ANÉCDOTAS PERIODÍSTICAS / GAJES DEL OFICIO

Profesionalmente en mi carrera de comunicador social, he vivido muchas aventuras, que han dejado singulares anécdotas. Ser periodista no hace millonario, al menos no a mí, pero sí me ha dado oportunidad de vivir múltiples experiencias, de conocer todas las orillas de la vida: las de arriba, las del medio y las de abajo; de conocer gente de todo tipo, desde famosos a humildes; de viajar por el mundo, de servir a la colectividad y de hacer lo que me gusta que es escribir y contar historias. Voy a contar unas cuantas de ellas, las que considero las más anecdóticas, especiales, raras o importantes de mis 37 años de carrera.

SECUESTRO SUBVERSIVO

Corría el año 1988 y yo trabajaba como reportero de El Universo. Era un sábado del primer día de octubre, el reloj andaba por el rumbo de las 16h00 y yo estaba en la sala de redacción, redactando una noticia en una máquina de escribir, como se hacía por aquella época, en la que las computadoras solo las tenían las personas que levantaban los textos que uno escribía. Cuanto cambió el proceso de la comunicación de ese tiempo a ahora. Pero eso es otra historia. El contexto histórico de ese momento, era el cambio de gobierno de León Febres Cordero a Rodrigo Borja y del proceso de paz que tramitaban en ese entonces los guerrilleros del grupo subversivo “Alfaro Vive Carajo” (AVC) que quería entregar las armas y reintegrarse a la sociedad.

Volviendo a la historia, yo estaba en el diario, cuando mi jefe, el maestro Don Ricardo, me pide que baje a la recepción a atender un reclamo de un usuario. Por aquella época, a la entrada del edificio del centro, había un espacio con ventanillas en el que las personas solicitaban avisos clasificados. La persona que supuestamente hacía el reclamo, muy hábilmente me sacó a la vereda, donde también había ventanillas,  para conversar conmigo. De pronto me sacó una pistola que estaba dentro del periódico que tenía en las manos y me “invitó” a caminar con él. El guardia ni se dio cuenta, ni yo tuve como avisarle. Con él estaban dos personas más y caminamos por la vereda de Escobedo hasta llegar a la esquina donde nos esperaba un trooper blanco. Y otra vez, las circunstancias raras de la vida, hace que mis experiencias “de terror” sean de chacota.

Resulta que por aquella época no era tan inusual el secuestro de periodistas y ya se habían dado algunos. Coincidentemente a dos compañeros del diario, les había dado por hacer este tipo de bromas. Ya se la habían hecho a algunos colegas, así que yo pensé que era otra de sus bromas, porque justo el carro al que te trepaban era un trooper blanco, como al que me estaban subiendo los guerrilleros. Así que yo pensando que era joda, empecé a vacilar a los secuestradores. Pero no había sido. Esta historia, sí era real. Ya en el carro, al que me subí riendo y diciendo.: “Está bien les voy a acolitar al dato a Xavier y Arturo (los colegas que hacían esa broma), que sirva para pasear y salir un rato del diario”, hasta que me di cuenta que la cosa era seria. En el vehículo estaba la persona que manejaba y el carro se llenó conmigo al que sentaron atrás en el medio y las tres personas que caminaron conmigo hacia el “chivo”.

Ya en el carro, me pusieron una capucha en la cabeza, me hicieron bajar el “mate”  y se identificaron como miembros del AVC. Muy gentilmente y de forma muy educada me dijeron que su intención no era hacerme daño, que no me pasaría nada sino me ponía difícil y que lo único que querían era que el periódico les publicara un manifiesto dirigido al Presidente de la república, al Congreso y a la colectividad, en la que hacían varias peticiones en cuanto al proceso de paz que estaban negociando.

Luego de recorrer en el carro unos veinte minutos, en el que íbamos a toda velocidad y en el que yo me cagaba de miedo, por temor a un accidente o a que aparezca la policía y se dé un enfrentamiento, llegamos a una villa que nunca supe donde fue, porque bajé del carro con la capucha en la cara, que recién me la quitaron adentro. En la sala de la casa, había una mesa larga, que decían usaban para las ruedas de prensa, varios manifiestos pegados en la pared y varias personas fuertemente armadas y con capuchas que tapaban su rostro. Estaba allí también un entonces diputado (Dr. Rafael Santelices del CFP), a quien también habían secuestrado y que muchos años después se convirtió en gran amigo porque era médico de los Interbarriales de El Universo cuando yo trabajaba allí en mi segunda llegada al diario a mediados de los noventa, con quien empezamos a jugar fútbol en el mismo equipo y con quien fui compañero de trabajo en un institución deportiva, muchísimo después en el año 2015.

La misión mía era de que el manifiesto salga ese mismo día en El Universo y la del diputado, hacerla llegar al Congreso. A mí me tomaron una foto polaroid (que luego me regalaron y que aún conservo de recuerdo), mientras una brigada (así la llamaban) iba con la foto al diario a decir que me tenían retenido hasta tanto el periódico publique el manifiesto y así fue. Cerca de la media noche cuando vieron la noticia publicada, con mi foto ilustrando la nota, fui liberado. Me dejaron por Urdesa para que tome taxi.

La estadía de casi seis horas en el interior de la casa, fue divertida. Nos tomamos unas cervezas y conversamos de muchas cosas, desde fútbol hasta política, pasando por ideologías políticas, el momento del país, la labor del congreso, el porqué de su lucha armada, el secuestro de Nahím Isaías, el trato a sus presos en las cárceles, los vejámenes a los que fueron sometidos con cruentas torturas, su filosofía de “recuperación” (así llamaban a los robos), de la represión del gobierno anterior, de la apertura del que regía en ese entonces, entre otros temas. Allí me di cuenta que los guerrilleros eran personas muy inteligentes, muy cultos, bastantes “leídos”, radicales en su forma de actuar y pensar con sus principios ideológicos, con los que no comparto pero que defendían con pasión y argumentos.

También me di cuenta que tenían todo estudiado, todo calculado, porque me dijeron que me iba a suceder al día siguiente. Me dijeron que la policía me iba a investigar, que me iban a seguir los pasos, me dijeron sin equivocarse que preguntas me iban a hacer y qué es lo que yo tenía que contestar, diciéndome con datos exactos que sabían dónde vivía, que negocio tenían mis padres y que si los delataba, me iba a costar caro. Yo hice lo que ellos me dijeron y jamás tuve problemas. Nunca más tuve una experiencia similar, ni contacto de ningún tipo, hasta  muchos años después cuando ya estaban integrados a la vida normal. Un día en una cobertura periodística, se me acercó una persona, me recordó el hecho y me confesó que él estaba el día del secuestro y que era el que nunca se sacó la capucha mientras nos apuntaba con un fusil. ¿Qué aprendí de esta experiencia? Nada. Más allá de escuchar su posición ideológica, el hecho no dejo enseñanzas ni lecciones, solo que fue una aventura de vida que quedó como una anécdota inolvidable.

CONVIVIR EN LA CÁRCEL

En 1989, cuando yo trabajaba en El Universo, pertenecía a la redacción de noticias y tenía varias fuentes que cubrir, entre ellas el área judicial que incluía la entonces Penitenciaria del Litoral. Todo lo que sucedía en la “Peni” era mío. Censos penitenciarios, revueltas, fugas, etc. Iba frecuentemente allá, a veces hasta dos ocasiones por mes. Siempre quise hacer un reportaje denuncia del entorno penitenciario y la pobreza que se vivía en ese “infierno tras las rejas”, lo que obviamente no era consentido por las autoridades de ese entonces. Ninguna autoridad quería que se publicara que las cárceles eran un lugar de hacinamiento con condiciones anti higiénicas, que la gente dormía en el suelo al lado de la basura, que la comida se preparaba a la maldita sea, que la inseguridad campeaba, que no había una verdadera rehabilitación  y que el lugar era una escuela del delito. En una de mis coberturas me encontré con mi gran colega y amigo, Pablo Vela Córdova, el “Rey de la Cantera” que hacía una “pasantía” en ese lugar. A él le comenté la idea y con su voz ronca y peluda como el mismo decía, me dijo: “Para hacer eso tienes que estar aquí. Si no sientes esto, no puedes escribir nada. Esto no es de verlo, es de vivirlo”. Y le dije, pues quiero vivirlo, quiero quedarme aquí un fin de semana. Y así fue. El Rey habló con el abogado Toral que también estaba recluido allí y que mandaba en ese recinto, con quien logramos ejecutar el “plan perfecto” para “caer preso”. La idea era que yo vaya el viernes en la mañana que era el día de entrada para los abogados, que si lograba pasar, él se encargaba del resto. Ya adentro un emisario se encargó de sacar mi cédula que receptaban en la puerta de ingreso y de borrar de mi muñeca el sello de visita. Ya estaba preso en el lugar, lo único que no tenía que hacer es salir a la contada (el momento que los guías cuentan a los presos).

La idea era que nadie sepa que era periodista para que funcione. Entre bien vestido, como abogado, con el pelo cogido con un moño guardado debajo de la camisa; pero ya adentro mi pinta cambió, mi melena y mi ropa de jean viejo, camiseta gogotera y  mis zapatos venus (que había llevado en una funda dizque para entregar a mi cliente), me hicieron un reo más. La idea era que yo pase por varios pabellones, entre a la cocina, a la enfermería, a la oficina del director, en fin que trate de ver lo que más pueda. El abogado me asignó dos celadores, el “Negro José” y “Pachanga” los malos más duros de los duros, quienes me acompañaban donde vaya. Para los presos, yo era un aniñado que había caído por marihuanero y que estaba protegido por el abogado que conocía mi familia. Lo primero que me decían mis compañeros presos de los distintos pabellones que visité, era que porqué si el abogado me protegía, no estaba con él en atenuados alto y yo les decía, que ya me iban a pasar para allá, que todo se estaba arreglando, que el “villegas” estaba en camino, pero que hasta tanto me la tenía que calar allí. Y así, estuve en varios pabellones, incluso llegué a estar en el último, situado al fondo de la Peni, en el L que era realmente la antesala del  infierno (que fue el título del reportaje). El lugar apestaba más que pedo de hipopótamo o que hayaca de grajoso, una insalubridad total, no tienen idea lo que era,  la gente hacía sus necesidades en cualquier rincón, la gente dormía en el piso sobre periódicos o cartones, la marihuana, la base y el trago zumbaban, los maricas pagaban el encierro de los desesperados, los guías ni se aparecían y el grado de violencia era alto. Hasta un acuchillado vi, como también vi a un pana, embarrarse de mierda para que no lo trasladen a otra cárcel en otra ciudad. Yo llegué con un billete suelto, que me abrió las puertas con el personal y me hice su pana, me contaron historias desgarradoras, y recibí lecciones de maleante, aprendí como robar una gallina y como un banco, me hablaron de sus calles duras.

Estuve en algunos pabellones y a medida de como fuera el estatus y el poder monetario de los reos, el lugar era más o menos vivible. En cuarentena, en el pabellón de choferes, en los primeros de la parte baja, por ejemplo, el ambiente no era tan tétrico. En atenuados bajo y alto, la cosa cambiaba, aunque “cana es cana”, el lugar tenías ciertas comodidades, tu propio cuarto (para no llamar celda), un área social, restaurantes, otro nivel de gente. Allí, como un preso más salí a tomar el sol, me tomé unos guaros, jugué indor en el patio, jugué naipes, conversé mucho, viví y sentí las penurias del personal. El Rey tenía razón, casi siempre la tenía. Había que estar allí para vivirlo. Hice el reportaje que salió en primera plana a página completa, con él que gané un par de concursos periodísticos y quedé segundo en otro y me gané el respeto de mis jefes y colegas que admiraron mi audacia, mientras mis padres me decían que estaba loco.  Fue un fin de semana de encuentro con la inmundicia y la maldad que me sirvió para aprender y saber que no hay nada más preciado que la libertad y que el mundo no es solo lo que vemos.

PERIODISTA PRESO

Sucedió un viernes 9 de junio de 1989, yo tenía 29 años, ya portaba  el título de licenciado en ciencias de la comunicación y trabajaba de reportero en diario El Universo. Como tal había sido asignado a una cobertura en el patio de carros detenidos de la Comisión de Tránsito del Guayas (CTG), más conocido como canchón”,  tarea encomendada por mi jefe, uno de los formadores de periodistas más brillantes, que he conocido, don Ricardo Pólit que en paz descanse. La misión era comprobar la denuncia que en dicho patio se desmantelaban los carros para beneficio de los propios vigilantes, pues había denuncias que carro que entraba ahí salía sin equipos de sonidos, llantas, batería, espejos y demás accesorios. Me acompañaban en esa cobertura, el chofer, el querido y cascarrabias “Arreaguita” y el segundo fotógrafo más audaz que he conocido, Lucho Almeida, “Albiela” como yo le decía. Iba además, compartiendo el vehículo, una joven bella y capaz periodista, recién integrada a la Redacción, que hacía coberturas para la sección La Ciudad y que tenía otra misión encomendada. Reportera, que varios años después sería mi compañera de vida.

La estrategia planificada decía que yo era un usuario cualquiera que iba a buscar su carro, así, con paro observaba todo, conversaba con los usuarios, me enteraba de todo y ya empapado de la noticia, sutilmente «me sacaba la máscara» y me acercaba a la caseta del oficial ya como periodista a conversar con la autoridad y preguntarle como quien no quiere la cosa, si era cierto lo del desmantelamiento, porque se necesitaba la parte oficial. Tal como manda la noticia, la de obtener las dos versiones. Ya para eso tenía todas las bases para refutar. Así se hizo. Lucho, escondido y subido en el cerro aledaño, con un lente especial, fotografiaba los carros desmantelados, pues suponíamos que no nos iban a dejar tomar fotografías, como en efecto fue. En tanto que Don Arreaguita, se lustraba los zapatos y ponía oído a todos los comentarios para luego pasarnos el dato. En el carro parqueado en la carretera a muchos metros del lugar, esperaba la reportera que tenía otro trabajo que hacer. No me pregunten cómo, un oficial reconoce a don Víctor y lo tilda de sapo, identificándolo como periodista y lo increpa. Arreaga, un señor de ya 70 años, cascarrabias como él solo, más malgenio que suegra en menopausia, no se quedó callado y se fue con todo al ataque. El vigilante joven, alto, corpulento, el típico tuco de bola, no respetó la edad y en claro abuso de la autoridad le pegó un sopapo a Don Víctor que lo mandó al suelo, dejándolo pegado como  tatuín en el piso. Yo desde la caseta, alcancé a ver el hecho y salí soplado como diarréico que va al wáter, a caerle al uniformado, al tiempo que Lucho trepado en el cerro observando todo,  les empezó a tirar piedras, mientras bajaba a la carrera para defender a sus compañeros. Entonces se armó una puñetiza, en la que obviamente salimos perdiendo y nos metieron a una cárcel que había en el lugar. Casi una hora después, cansada de esperar en el carro, la reportera fue al lugar de los hechos a ver por qué nos demorábamos y se dio con la novedad. Entonces habló con nosotros, que estábamos entre rejas, le dimos nuestra versión, que por demás, era cierta, y comunicó por radio a Don Ricardo, quien movió el operativo rescate y ejerció sus influencias.

Los cierto es que poco después estaba el gobernador de la provincia y la autoridad máxima de la CTG, apersonándose del hecho, sacándonos de la cárcel, ofreciéndonos las respectivas disculpas y prometiendo sancionar a los culpables. La noticia del abuso contra la libertad de prensa, salió publicada al día siguiente provocando la solidaridad de los otros medios de comunicación y las disculpas públicas del propio presidente Rodrigo Borja. Tuvimos entonces nuestros quince minutos de fama, pero nuestra hora y pico de encierro.

VIAJANDO CON LA MUERTE:

Una tarde cualquiera que no fue cualquiera, me tocó vivir con la muerte. La noche anterior hubo un accidente de tránsito en las carreteras de Loja. Un bus se fue precipicio abajo con los pasajeros dentro. Hubo muchos muertos. Yo estaba en Vistazo y me designaron a la cobertura con mi fotógrafo preferido, con el que me gustaba salir, con el “Loco” Lalo Calle. Nos fuimos a Loja en el carro de la empresa. Al llegar al sitio del accidente, la vía estaba cerrada, no nos permitían pasar al otro lado. Debimos bajarnos del carro y continuar a pie hasta el sitio, en que patrullas militares y de la Cruz Roja, hacían el rescate. Lalo, intrépido como es, por eso le dicen loco, quiso bajar al precipicio a tomar fotos. No le permitían, pero el cameraman es intrépido y audaz, y poseedor de una labia que convence a cualquiera como es, convenció al militar al mando del operativo, que nos permita bajar. Yo no quería. Me daba miedo. Soy flojo para eso. Entonces le dije: “Baja tú, yo te espero aquí. Igual allá no tengo a quien entrevistar”. Me contestó muy a su estilo: «No seas maricón, sé profesional, aprende a marcar diferencia”. Me comparó con un colega ahuevado que conocíamos, me picó, me tocó el orgullo y bajé. La bajada fue a través de un arnés, acompañados de un militar, descendimos algo más de 100 metros, me cagaba de miedo, pero ya estaba en la jugada y no había como, tirarse para atrás.

Abajo el cuadro fue tétrico, un montón de cuerpos mutilados en lagos de sangre, em medio de fierros retorcidos. No hubo más que ayudar y meter mano. Nos cogió la noche. Cuando subimos y buscamos el carro, ya no estaba. No había celular, no teníamos como comunicarnos para putear al chofer que nos dejó botados. El jefe del operativo, nos explicó que nadie podía estar ahí al anochecer y que lo habían mandado a que se retire. “¿Y nosotros?” le dijo Lalo. “¿Cómo regresamos”? Tranquilo. Todo está arreglado. No fue así. El carro en que debíamos ir nosotros estaba lleno. Nuestro lugar lo habían ocupado unos conscriptos que no habían entrado en el conteo. ¿Saben en lo que nos tocó regresar? En la ambulancia en que llevaban los muertos a la morgue. Fue el viaje más tétrico de mi vida. No tenía ni fuerzas para putear a Lalo. Traté de mirar al techo, durante todo el trayecto. En un movimiento brusco, un muerto fue a dar a mis pies, me dio nota patearlo y hacerlo más allá, así que busqué como ubicarme mejor. Y así viajé, en el carro que llevaba la muerte y en el que solo Lalo, el chofer, su ayudante y yo, teníamos vida.

CÁRCEL EN LLAMAS

Una mañana del 30 de noviembre de 1990 el país noticioso se hizo eco de un suceso que prontamente fue convertido por la prensa en noticia de escándalo. En  el apacible cantón La Maná de la provincia de Cotopaxi, una numerosísima turba del populacho de casi 2.000 personas, la mitad del pueblo en ese entonces, se había lanzado a las calles para linchar a unos delincuentes que habían asaltado y asesinado a un humilde tendero muy querido en el pueblo y a protestar contra la policía que según ellos no les daba la seguridad necesaria. Con mi fotógrafo estrella Lalo Calle, estábamos en la redacción, listos para una cobertura cuando recibimos la orden de dejar todo a un lado y partir a La Maná.

Con el chofer Ángel Cedeño, un manabita de esos bravos y radicales (justamente su apodo era Radical), que en el camino nos decía que quería sumarse a la protesta y hacer justicia por sus propias manos, “volamos” por la carretera para llegar pronto. De nada sirvió la “coheteada” porque cuando llegamos ya todo estaba consumado. La turba había asaltado el retén policial, agredido unos policías e incendiado la pequeña cárcel con cuatro sus ocupantes adentro. Sí, como lo leyeron, incendiaron vivos a los cuatro delincuentes. Empezamos entonces el trabajo de investigación, yendo a la morgue donde estaban los fallecidos, a la policía, a la familia del tendero, de los presos calcinados y obviamente al sitio del hecho: la cárcel quemada. De pronto, Lalo que ya había tomado foto de todo cuanto pudo, me dice: “No tengo la foto pepa. Lo que tengo no sirve. Voy a incendiar la cárcel”. Le digo: “estás loco, “Loco”, en este ambiente caldeado quieres hacer eso. Si no te meten preso, nos matan”. “Tranquilo” me responde. “Ya tengo todo calculado”. Audaz y labioso como era, fue a convencer al jefe de la policía para que le deje prenderle fuego de nuevo. Ya con el permiso y con el apoyo de “Radical” sacó un poco de gasolina del carro y le tiró a la pared. Antes nos había convencido al chofer y a mí, pera que entremos y saquemos las manos por las rejas, como clamando ayuda. Pues lo hicimos, Lalo prendió fuego a una pared y sacó su foto de la cárcel quemada. Ya de regreso, Lalo pensaba en la apertura del artículo con una foto grande en llamas. Yo le decía: “No te la van a poner, más que por las puras, nos envuelves en tu locura y nosotros giles que nos dejamos envolver”.

“La doctora, seria y estricta como es no te la va a poner porque va a saber que es falseada”. Y así fue, la jefa se negó a que la foto se publicara y la foto era espectacular. Pero Lalo “jodíó y jodió” argumentando el esfuerzo que se hizo por lograr esa impactante toma. Al final la doctora accedió a ponérsela pequeña, muy pequeña, tamaño estampilla, alado del título, aclarando que era montaje. Al final la foto salió, no como él quería, pero salió. La visión y audacia del “Loco” Lalo, es única. Gran fotógrafo y mejor persona.

EL MUERTO VIVO

Esta historia es una de las crónicas más curiosas e imborrables de mi vida. Más rara que suegra cariñosa y más sorprendente que tortuga corriendo. Sucedió en la provincia de Santa Elena en la barriada de Santa Rosa en Salinas, un 20 de septiembre de 1990. Es de esas historias en la que la ingenuidad de gente humilde y los rumores pueblerinos llenos de fetichismo, hacen creer lo imposible. Una historia que matiza lo divino y lo milagroso con lo folklórico y pintoresco. Resulta que en esa barriada se aseguraba que gracias a su fe lograron un milagro y que con sus oraciones hicieron que un alegre anciano muy querido en el sector,  Pedro Quimí Panchana , e llamaba,  resucite como Lázaro y vuelva del más allá.

Resulta que el señor había “muerto” en Ancón víctima de una penosa enfermedad y lo llevaron a su casa en Salinas para que sea velado. Estaban en esas, preparándose para esos largos velorios de tres días que se acostumbran allá, alistándose para ir a la capilla y esperando la llegada de la caja para enterrarlo, la casa estaba llena de flores y velas, la gente vestida de luto, cuando unas horas después y durante el velorio, el “occiso” que no tenía piernas y a quien tenían en su cama envuelto en sábanas, se despertó  para llamar desde el cuarto a un familiar y pedirle un vaso de agua, un café y un plato de arroz. El estupor de los asistentes al escuchar su voz, fue más grande que el ego de un argentino y el temor los invadió por completo. De inmediato la noticia se regó como pólvora. El Creador había oído sus alabanzas y clamores y “Don Lucho” (así le decían aunque no se llamaba Luis) había resucitado. Tal fue la impresión que una cuñada suya se desmayó del susto y tuvo que ser llevada al hospital de Santa Elena. ¿Qué había pasado, realmente?, que el anciano estuvo en un estado de semi coma hipoglicémico (coma diabético) y como el diagnóstico de  los médicos resistentes no daban mayores esperanzas, la familia decidió llevárselo a Salinas a que muera en su casa y como en el trayecto no despertó lo dieron por muerto y corrieron la noticia de su fallecimiento. Pero obvio como no estaba muerto y había recibido tratamiento médico, los medicamentos surtieron efecto y el señor salió del coma.

Un caso raro, pero posible. Luego entrevisté al anciano, quien me contó historias fabulosas como que había visto a San Pedro que le tocaba la cabeza y que estaba junto a una mujer linda de nariz fina que era la Virgen María. Luego entre risas contaba que cuando se despertó y vio su propio velorio quería que éste continúe porque quería saber lo que es asistir a su propio velorio. La noticia por su rareza fue publicada en todos los medios. La mía salió en Vistazo. Fue una cobertura para no olvidar.

Como cobertura para olvidar son las seis que he contado y que han sido parte de mi carrera en la que a veces se vive a la carrera.

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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4 comments

  1. Mario Rafael Maldonado

    Excelente Aurelio…

  2. Aurelio Paredes

    Gracias, Mario. Un abrazo. Feliz 2020

  3. Johnny Gellibert

    Me he reido mucho leyendo tus anecdotas y me transportastes mentalmente a aquella epoca hermosa que era hacer periodismo. Recuerdo con mucho cariño a todos los colegas que mencionastes. Don Ricardo fue un gran maestro para nuestra generacion.

  4. Aurelio Paredes

    Johnny. Que grata sorpresa. Sí, algunas anécdotas son para reír. Los colegas mencionados son recordaos con cariño por todos. Y sí, Don Ricardo fue nuestro maestro. Saludos, Johnny.

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