EL CRISTO DE GUAYAQUIL

El departamento es una sola habitación de paredes celestes. No hay decorado. No hay adornos. Lo que sí hay es un colchón en el piso y una cama sencilla de una plaza exageradamente vieja, y hecha un desastre. El hombre que dice ser Cristo, pero que se llama Cirino Antonio Gómez Murillo, abre los brazos y deja caer la cabeza hacia un lado, balbucea algo que no alcanzo a escuchar, cierra los ojos y se queda quieto, casi inmóvil, unos segundos. El fotógrafo dispara y él hombre ataca con un montón de pensamientos filosóficos. Sostiene que en la historia de la humanidad han existido algunos cristos como Gandhi, Mahoma y Juan el Bautista. Después se sienta en el suelo arrimado a la pared. Descansa, pero es algo mínimo, porque él no puede parar de hablar. Es como si necesitara exorcizarse mediante las palabras. Se percibe desesperación en sus maneras; tiene demasiadas cosas atrapadas en su interior. Se golpea el pecho con ambas manos excitado. Hierve. Está a punto de estallar.

Es una noche de abril de 2004 en el bar El Gran Cacao de Guayaquil. Su dueño, Jimmy Mendoza, juega cuarenta con tres personas más. En una pausa me presenta a uno de los tipos como El Cristo Histórico. Me río y le digo que no hable güevadas. Algunos también ríen en plan de burla. El tipo dice que la ignorancia es atrevida y me mira con un gesto displicente, con algo de desprecio. Luego se suelta y habla sobre la imposibilidad de las relaciones entre el hombre y la mujer. Su planteamiento tiene algunas ideas sensatas y una buena dosis de humor. Fue la primera vez que lo vi y escuché. Después vendrían otras. En cada ocasión hablaba con suficiencia y arrogancia. Sus temas preferidos eran la filosofía, la metafísica y las relaciones interpersonales. Por sus palabras cualquiera podía adivinar que se trataba de un tipo sabido, con mucho recorrido y vida callejera. Sembró mis dudas.

Han pasado algunos años. Ahora estamos en el lugar donde vive. Él dice que intenta vivir. Sin embargo está triste por tanto dolor en el mundo. Cristo es un ser triste porque se contagia de todo lo que sucede a su alrededor, y lo que más sucede es maldad, lo que más hay es podredumbre.

Miro su rostro e intento encontrar las claves de su historia. Quizás su vida no sea más que una farsa, una burda y descarada fachada para llamar la atención. Intento una definición. Voy al diccionario y leo: Cristo en la teología cristiana, el Hijo de Dios, hecho hombre. Coloquial. Todo cristiano, todas las personas, todo el mundo. Esto está bueno pienso, entonces cualquiera puede ser un Cristo.

Juzguen ustedes.

Nació el 26 de octubre de 1956 en el recinto El Peludo, parroquia Guale, cantón Paján, Manabí. Nunca se casó. No tiene hijos, tampoco novia. Fue bautizado en la fe Católica. Su nombre es Cirineo en hebreo, él que ayudo a cargar la cruz a Jesucristo. Es hijo de Olivo Gómez Murillo, quien murió cuando Cirino tenía dos años, y de María Jacinta Murillo Navarrete, quien vive en los Estados Unidos. Él se adivina o se inventa como pariente lejano de Narcisa de Jesús, para meter fuerza a su relato dice que sus abuelos fueron José Gómez Morán y Cruz María Murillo Morán, primos sobrinos nietos de la Santa de Nobol. “Mis padres eran primos. De esa unión salió este loco divino con gran cerebro”, dice pletórico y afloja la única sonrisa de la charla.

Esos primos tuvieron siete hijos más, de los cuales uno se mató envenenándose con gramoxone, un químico que sirve para fumigar las plantaciones. Su madre se hizo de otro hombre llamado Napoleón Albán, y se dio el lujo de tener otro hijo. Así que Cirino tuvo ocho hermanos. Afirma que su madre no tenía cómo mantenerlos y debió regalar a sus hijos. Las marcas del despojo empezaron temprano. Su vida ya nunca volvería a ser normal.

Cuando tenía seis o siete años su madre lo trajo a Guayaquil para que viviera con unos parientes de ella. Fue así como Cirino ingresó al hogar de la familia Murillo de Filippi en las calles Machala y Alcedo. Recuerda que se quedó llorando mientras su madre se alejaba para colocar a sus otros hermanos. La memoria no lo traiciona, aunque la vida puede ser un invento. Ahí pasó sus años de niño, pero en su pecho crecieron otras vainas. “Esa gente me trató peor que un animalito”, cuelga en tono lastimero. Pero hay más razones para el despojo. “Tenía que decirles a las hijas niñas y al hijo don. Mi cama eran unos periódicos, mi colcha, mi colchón y mi almohada también”. Si quería sentarse en un mueble lo insultaban diciendo que eso no era para él, debía sentarse en el piso y comer en el patio. Afuera con las ratas. “Nunca recibí afecto de esa gente”.  La única que, rara vez, le dio un abrazo fue su madre, cuando por accidente lo visitaba. Una hermana, de la que prefiere no decir su nombre, también lo visitaba, sin embargo, nunca lo escuchó ni intentó entenderlo. “Me castigaba pisándome la cabeza contra el pavimento. Cuando ella llegaba era como si veía al diablo y corría a esconderme lejos de sus garras”. Pareciera que tiene ganas de llorar.

Se queda sin voz. Ese momento inventa el silencio. Un ventilador de pedestal suena al borde del colapso cada vez que gira. La habitación mide unos seis metros de largo por tres de ancho y huele a cigarrillo envejecido, también se percibe algo como sudor rancio. Un colgador de metal hace las veces de closet, de él cuelgan algunas prendas de vestir, incluido un par de ternos de colores chillones. Hay una cómoda, que algún día debió ser blanca, sin espejo; una cocineta de cuatro hornillas con su cilindro de gas y tres sillas de plástico. No hay mesa, pero sí un pequeño televisor colocado sobre la cómoda; también una maleta vieja y algunos pares de zapatos.

Una ventana da a la calle Seis de Marzo; desde ahí puede mirarse la iglesia de San Agustín y hacia la izquierda una parte de la plaza Centenario. La habitación no tiene divisiones. Sólo el baño está separado, pero no tiene puerta; es minúsculo: taza sin tapa, lavabo y ducha. El agua cae sobre todo. Encima de la cómoda están parte de las ollas, trastos y recipientes, platos baratos de loza, una cacerola, toallas de cocina y una botella de Cristal seco. El resto lo componen unos tachos con ropa sucia y otro con agua, una escoba, un recogedor de basura y muchos libros bajo la cómoda. Para alimentarse tiene unos plátanos, que ya están maduros y van rumbo a podrirse, un tomate y una cebolla colorada, una funda con arroz, un tarro con azúcar y un empaque de café soluble. Una fluorescente doble proyecta la luz. Vive con lo mínimo.

En su rostro triste las arrugas son notorias. Su relato mete miedo cuando recuerda los castigos que recibió y lo convirtieron en un rebelde niño taciturno y retraído; una combinación que Cirino describe como explosiva y peligrosa. “Dos veces me guindaron con una soga de los pies bocabajo. Desde los siete a los trece años nunca desayuné”, dice que eso le hizo sufrir de dolores de cabeza constantes. Sus reclamos eran para Dios. Le preguntaba invadido por las lágrimas: “¿Por qué?” Pero no había respuestas. Y así fue creciendo. Flagelado. Lloroso. Arropado por la pena. Ahora piensa que todo eso fue un entrenamiento, porque los caminos de un Cristo están llenos de sufrimiento y abandono.

Tenía que realizar todos los oficios de la casa si quería comer. Era una especie de cenicienta. En algunas ocasiones recuerda ver cómo se revolcaba en el suelo producto del hambre. “Sentía que las tripas me oprimían y me retorcían el estómago”, dice. Esas visiones todavía lo persiguen en noches de pesadillas infinitas.

Lo trataban a patadas y a cocachos. Para mitigar el hambre robaba golosinas de la tienda, propiedad de la familia, pero en muchas ocasiones fue a dormir a sus periódicos sin comer, lánguido, débil, sin energía.

Estudió en la escuela República de Argentina, luego pasó al colegio Mercantil. Vivió esa desdicha hasta los trece años, luego la trocó por otra. Se dedicó a la venta de chicles Adams con un dinero que robó en la tienda familiar. Empezó en Colón y Chimborazo. Allí subía a buses y colectivos y peroraba su venta, luego amplió sus productos y el espacio en donde se movía. Abarcó frunas, fundas plásticas, medias, calzones, sostenes, enaguas; lo que le cayera en las manos. Recorría el cementerio general, la 18, el Camal, los salones de la calle octava, como El Gema, y algunos cabarets de nombres ridículos. Los años están fijos en su mente 1970, 1971, andaba por los catorce, quince años. Miró la vida y sus calles. Guayaquil le pareció fascinante, palpó la estúpida y lacerante realidad de las noches en donde todavía se encontraba de todo. Putas, locos, delincuentes y mendigos lo conocieron, lo trataron y lo educaron.

La vida se le reveló como una suerte de alucinante fantasía donde todo se conseguía con dinero. El espíritu de comerciante se le fue pegando a la piel y descubrió que todo tiene un precio, incluso la dignidad, sobre todo la de los pobres y miserables; ésos con los que compartió vida y penurias; ésos para los que vino Cristo. Entendió que estaba en camino de algo, pero entonces no se imaginaba el alcance de ese pensamiento, sólo que ya estaba inquieto.

Un día, la madre llegó igual como se había ido y lo recogió de vuelta. De golpe, aterrizó en el suburbio. La 38 y García Goyena fue su nuevo refugio, pero ya el daño estaba hecho. Aquel lugar lo arrojó a convivir con malvivientes, criminales y delincuentes; con ellos jugaba pelota y comía del mismo plato. Algunos lo invitaron a robar y compartir sus fechorías. Se refugia en sus traicionados recuerdos y dice que nunca aceptó. “Creo que ya tenía el alma buena”.

Esas falsas amistades le costaban enfurecidas palizas porque su familia pensaba que llevaba el camino de la perdición. Pero para entonces ya tenía el cuero curtido de tanto palo. No hubo tal perdición. Piensa que todo eso resultó parte de su crecimiento y de una evolución que la considera natural y necesaria, formación que fue parte de su desarrollo humano y espiritual. “Después de todo Cristo vino para rescatar a los miserables, a los peores”, dice con calma. Tanto maltrato lo convirtió en un ser defectuoso, tímido, rechazado y retraído, sin capacidad para relacionarse con las mujeres, sin embargo, buscaba cariño en cualquier chica que conocía. “Pensaba que el amor de una madre puede ser reemplazado en cualquier vulgar esquina”.

En su memoria asoman las reminiscencias de amores perseguidos y nunca concretados. Zoila Ugarte y Susy Santacruz; de ellas se enamoró estúpidamente sin ser correspondido, arriesgó y perdió; el amor siempre le fue esquivo. Más tarde en su vida lo seguiría intentando para luego abandonar esa búsqueda que solo trajo desazón, desdicha y amargura a su espíritu. “Lo único que anhelaba era calor humano de alguien. Nada más”, deja las palabras como escondidas.

No hubo época feliz. Ni amores, ni amigos. Hubo mala vida, lecturas y libros. Muchas lecturas que le revelaron un mundo de conocimientos extraordinarios y ajenos. Su existencia cambió. Se sintió un rey. Había descubierto una puerta, la cruzó y nunca miró para atrás. Pasó por el colegio rompiéndose el lomo, recibiendo reglazos en las palmas de las manos, estudió algo de mecánica y así llegó a la Universidad de Guayaquil con el anhelo convertirse en psicólogo.

Cirino está sudando. Se saca la camiseta y su cuerpo regordete brilla por el sudor. Aventura: “Todos son seres pequeños. Políticos, empresarios, famosos, los que están en la farándula. Nadie se salva. Hay demasiados equivocados en el mundo, menos yo, porque yo soy Cristo”, se ufana. Le digo que hasta ahora no ha revelado ninguna prueba de sea el que dice ser.

Me mira desafiante. “Yo no tengo porque soportar tus absurdas limitaciones mentales, ni tus desequilibrios emocionales”, ataca. “A ti se hace difícil creer porque te consideras un intelectual. Pero si nos ponemos a discutir -hace un gesto y se lleva la mano a la boca- te como con papa frita como si fueras pollito”. Besa la mano y mira hacia arriba. Sonrió, no lo puedo evitar, pero escondo el gesto para evitar su enojo. ¿Es éste hombre un loco? Me pregunto en silencio. ¿Un capricho del destino? ¿Un invento de alguna afiebrada imaginación?

Cirino se abandona en una extensa disertación donde se mezclan pedazos de todo. Historia, La Biblia, filosofía, metafísica, la orden de los Rosacruces, política, nuevo orden mundial, economía y miseria. Pasar todo eso a limpio es complicado. No intenta convencerme, ¿para qué? Basta con él esté convencido. Fuerza de voluntad le sobra. Tiene a los malditos y villanos separados. Ambos Bush –ex presidentes de Estados Unidos- están en esa lista. Asegura que muchos sacerdotes no se salvarán del infierno, los clasifica en tres grupos. “A unos les gustan las mujeres, otros son homosexuales y otros prefieren a los niños. Son muy raras las excepciones”. Hasta la Madre Teresa de Calcuta recibe su parte. Ninguna religión lo convence. Tiene una imaginación, sino retorcida, por lo menos audaz. Y argumentos le sobran, van desde la falsa humildad, hipocresía, abuso de poder y todo aquello que él nombra como lacras que destruyen a la humanidad.

Admite sin vacilación que ha consumido marihuana, base de cocaína y alcohol en grandes cantidades. En el delirio de su relato aterriza por noches bochornosas de perdición extrema, cuando la ciudad fue como una virgen que le abrió las piernas. Pero la virgen estaba podrida y las madrugadas sirvieron para conectar con el exceso y la destrucción. De esos días recuerda, por encima de otros sucesos, alguna borrachera con Julio Jaramillo y sus amigos de bohemia. Tiempos perdidos en las bisagras de su cabeza. Su conclusión es que todo ese aprendizaje le sirvió para convertirse en Cristo. “El camino del amor está repleto de dolor”, sentencia.

Le pregunto cómo hace para vivir. No le digo que lo he seguido a escondidas y le he visto vender libros jurídicos y copias de la Constitución de la República en las cercanías de la Corte de Justicia. Algunas veces lo encontré discutiendo amargamente con cualquier gente en el Café Galería Barricaña (Víctor Manuel Rendón y Seis de Marzo). Hasta que una vez se peleó con el dueño, el fallecido Enrique Ponce, y ya no lo dejaron entrar más. También hubo ocasiones en que me invito a compartir una cerveza y un plato de carne asada con arroz y menestra. Nunca me permitió pagar la cuenta.

Acepta que vende libros que algunos amigos le regalan. Un hermano le ayuda con la renta del cuarto que no llega a los cien dólares. “Tampoco necesito mucho. Soy un ser desprendido, siempre comparto lo que tengo. Todos los días voy a la Corte. En las audiencias le doy agua y comida a los presos. A muchos no los va a ver nadie, ni su madre. Pero Cristo está ahí”.

Abandonó la universidad. Antes de que le llegara la revelación saberse Cristo, trabajó como mecánico para la policía. También pasó por Angloecuatoriana. En Importadora Andina descubrió que la vida de empleado siempre termina en un callejón sin salida. Estuvo preso por un accidente de tránsito y sumó más experiencias. Debido a sus excesos lo internaron en una clínica para su rehabilitación. Ahí recibió burlas y críticas. Después pasó por el hospital psiquiátrico Lorenzo Ponce y quedó marcado para siempre.

Cirino dice que es un Cristo chiro, por eso sufre los designios de la vida, la afrenta de comerciantes, cuenteros y charlatanes. “La gran mayoría de los hombres –incluidas las mujeres- son drogadictos, homosexuales o prostitutos. Yo estoy con los que más necesitan, delincuentes y lacras sociales, con ellos me siento cómodo. Llevo una vida de asepsia espiritual, pero ya me estoy cansando”. La pregunta es obligada. ¿Es un loco o qué?  (1)

1 Cirino Antonio Gómez se suicidó tomando veneno a mediados de 2012


Serie: Feroces Personajes

Nota publicada en la Revista Mundo Dinners, junio 2010  y parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

Check Also

SIEMPRE HAY UN LUGAR PARA EL ENCEBOLLADO NOCTURNO

La última canción que sonó aquella noche del jueves fue Plato de segunda mesa. Héctor …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *