OLVIDO EN LAS MALVINAS

El agua del estero y los desperdicios que inundan la vida. Palos y cañas para sostener casas en lugares insospechados, donde muchos creen que todavía es posible la existencia. Si se entra por la calle Gonzalo Pizarro en busca de Las Malvinas todo es agua y barro, o polvo, o huecos por doquier, montones de maleza y gentes de rostros resignados donde el hambre es palpable. Al fondo, luego de pasar las ciudadelas Guangala y Huancavilca (1), junto al estero, se encuentra la cooperativa Las Malvinas. Pero antes, en la entrada, hay un descolorido letrero cuya leyenda da la bienvenida a los visitantes. También se puede ingresar por la Ernesto Albán, que es la única calle pavimentada, hasta la estación de la línea 91, pero es igual. La ilusión se desvanece pronto, las vías laterales son de piedra, polvo y están llenas de personas con gestos de abandono.

Sentado sobre una piedra está José Luis Rodríguez, de 21 años y tez negra. El rostro taciturno y la mirada tranquila. Lleva el cabello corto, tapado por una gorra, sus piernas son delgadas y están empolvadas, blanquecinas. Corre por ahí libremente y sin zapatos Steven, de 2 años y medio. Su madre, Reyna María García, de 21, se desespera llamándolo. Es inútil, el niño se va. Ella no puede perseguirlo porque carga en brazos a su hija Virginia, de ocho meses.

Ellos no lo saben, pero mañana (2) se celebran 152 años de la abolición de la esclavitud en Ecuador. Fue en 1851, durante la Presidencia de José María Urbina. De eso hace mucho, sin embargo se siente casi nada. En Las Malvinas se demuestra que los negros es uno de los grupos étnicos con menos oportunidades de desarrollo. José Luis llegó hasta quinto grado y Reyna hasta tercero. El resto es la vida que se repite como una mala broma.

Él y su familia vivían en la urbanización Acuarela del Río cuidando un solar, en el norte de la ciudad. Ellos tuvieron que salir porque los dueños decidieron construir en el sitio. Reyna no trabaja y José Luis recoge cartón, papel periódico y revistas por la Alborada y los Sauces. A penas gana 5 ó 6 dólares semanales. “Vivimos por ahí, dormimos en la calle”, dice Reyna con vergüenza. Casa no hay. Están construyendo una sobre el agua. Ahí colocan palos en la zona conocida como Esmeraldas Chiquito o Los Cinco Magníficos.

Camino al terreno aparece Véliz Lastra, una esmeraldeña de 57 años. Ella vivía más allá de San Lorenzo, cerca de las vías férreas. Llegó a Guayaquil siguiendo a sus hijos que hicieron la casa donde reside desde hace nueve años. Viven de la venta de jaibas que pescan en el estero. Véliz Lastra tiene diez hijos. Ella lava ropa en La Floresta, con lo que se procura 20 dólares quincenales. A eso le suma los 15 del bono, pero solo en educación gasta más de 30 dólares. Además, tiene una hija que sufre de epilepsia y en casa no usan zapatos, para ahorrar. Nadie se atreve a entrar por estas calles, me dicen Ovidio Torres y Joe Corozo, del Movimiento Cultural Afroecuatoriano. “Es el miedo a conocer nuestra realidad”, agregan ambos, quienes promueven e informan en Guayaquil sobre las costumbres de los negros. La pobreza no es una cuestión de piel.


1. Ciudadelas del sur de Guayaquil

2. El 25 de julio de 1851 se abolió la esclavitud en Ecuador

Foto: Joffre Flores para El Universo


Serie: Las Sombras de La Ciudad

Nota publicada en Diario El Universo,  el jueves 24 julio de 2003 y parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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