NIGERIA Y EL HAMBRE EN LOS ROSTROS

Nigeria es un sector del sur de Guayaquil, ubicado en la isla Trinitaria. Quizá no alcanza a ser un barrio. Es una zona áspera y violenta, habitada mayormente por negros. De ahí su nombre. Las cosas en el lugar son muy simples y claras. Es mejor que nadie se meta con nadie. Al que se mete ya le tocará su parte. A Nigeria no se puede entrar solo, hay que dejarse acompañar por gente afroecuatoriana conocida. Las caras de miradas difíciles, los gestos intranquilos, los puños apretados, todos alertas. Eso es lo que hay. Ese aire como de desconfianza, temor y desconcierto que envuelve el lugar, tiene su razón: la violencia.

Carmita –así la llaman todos– Arboleda dice que hay que ir para adentro y después pasar en canoa por donde el estero ennegrecido discurre lento y sucio. Refiere que la vida también sigue luego de que se terminan el asfalto y el relleno, por entre puentes maltrechos, rotos y temblorosos que las manos de estos hombres de rostros duros y negros han construido. Afuera, más allá de la vía Perimetral, por donde pasan los carros, queda la ciudad. Guayaquil es la ciudad donde todo es posible. Solo el asombro es imposible. Ha desaparecido. Es una ciudad de extremos y casi surrealista donde todas las razas se encuentran, pero, donde algunos viven apartados. Y Nigeria es eso y mucho más. Para los que viven y sobreviven ahí, la isla del olvido. Así la llaman ellos.

Era la tarde del jueves 8 de enero y el cielo del sur de la ciudad estaba manchado de nubes blancas, sin asomo de lluvia. Carmita caminaba con decisión y saludando con ambas manos. La voz fuerte y ronca, profunda, imponente como toda ella, con su orgullosa negrura por delante. “La cosa es avanzar, aunque sea de a poquito, pero la cosa es avanzar”, advierte con la forma tan personal que tiene de expresarse. Pero ¿qué es lo que se avanza? Mirando la desolación y el hambre en los rostros, la interrogación, las ansias de reclamo, el abandono de gente arrimada contra paredes de cañas, respirando un aire enrarecido y podrido que viene del lodo, donde antes estuvo el estero, y ahora domina la basura. Así, de pronto, de entre las ruinas de una casucha, surgió una hermosa mujer negra que parecía mirar hacia dentro de sí misma. Su actitud pasiva y de quietud es como un sello que todos llevan agarrado a la piel. Dentro de la miseria que se aprecia, cualquiera puede preguntarse, ¿cómo es posible tanta calma?

Las respuestas no le alcanzan a Carmita. Ella conoce muy bien de lo que habla. Un lugar donde las disputas entre los vecinos se resuelven violentamente, donde no hay respeto por mujeres y niños. No es un sitio para vivir. Ella se fue a Leonidas Plaza y Domingo Savio y ahora mira su antigua casa desde lejos. “La tuve que alquilar”, repite. “La violencia es lo que me hizo salir de aquí”.

Para ella, muchos “hermanos”, como llama a los afroecuatorianos, se engañan entre sí. Algunos dirigentes, a los que les compran el lodo donde viven, se aprovechan de la necesidad. Parecen olvidar que todos han salido de la misma tierra, que tienen el mismo origen. Esmeraldas. Es buena suerte que casi todos los que viven en Nigeria sean negros, pero el quemeimportismo y la falta de conciencia por la vida tienen su respuesta en la falta de educación. Es un lugar para sobrevivir, donde nada es seguro. El que trabaja come y el que no, se la tiene que rebuscar como pueda, incluso mirando la puerta del vecino. Como dice Carmita: “esperando a ver quién dejó la puerta mal parqueada”.

La marcha es por puentes enclenques. Mal clavados con madera vieja, podrida. Mangles hurtados al manglar y cañas traídas de otras tierras. Carmita parece flotar a cada paso, mientras la tarde se aleja perezosa hacia donde el estero se confunde de color: negruzco, verdoso, azulado. A su encuentro vienen la basura, el ruido de alguna canción de salsa poderosa y el desencanto que siempre produce el dolor. Imposible no pensar en Henry Fiol (1) y su son inmortal. Ahora me da pena cuando dice: “donde perro como perro y por un peso te matan… El truquito, la maroma.. ¡Ay bendito!”.

Por momentos, hay que caminar a cuatro patas. El miedo a caer y clavarse algún palo es superior a la vergüenza que produce la posición. Hay que ir hasta el final donde una canoa espera por 15 centavos para los que se atreven por el estero. Carmita se marcha en la canoa. Con su voz poderosa llama a la gente para que se acerque y comparta su historia. Muchos vienen, otros se esconden.

Hay una parte de Nigeria en la que la desolación es mucho más palpable. Largas extensiones de lodo con unos cuantos palos quemados, donde no vive nadie. Carmita recupera la historia luego de dos años. Su relato está salpicado de exageraciones. “Ese lado era pura raza mestiza y muchos se armaron hasta los dientes, pero esa gente tuvo que esconder el rabo entre las piernas porque vinieron otros con armas más fuertes”. El resultado fue abandono y destrucción.

Arreglar los puentes es algo primordial para todos, pero la gente no asume las cosas con la importancia debida, algunos relatos son miedo puro.

Una niña de dos años se clavó un palo por la barriga cuando se cayó de un puente roto, pero ni en esas circunstancias la gente se unió para arreglarlos. Falta solidaridad.

Muchos tienen desconfianza. ¿Cómo pueden ayudar un par de fotos y unas cuantas palabras frente al peso de esta realidad? Las historias hay que contarlas, y a pesar de que parezca que solo nos quedan las palabras, jamás hay que renunciar a ellas.

Aquí la gente se mete a robar con arma en mano. Vienen en canoa por el estero y atacan las casas de las personas más tranquilas. La paz es un cuento mal inventado y los que sufren la violencia se marchan con la boca cerrada. Desde la canoa que guía Lexington Landázuri se mira la porquería y el lodo debajo de las casas. Él nació en Quinindé y vino a Guayaquil hace 20 años. Vive en la isla de Nigeria desde hace tres meses. Antes vivió en Cenepa, otra zona poblada por negros que Carmita promete hacernos conocer. En la canoa también viaja Alfredo Mina, de 13 años. Él dice que no hace nada. Muchos no estudian porque los padres no tienen dinero para pagar la escuela 21 de Septiembre, la única que hay en la comunidad y es particular.

Salto al lodo, y luego al puente. Camino a la casa de Carmen Landázuri. Por ahí estallan los llantos de niños que los padres dejan solos porque tienen que ir a trabajar: los hombres, generalmente, son guardias de seguridad; y las mujeres, empleadas de domésticas.

Carmen tiene 27 años, es prima de Lexington. Nació en Quinindé y emigró a Guayaquil cuando tenía 16. Lleva 6 años viviendo en Nigeria. Antes, por la calle 25 ava. Vino con una prima con la idea de trabajar y quedó atrapada. No extraña nada de su antigua vida en Quinindé, porque en Guayaquil tiene fiestas, ambiente, vacile, otra forma de vivir a la que ya se acostumbró. Estudió hasta tercer año de colegio y ahora ya no le quedan ganas de seguir.

Ella cuenta que para construir una casa en esta zona tienen que pagar 4 dólares por un papel para acceder al beneficio de las casas del Hogar de Cristo. Ellos les entregan la estructura y los dueños tienen que armarla como puedan. Las viviendas están numeradas por el Miduvi1. Carmen vive con Daniel Bautista, sin estar casados, desde hace nueve años. “Me hice de compromiso” dice. Tiene un hijo de 5 años llamado Dani que estudia en la escuela San Vicente de Paúl, que queda en la 19ª y la D. Este año va a primer grado y todos los días tiene que viajar en canoa hasta la zona del Cristo del Consuelo para llegar a la escuela.

Margarita tiene 20 años y no le gustan las fotos, todo el tiempo permanece junto a su hermana Carmen. Ellos son ocho hermanos, de los cuales siete viven en Nigeria. Pero la conversación es difícil porque los niños se alborotan con la llegada de gente extraña. Es como una fiesta en la que todos quieren participar, reclaman para que los fotografíen. No son los únicos a los que se les escapa la proporción de las cosas, la magnitud de la condición desechable en la que no es posible la vida.

Lucía Rodríguez, de 33 años, estaba sentada fuera de su casa. La espalda arrimada contra las cañas amarillentas. Con voz pequeña dijo que tiene 7 hijos, nada más. A su alrededor los chicos revoloteaban, todo era un escándalo inocente. Risas mezcladas con llanto, música salsa y gritos de mayores.

Lucía es cuñada de Carmen y Margarita. Relata que ellas son unidas. Cuando alguien sale a la ciudad, la otra se encarga de los niños. Si una tiende la ropa, la otra se la recoge. Es una forma de supervivencia, uno emigra y el resto de la familia se reúne en torno a él. Lucía nació en Quevedo y creció en el Oriente. Lleva ocho meses en Nigeria. Jamás fue a la escuela porque nunca vivió con sus padres. “Mi madre me regaló”, recuerda con la voz aún más pequeña.

No es extraño encontrar en cualquier rincón personas jugando naipe y dándole al trago. Lo inverosímil sale al paso cuando al caminar por uno de los puentes laterales aparece un billar. Mejor no preguntar, pero está claro que aquí la vida es otra cosa. Una cosa que muchos extraviaron en un viaje de apenas ocho horas, que es lo que tardan en llegar de Esmeraldas a Guayaquil.

Mientras camina por los puentes infinitos de Nigeria, Carmita Arboleda, que nos hace de guía, dice una gran verdad: “La vida hay que mirarla y contarla”. Al final de la Isla Trinitaria, luego de pasar la Cooperativa Independencia, Nigeria sigue llena de basura y en ella los nombres y los rostros pasan como un desfile sin fin.

Patricia Simisterra estaba sentada de espaldas a la casa de su abuela, acompañada de una prima y de su hijo Kenneth de 4 meses. Ella también es afroecuatoriana, nació en Guayaquil hace 28 años, pero se fue a vivir a Limones, Esmeraldas. Regresó hace tres años, tiene cuatro hijos y su esposo está preso en la Penitenciaría. Todo lo cuenta a regañadientes. Es complicado hablar con un extraño sobre temas personales, aun así lo dice con sus palabras: “Estoy medio jodida porque no tengo trabajo y no puedo pagar la casa que saqué cuando estaba embarazada de Kenneth”. ¿Cuánto debe cancelar? 10,30 dólares mensuales durante tres años, nada más.

Se retiró en primer año de colegio, y piensa que su vida sería mejor si hubiera seguido estudiando. Lleva una vida regular y la pasa como muchos, no quiere complicaciones porque las cosas siempre se pueden poner peor. Una voz de hombre pesada y anegrada inquiere: ¿para qué hacemos esto? ¿Por qué tanta preguntadera?

Tiene cara de no convencerse con ninguna respuesta. “A veces el olvido es mejor”, sentencia. Hay cosas que las palabras no alcanzan a decir, pero mirando la abrupta realidad y escuchando a la gente todos podemos hacernos una idea. Pero el asunto es que aparte de la abuela de Patricia, también viven por ahí su madre y una tía, quienes nunca han podido tener una casa propia, y la única realidad que les ha quedado se llama Nigeria.

Sin embargo –como bien dice Carmita–, lo importante aquí es tener familia. Es la única forma de evitar el avasallamiento. La familia sirve como escudo y protección. Cristina Quintero tiene su visión de las cosas. “Vivimos botados aquí en esta isla”, reclama esta mujer de cara seria y gestos lentos. Parada en mitad de un puente señalaba hacia donde la basura lo llenaba todo. “Dígame si esto no es el abandono”. Su voz es como un trueno en medio de la tarde que huye lenta.

Cristina se define como una vieja luchadora de 50 años que perteneció al grupo de la Cooperativa Independencia 2 de la Coordinadora de las mujeres afroecuatorianas, donde coincidió con Carmita. Ella es colombiana y llegó al Ecuador en 1972. Alquiló casa durante muchos años en la calle Lizardo García. Ahora dice que tiene un ranchito propio. El solar en Nigeria le costó 100.000 sucres en 1993. Vino al país porque la familia de su madre es esmeraldeña y no regresó a Colombia porque le encantó Ecuador. En esa época tenía 19 años y solo era una jovencita con muchos sueños y ganas de vivir. Tiene seis hijos que están repartidos, “por aquí y por allá”, dice entre risas, aunque uno de ellos está detenido en la penitenciaría. Ahora no tiene trabajo y cuando apareció Carmita estaba lavando ropa. En diciembre pasado se dedicó a vender cola en vaso por el sector de la Bahía. “Tenía que parar la olla para la Navidad, también a uno le da hambre”. Dijo esto con aspereza, pero con educación. Esta es como una historia sin fin.

Cristina lo sabe, tal vez por eso agrega que para un blanco trabajar es más fácil, y Carmita no se calla nada cuando comenta que los negros son marginados porque no tienen educación. “Raro es el negro que llega a la universidad. La mayoría emigra para conseguir trabajo y se olvida de estudiar”.

En Nigeria hay electricidad y también agua potable que llega por una delgada manguera negra, por la que pagan 2 dólares al mes, pero lo que todos anhelan es que pongan el relleno. Consideran que ese día les cambiará la vida. Por esa razón, la basura va al suelo: para que el estero se rellene más rápido.

Cuando les pregunté ¿cómo se podía hablar con algún dirigente?, la gente estalló en risas. Bastante difícil. Carmita dice que ellos tienen una especie de egoísmo, desconfían de cualquiera que no viva en la comunidad. Son las propias voces del lugar las que reclaman por alguna “cosa mejorcita”. No tienen casa comunal donde las personas puedan reunirse. Confiesan que había una que desbarataron para luego vender el terreno. “Algunos dirigentes sólo piensan en lucrarse»  reclaman algunos vecinos que no desean identificarse, pues temen a las represalias.

La charla con Daysi Mina es en su casa. Tiene 38 años y siete hijos. Nació en Esmeraldas, cerca del río Santiago, más arriba de Borbón. Vino a los 12 años para trabajar en casa ajena y vivir con una hermana en el Cristo del Consuelo. Solo estudió hasta tercer grado.

Es una mujer tranquila, de risa fácil y nerviosa que vive en el solar 21 de la manzana 14 de la Cooperativa Independencia 2, también es la presidenta de la Asociación de mujeres afroecuatorianas de ese sector. Se reúnen los domingos a las 5 de la tarde para resolver sus necesidades, pero las necesidades parecen infinitas. “Trabajo y lucha es lo que hay”, reflexiona, mientras el llanto de su último hijo la distrae. “Ahora estamos peleando por el bono de desarrollo humano, a muchas mujeres de este sector nos han dejado fuera de la lista”, agrega.

Ladran los perros y las voces se refugian. Dejamos todo eso y volvemos hasta donde empiezan los puentes. Los muchachos juegan pelota sobre la tierra, parecen pertenecer a otra realidad. Pero la realidad es que en Nigeria las cosas siguen intactas


1 Cantante, compositor y percusionista nacido en el Bronx de Nueva York

Foto: El Universo (Francisco Bravo)


Serie: Las Sombras De La Ciudad

Nota publicada en Diario El Universo,  el 18 de enero 2004 y parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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2 comments

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