YO SOY RESCATISTA DE ANIMALES

DE CUANDO YUMA ME CONVIRTIÓ EN RESCATISTA

El cuento de Yuma evidencia la violencia animal practicada desde las entrañas de muchos hogares que ignoran los derechos de sus mascotas desde el día en que deciden adoptar. Pero también es una lección de vida para quienes optan por emprender el camino del rescatista.

Cuando ella llegó a mis brazos no tenía marcas de violencia en el cuerpo. No era la primera vez que nos veíamos. Este nuevo encuentro fue parte de una mutación personal.

Afuera de mi casa intentaba abrir la puerta con el hocico. Además, ladraba para que alguien le abriera, mientras se desplazaba rápidamente de izquierda a derecha.

Una señora estaba con ella y en voz alta llamó a la puerta “¿Podría alguien salir a atenderme?”. Abrí la ventana y saludé. Ella comentó: “No es la primera vez que veo a este perrito afuera, señora. Estaba al pie de mi casa y recordé haberla visto el otro día salir de esta villa. Ya no la deje escapar porque es un animal hermoso y se la pueden robar”, pidió la señora mientras acariciaba a la perrita.

¿Escapar? Esa palabra llamó mi atención. Intentaba entender por qué Yuma estaba en la calle y no en casa de mi vecina, quien era su verdadera dueña.

Le abrí la reja frontal para que subiera al departamento de sus amos. En la villa habitamos cuatro familias. Los amos de Yuma viven en la parte superior de esta casa. Subí tras de la perrita. Timbré y presioné varias veces, pero no hubo respuesta. Se mostraba sedienta ante el inclemente sol que pegaba fuerte a las 11 de la mañana.

Nadie respondió. Llamé al celular de mi vecina pero me enviaba al buzón de voz. Presentí que algo no andaba bien y decidí llevar al animal a mi departamento.

Bossa – mi Golden Retriever – estaba fastidiada y la recibió con estruendosos ladridos. Mi gata casera,  Jazz, se erizó por completo y Teke Teke, la felina callejera que vive conmigo, corrió a esconderse. Aunque ese recibimiento no fue de lo mejor, mi madre y yo acogimos sin reproches a Yuma,

La perrita,  se acercó al pocillo con agua de Bossa, y la consumió con rapidez. Luego correteaba de un lugar a otro con el hocico mojado. De esta forma mantuvo la sala empapada durante toda la tarde.

Media hora después, ya nos había dejado unos regalitos (caca y pipi) en la sala y en el baño de mi mami. Supimos entonces que había marcado terreno.

La sacamos al patio, pero su llanto y aullido exasperaban. La temperatura de 39 °C  tampoco ayudaba mucho y adentro, en cambio, no dejaba de corretear a las gatas y a mi perra. La casa estuvo patas arriba toda esa mañana y tarde de domingo.

A la hora del almuerzo mi mamá y yo recordamos la ocasión en que mi vecina había perdido a Yuma. Sus hijos lloraban inconsolables. Dos meses atrás había sucedido esa situación, cuando esa familia tenía días de haberse mudado.

En esos días yo alcancé a ver en un chat barrial de Miraflores que una pareja de esposos había encontrado una perrita de la misma raza. Yo escribí que ese animal se parecía a la mascota de mi vecina y solicité que los que la habían acogido se hagan presente para mostrar al animal y verificar si era la misma Yuma. Por tres días no hubo respuesta. Fue entonces que la gente del chat reclamó a la pareja que devolvieran a la perrita.

Los administradores del chat intervinieron y decidimos llamar a una conocida fundación de rescate animal. Mientras hacíamos la diligencia pertinente, en el chat se leían reproches de todo tipo a la pareja. Los comentarios eran incendiarios y los tildaron de ladrones, corruptos, gente que no era digna de vivir en la ciudadela.

En forma paralela la pareja contactó a mi vecina para “mediar” las cosas. Pero ellos también tenían sus razones. La señalaron de maltratadora animal por haber encontrado a la mascota con marcas de violencia y su cuerpo lleno de garrapatas. Así que pidieron $ 200 para pagar las cuentas del veterinario y de ciertos artículos que le habían comprado.

Los administradores del grupo y otras diez personas del chat de la ciudadela acompañamos a mi vecina y a sus hijos  a la casa de la pareja para el reclamo acordado. Cuarenta minutos esperamos hasta que uno de los dos policías que también intervino para mediar la situación salió y en voz alta nos reportó: “Las señoras llegaron a un acuerdo. La verdadera dueña del animal deberá pagar $ 90 por la consulta y los productos comprados”.

Algunos reprocharon. Yo sugerí que le cancelara la suma, tomara al animal y se fuera. “Pero niña Giselle, no tengo ese dinero en este momento, solo tengo $ 30”, comentó. No dudé en ir al cajero y prestarle el monto que faltaba.

Quince minutos más tarde, Yuma salió con su ama. Todos aplaudimos. El vídeo se subió al chat y los comentarios se replicaron: “Viva Yuma”, “Yuma libre”, seguidos de “No queremos ladrones en nuestro chat”, “Botemos a estos ladrones del chat”, entre otras frases.

Todo volvió a la paz y en la ciudadela no volvimos a ver a Yuma hasta este momento que se hallaba en mi casa.

Por razones que no valen la pena contar, días después del rescate de Yuma, decidí no participar más en ese chat y me salí del grupo.

Entre tareas caseras, nos dieron las diez de la noche. La llegada de la moto del esposo de mi vecina alertó al animal quien se subió al mueble para alcanzar a divisar a sus amos por la ventana. Efectivamente eran ellos. Salí a hablarles.

“Hola mijito”, le pregunté al “sánduche” de los tres hijos. “¿Dónde está tu mamá? Yuma está en mi casa porque ustedes no llegaban y ha estado desde la mañana en la calle ¿Qué sucedió?”.

El niño con su carita triste contestó: “Mi mami la botó porque le dañó sus muebles. No la quiere ver”, expresó. El papá del chico cerraba la puerta y notó mi rostro descompuesto.

“Señora, ya sé lo que está pensando. No sé qué hacer. Mi mujer no quiere a mi perra y no la quiere de vuelta. Le estamos dando de comer con mi hijo a escondidas. Si usted puede quedarse con ella o encontrarle un hogar le agradecería mucho. Incluso fuimos donde esa pareja que la encontró la primera vez, pero dijeron que ya tienen otros perros y que no pueden tenerla”, explicó apenado.

Asenté con mi cabeza, tomé al animal y lo traje de vuelta a mi casa. Mi mamá me vio la cara y sus ojos se le llenaron de lágrimas. No hubo nada que comentar. La acarició y la llevó a tomar agua de nuevo, luego se fue al cuarto.

Pero Yuma me seguía a todas partes. Esa noche debimos separar a los animales para que no existieran líos. Llevé a Yuma a mi cuarto y las demás se fueron a dormir con mi mamá.

Mientras acomodaba mis cosas previo a dormir, Yuma subía y bajaba como loca de la cama. Yo intentaba llevar la calma. La ignoraba para que no note mi preocupación. Entonces me acosté y ella lo hizo igual, poniendo su cabeza en mi regazo.

Qué alivio fue tenerla y saber que no iba a estar otro día en la calle. Apagué la televisión y dormimos profundamente. En la madrugada, la saqué al patio para que haga sus necesidades y respondió perfectamente. Regresamos a la cama y volvió a acurrucarse a mi lado.

Al día siguiente la saqué a pasear junto con Bossa. Debo reconocer que fue una odisea. Bossa estaba celosa, pero debió seguir mis órdenes sin chistar.

Yuma nos llevaba ventaja. Presidía el paseo con total seguridad. Se conocía los rincones de la ciudadela y cada dos cuadras nos esperaba con la lengua afuera. Cuando la alcanzábamos proseguía más rápido. Al llegar a un callejón contiguo al Estero Salado, por la calle Séptima, Bossa y yo aprovechamos uno de los asientos de piedra para descansar.

Yuma corría a toda velocidad. Parecía un galgo. Como si estuviese en una carrera. Su agilidad era increíble. Regresamos a casa y debí dejarla en el patio para que mi mamá pudiera hacer sus cosas con tranquilidad con el resto de las mascotas.

Mi vida prosiguió igual. Iba al trabajo, pero solo esa semana decidí almorzar en casa para monitorear a la perrita y no dejarle toda la responsabilidad en manos de mi mamá.

Ese lunes aprendió a hacer sus necesidades en el patio. Poco a poco se fue calmando. Ya no velaba nuestro almuerzo y comía sus pepas sin angustia. Se recostaba al pie del comedor y poco a poco bajó esa hiperactividad con la que llegó. La rutina fue la misma y al tercer día ya no dormía en mi cama. Prefirió el suelo, al pie de la puerta.

Desde el primer día posteé su foto en el Facebook para que alguien se interesara en adoptarla. Al cuarto día una chica me pidió que se la diera. Dijo que tenía un patio y otros perros para que se críe en manada.

Yuma ya había sido madre. La hija de mi vecina lo comentó en una ocasión. “Mi mami ya vendió cuatro perritos y Yuma se puso como loca”, indicó. Mi mamá y yo creímos que por eso era la intensa pérdida de pelo. Todos los días mi pobre madre debió barrer esa pelusa que volaba por toda la casa ante las correteadas juguetonas de Yuma.

Los días pasaban y nunca se mostró violenta. Jamás tocó un adorno. No volvió a hacerse sus necesidades dentro de casa, tampoco mostraba angustia.

Se adaptó a nuestro ritmo. Aunque nos encariñamos, sabíamos que ella debía seguir su camino. Otra ama la esperaba. Además, había otro detalle que nos angustiaba. Cada vez que la moto del esposo de mi vecina llegaba era motivo de angustia del animal. Corría hacia la ventana y gemía con tristeza. Ese sonido era motivo de tristeza para mi mamá, quien cerraba las cortinas, la distraía con comida y la llevaba a su cuarto para quedarse un rato hasta que se olvidara de la escena.

Estábamos claras sobre que el animal debía irse lo más pronto para olvidar por completo a esa familia.

El sábado fue el día en que la nueva ama fue a recogerla. Anahí es su nombre. Un día antes, la llamé para preguntar si en realidad quería quedársela y supe que sería su verdadera familia cuando respondió: “Le compré una camita y la estamos esperando”.

Antes de que llegue Anahí, saqué a pasear a Yuma. Logré que hiciera todas sus necesidades para que no moleste en el auto. La abracé y me tomé una selfie con ella. No se movió, miró la cámara con tranquilidad. Creo que ella sabía que ese era nuestro último día juntas.

Nos abrazamos. Jugamos en la cama. Se quedó un buen rato en mi regazo. Le puse su nueva correa y salimos a recibir a su nueva ama, quien llegó en un auto rojo. Un niño iba en la parte de adelante. Anahí es una joven veinteañera que en ese momento estaba embarazada.

Cuando Yuma la vio no opuso resistencia. Se trepó al auto y se sentó educadamente. Por fin llegó el anhelado alivio. No sentí tristeza ni sentimientos encontrados. La satisfacción se apoderó de mí al saber que un perro salía de las calles y se alejaba de la ignorancia con la que había sido maltratada. Se encontró con la felicidad y una nueva vida la esperaba al otro lado de la ciudad.

Mis mascotas volvieron a la paz. Mi madre y yo descansamos plácidamente y en casa se respiró nuevamente paz. Anahí me envió una foto de Yuma, jugando con sus nuevos hermanos y hermanas caninas.

A la siguiente llamada confirmé que ese animal había nacido para esa familia. “Hola Giselle, le cuento que le cambiamos de nombre a la perrita”, me compartió.

Contó que días después, su hermana y ella empezaron a llamarla pero no respondía. Les pareció extraño. Entonces la hermana le propuso rebautizarla como Mulán.

“Cuando la llamamos por ese nuevo nombre, automáticamente se acercó hacia nosotros. Nos pareció asombroso, pensamos que había sido una casualidad. Pero ha pasado una semana y solo responde a ese nombre”, me dijo Anahí.

Seis meses después, en una reunión empresarial debí presentarme ante un grupo de análisis bancarios. Fue entonces cuando me encontré diciendo: “Mi nombre es Giselle Hidalgo, soy periodista, artista musical y ahora, una rescatista animal”.

Yuma es de raza husky siberiano en un noventa por ciento. Lo particular de ella es que tiene dos colores de ojos, una anomalía llamada heterocromía Iridium, sin afectar su vista.

 

 

 

 

 

 


Giselle Hidalgo es una guayaquileña que ejerce la profesión periodística hace 22 años, como editora y redactora en diversos medios de prensa escrita de su ciudad natal. El cuento «Bossa y su colita poderosa» fue su primer libro de autor lanzado en 2012. También se desenvuelve en el campo musical como intérprete vocal  y actriz para musicales y presentaciones públicas en varios teatros de Guayaquil.

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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2 comments

  1. Yo tengo el gusto de conocer a Giselle, excelente persona y como cantante solo puedo decir sobre 10. Y ahora me tome el tiempo de leer lo que ha,pasado con esta perrita hermosa y no me sorprende tu calidad humana, al ser músico tu sensibilidad es mayor. Que orgullo saber que eres ahora también rescatista de animales. Un abrazo.

  2. Roberto San Andrés

    Eres lo máximo mí Giselle querida, tu sabes cuánto te admiro y respeto, igual a toda tu familia sin excepciones, se y conozco tus dotes artísticos, para mí, ustedes cómo familia son LO MAXIMO
    Fe de erratas
    Yo también rescaté una perrita, que ya se moría, tengo bellos recuerdos de todo su proceso de recuperación, hoy es una perrita súper feliz, consentida al 200 por mil
    Te envío un súper abrazó
    Augurio tus éxitos

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