NOGUCHI EL QUE MATÓ LA FIEBRE AMARILLA

Seguramente usted alguna vez fue a matar el chuchaqui o simplemente a degustar del tradicional encebollado en Manolos, donde además hay guatita y caldo de bola;  o se fue de ceviche en Marisquería Salinas, o de cazuela donde el Chino o de bolón en Cristóbal Bolón o almorzar en Picadilli, o la fritada de las tardes con la Señora. Si es así,  tendrá clara la dirección en su mente. Una de las calles es Noguchi.  Pero ese rato ni se inmutó en el nombre de la calle ni en saber por qué se llamaba así. Hoy vale contarlo y recordarlo, porque en estos tiempos de enfermedad, en que todos sueñan con que aparezca el inventor de la vacuna salvadora, vale traer a la memoria el nombre de Hideyo Noguchi, un eminente bacteriólogo japonés que ya luchó y venció a otro bacilo letal que azotó a Guayaquil: la Fiebre Amarilla. Como quisiéramos hoy que reviva o aparezca otro Noguchi para hacernos brillar la esperanza. Hasta que lo segundo ocurra, lo que sí podemos hacer, es leer la historia de este científico que en su momento tanto bien hizo a nuestra ciudad.

Hideyo Noguchi,  cuyo nombre real fue Sisaku Noguchi, hijo del cartero Sayasuki y Shica Noguchi, nacido el 9 de noviembre de 1876 (según Wilkipedia) o el 24 de noviembre de 1876 (según la Enciclopedia del Ecuador de Efrén Avilés Pino) en un pequeño pueblo, una aldea llamada Sanjogata, en la región de Inawshiro, prefectura de Fukushima al noreste de Japón y fallecido en Acra (Ghana), el 21 de mayo de 1928, fue un eminente médico, científico bacteriólogo  e investigador que el 15 de julio de 1918 llegó a Guayaquil  para buscar erradicar la fiebre amarilla, también llamada la enfermedad del vómito prieto,  que azotaba a esta ciudad que se había convertido en el “centro clave de la distribución de la fiebre amarilla” en Sudamérica, como se relata el libro Guayaquil – entre 1740 y 1919 del doctor Víctor González.

Noguchi, quien en 1896 obtuvo su titulación de médico y en 1900 fue a Estados Unidos como asistente de investigación, antes de llegar a Ecuador ya tenía una carrera connotada y reconocida al ser quien en 1913, descubrió el agente patógeno de la neurosífilis (entonces conocida como parálisis general progresiva).

Pero antes de su realización profesional cuando era niño, Noguchi se enfrentó a la crudeza de la vida, lo cual fue una de las razones para que abrazara la medicina como profesión con el ánimo de ayudar a los necesitados. Primero, su padre abandonó la familia, debiendo su madre trabajar fuera de casa. Luego, siendo niño, al año y medio de edad, cayó en una chimenea y sufrió una lesión por quemadura en la mano izquierda. Sus dedos quedaron pegados, inmóviles. Según relata Wilkipedia: “No había médico en el pequeño pueblo, pero uno de los hombres que examinaron al muchacho dijo que: los dedos de la mano izquierda en su mayoría se han ido y el brazo izquierdo, el pie izquierdo y la mano derecha están quemados, pero no sabría decir hasta qué punto».

En 1883, cuando tenía siete años de edad, ingresó a la escuela primaria Mitsuwa. Poco después, gracias a las generosas contribuciones de su profesor Kobayashi y los amigos de este, pudo recibir cirugía en su mano izquierda gravemente quemada. Recuperó aproximadamente el 70% de la movilidad y funcionalidad de la mano izquierda gracias a la operación.

Relatos de su vida infantil son contados por el médico guayaquileño Ramón Lazo en el libro ‘Hideyo Noguchi, su vida y obras: “Tres millas era la distancia a la escuela, un tramo que repetía a diario aun en las nevadas, que causaban varias muertes al año. Fue el mejor de su clase y el profesor Sakae Kobayashi decidió apoyarlo, incluso cuando intentó separarse los dedos con un cuchillo. El tutor, que fue casi un padre, contactó al doctor Kanae Watanabe para una cirugía que le devolvió la movilidad del pulgar y del meñique. En ese gesto descubrió su vocación por la medicina. Watanabe le permitió usar los libros y el instrumental de su clínica. El joven Noguchi renunció a horas de sueño por estudiar anatomía, inglés, alemán y francés. “Napoleón solo dormía tres horas”, decía como justificación.”

Ya de joven, cuando tenía veinte años de edad, en 1897 pasó los exámenes para ejercer la medicina y con el respaldo del Dr. Kanae Watanave, el mismo médico que había realizado la cirugía de su mano y de su maestro Sakae Kobayashi, en 1896 a los 21 años viajó a Tokio, donde obtuvo la autorización para ejercer la medicina, ante la sorpresa de muchos, debido a su corta edad, pero su inteligencia y capacidad fue tal que no tuvo reparos en conseguirlo. Así, el entonces joven logró su sueño de ser médico, iniciándose como aprendiz del Dr. Watanabe, Desde sus inicios en el hospital Juntendo, mostró signos de gran talento y fue apoyado en sus estudios por el Dr. Morinosuke Chiwaki. Poco después pasó a dirigir la clínica Kaiyo, en la que aprovechó su tiempo libre para desarrollar sus estudios médicos y científicos.

En 1898, cambió su nombre de niñez y adolescencia por el de Hideyo después de leer una novela sobre un médico que tenía el mismo nombre que él (Sisaku).  El médico en la novela era inteligente, no obstante de eso se convirtió en perezoso y arruinó su vida. El nuevo nombre adoptado por Noguchi tiene dos teorías. Una que dice que lo cambió por alguna razón de carácter supersticioso y otra debido a su significado pues Hideyo, significa “Formando un Nombre en el Mundo”.

Detalles de ese cambio de nombre son contados en el libro del Dr. Lazo. Poco después, con solo 20 años, obtuvo la licencia de médico. Esa obsesión por el éxito lo impulsó a decisiones extremas. Entre tantos libros se topó con la novela ‘Características de los jóvenes actuales’, en la que el protagonista -un homónimo- arruinó su vida. Aturdido por ese final, cambió su nombre de Seisaku por Hideyo, o ‘el que quiere ser’.

Su carrera

Dos años después de su graduación (1900) y tras trabajar en dos clínicas de su país, apegándose al refrán de nadie es profeta en su tierra, Noguchi se trasladó a Estados Unidos, donde obtuvo un trabajo como asistente de investigación con el Dr. Simon Flexner en la Universidad de Pensilvania y más tarde ingresó en el  Instituto Rockefeller de Investigación Médica. En parte, su viaje fue motivado por las dificultades para obtener un puesto de médico en Japón, ya que los posibles empleadores estaban preocupados por el impacto que la deformidad de su mano podría tener en sus posibles pacientes. En Estados Unidos, el médico japonés demostró que en ambiente de la  investigación, esta discapacidad no era un problema. Él y sus compañeros aprendieron de del trabajo de Flexner y lograron tener éxito.

La bacteriología le llegó por casualidad, en 1901. El joven Noguchi fue ayudante en un laboratorio en el que conoció al estadounidense Simon Flexner, su contacto para viajar a Filadelfia. A su partida talló una promesa en su casa: “Sin alcanzar mis objetivos, no regresaré a mi tierra”. En Estados Unidos fue becario y asistente en la Universidad de Pensilvania. Luego viajó a Alemania y a Dinamarca.

Noguchi, prosperó en ese ambiente, cuyo trabajo se centraba en las serpientes venenosas. En 1910, luego de diez años de profundas investigaciones y estudios realizados en el Japón, Alemania y los Estados Unidos, publicó su importante trabajo titulado «Serodiagnóstico de la Sífilis»; y un año después demostró el cultivo puro de la «Espiroqueta de la Sífilis», descubrimiento que le sirvió para obtener el título de Doctor en Medicina y proyectar su nombre a la fama mundial

En este periodo, un compañero del japonés, en el laboratorio de Flexner, un asistente de investigación, el francés Alexis Carrel, ganó el Premio Nobel de 1912, lo cual motivó a que el Comité del premio  también se interesara en el trabajo de Noguchi. Los archivos de la fundación del Premio Nobel de esa época que han sido recientemente abiertos a la inspección pública, confirman como real lo que antes era sólo una especulación y ahora se ha confirmado: El japonés fue nominado diez veces a Premio Nóbel: en 1913, 1914, 1915, 1920, 1921, 1924, 1925, 1926 y 1927.

Eso se debió a que en 1913, mientras trabajaba en el Instituto Rockefeller de Investigación Médica, Noguchi  demostró la presencia del Treponema Pallidum (espiroquetra sifilítica) en el cerebro de un paciente con parálisis progresiva, demostrando que la espiroqueta era la causa de la enfermedad. Por ello, el nombre del Dr. Noguchi está asociado a otra espiroqueta, la Leptospira Noguchi..

Ya convertido en una eminencia médica, Noguchi continuó con sus estudios médicos y científicos. Así, sus servicios profesionales fueron solicitados por los más importantes centros médicos y clínicas, no solamente de Japón sino de diferentes partes del mundo. De igual modo, los más notables institutos de investigación lo buscaron para que desarrolle nuevas técnicas para combatir las diferentes epidemias y enfermedades.

Noguchi en Ecuador

En 1918,  a los 42 años de edad, Noguchi viajó extensamente por Centro y Suramérica a la búsqueda de una vacuna contra la fiebre amarilla  e investigar la fiebre Oroya, la poliomelitis y el tracoma.

Según relata la Enciclopedia de Guayaquil de Efrén Avilés Pino,  “el 15 de julio de 1918, auspiciado por la Fundación Rockefeller, Noguchi llegó a Guayaquil para combatir una terrible epidemia de fiebre amarilla que azotaba la ciudad; y nueve días más tarde, luego de constantes estudios realizados durante el día y la noche, experimentando diferentes cultivos en “conejillos de indias” y en una joven india voluntaria llamada Asunción Arias /que había ingresado al hospital víctima de dicha enfermedad), descubrió por fin la incógnita que tan anhelosamente buscaba: El germen de la fiebre amarilla”.

Poco tiempo después y en reconocimiento a sus valiosos servicios, el Congreso Nacional le otorgó el grado de Coronel de Sanidad del Ejército Ecuatoriano, por sus servicios durante la segunda gran epidemia de fiebre amarilla en Guayaquil.

Detalles de la estancia de Noguchi en Guayaquil, fueron contados por la periodista Elena Paucar en una nota publicada en Diario El Comercio, el 4 de febrero de 2018, titulada: La Fiebre de Noguchi que abrió Guayaquil al mundo. El artículo textualmente en varios de sus párrafos dice:

“Era el puerto de lagunas y lodazales perennes, de casas unidas por puentecillos enclenques sobre aguas pestilentes. No tenía canalización y pocas eran las calles pavimentadas. El doctor Víctor González, en su libro ‘Guayaquil – entre 1740 y 1919’ retrata la ciudad que por esos años fue el “centro clave de la distribución de la fiebre amarilla” en Sudamérica. La enfermedad del ‘vómito prieto’ mataba en menos de diez días. Atemorizó tanto a los guayaquileños que hasta sacaron a San Sebastián y a Santa Rosa en procesión para implorar a los cielos una cura. El científico japonés Hideyo Noguchi pisó el puerto el 15 de julio de 1918. Bajó del barco peruano Ucayali y caminó por el muelle junto al doctor León Becerra y otros destacados médicos de la época. La foto pálida aparece en las viejas páginas de Patria, una revista de ciencia y cultura que por esos días recopilaba el esplendor de Venecia y la cercanía del fin de la Primera Guerra Mundial. “Ojalá con su venida, y al cerciorarse de la falsedad de ciertos informes que sobre nuestro puerto corren en el exterior, varíe favorablemente el concepto que de nuestras condiciones sanitarias se tiene en los países americanos”, citaba.

“Noguchi fue el quinto y último integrante de la misión Rockefeller en llegar desde Estados Unidos. Buscaban erradicar la fiebre amarilla y sanear las costas sudamericanas por los intereses mundiales, centrados en el canal de Panamá. La peste y otros males tropicales acabaron con miles de vidas durante la construcción del canal. En 190l, Walter Reed, médico del Ejército estadounidense, anunciaba que su agente causal era infinitamente más pequeño que las bacterias y tenía pistas del mosquito Aedes aegypti como portador. En sus picos más altos, la fiebre atacó al comercio de Guayaquil. Las rentas aduaneras cayeron de 60 000 a 12 000 pesos por mes y miles emigraron. La misión Rockefeller trabajó dos meses en la ciudad, pero Noguchi insistió en quedarse. Cambió la comodidad del Hotel Tivoli por un cuarto en el hospital de aislamiento, donde experimentaba con aves y con los lagartos que él mismo cazaba en el río Guayas. Nueve días después de su arribo había descubierto lo que denominó el germen de la fiebre amarilla en la muestra de sangre de una niña fallecida, y trabajó obstinadamente en una vacuna. La esperanza de una cura puso a Guayaquil en la mira del mundo, aunque la noticia dio un giro después”

“La fama del bacteriólogo japonés se incubó mucho antes. En 1910, con solo 34 años, aportó al diagnóstico de la sífilis; luego estudió la poliomielitis, el suero contra la meningitis, el germen de la rabia… De estatura baja, contextura gruesa, pelo negro y rizado; bondadoso pero a la vez enérgico trato. Poseyó férrea voluntad, admirable inteligencia…”, lee el historiador Rodolfo Pérez Pimentel al final de una biografía que recientemente escribió. El mismo Noguchi resumió su vida cuando regresó a la escuela donde estudió. “Objetivos, honestidad, paciencia”, escribió en la pizarra.”

“En 1740, el tiphus amarillo se reporta por primera vez en el país. Atacaba letalmente al hígado, a los riñones y en la última fase los enfermos vomitaban sangre negra, como hollín. 102 años después, el doctor José Mascote describe en sus memorias la reaparición de un gran brote en Guayaquil. La goleta Reina Victoria llegó de Panamá con infectados y la fiebre corrió como pólvora; 1 600 murieron en cinco meses. Cuando Noguchi visitó la ciudad, apenas tenía 90 000 habitantes y la peste había acabado con 240 de ellos. Los enfermos eran relegados a un lazareto, detrás del cerro. La vacuna que fabricó fue inyectada a 22 soldados en Quito, pero no todos se libraron de la peste al llegar al puerto. Más tarde se concluyó que el científico había hallado el germen de la leptospirosis, una fiebre hemorrágica menos letal. La idea de erradicar la fiebre amarilla fue celebrada mundialmente como un paso hacia la ciencia moderna. Noguchi fue condecorado por el Gobierno ecuatoriano, nombrado coronel del Ejército; recibió uniformes y un sable. El Teatro Olmedo se desbordó para su despedida”.

“… La pasión del japonés por la ciencia contagió una fiebre de investigación de enfermedades infecciosas entre ilustres médicos guayaquileños: Francisco Campos, Modesto Carbo Noboa, Roberto Leví Castillo. Su paso abrió, además, la primera etapa de saneamiento de la ciudad, con el contrato con la Casa Inglesa J. G. White Company para obras de canalización y agua potable. En diciembre de 1920, Guayaquil fue declarada libre de fiebre amarilla. En mayo de 1919 se atendió al último enfermo y la revista Guayaquil a la vista invitaba a visitar una urbe moderna y con comodidades, con tranvías, alumbrado eléctrico y a gas, con el limpio balneario de El Salado. “El Puerto de Guayaquil, libre de fiebre amarilla y abierto al comercio mundial, se promocionaba”.

Los Homenajes de Guayaquil

Como es costumbre en Guayaquil y su pueblo solidario que reconoce el valor de su gente, Noguchi por su labor, recibió varios homenajes recordatorios con ocasión de celebrarse en febrero de 2018 los cien años de su llegada a esta ciudad que coincidió además con el primer centenario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Ecuador y Japón. En una exposición realizada en una sala en el Museo Municipal de Guayaquil, se exhibió fotografías del científico, cuyo rostro iba mutando según su edad. Así se mostró su infancia, su juventud en el laboratorio, el retrato que autografió en la ciudad puerto y que aparece en los billetes de 1 000 yenes. Como habrá sido de famoso, que hasta en los billetes de moneda japonesa de 1000 yenes impresos desde 2004, salió su cara.

Según se escribió en la nota de El Comercio, al referirse a la exposición: Un busto del escultor guayaquileño Tony Balseca da vida a un rincón de la sala. El artista moldeó la cera una y otra vez hasta curtir la madurez en el rostro del científico, en sus 40 años. Su cabellera evoca a las olas de Hokusai y algunos rasgos en su piel sobresalen con técnicas del cómic japonés. Durante un año, Balseca se sumergió en la vida del genio, aunque mucho antes había hurgado en ella por curiosidad. Habituado desde su infancia al centro de Guayaquil, el escultor recorre continuamente la calle Noguchi, la frontera sur de la zona regenerada. “Guayaquil quería entrar en la modernidad capitalista, pero era conocido como el puerto pestífero del Pacífico. Estaba infestado de epidemias y plagas. En el centro solo vivía la burguesía; el resto era manglar. Cuando Noguchi llega con la misión, marca el inicio de las políticas sanitarias”. La obra de Balseca se funde en bronce en Lima. Cuando esté lista se irá al Malecón 2000. Es el mismo malecón que el bacteriólogo divisó desde el río, una calle larga, permanentemente colmada por cargadores, comerciantes y curiosos”.

La nota periodística, señala además: “En Guayaquil, el Instituto Nacional de Higiene (INH) conserva una placa en su honor, por descubrir “el germen de la fiebre amarilla”. Debajo, otra placa aclara que “aisló en Guayaquil una nueva especie de leptospira”. Recién en 1927, el virus fue aislado”.

Otra muestra de los homenajes a Noguchi, esta vez los recibido en su tierra natal, los cuenta la viróloga ecuatoriana Aracely Álava Alprecht  que en los 70 viajó a Japón a través del convenio de cooperación Hideyo Noguchi, que promovía el intercambio de científicos entre Ecuador y Japón, cuando trabajaba en el Instituto Nacional de Higiene (INH); “Los japoneses lo veneran mucho. Y como ecuatorianos le hemos dado su posición, porque fue un científico brillante”, señala la profesional que lo que aprendió en la Universidad de Tohoku le sirvió para aislar una cepa de fiebre amarilla en la selva ecuatoriana, años más tarde. La médica se especializó en investigaciones sobre fiebre amarilla, leptospirosis, hepatitis A y B, influenza

En Quito, también hay un homenaje a Noguchi, pues existe un parque que lleva su nombre, en el que está erigida su estatua.

Y obvio, está el homenaje con el que abrimos la nota, en Guayaquil, la ciudad en la que el Dr. Noguchi se dedicó a dichas investigaciones, aún existe la  calle denominada “Hideyo Noguchi”.

Noguchi además fue honrado con reconocimientos tanto de japoneses como de extranjeros. Recibió grados honorarios de varias universidades.

El fin de un grande

A mediados de 1927, el Instituto Rockefeller, en su afán por erradicar del mundo la fiebre amarilla, envió su misión de expertos y científicos a combatir una epidemia de dicha enfermedad que azotaba varios lugares de África. Por prescripción médica a Noguchi le fue prohibido incluirse en dicha expedición, a pesar de lo cual y por su propio riesgo, viajó a las doradas costas de Accra, capital de Ghana, en el golfo de Guinea, donde instaló su laboratorio e inició de inmediato sus investigaciones.

Así, en 1928, a los 52 años, Noguchi viajó a África para confirmar sus hallazgos. El propósito de este trabajo de campo fue probar la hipótesis de que la fiebre amarilla era causada por una bacteria espiroqueta en lugar de un virus. Mientras trabajaba en Acra, en la Costa de Oro (hoy Ghana) murió de fiebre amarilla el 21 de mayo de 1928.

En mayo del año siguiente, mientras se encontraba experimentando con unos monos a los que inoculaba sangre procedente de enfermos afectados de fiebre amarilla, accidentalmente se pinchó un dedo con la aguja y, atacado por el terrible mal, falleció en la noche del 21 de mayo de 1928.

Detalles de este suceso, se cuentan en la biografía del Noguchi, escrita por el historiador guayaquileño Rodolfo Pérez Pimentel: “Noguchi fallece, cuando inyectaba a monos maccacus en África. El mono causante de la herida tenía 12 días de haber sido infectado con fiebre amarilla y ya había desarrollado la mortal dolencia. El cuadro se agravó por la diabetes. El genio murió, su nombre sigue vivo”.

Y así es sigue vivo en los recuerdos, por eso lo recordamos en esta nota que se la ganó con sobre de merecimientos, porque tal como dice Perez Pimentel: El genio murió, su nombre sigue vivo”.


Foto: sciencephoto.com; scooponest.com; radiohuancavilca.com

 

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Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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6 comments

  1. Alfredo Sierra Rabascall

    Que linda y significativa narración. Un gran científico el Dr. Noguchi. Excelente reconocimiento. La Dra Aracely Alaba Alprech, tía de nuestro compañero y amigo Alberto Alprech y el Dr. Ramón Lazo Salazar padre de nuestro compañero y amigo Néstor Ramón Lazo Chica. Un Guayaquil que cambió y superó la epidemia. Igualmente lograremos vencer al Corona virus Covid19. Gracias por compartir

  2. Aurelio Paredes

    Así es Dr. Alfredo Sierra. Un gran médico fue el Dr. Noguchi. La historia lo señala como un gran profesional que enfrentó a una grave enfermedad de entonces, La Fiebre Amarilla, con gran solvencia. Y es bueno reconocer a los familiares de nuestros amigos y compañeros.

  3. Un gran Dr el Dr Noguchi! Gracias por tan ilustre narración mi querido Aurelio. Muy informativo y educativo artículo. Yo crecí en Portete entre Noguchi y Santa Elena en mi querida ciudad de Guayaquil, gracias por compartir algo tan interesante! Un 🤗

  4. Aurelio Paredes

    Saludos Luis. Gracias por tus comentarios. Sí fue un grande el Dr Noguchi. Saludos, Licho.

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