníamos pinta de trabajar ahí y lo único que comprábamos era cerveza. Así llegó la mañana y luego el día; la cosa continuó sin molestias, nadie, pero absolutamente nadie, nos increpó nuestra falta de decoro, moral, decencia, o alguna otra ridícula pretensión de buen juicio. Nada. Ninguna persona, guardia o autoridad se dignó en dirigirnos la palabra o hacernos una recomendación sobre aquella osadía de hablar y beber en un lugar público. Nos dejaron embriagar tranquilos y navegar por el vapor de nuestros sueños absurdos y locos. Después nos fuimos abrazados prometiendo volver.

¡Qué días con sus santas noches! Ahora es diferente. Este es el presente y parece triste. Las calles están deshabitadas y la vida se ha refugiado. Me acompaña el fotógrafo Amaury Martínez, quien tampoco dice nada. Cada uno mira por las ventillas del carro la lluvia caer. La ciudad es un desierto mojado, pienso. A las cinco y ocho minutos llegamos a la Caraguay. Grandes bombillas alumbran el mercado y vencen la oscuridad. A esa hora funciona la fase 2 o la parte donde se puede comprar mariscos en grandes cantidades; lo normal es que te vendan a partir de diez libras, pero algunos comerciantes hacen excepciones y de vez en cuando te colocan cinco, menos de eso no le venden a nadie; esas son las reglas.

La pregunta es si amanecer en un mercado viendo a la gente comprar mariscos tiene algo de interesante. Intuyo que la respuesta es no. Así que me dedico a observar, que es una de las cosas que más me gusta hacer. Primero: el pescado abunda en tamaño y en variedad, hay muchas clases: lisas, caritas, atún, pargos, picudo, albacora, corvina, robalo, dorado, sardinas; también camarón, calamar, pulpo; pero no hay cangrejo porque está en veda. Para tantear el asunto pregunto si hay anguila y algunos tipos me miran como un bicho raro.

Avanzo mientras cuento para calcular cuando mide la fase 2; total: 136 pasos de largo por 70 de ancho. Esquivo gente que deambula con unos armatostes armados sobre cuatro ruedas que sirven para transportar la carga. Son empujados por hombres que visten camisetas azules y pertenecen a la Asociación de Carretilleros de Mariscos del Mercado Municipal Caraguay. A las cinco con veintisiete todavía llueve mucho y el interior del mercado está resbaladizo y sucio. La música tropical suena y se impone por encima del barullo que forman las voces negociando, lo turro es que cada puesto tiene su estación preferida y todo se mezcla creando un caos de canciones; aunque los golpes de martillo sobre las hachuelas para partir la albacora congelada le ganan a los otros ruidos.

Lo que impresiona es el orden que existe a pesar de la bulla y el trajín. Parece que todos saben exactamente lo que deben hacer. Aquellos que trabajan en los puestos se distinguen por usar camisetas verdes con su nombre bordado en un costado, algunos llevan gorras; protegen sus pies con fundas de plástico y casi todos calzan botas altas de caucho color negro, otros como Rolando Cepeda, que pertenece al puesto número 687, usan amarillas.

Aunque el olor de mariscos es constante no molesta, nada huele a podrido. Las grandes balanzas son parte fundamental del negocio, en una de ellas Cepeda coloca un lenguado que pesa casi 45 libras. Una señora gorda y de pelo crespo se marcha sin comprar nada. El ambiente en general es distendido y de camaradería, los trabajadores hacen bromas, da la impresión que son amigos de muchos años. Resuenan los machetazos y la lluvia sigue, parece que alguien arroja baldes llenos de agua desde el cielo.

Los dueños anotan en cuadernos las transacciones. Manejan pinta de gánsteres, casi no hablan, mantienen un gesto de seriedad y preocupación constante en el rostro. Están sentados en sillas de plásticos, algunos dormitan sobre las mesas donde se hallan los cuadernos de las cuentas. La mayoría parece gente dura, tipos mal encarados a los que no les gustan las fotos ni las preguntas.

De vez en cuando aparece un guardia que camina de un lado para el otro dándole vuelta a su tolete. “Dos dólares la libra de camarón”, destaca un grito. Todos hacen su negocio, unos venden hielo, otros cargan los pedidos, algunos compran para luego revender en la fase 1 o mercado minorista, que se abre a las seis de la mañana cuando cierra la fase 2.

Entonces me animo y gasto $ 7.20 en 8 libras de pulpo que compro en el puesto 686. Luego por 5 libras de camarón mediano con cabeza pago $ 9. A las seis de la mañana alguien coloca candados en las puertas y solo se puede salir por la puerta del fondo, la que da al muelle desde donde se divisa la isla Santay. Todo sigue envuelto en la penumbra y el día tarda en llegar.

Salgo cargando dos fundas. Veo un barco de nombre Galápagos anclado. Un tipo vende conchas y otro regatea. A las seis y quince todavía sigue oscuro, pero la actividad se traslada al mercado de minoristas. Me siento en la parte exterior del último puesto de comidas, está signado con el código 23-0026-001-0-1-634-1. Su propietario dice que se llama El Sargento porque él es demasiado serio, aunque no hay ningún letrero que anuncié el nombre ni los platos que se preparan ahí. En el local de a lado, cevichería Mi Tuky, donde todavía no hay nadie que atienda; se ofrece encebollado de albacora, ceviche de camarón, concha, pulpo, cangrejo, marinero, ruso, mixto y en las tardes, fritada.

“Ceviche para que haga trillizos, venga”, grita el sargento Luis Humberto Asqui. Pido un ceviche mixto, en el que yo escojo los mariscos. La rutina de Luis empieza a las tres y media o cuatro de la mañana. Hoy llegó a la parte de los mayoristas a las cuatro y treinta. “Mi mamá llega todos los días a las cuatro y media de la mañana. A veces cuando no hay albacora para preparar el encebollado ella está aquí golpe de tres. En este puesto también trabajan otras personas por las noches”, cuenta.

Por su charla me entero de que los puestos de comida funcionan las 24 horas. No paran 31 de diciembre, año nuevo, carnaval. Nada los detiene. “El primero de enero golpe de siete de la mañana ya está abierto el mercado, ahí nos quedamos hasta la una”, relata.

Entusiasmado por la calidad, le pido otro ceviche para llevar. A las siete de la mañana todo está consumado. Paso por la parte donde venden frutas y compro algo. Todavía cae una tenue llovizna cuando a las siete con doce minutos nos metemos al taxi. Una voz que intenta ser sexi canta una canción tropicalona, el coro dice: “A tu medida ahh ahh”. Ahí empieza la verdadera pesadilla.


Serie: Nostalgias de otro Guayaquil.  Publicado en el libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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