ADIÓS DON OMAR

Que Omar Quintana era un personaje polémico, lo sé; que era apasionado, impulsivo, gritón, prepotente, también lo sé; que era controversial y controvertido, también lo sé; que era combativo, también lo sé; que le decían el Loco por sus arranques frenéticos, también lo sé; que era genio y figura, también lo sé; que era una persona discutida, amada por algunos, odiada por muchos, también lo sé; que tiene 200 malas y 500 buenas, también lo sé. Y con esas buenas, me quiero quedar. Dicen que no hay muerto malo. Pues ahora que Don Omar ya no está, quiero recordar al Don Omar que yo conocí, al que tuvo detalles buenos conmigo, aunque también hubo de los otros; al que tenía un corazón noble al que le vi hacer bondades, como pagar recetas médicas o donar canastas de alimentos de personas desconocidas que le llegaban a la oficina a pedir ayuda o colaborar con colegas en mala situación o  apoyar en causas solidarias con la condición que no se diga que había ayudado. No es momento de satanizar sus errores o malas acciones que las tuvo y que fueron públicas, además; tampoco quiero entrar en detalles de su gestión como deportista, dirigente, político o ser humano que tiene muchos detractores. Hoy lo quiero recordar, como el caballero que también fue, por algo se ganó el apodo del Caballero del Deporte, mote puesto, nada más ni nada menos, que por un ser también controversial que sí de algo se caracterizaba era de no tener pelos en la lengua y lisonjear gratuitamente, Pablo Hanníbal Vela, “El Rey de la Cantera”, que hoy tampoco está y no diré que seguramente se encontrará con Don Omar, allá. Porque no se sabe que hay más allá de la vida. Nadie sabe que pasa después ni nadie ha regresado para contarlo. Pero eso es otro tema del cual prefiero no escribir.

A Don Omar lo conocí una noche de 1979, cuando yo era un joven de 19 años que ni soñaba con ser periodista. Lo conocí en su restaurante La Marimba, por entonces uno de los mejores de la época, porque ahí trabajaba un gran amigo mío, joven como yo, que paraba conmigo en nuestra esquina del Ringo, de esos amigos que se hacen hermanos, Pepín Palacios.  Yo fui al restaurante para ver y apoyar a mi amigo que trabajaba allí y porque después de su trabajo nos íbamos a ir de farra. Esa noche estaba Don Omar, mi amigo me lo presentó porque sabía que yo era un emelecista enfermo y en ese entonces, él era presidente de la Comisión de Fútbol del Club. Yo sabía que había sido basquetbolista del club, seleccionado nacional y entonces presi del equipo de mis amores. El gentilmente se acercó a la mesa y no solo que accedió a la presentación, sino que sin nadie le dijera nada se sentó en mi mesa y se puso a conversar por casi una hora de Emelec, porque le sorprendió que yo siendo un muchacho sepa la historia del club. Y él amaba la historia. Jamás nos íbamos imaginar ninguno de los dos, que 35 años después, hiciéramos juntos un libro de Emelec por sus 70 años de vida institucional. Libro que jamás salió por múltiples factores y que hoy reposa diseñado en mi computador sin ser impreso y ver la luz.

Luego de esa noche, no lo volví a ver jamás. O sea si lo vi, años después en  algunos eventos públicos en que coincidimos, ya por nuestros oficios, pero cada quien por su lado. Yo nunca me le acerqué y si alguna vez me tocó saludarlo, del saludo no pasamos.

Nos hicimos amigos una noche de 1997, luego de vivir una anécdota curiosa, chistosa, inusual, rara, de esas que no se olvidan jamás. La historia es esta: Yo trabajaba de Editor de Deportes de Diario El Universo, en el que  también trabajaba mi esposa. Ella ingresaba a las 08h00 y yo pasadas las 09h00 o 10h00 porque tenía otro horario y salía más tarde. Ella se sentaba en uno de los primeros puestos que se ubicaban a la entrada de la sala de redacción, apenas se pasaba la puerta de ingreso. Me acerqué a saludar como todos los días y estaba con una carota de esas que yo suelo poner cuando Emelec pierde. ¿Qué te pasa le dije? Me extrañé porque nada había hecho. “Mira allá” me dijo. “Mira el regalito de tu amante”. Observo y veo un inmenso ramo de flores, pero inmenso, en mi puesto. Me extrañó muchísimo, pues nadie tenía porque mandarme uno y tampoco tenía quien me lo envíe. “Ha de ser para Marcia o María Elena (dos de mis colaboradoras) y el mensajero se equivocó y lo puso en el mío, tanto drama por eso”, le dije. “Nada, es para ti”, me replicó. Yo inmediatamente salté como esposo ofendido y le dije “Conociéndote, ya hasta has de ver visto la tarjeta, con lo sapa que eres. Y ya pues si sabes algo, dime de una vez, de quien es. Si hay un nombre de mujer allí, seguro es una broma y haces lámpara por gusto. Yo no sé nada”. Yo sabía que ella no era de las que revisaba correspondencia ajena y que es muy respetuosa de la privacidad de uno, pero me extrañó que sepa que el ramo era para mí. Fuimos juntos a ver el ramo y ahí entendí por qué  sabía que era para mí y por qué no sabía quién lo había enviado. La tarjeta tenía un sobre con mi nombre. Al abrí vi la leyenda que decía “Para el barcelonista más odiador que tiene el Emelec. Con fervor eléctrico. Omar Quintana Baquerizo”. Me cagué de risa y creí que en efecto el ramo era para una de mis colaboradoras y que la tarjeta la habían hecho uno de mis compañeros de redacción, en una de las tantas bromas que nos hacíamos. Ellos negaban, yo estaba convencido que eran ellos. Mi esposa se quedó tranquila. Una hora después me llamaba una señorita que se identificó como secretaria de Omar Quintana para confirmar si había recibido el ramo. Sorprendido le digo. “Sí. Lo recibí y dígale al señor Quintana que muchas gracias, pero que por favor no me insulte. Yo no soy barcelonista. Yo soy más azul que él y diez más”. A la media hora, me llamó nuevamente la secretaria y me puso a Don Omar en la línea “Si dice que es emelecista, porque odia tanto a Emelec. No creo que sea de Emelec porque sus crónicas destilan odio hacia el club, debe ser barcelonista camuflado”. Hablamos, más bien, discutimos cinco minutos y terminó citándome a su oficina para hablar del club y responderme cada una de mis críticas. Yo le dije. “Yo no voy a ir, si usted quiere hablar conmigo, venga a buscarme. Aquí estoy”. “Voy a ir con la plantilla y ahí vamos a aclarar y de paso nos hace conocer las instalaciones para que vean ellos como se hace un diario que odia a Emelec”. Demás está  decir que fue cargado de regalos (gorras, maletines, camisetas), un sábado en la mañana con los jugadores y se le hizo la visita por todas las instalaciones y hasta foto se tomaron, nos tomamos, más bien. Ahí hablamos y terminamos de amigos. Desde ese día, él ha sido el primer y único hombre que me dio un ramo de flores en mi vida. ¡Como olvidarlo!

Después de esa noche, charlamos muchas veces por horas, pues me invitaba a su oficina a hablar de Emelec, de deporte, de la vida, de política, de empresa, del Che Guevara. Tenía una hora especial para atenderme. Casi siempre era pasada las diez de la noche. Hora que se desocupaba de sus labores cotidianas. Mi esposa me iba a ver tarde a su oficina, hasta que él me dijo: “No la expongas, no la hagas venir, no seas desconsiderado. Si no quieres gastar en taxi, yo te mando  dejar. Pero no la hagas venir. Es peligroso”. Y él se quedaba trabajando, hasta la madrugada. A veces me llamaba a esa hora porque algo se le ocurría. Yo lo atendía y le decía. “Déjeme dormir. Si usted no duerme es asunto suyo, pero yo mañana tengo que trabajar”. Genio y figura. Don Omar.

Y así, nos reunimos varias veces, hasta que un día, conversando salió la idea de hacer un libro del Club por los 70 años de vida  y la relación se estrechó más. Hubo tanta confianza y tanto respeto entre nosotros que en las conversaciones que no eran entrevistas periodísticas, sino charlas de amigos, yo me atreví a hacerle preguntas que sabiendo el carácter que tenía, dudo que alguien se las haría. Y él las respondía sin molestarse. Una de ellas fue si era cierto que él había sido la persona que la prensa denunció (sin dar nombres, claro) como la mano negra que conspiró para que Emelec descendiera a la Serie B en 1980, apenas meses después que fuera campeón nacional 1979, bajo su mando. Que sí fue él, el que sembró cizaña y que compró jugadores claves para que se tiraran para atrás y Emelec perdiera sus partidos y descendiera.  Muy sereno me contestó “¿Qué crees tú”?. Yo le dije “Yo no sé nada, por eso le pregunto”. Él me dijo. “Yo no soy de bajezas. Yo hago las cosas de frente y yo no haría nunca daño al club que amo. Allí pasaron otra cosas que ni yo sé”. Fin del tema.

Y así como esas hubo muchas anécdotas, como aquella vez que nos gritamos y amagamos con irnos de puños. Fue así. Una noche en su oficina, tratando de temas del libro que ya estaba muy avanzado, me reclamó por el retraso en el cronograma, algo que no dependía de mí. Pero lo hizo enojado gritándome. Yo me le paré del asiento y al tiempo que él se levantaba del suyo le grité “A mí  no me grita. Usted puede ser muy Omar Quintana, muy grandote, pero a mí no me grita. Si usted es loco, yo soy más loco que usted. Y más claro, ahí queda su huevada. Yo no trabajo más con usted”. Y cerré mis puños por si acaso respondiera. Él se volvió a sentar y con una sonrisa me dijo “Ay Aurelito, Aurelito, debes aprender a ser más calmado. No te enciendas. Pareces un fosforito. No seas tan vehemente. Las personas se entienden hablando” Confieso que me desarmó y me tranquilizó, aunque le dije “quien habla de no ser vehemente”. Reímos y seguimos trabajando, sin comer nada, porque el parece que no comía y yo me moría de hambre. Cerca de la media noche tenía que pararme e irme, porque de ser por él, nos íbamos de largo. Era un trabajólico empedernido. Decía estar entrenado para ello. Y a más de trabajador, vehemente.

Y es que Don Omar, era muy vehemente. Cierta noche en su oficina con mi esposa como testigo, vimos como literalmente él  y dos de sus guardaespaldas, bajaban a patadas de la oficina a un jugador de Emelec. Nosotros estábamos sentados en la sala de abajo, y mi esposa que es muy justiciera, quiso intervenir. Yo le dije. “No te metas”. Yo para esa época ya era director de Estadio y salí a la calle a hablar con el jugador para que denuncie el hecho. Él me dijo. “No pasa nada. Yo no quiero hablar” y se embarcó en el carro de Don Omar con su chófer. Luego supe lo fueron a dejar al aeropuerto para que se regrese a su país. En tanto, yo subí a la reunión con Don Omar. Y antes de que yo le pregunte algo, él se anticipó “Si viste algo, no viste nada. Si tú dices algo, nosotros lo negamos”. Me puso en la encrucijada más grande de la vida como periodista. Como no decir algo que estaba mal y que yo presencié. Era como hacer un silencio cómplice. Un atentado a la ética periodística. Le conté a un duro de la revista y me dijo: “¿Tienes pruebas?” No. Solo mi versión”. “En periodismo eso no sirve. Es tu voz contra la de él. No nos vamos a arriesgar a una demanda que quizá la podemos ganar, pero antes nos va a causar problemas”. Y el asunto quedó allí. Hoy la cuento porque pasaron muchos años y ya eso entra al capítulo de las anécdotas.

Anécdotas hay varias con él, como que cada vez y cuando él me hacía regalos y yo se los devolvía. La secretaria me llamaba, y me advertía: “Don Omar le va a hablar, pero le advierto está muy enojado por su descortesía”. Y él hablaba sereno pero enojado, me decía que yo era un malcriado, que él me hacía presentes por afecto, por amistad, no para comprarme. Yo le explicaba que tenía como norma no aceptar regalos de nadie vinculado a mi profesión y que el medio en que estaba prohibía aceptar regalos. No entendía. Era lo único que no aceptaba, que desprecien sus atenciones. El pito se repetía cada diciembre en el que le rechazaba su canasta navideña. Una vez llegaron varias a la dirección de Estadio y junto a mi gran amigo César Torres, mi editor, ordenamos que todos debían devolverla. Las mandamos a dejar con el chofer, pero esta vez llamando primero a una de sus cercanas colaboradoras, a decir que ahí iban las canastas y que nos confirme el recibido. Lo hicimos delante del chofer porque sabíamos que el año anterior, no se habían devuelto las canastas. Y me enteré porque aquella vez,  él me llamó a desear feliz año y me dijo, “Gracias, porque por fin aceptaste uno de mis obsequios” Yo le dije. “No acepté, yo mandé a devolver la mía. ¿No le llegó?”.  Él me contestó “Que pena si es así. Con razón ya se me había hecho raro”. Ese era Don Omar. Resentido cuando se sentía despreciado. Y eso que yo sabía que el hacía muchas cosas de corazón. Lo vi a ayudar a mucha gente. Era un hombre noble y bondadoso.

Hay más anécdotas. Esta ya la conté en esta revista digital (Delado) con ocasión de una crónica de mi visión periodística, que escribí con ocasión del Día del Periodista. La recordaré escuetamente. Sucedió en 2005, cuando Omar Quintana fue presidente del Congreso Nacional. Yo ya estaba en Vistazo y la Dirección, decidió encargarme a mí  para que le haga la entrevista, dado mi acercamiento y mi amistad con él y sabiendo que yo si me atrevería a hacer preguntas que los otros, no se atreverían. Teníamos más de tres años sin vernos y me recibió con la calidez y afecto de siempre. ¿»Ahora haces política»?, me dijo. La entrevista fue dura de dura. Yo pregunté cosas muy fuertes, que eran para que se salga de casillas, pero él fue extremadamente cauto y calmado. Yo fui incisivo y mordaz, lo cual no es propiamente mi estilo y le hice preguntas difíciles más aun considerando su carácter explosivo, como ¿si en el Congreso mandaría él o Abdalá desde Panamá?, le pregunte por sus problemas legales, por su carácter explosivo y hasta sobre los rumores que corren sobre su hombría. El respondió con altura. La nota  de dos páginas titulada «No perderé la calma», no salió nunca, a pesar de que se la diagramó, se la aprobó y se la dejó lista para rotativa. Fue días después cuando circuló la revista, que vi que no habían puesto mi nota y pusieron una más light de una sola página hecha por otro compañero. Nunca supe que pasó. Ni pregunté, ni me explicaron nada ni por delicadeza. 15 años después sigo sin saber que pasó. Don Omar me llamó a preguntarme que pasó. Le dije. “No sé”.  “Que pena, se perdieron de conocerme tal cual soy, porque había contado cosas que jamás le hubiera dicho a nadie. Lo que han sacado no dice nada de mi”. A pesar de eso, la amistad siguió

Esta nota a Don Omar no es biográfica. Solo quise recordar anécdotas vividas con él y que me hacen recordarlo. Su biografía está escrita en el Libro que hicimos juntos y que nunca salió y que si algún día sale, ya no lo verá. Igual. La nota de él, ya la leyó en su momento, porque el revisaba todas las páginas del libro y en su nota cortó muchas cosas que contaban de su bondad, porque me decía, esas son acciones humanitarias que nadie tiene porque saber. “Céntrate en el deportista  y dirigente”. Y así fue.

Por eso, ahí se cuenta que nació en Quito el 22 de marzo de 1943, que empezó su carrera como basquetbolista a los 10 años como seleccionado escolar de la Academia Juan Gómez Rendón de General Villamil (Playas) en la que estudiaba. Que en 1957 a los 14 años pasó a Emelec, al equipo juvenil, luego de que el dirigente César Gamarra lo viera jugar por su colegio un partido intercolegial ante el Cristóbal Colón en que se pegó un partidazo. Que un año después fue ascendido a Primera División, que poco después fue Seleccionado de Guayas, que fue Seleccionado Nacional al Sudamericano 1961 en Mendoza, Argentina, que jugó en el exterior en el Estudiantes de España y en el Artes Gráficas de Venezuela. Que fue varias veces campeón con Emelec y que jugó además en Liga Deportiva Estudiantil (LDE), Ajae y Oriente.

Como dirigente fue campeón con Emelec en tres ocasiones: 1979, 2001 y 2001, impulsó el surgimiento de un grupo de juveniles a los que denominó Extraterrestes (1996-2000), reconstruyó el estadio en dos ocasiones (2006 y 2008) e impulsó el desarrollo del club en lo deportivo, llegando a tener 12 disciplinas activas a parte del fútbol, en las que se fue varias veces campeón, hizo la primera venta de un jugador ecuatoriano a Italia (Iván Kaviedes) y promocionó la edición de libros y revistas del Club. Además fue presidente de Nueve de Octubre en lo que una vez me confesó fue el peor error de su vida porque perdió mucho dinero, a pesar de ser dos veces vicecampeón nacional 1983 y 1984 y de dotar de jugadores extranjeros de primerísimo nivel como el brasileño Jair Ventura Filo “Jairiznho” campeón mundial en 1970 a quien trajo en 1982. Además fundó en homenaje de su hija Diana Quintana, nadadora fallecida, el club del mismo nombre, al que dotó de un complejo natatorio de primer orden.  Además fue empresario y político. Tuvo a su cargo empresas turísticas, de renta de autos, inmobiliarias, agrícolas, restaurantes, gimnasios. Como político fue expresidente del Congreso Nacional y militante del Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) y del Partido Renovador Independiente de Acción Nacional (Prian)

Omar Quintana dejó el mundo terrenal, a los 76 años de edad, un viernes 3 de abril de 2020. Allí para muchos murió el hombre y nació la leyenda. Para mí se fue un amigo.

 

 

 

 

 

 

 


Fotos. El Comercio, Archivo

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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4 comments

  1. Así como dices Omar, era un tipo indescifrable, explotador y benefactor, dependía del carácter, ese mismo carácter, le dio sus éxitos, en su vida personal, empresarial y deportiva, entre las anécdotas tuve una con él, Ñañon Jurado tenía un programa deportivo en Radio Sucre, llamado Fortín Azul, el cual yo fui un panelista por muchos años, un día fue a una entrevista, justo un sábado, al mediodía, y después de la misma nos quedamos conversando mas de Emelec, de las cosas que no se podían decir por los micrófonos, y en eso me ve una revista especial que había comprado en los cachineros de Garincha, el la vio y me dijo flaco, ese es mi ídolo, me presto la revista, la vio y me dijo flaco te jodiste me la llevo, jaja me quede frio, lo bueno es que iba a buenas manos, un coleccionista y le encantaba realizar revistas, libros y muchas más cosas, a de dejar una enciclopedia genial con Emelec, hizo la revista 100% azul, que la comenzó con Gabriel Caicedo, yo le ayudaba con las estadísticas, duro como 8 años, anuarios, y muchas cosas más, fue un gran aporte para Emelec, Dios lo tenga en su gloria

  2. Que interesante conocer la parte humana del uno y del otro. Paz en su tumba Sr periodista. Un abrazo

  3. Aurelio Paredes

    Gracias, Edison. Esa era la idea, recordar al amigo desde la óptica personal.

  4. Aurelio Paredes

    Simón, Don Omar. Era así. Las dos caras de la medalla. Como bueno, bueno y como malo, malo. Malo en el sentido no se ser una persona mala, sino de hacer cosas catalogadas como malas. Un amante la historia y que se la cuente. Apoyador de obras editoriales. Algunas con graves errores, pero bueno, apoyo y se hizo. Saludos.

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