A LA ESPERA DEL REENCUENTRO.

“¡No Mika, otro perro ya no!”, recuerdo que exclamé para mi interior y fue la primera reacción que tuve cuando finalmente llegué a la puerta de mi casa, mientras la abría y después de haber caminado varias cuadras y haber divisado a lo lejos un bulto café rojizo que se movía de un lado al otro, todo esto hace ocho meses aproximadamente.

Mika es mi mamá, apodo que sin querer le puse desde que tengo uso de razón, y el bulto café era un perro de tamaño mediano, adulto, de un año de edad posiblemente, que en el momento en que lo conocí por primera vez se encontraba ligeramente delgado, su costillar no sólo era palpable sino también visible y tenía una silueta marcada, por lo que cualquiera hubiera creído que estaba compitiendo con las modelos de alta moda al tener una “cinturita de avispa”, un poco más fina que la aceptable para un perro.

Mientras trabajaba fuera de la ciudad durante un tiempo, en una de mis venidas a casa para mis respectivos días de descanso, apareció el perro en cuestión, llevaba un par de días deambulando por los alrededores del sector donde vivo, según mi mamá y mi tío, se notaba ansioso, agitado, sin rumbo fijo, mirando con desesperación a la gente que veía pasar por si tenían algo de comer que le pudiesen compartir.

Tanto había llamado la atención de mis vecinos que, entre ellos, mi mamá y mi tío, vieron la posibilidad de que permaneciera en nuestra casa hasta que su posible dueño apareciera, mientras tanto, todos colaboraron con alimento para él y hasta un colchón tipo cama le donaron para que se pudiese acomodar en el patio frontal que posee la vivienda, ya que adentro vivían otros tres perros con los cuales no tuvo contacto directo en primera instancia, al no saber bien cómo era su comportamiento con otros animales.

Su oreja derecha tenía varias muescas, como rastros de que posiblemente debió haberse enfrentado con otros perros. Al que al poco tiempo bautizaron como Gordo, aquel perro mestizo, es decir, proveniente de dos o más razas, que tenía rasgos de Pitbull, así como de Sharpei, de origen chino, hizo honor a su nombre, en el sentido en que era evidente su ganancia de peso y de más masa muscular cada vez, puesto que cuando lo adoptamos, tenía una conformación corporal 2/5, es decir, por debajo de la ideal que es 3/5, según la escala que va del uno al cinco que usamos los veterinarios para evaluar la condición corporal de los perros, siendo 1/5 la condición corporal más pobre y 5/5 representa la de un animal en estado de obesidad.

Si se le servía su comida, faltaba poco para que devorase también el plato, alrededor de un minuto era lo que demoraba en comer y parecía no saciarse nunca.

Las semanas transcurrieron, comenzó a llamar mucho la atención de la gente que pasaba por la casa y lo veía a través de las rejas que la cercan.

Quien no lo conocía pensaría que era un perro muy temible por su aspecto físico, por sus rasgos de una raza que lamentablemente se la ha estereotipado como agresiva. Lo cierto era que podría decir que era un “pan de dulce” con las personas.

Sin embargo, mi mamá y mi tío, a pesar de no conocerlo en profundidad, nunca le demostraron miedo, porque para esto él se los ganó primero. Les movía la cola sin cesar cada vez que lo alimentaban, intentaba demostrarles lo agradecido que se sentía con ellos.

En el barrio llegó a ser muy conocido y querido. Con los niños anteriormente debió ser muy amoroso, y esto lo supusimos porque se derretía por una niña de unos diez años de edad, que todas las mañanas pasaba puntualmente con su mamá rumbo a su escuela, gritándole fuertemente: “¡Gordo, Gordo!” y el emitía un llanto como el de un cachorro engreído, meneando su cola fuertemente de izquierda a derecha, y viceversa. Aquel grado de emoción le duraba hasta que la niña se perdía a lo lejos.

Desconocíamos totalmente su procedencia, hasta que dos meses después de haber llegado a casa ya no pudimos seguir con las suposiciones de qué le habría pasado para haberse encontrado solo y perdido en la calle, porque entonces descubrimos a un chico que insistentemente tocaba a nuestra puerta una mañana, indicando que aquel perro le pertenecía, mientras le gritaba “¡Fito, Fito, soy yo!”. Mi mamá inmediatamente salió para ver de quién se trataba y le dijo: “joven, dígame, ¿en qué le puedo ayudar, lo conoce?”.

Mientras sucedía el diálogo, Gordo reaccionaba como con todas las personas que lo saludaban, amigable y muy confiadamente.

“Sí señora, ese perro es mío y se llama Fito, lo reconocí por el borde de su oreja derecha, mi otra perra lo atacó y le dejó esa marca, su oreja quedó rumiada”, le respondió el joven a mi mamá.

“¡Pero qué bello estás, mírate chamo!”, exclamó emocionadamente dirigiéndose a Gordo, y él lo miraba muy atentamente e igual de emocionado, pero por un momento se vio en su mirada una ligera desorientación, seguramente no comprendía cómo es que dejó de ver a su dueño y ahora de repente lo estaba viendo otra vez.

Yo quería intervenir desde detrás de la ventana, para incitar a aquel joven a que se lo llevara de regreso, ya que él era su dueño original, pero cuando estuve a punto de hacerlo, logré escuchar que tenía un motivo por el cual lamentablemente no lo podía llevar con él de vuelta.

Y la explicación era que la dueña de casa donde él había conseguido un cuarto para vivir junto con sus dos perros, había sacado a la luz que no le agradaban los animales, y ya no le permitía tenerlos con él bajo el mismo techo. No dándole tiempo para resolver, un día, salió muy temprano a trabajar como todos los días, y cuando regresó muy tarde en la noche se percató de la ausencia de sus perros. Aquella mujer, en vista de que no había nadie más que Gordo y su compañera, había aprovechado la oportunidad para abrirles la puerta para que ambos salieran disparados a la calle sin rumbo fijo y se perdieran, sin sentir remordimiento alguno.

Su dueño puso carteles de SE BUSCAN por todas partes, pero nadie pudo ayudar a rastrearlos, los buscó de casa en casa en su mismo sector, entre los callejones, día y noche, noche y día, hasta que se dio por vencido.

Quién sabe cuántas peripecias tuvieron que pasar estos dos animales en medio de las calles sin saber qué hacer, a quién recurrir, a dónde ir al verse desorientados y cuánto tiempo habrán permanecido de ese modo. Ningún ser que viva en la calle jamás podrá estar exento de sufrir las consecuencias, como desnutrición, contagio de enfermedades, atropellamientos, exposición a calor y/o frío extremos, maltrato físico, etc.

Así como Gordo llegó a nuestro barrio, el cual, por cierto, está aproximadamente a unos 800 metros del que provino, su compañera debió tomar otro camino o tener otro destino, porque a nosotros él llegó sin ella, sus únicas acompañantes eran unas pocas garrapatas que traía en su cuerpo.

El joven migrante venezolano, se vio entre la espada y la pared al querer llevárselo, pero fue realista y posiblemente sintió miedo pensando en que, si lo hacía, la arrendadora podía hacerle algo diferente al perro, ya que difícilmente podía conseguir tan rápido otro espacio para vivir los dos juntos como antes, o darlo en adopción a otra persona.

Al ver que Gordo había estado bien cuidado, se lo veía tranquilo y no pasaba necesidades como las que había tenido anteriormente, pues en conjunto se tomó la decisión de dejarlo en nuestro hogar, y obviamente no me opuse a mantener a un miembro canino más de la familia. Desde entonces, su ex dueño decidió visitarlo al menos una vez a la semana, y saludarlo a través de la reja, desviándose un ratito de su camino como repartidor de productos a domicilios.

En estos tiempos de aislamiento, a veces creo que Gordo debió haberse desorientado por segunda vez, al darse cuenta de que su ex dueño no lo ha visitado muy seguido, o de que la niña que todas las mañanas lo saludaba efusivamente dejó de pasar, así como el resto de personas a los que solía mover la cola cuando lo llamaban por su nombre. Sin lugar a dudas debió haber sentido el cambio repentino, la diferencia es que él nunca sabrá el por qué un día estaban aquellas personas y al otro día ya no. Pero estoy segura de que, aunque no pueda decírmelo con palabras, él guarda la esperanza de volver a verlos. Espero que pronto así sea y que en Gordo reviva la llamita de la emoción y de la felicidad de ver a sus amigos, así como indudablemente nos va a pasar también cuando nos reencontremos con los nuestros una vez más.

Este es el caso de un perro que fue abandonado, echado a su suerte, al menos no por su propio dueño. Casos de abandono se han reportado desde siempre, lamentablemente en nuestro país las leyes para dueños irresponsables y descorazonados no son rígidas, y actualmente están aumentando incluso cada vez más por el tema de salud actual. La gente que comete estos actos no sólo es evidentemente cruel con sus mascotas, sino que tampoco les interesa el resto de personas a su alrededor, no miden las consecuencias o efectos del abandono a corto, mediano y largo plazo, como, por ejemplo, incremento de ataques de perros, sobrepoblación animal, mayor incidencia de enfermedades zoonósicas, etc.

¡Qué grandioso sería que tuviéramos un pensamiento unificado en relación a este tema y comprendiéramos que un ser vivo al que decidimos querer y cuidar no se lo abandona bajo ninguna circunstancia, ni en las buenas ni mucho menos en las malas y que, si se viven tiempos adversos, los vivimos con ellos también, cuidándonos entre sí, tomando las debidas precauciones, pero juntos!

Juntos gritemos: ¡NO al abandono!


Mariella Chacón Morales

Médica Veterinaria

WhatsApp: 593 984 010 758

E-mail: marielinha20@hotmail.com

Instagram: @mariellachaconmorales

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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Un comentarios

  1. Es desesperante ver la cantidad de perritos en la calle, muchos abandonados muy pocos son los que se han perdido, quisiera ayudar a todos pero a veces la gente se aprovecha y los bota porque sabe que hay gente que se hace responsable,y ahora ya no hay pretexto para no ligarlos, ya que hay campañas para esterilizar a sus mascotas, y si no tienen el medio para tener mascotas mejor no tenerla.
    porque de pequeños los ven lindo pero crecen y piensan que son descartables, una mascota es para cuidar en todo tiempo no botarlo cuando lo ven enfermo o viejo.

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