ESMERALDAS CHIQUITO NO ES ESPEJISMO

Las calles son pequeñas y desordenadas, con montículos de tierra y desperdicios que luego se echarán al estero para rellenarlo. Junto a la ribera flota mucha basura. Incluso perros muertos. Por ahí picotean los pollos. Más allá, chiquillos descamisados corren detrás de una pelota, algunos están sin zapatos. Ésa es su vida.

Esmeraldas Chiquito no es un espejismo. Es realidad cruda y lacerante, algo que duele sin importar el color de la piel. Joe Corozo, miembro del Movimiento Cultural Afroecuatoriano, lo sabe. Él nos lleva con Deisi Olaya, directora regional del Codae (Corporación de desarrollo afroecuatoriano). Por el polvo de sus recovecos, por callejones de puentes colgantes, en busca de los negros, para intentar rescatarlos del silencio. Pero es algo complicado. Cuesta mucho arrancarle palabras a gente que en demasiados casos nunca pasó de la escuela, que abandonó su tierra, el campo, el machete. Personas que apostaron por una vida mejor en una ciudad desconocida, ajenos a la realidad.

Esmeraldas Chiquito es una cooperativa como otras de las que componen Las Malvinas, ubicada en el sur de Guayaquil, detrás de la ciudadela Guangala y junto al estero Mogollón. Se asienta sobre una base de arena producto del dragado que realizó el gobierno de Rodrigo Borja en 1992. Algunas casas están edificadas sobre el agua, y han sido sostenidas por palos de mangle o caña guadua. Nelson Quiroz, Tyron Castillo y Guanerge Gómez reconstruyen la de Martha Ramírez, que estaba a punto de caerse, pero ella no aparece. Los que cuentan la historia son los trabajadores y Ana Sevillano, de 22 años, una vecina que tiene un hijo y vive en una casa de madera en un terreno que ella invadió. No pagan luz y todavía no hay agua potable. Ella es una mujer de piel morena que habla despacio. “Nos quedaremos

hasta que nos boten”, me dice mirando hacia el agua por donde pasan los pescadores de jaibas. Otros vecinos se acercan curiosos a mirar la cámara del fotógrafo. Cuesta aceptar el propio rostro en lente ajeno, no desean salir en la prensa. Los mangles grandes cuestan 5 dólares. Nada es gratis y hay que rellenar con lo que sea para tener opción a una de las viviendas Hogar de Cristo. “Sin bono puede costar 800 dólares –recuerda Ana–, pero la casa tiene que estar sobre tierra para lograr la ayuda”.

Seguimos por calles que de tan pequeñas parecen ridículas. El olor de aguas podridas se siente a intervalos y también la música que varía según la casa, vallenato o salsa. Niños semidesnudos se esconden detrás de puertas desvencijadas, ríen sin importarles la vida que transcurre fuera de aquellos lugares.

Julio es el mes de la cultura afro, recuerda Joe Corozo, pero muchos no lo saben. Cómo decírselo a Flora Angulo Mina, de 47 años y madre de ocho hijos que sobrevive lavando ropa. Llegó hasta tercer grado cuando vivía en la provincia de Esmeraldas, por arriba de Borbón, junto al río Santiago abajo de Timbiré. Vino con su esposo Gary Corozo, que trabaja en una camaronera en Playas, desde hace 27 años. Ella reconoce que no quiso seguir estudiando. Sabe de las dificultades que esto representa y por eso pelea con sus hijos para que no desistan del estudio.

Lava todos los días y se gana 8 o 10 dólares, dependiendo de la cantidad de ropa. Mientras habla restriega las prendas en una lavacara café, no deja de reír pese a la mirada de los curiosos que se aglomeran para escuchar lo que dice. Estela, una de sus hijas que diariamente camina hasta la escuela el Gran Samaritano en la Guangala, le cuida un poco las palabras. Ella quiere ser profesora para educar a sus hermanos afroecuatorianos, para no sufrir la pena del abandono, la pobreza y el rechazo de las personas.

Foto: Ángel Aguirre (El Universo)


Serie: Las sombras de la ciudad. Nota publicada en Diario El Universo, el jueves 31 de julio de 2003 y parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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