LA BARRACA, UN MALECÓN LLENO DE MISERIA

Las cicatrices en el cuerpo de Joel Caicedo, de apenas 5 años, delatan que la vida en La Barraca siempre es un riesgo. Junto a él, otros 23 niños, la mayoría sucio, descalzo y apenas vestido, jugaba por el suelo la tarde del miércoles 21 de enero. El mismo día que otros ecuatorianos recordaban el derrocamiento del ex presidente Jamil Mahuad.

La Barraca está ubicada en la 15 y la K (1). Algunas de las casas del lugar se balancean sobre el estero Mogollón y al frente se mira triste una parte de la isla Trinitaria. Los que habitan esta parte de Guayaquil son negros, o afroecuatorianos, como prefieren algunos que los llamen, que viven en condiciones alarmantes de miseria, donde la palabra dignidad se reduce a que una familia de seis integrantes, como la de Manolo Valencia, de 24 años, deba intentar comer con 2 dólares al día.

Manolo tiene un año sin empleo. Antes trabajó como guardián. Ahora, de repente, vende cocada. La vida se le escapa despacio, con demasiada calma, envuelta en una pasividad y cotidianidad donde lo normal es la necesidad. Claro que hay días en que se gana unos 7 dólares y los más felices son sus cuatro hijos, porque entonces la dieta diaria cambia un poco. La vida en La Barraca casi en nada ha cambiado. Edita Simisterra lo recuerda muy bien porque lleva más de quince años viviendo ahí. “Apenas si el rellenito”, afirma. Ella es una mujer corpulenta, más mulata que negra. Nació hace 50 años en la parroquia Concepción en Esmeraldas, adonde se llega tras seguir el rumbo del río Santiago. Vive en Guayaquil desde hace unos 20 años y fue a la escuela una vez. Su relato es triste y demuestra las condiciones de ignorancia en las que muchas de estas personas se desenvuelven. “En el tiempo cuando nuestros padres nos criaron era muy común que a ellos no les interesara nada la educación. Eran otras circunstancias”. Y ahora, ¿cuáles son las circunstancias? Para mantener a sus nueve hijos hace de todo, busca la forma de cocinar o de lavar. En ocasiones le pagan 8 dólares cuando son tres, cuatro y hasta cinco docenas de prendas. Le pagan 10 dólares (la máxima paga que puede recibir) cuando es mucha ropa, o bastante como dice ella. Estos días no está lavando: la señora donde trabaja se fue de viaje.

El relleno no llega y la gente, en una actitud casi surrealista, arroja la basura al estero, con la esperanza en que poco a poco la basura derrote al agua. El efecto es deprimente y desolador. Mientras tanto, ellos esperan que se concreten decenas de promesas políticas para rellenar lo que queda del estero. Bajo las casas, la única realidad es la contaminación: el agua llena de heces, orina y basura. Ése es el lugar donde muchos niños se bañan.

Edita se va de largo en un diálogo con Marcia Lastra, a la que todos llaman Marcita y quien es la coordinadora del grupo 5 de Agosto que pertenece a la agrupación de mujeres afroecuatorianas. Ella también dirige la marimba Bombo, Cununo y Guasá. Es una mujer muy querida y la que nos sirve de guía en el sector, porque a La Barraca no entra cualquiera fácilmente.

El terreno de la casa de Edita costó unos 300 sucres. Lo compró barato, porque estaba en el agua. “Tooodo era agua”, dice, y con un gesto intenta abarcar la extensión donde funciona la vida en La Barraca. Eso fue hace más de quince años, ahora la vivienda está en tierra. Señala por donde hay unos puentes y agrega “así vivía yo”. Estos momentos son otros a los que la vida los empuja al agua por entre puentes maltrechos y rotos, donde el miedo es un compañero más del que todos son amigos. Ese tiempo para Edita ya no existe más. El relleno llegó a una parte de La Barraca con cada campaña política. Cuando venían los partidos todos mandaban volquetes de tierra y paulatinamente el agua fue sepultada.

Todavía hay casas con los colores del PRE (2). La huella persiste. Y así, mientras la charla se extendía, un pequeño resbaló por los puentes y quedó colgado de sus manos. Llegó la madre, que no quiso decir su nombre, y lo llevó a casa en medio de llantos y gritos.

Eso es algo cotidiano. Y en la actitud de Peter Caicedo, un adolescente de 16 años, hay respuestas para todo. Sentado debajo de una casa, confiesa que todos los días coge la brisa de la tarde. Todo es posible en La Barraca.

Relata Carmen Landázuri que el agua potable llega, con suerte, entre las 2 de la madrugada y las 6 de la mañana. Durante el día no hay. Ellos la guardan en tanques y con eso lavan, cocinan y se asean, aunque algunos se bañan en el estero y, aunque parezca increíble, no se enferman. La electricidad la cogen directamente de los postes de alumbrado público. No hay medidores, nadie paga y nadie reclama.

La de La Barraca es una pobreza brutal e hiriente que amarga la vida de muchos seres humanos. Quizás la realidad de Luis Caicedo sea un pequeño ejemplo de éste drama. Tiene 20 años. No estudia y está muy preocupado porque hace cinco meses que no trabaja. Simplemente no encuentra qué hacer. Es fácil mirar a la gente de La Barraca con la mirada apagada, sin ilusiones, con la esperanza puesta en el día a día. Buscando calmar el hambre e intentando vivir en condiciones dignas de un ser humano, pero parece imposible. Sin embargo los niños con su actitud inocente, infantil y despreocupada inventan la fe.

Alrededor de la tina donde Carmen Landázuri ofrece sus mangos muchos vecinos de La Barraca se reúnen para compartir cotidianamente. El ambiente está lleno de ruidos de niños. Dos metros cuadrados, 24 pequeños y solo uno usa zapatos. Más allá, algunos adultos juegan a los naipes. Otros, como Segundo Arroyo, de 24 años, simplemente, conversan mientras pasa la tarde.

La vida en La Barraca siempre es complicada. No importa que en los techos de zinc de estas casas pobres las tapas de las ollas sirvan como antenas de televisión, y algún vecino vuelva al barrio con un equipo de sonido envuelto en fundas para basura. “Los zapatos son para ir a la escuela, el resto del día se puede andar sin ellos”. Las palabras son de María Isabel Caicedo Nazareno, una chiquilla inquieta y vivaz de 8 años que estudia el 2º grado en la escuela Enrique Gil Gilbert. “La que queda por la plaza”, agrega, en tanto otros niños se empujan y apretujan junto a ella.

Todos desean hablar y las palabras vienen atropelladamente. ¿Quién puede contenerlos? Da la impresión de que es un juego que ellos se inventan para combatir el tedio, porque aquí los días pasan idénticos. Rosa Angélica Guerrero es hija de Edita Simisterra. Tiene 10 años y sonríe con timidez. Es delgada y bastante guapa, lleva el cabello con trencitas artificiales, pero en su cara alargada se destacan sus inmensas pestañas; estudia en el 4º grado de la escuela Enrique Gil Gilbert.

Relata con voz pequeña que todos los días lava su uniforme y los platos. Es la última de diez hermanos y no puede evitar mirar al piso cada vez que habla, junto a ella siempre hay otra niña que identifica como una sobrina.

Para Jonathan Samaniego, de 13 años, las cosas son más complicadas. Debe cuidar a Elí, Diana, Daniel y Josué, sus cuatro hermanos menores. Tiene que perseguirlos sin tregua cuando juegan debajo de las casas junto al estero y cuando corren por los peligrosos y descuidados puentes. Eso le deja poco tiempo para realizar los deberes del colegio. Estudia el 2º curso en el CEMG-8 ubicado en la 25ava y la K. Confiesa que de grande le gustaría ser profesional en cualquier cosa, para intentar cambiar las condiciones en que vive su familia.

Casi todos los niños pasan junto a la lavacara donde Carmen Landázuri vende sus mangos, claro que ninguno puede pagar los 10 centavos. Carmen suelta sin preámbulos que necesitan una escuela pública, ya que las que se encuentran cerca son “pagadas”. Deben salir a la 25ava y la K donde está la escuela Otón Castillo, que también funciona como colegio.

El problema es que pagar pasajes es un lujo por estos lados. Ella nació en Limones, Esmeraldas, y salió de su tierra hace 18 años directo a La Barraca, donde vivía su cuñada. Los mangos los consigue el esposo por la vía a la playa o Daule, y la venta le reporta unos 3 ó 4 dólares diarios. Acepta, con algo de vergüenza, que tiene siete hijos, de los cuales tres están en la escuela, la menor tiene 6 años y se llama Carmen Deyanire y el mayor Jimmy, de 20. Ahora no está trabajando. Cuando lo hace, generalmente lava ropa. Recuerda que se vino de Limones porque, según ella, no se podía vivir allá. No había forma de salir a trabajar, sólo se vivía de la pesca. En cambio considera que en Guayaquil, con suerte, se puede trabajar en cualquier cosa.

Alguna vez, fue a primer grado y confiesa que más o menos sabe leer, aunque a la hora de cobrar nadie la estafa. Con sus hijos insiste a diario para que estudien, con el anhelo de que tengan una vida mejor que la suya. Eso también es lo que piensa María Caicedo. Esta mujer nacida en San Lorenzo hace 30 años, lleva 15 en Guayaquil. “Cuando murió mi mamá salí a rodar”, afirma despacio. Antes vivió por la calle Pancho Segura, luego, cuando “se hizo de compromiso”, se trasladó a La Barraca. Es madre de cuatro hijos y llegó casi al 4º grado de la escuela. Liz Katherine, de 13, es la mayor, le siguen Ánderson Lenín, de 8, Roger Aarón, de 4, y Ángelo Gianpiero, de 2. No está casada. “Por ahí tengo un medio hombrecito”, dice envuelta en risas. Son risas que no ocultan la tristeza cuando recuerda a su hermana Enriqueta, que falleció el 18 de octubre del 2003 con apenas 23 años. Desde ese día María se encargó de las cuatro hijas que dejó su hermana. Tatiana Elizabeth, de 6, Bella Beyanide, de 4, Bella Alexandra, de 3, y la última de 4 meses, Dana Anais, a ella la madre no alcanzó a ponerle el nombre, ahora medio viven con la tía. De los ocho niños, cuatro se quedan en la guardería, tres van a la escuela y la más pequeña sale con María cuando ella recorre las calles de la ciudad para vender cocada, donde puede ganar desde 0 hasta 10 dólares diarios. Ella abandona su casa a las 08h00 y regresa a las 19h00. La venta es a pie y el paquete cuesta $ 0.25. “Aquí hay que pararse duro, el que no se para tieso se cae”, sentencia. “Cada quien es harina de su costal, cada quien busca para su canasto. Si usted no tiene para comer tendrá que aguantar como sea”


1 Suburbio profundo de Guayaquil

2 Partido Roldosista Ecuatoriano. Su líder es Abdalá Bucaram.

Foto: El Universo (Jorge Peñafiel)


Serie Las Sombras De La Ciudad

Nota publicada en Diario El Universo,  domingo 25 de enero de 2004 y parte del libro Crónicas de Ecuador escondido de Francisco Santana, publicado en mayo de 2013

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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