YO SOY MALTRADA

Es una noche de octubre de 2011, noche de luna llena, de esas en que el manto misterioso de la luna, aluna, aloca y trastoca todo lo soñado. En las que se escribe esas incomprensibles historias de noche de plenilunio. Es noche de luna nueva, en la que literalmente nació un novilunio. Es también noche de soledad, como mucha de las que en los últimos 24 años ha pasado, una hermosa guayaquileña, mujer madura de cabello dorado y ojos miel, que con sus 63 años a cuestas, carece de un amor que la ilusione, sin tener un amor que la enamore, sin un amor que la acompañe. Es noche de soledad. Es noche de estar sola. Al frente suyo, está acompañándola un computador en la que investiga datos de su trabajo o lee artículos de utilidad, que más que para ampliar sus conocimientos sirven para mitigar ausencias. De pronto. Un timbre sutil suena por un click desde  la ventana de Facebook, abierta por si acaso alguna de sus amigas, aparece.  Nace así, una de esas historias contemporáneas y actuales, nacidas de eso que llaman el adelanto tecnológico del siglo 21, de “eso” intangible que resulta producto de la globalización y la comunicación vestida de tecnología. Nace así en la red, una historia que literalmente enreda y enredará a la protagonista de nuestro relato en una vivencia de amor – terror. Nace una historia que dejará mensajes y enseñanzas, que demuestra que no todo lo que brilla es hora, que corrobora que un teclado y una pantalla que como un papel, lo aguanta todo y que dejará experiencias y cicatrices del alma

“Yo no suelo o no solía contestar o atender a desconocidos que aparecen a través de facebook. De hecho, me había pasado la vida, ignorando y hasta bloqueando hombres que aparecen en la red, justamente para evitar enredarme; para evitar sorpresas desagradables, porque tenía tan marcada en mi mente la enseñanza que desde niña me dio mi madre: la de no hablar con desconocidos y que yo tantas veces le inculqué a mis hijos, porque así era yo, porque así soy yo. Pero esa noche, no me preguntes como, ni por qué, no sé si influenciada por la soledad o por la luna, que esa noche estaba llena, esa vez atendí. Apareció un hombre que me impactó de una, que a mis 63 años me inquietó y me puso a vivir nuevamente. Comenzamos a escribir y la conversación resultó muy interesante. Chateamos por horas y así pasó al día siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que me enamoré. De entrada se mostró muy dulce y me describía lo que yo quería para mi vida, una vida en la playa, tranquila, hacer cosas en paz, todo lo que él me describía, era  la vida por la que estaba trabajando, era lo que yo quería y empezó a cautivarme esa idea. El obviamente, muy hábil, se dio cuenta que me gustaba y comenzó a alimentarme esa ilusión y empezó a hablarme y a enamorarme. Habían pasado 24 años, desde que me divorcié de mi primer matrimonio, había pasado el tiempo que mis tres hijos (un varón y dos mellizas) ya no eran chicos y a los que nunca quise ponerles otro padre, porque me aterraba la idea de crearles confusiones sentimentales, pues si su padre los abandonó por irse con otra mujer, cualquier otro hombre podía hacerlo. Pero ya ellos eran grandes, así que dejé fluir las cosas y claro, fluyó el amor. Él vivía en España y nos veíamos por la cámara todos los días. Era una cosa que realmente sentías que este hombre estaba interesado en mí, que quería estar conmigo porque me demostraba de todas las maneras habidas y por haber a pesar de la distancia, que me quería. Él viajaba para venirme a ver y me enamoré como adolescente y encontré, según yo, el hombre con quien iba a envejecer y estar hasta que la muerte nos separe”

Hora del amor

Casi un año después del primer click, de verse y hablar a diario a través de una pantalla, de tantas conversaciones compartidas, de tres visitas de él para conocerla y conocer a su familia, de un amor idílico a pasar de la distancia, la historia de amor en la red, terminó en matrimonio. Así una noche de septiembre de 2012, ella con 64 años a cuestas y el dos años mayor, se daban una segunda oportunidad, consolidada en el registro civil, con todas las de ley y claro con fiestón incluido. 19 días después, ella viajaba a Madrid, como la señora de…. ponga usted el apellido, puede ser cualquiera. Total en estas historias lo que menos importa es el nombre.

“Yo me fui con él porque según sus palabras, él no podía establecerse en Ecuador, porque su vida estaba hecha allá, lo cual era cierto y porque en otra enseñanza de mi madre, la mujer acompaña a su marido donde él vaya. Y yo enamorada no pensé nada y dejé mi casa, mis hijos, mi familia, mi trabajo, mis amigos, toda mi vida y lo deje todo por él. Al principio todo era bonito, como luna de miel. Amor, pasión, todo chévere, todo lindo. Pero poco después, ese mismo año, comencé a darme cuenta, ya con la convivencia, que él era celoso y que habían cosas que lo hacían cambiar de humor. Cuando en alguna circunstancia, alguien me decía que estaba guapa, él se transformaba; cuando sus primos le decían: te sacaste la lotería, es un mujerón, el que has traído, él se ponía serio y me cogía la mano y no me soltaba por nada; y cuando alguien se me acercaba, él estaba conmigo y yo decía este hombre me ama, por eso es que me cuida tanto y hasta me sentía feliz y orgullosa de eso. El primer episodio de violencia que tuvo y que me asusté, fue en una tarde cercana a la Navidad. Estábamos en una reunión en casa de un sobrino de él y su cuñada, esposa de su hermano, me pidieron que los acompañe al frente a ver una casa que estaban vendiendo y que ellos querían comprar. No vi nada malo y me fui. Él estaba haciendo una barbacoa como llaman allá (parrillada, acá) y no fue con nosotros. Cuando regresé a contarle que la casa era linda y esto y el otro, él estaba furioso como nunca lo había visto, su casa era de odio y le dije: yo no he hecho nada malo para que estés así, fui con tu hermano y  con tu cuñada a ver una casa que además era al frente. El me gritó: Sí pero no tenías que haberte ido, que me dejas aquí  botado, pero ya en un tono que me asustó. Yo no dije nada, más que nada por evitar problemas y no hacer escenas porque yo soy una dama bien comportada y no soy de hacer shows, no soy de esas”

“Total es que todo el resto de la reunión se portó  seco,  frio y con una cara de odio. Ya en el carro empezó a gritarme y yo callada porque esas cosas me asustaban, me quede en silencio esperando que se calme, cuando llegamos a la casa, tiró la puerta, pateó una silla y yo me asusté y me fui a acostar. Entonces se acostó junto a mí, se tiró tan fuerte en la cama que yo hasta salté del colchón, me dio la espalda y se viró. Yo callada. Al día siguiente yo me levanté, saqué mi maleta y empecé meter mis cosas. Él se despertó y me dijo: ¿Qué estás haciendo? yo le dije que me iba. Él me dijo: que te vas a ir, estás loca y yo le dije. No, no estoy loca, solo que me voy, yo soy una dama, una mujer decente y a mí nadie nunca en la vida me ha tratado de esa manera. Yo no tengo porque aguantar eso. No me tocó, pero ya vi extrema violencia. Comencé  a guardar todo y él me dijo que no me vaya, yo te quiero, eres mi vida y mi reina etc etc. Yo estaba decidida a irme. El me pidió perdón, lloraba, me dijo que me amaba y yo estúpida, porque así somos algunas mujeres de estúpidas que  nos dejamos convencer, me quedé. Y para mis adentros me dije: de pronto fue un exabrupto y comencé a justificar a mí  misma esa situación. Pasaron los días y todo perfecto, amorcito, mi amor, mi tesoro. Pasó.

Cambios y más cambios

Tiempo después, dos meses después hubo otro episodio similar. Así mismo en la casa de los sobrinos de él. Y nuevamente los celos fueron los protagonistas de una historia sin sentido. “Estando junto a él, uno de los invitados, cortézmente me dijo: no estas tomando nada, quieres algo y le digo, si una cerveza por favor. Eso fue suficiente, el me miró y me puso una cara de terror. Entonces yo le dije mi amor, no se ponga bravo que solo me trajo una cerveza. Él me dijo, si pero no tienes por qué aceptarle nada, yo le dije fue una gentileza, no es nada malo, eso es solo educación y cortesía. Entonces me ignoró toda la fiesta. Y mira mi grado de estupidez, que yo me dije mejor que me ignore a que se enoje.  Cosas como esas cosas pasaron tres o cuatro veces más y yo siempre  hice maletas y siempre me quedaba.  La segunda vez él le metió un puñete a la pared que hasta se dañó la mano y me dijo: no te puedes ir porque te quiero. Tú eres mi esposa y no te puedes ir y yo le dije que yo no podía estar con una persona que no se sabe controlar y que no me respeta. Entre al closet a sacar las cosas y el cerró la puerta del cuarto con llave. Yo le rogaba que me abra y comencé a asustarme, le dije abre la puerta, tengo miedo, sufro de claustrofobia y esté encierro me incomoda. Él me abrió la puerta y me abrazo y comenzó la historia que me quiere y así otra vez de nuevo. Al día siguiente de esos episodios, el me llevaba flores, arreglaba la casa, me cocinaba y yo le creía, como empecé a creerle su teoría de que entre un hombre y una mujer no podía haber amistad, lo cual no es cierto, yo tenía muchos amigos, que eran eso: amigos. Pero todo lo que él decía, yo creía y eso también”

Huida geográfica

Un día,  la empresa en que él trabajaba, cerró sus instalaciones en Madrid y las trasladó a Alicante. Era o irse allá o buscar que hacer. Ella vio la oportunidad de volver a su tierra y empezar una nueva vida.“Él había trabajado 17 años en esa empresa y no quería mudarse. Entonces yo le dije vamos a Ecuador, allá tenemos oportunidades para volver a empezar, pero él no quería venir acá. Me daba ciertas explicaciones que tenían su lógica y como yo todo le creía, desistí de volver a mi tierra. Entonces le dije vamos a Estados Unidos. Allá también tengo familia que nos puede dar trabajo y empezar de nuevo. Esa idea lo sedujo más, así que fuimos para allá. En el fondo, lo que yo quería era estar cerca de mi  familia, me sentía desprotegida y quería no estar en otro lugar sola. Nos establecimos en Estados Unidos, y ya tenía cerca a tíos y primos, que nos ayudaron a establecernos allá y le consiguieron un trabajo a él, a mí no porque él no quería que yo trabaje y yo acepté. Ahí pasó algo raro, él no me compraba teléfono y siempre me daba excusas para no dármelo. Mis padres a veces me llamaban de noche al teléfono de él, para saber de mí, porque de otra forma estaba incomunicada. Un día me fue a visitar mi hermana menor y ella me compró un teléfono para que tenga como comunicarme. Eso no le gustó para nada a él, pero tuvo que aceptarlo.  Pero bueno. El primer año todo bonito. Él se portaba bien con mi familia y ellos lo amaban. Todos me decían que buen muchacho te tocó. Mi madre me decía que bueno que te casaste con ese hombre. Yo feliz”

Pero como canta Mercedes Sosa, todo cambia. Y un día las cosas cambiaron y todo lo malo empezó otra vez.  “El segundo año, empezó todo otra vez, porque yo quise estudiar inglés y él no quería, porque decía que eso era una alcahuetería para conseguir amantes y que eso es una putería y yo le dije: a ver, putería es para las putas y yo soy una dama, yo puedo estar en cualquier lugar y se respetar y hacerme respetar. Él se puso  bravo y comenzó a gritar. Total es que no estudié. Luego el asunto empezó a ponerse mal cuando empezaron a visitarme mis hijos. Estados Unidos es mucho más cerca y más barato que España y mi familia de Ecuador ocasionalmente me iba a visitar. Entonces como que comenzó a molestarle que invadieran su espacio, pero lo que realmente le invadían era su libertad de hacer lo que él quería y de ser como él era. Una vez me visitó una de mis mellizas que tenía una enfermedad muy seria y decidimos que lo mejor era que se trate en Estados Unidos donde la ciencia está más avanzada.  Ese fue el principio del infierno. El tener que disimular y aguantarse su violencia ante mi hija, lo descompuso. Él era de los que golpeaba las paredes y me miraba con odio y yo me quedaba quieta, asustada, tratando de ocultar la situación con mi hija A las primeras reacciones yo deberme ido, pero el siempre tenía una manera de convencerme porque siempre al día siguiente era todo amor, me traía flores, me hacía desayuno y yo pensaba que era solo violento y que lo iba a  cambiar con mi amor, así pensaba, igual nunca me había tocado y creía que lo otro era de soportar”

Todo se sabe

Pero los comportamientos malsanos son difíciles de ocultar y tarde o temprano, todo quedaría en evidencia y la hija empezó a darse cuenta de la situación que vivía su madre. “Casi todos los días, él llegaba malgenio de su trabajo, se encerraba en el cuarto, no quería comer con nosotras, no le hacía gracia que yo constantemente salga con mi hija  a acompañarla a sus tratamientos médicos y así transcurrían nuestros días, yo sufriendo y haciendo sufrir a mi hija, que ya mucho tenía con su enfermedad. Una Navidad fuimos a la casa de mi familia, y él un sol con mis tías y mis primos y con mi otra melliza que había llegado un día antes para pasar con nosotros, era cosa de no creer, lo bien portado que estaba.  Para año nuevo, en otra reunión familiar,  el comenzó a tomar y yo estaba con mis dos hijas y la esposa de un primo, hablando de Ecuador y sus mujeres lindas. Y él de pronto nos dice que todas las ecuatorianas son unas putas mantenidas. Yo me le paré porque me dio furia y le digo: que dijiste, él me dijo lo que oíste. Fue la primera vez que lo enfrenté. Me dijo cállate déjame conversar, me fui donde mis hija, ellas me miraban y querían llorar. La que recién había llegado, no entendía nada. Yo solo les dije. Tranquila no pasa nada, ya no vamos a ir. La máscara se le había caído. Le cogí tanto miedo, en verdad, más que miedo era pánico, terror, que no podía hablar, por temor que algo de lo que dijera, le molestara. Todo se puso mal y ya no le importaba la presencia de mis hijas para hacer sus rabietas. Ellas me decían: estás segura que quieres  estar con él y yo decía que sí y todo se lo justificaba. Ellas me decían, no importa vamos a Ecuador, pero vámonos de aquí y yo no hacía caso. Yo pensando que si alguien debía irse era él, pero no se iba y yo ahí aguantando como una burra”.

A medida que pasaba el tiempo las cosas se iban poniendo peor. Cada vez las situaciones eran más graves y más continuas y todo iba de mal en peor. “Una noche mi hija se fue con unas primas y yo no quería quedarme sola, porque sabía lo que se venía. Y entonces pasó lo que sabía que iba a pasar. Empezó a decirme que se vaya mi hija y que yo me quedara sola con él, me amenazó con botar sus cosas a la calle y a decirme que ya estaba recuperada de su dolencia, que ya estaba en condiciones de volver y de seguir su tratamiento en Ecuador, que ya estaba cansado de pagar tanto dinero en su tratamiento, cuando acá podía hacerlo en el seguro social, que ya la situación crítica había pasado, que yo por estar pendiente de ella, lo había descuidado y así, me dijo mil cosas. Hasta que yo le dije que no aguantaba más y me iba para Ecuador. Fue la primera vez que me tocó. Me cogió el brazo, me lo dobló, me puso debajo de la cama, yo me moría de miedo que llegue mi hija y vea esa escena. Yo le decía que me deje ir o que se vaya. Así fueron todas las noches de mi vida. Hasta que un día le dije. Voy a hablar con mis padres y con mis hermanos (tengo tres). Yo tengo quien me defienda. Él me dijo habla con cualquiera que yo no tengo ningún problema de meterle un tiro al que sea. Cuando dijo eso me aterré tanto que me quedé callada. Y yo me dije, yo entré de cojuda en esta situación y tengo que salir, no sé cómo, pero tengo que salir de esto sin involucrar a nadie. Y callé. Jamás dije nada. Hasta ahora, nadie en mi familia sabe lo que pasé. Nadie. Solo mi hija, a quien supliqué que callara. A ella le dio depresión y eso le volvió a reactivar su problema de salud, que ya estaba superado. Ella me decía vámonos, él se va a trabajar y nosotras aprovechamos para huir, vámonos. Pero yo no podía decirle que estaba amenazada y ella por no dejarme sola, se quedaba también”.

Y los temores de ella, no eran infundados. Aquí la razón. “En la casa había muchas armas. Él tenía tres pistolas de diferentes modelos, tres rifles de asalto y gran cantidad de armas y municiones. Yo no vi nada malo en eso,  a veces le decía que por qué tantas armas, que a mi me daba miedo, que las guarde bien y él me decía que le gustaban las armas y yo dije bueno, a él le gusta, hay gente que le gusta las arma, es normal. Yo todo lo de él lo veía bien y justificaba. Pero ya después cuando estaba solo conmigo el sacaba las armas y las empezaba a limpiar y me decía tú crees que le tengo miedo a mi hermano, a tus hijos, a tus primos o a cualquier hijueputa, aquí lo espero. Y rastrillaba. Y yo me moría de miedo y de cargo de conciencia porque decía por mi culpa, por haber aceptado vivir con un cojudo, una huevada de historia de  amor estoy poniendo en riesgo a mi familia, a los más quiero. Y todos los días era lo mismo. Todos los días de mi vida. Todos los días eran una tortura y yo rezaba y le pedía a Dios que me ayude a salir de aquí. Le decía: Esto no es para mí, yo no soy mala persona, no tengo porque pasar esto y lo que sea que crees que deba pagar, ya lo he pagado suficiente. Te lo suplico ayúdame a salir”

Tortura sicológica

Hay violencia que no deja cicatrices físicas, pero que dejan heridas abiertas en el alma. Que daña la mente y enferma a la persona al punto de aniquilarla. Eso se llama tortura sicológica y a veces eso duele más y ella lo sabe. “Él Nunca me pegó, nunca me tocó, nunca dejó una marca en mi cuerpo, pero me las dejó en el alma. Yo soy una persona responsable y sabía que esa era mi responsabilidad, la de sacar a mi familia de ese infierno.  La tortura sicológica es lo peor, porque te apaga, te pone en el piso, y el cerebro deja de funcionar y te sientes un gusano, un insecto inmundo, puerco, no sabes que hacer, porque no entiendes como llegaste allí. Me miraba al espejo y me decía: ¿dónde está esa mujer que sacó tres hijos sola y que se paraba ante todos y decía lo que se tenía que hacer? ¿Dónde está la mujer que no bajaba la mirada, la que caminaba tan fuerte que la gente me decía: la soldado? ¿Dónde está esa mujer?  Era horrible Y ya de ella no quedaba nada”

Hasta que tal como dice el dicho, llegó un mal que por bien no venga. “Una vez regresando del trabajo sufrió un accidente de tránsito y tuvo que estar en cama un buen tiempo, los jefes le dijeron que mientras él se recupere iban a poner un remplazo, él hecho el bravo renunció. Se la aceptaron, pero como la vivienda nos la daba la compañía, le pidieron abandone la casa. Bingo. Era mi oportunidad. Para esto mi hija que ya estaba totalmente curada, ya se había regresado a Ecuador, porque tenía que seguir con su universidad y le había salido una buena oferta laboral, por lo que el traslado al estar sola era más fácil. Yo no sabía cómo enfrentar el tema con él. Una noche vino a visitarlo un primo de él y como nunca él estaba de buen humor y yo vi la ocasión precisa para plantearle la situación de separarnos. Yo enrumbé la conversación hacía allá, contándole a su primo, que al estar sin trabajo, él tenía la ilusión de volver a su tierra, que ese era su sueño y que yo lo apoyaba. Que uno nunca sabe cuándo se va a morir y se va sin cumplir su sueño. El primo  que sabía mi tormento, entendió la situación y me apoyó. Así lo convencimos que por un tiempo, el regresara a España y yo me iba donde mis tíos a esperar su regreso.  Así acordamos. La despedida fue tierna, asombrosamente en paz. Yo lo abracé  y él me dijo vamos a separarnos un tiempo por estas circunstancias de la vida,  pero volveremos a juntarnos y todo cambiará. Nos despedimos con abrazo y beso y yo le dije que ojalá encuentre lo que el tanto quiere. Él se fue un 30 de diciembre del año pasado, y me llamó del aeropuerto a decirme que me amaba y que volvería. El creía que yo me iba donde mi tía. Pero no. Yo ya tenía todo arreglado, para volver a Ecuador y todo estaba listo para irme. Así que al día siguiente volví y pasé año nuevo con mi familia”

Ya aquí, ella puso las cosas en manos de uno de sus hermanos, que es abogado y que fue quien tramitó el divorcio. A él le mintió. Le dijo que la separación era por el rechazo de él a sus hijos, que era cierto, pero no la razón principal. “Él volvió para impedir el divorcio, pero al estar frente de mi padre y mis hermano, no hizo nada. A mí allá me amenazaba con matarlos, pero frente a ellos no hacía nada de nada. Total accedió a divorciarnos y se regresó. Meses después el falleció en un accidente. No hubiera querido ese final para él. Este fin de año, ya va ser un año de nuestra separación. Yo de esto salí herida, pero no vencida. Tengo dos hijas a las que le digo que ningún hombre las puede someter,  que si no se puede con la fuerza se puede con astucia, astucia que no sé de dónde salió. Fue una cosa divina, un milagro. Al principio, pasé deprimida mucho tiempo, lloraba a escondidas todos los días. Ahora estoy tranquila. Poco a poco he ido encontrándome tratando a volver a ser yo”.

Y hoy ella, ya puede sentarse a hablar de su momento doloroso, momento que no fue momento en realidad. Fueron ocho años de matrimonio  y siete de  tormento y angustia, porque solo fue feliz, el primer año. Hoy sentada frente a mí en la sala de su casa, cuenta su historia con mucho dolor. Confieso que esta ha sido una de mis entrevistas más difíciles en mis 37 años de profesión, pues ella no paró de llorar en ningún momento. Jamás había visto llorar tanto a una mujer. Tanto, que hubo que parar la conversación varias veces para que tome agua, respire, se tranquilice. Fue tanto su dolor, que un momento le dije para parar con la entrevista, que dejemos el asunto allí. Y firme como ahora es, dijo: “No. Quiero contarlo. Quiero que esta historia llegue a mujeres que como yo deben estar sufriendo y que tienen que saber que se puede salir de esto. Yo jamás pensé llegar a mis 71 años con una historia así. Una cosa es tener carácter fuerte y perderlo, ser humillada hasta perder la dignidad y otra auto convencerse que hay que terminar con el suplicio y cambiar. Yo decía: yo estoy vieja y a estas alturas, yo que he sido mujer fuerte, como pude haber permitido que una mujer como yo, me haya maltratado tanto, porque al permitir el maltrato yo me maltraté. Esto no lo puede saber nadie y nadie lo va a saber jamás. Pero volví, soy nuevamente yo, libre y feliz. Orgullosa de que salí, de que la historia de terror se acabó  y que lo años que queden de mi vida, la quiero vivir en paz, rodeado de la gente que amo, mis hijos mi nieto, mis hermanos, la gente que me quiere y hoy quiero estar con quien me quiere. Si yo he podido, todas pueden. Porque si se puede volver a vivir”


Foto: Selecciones.com.mx; institutoflash786.org; diarioconcepcion.cl; fucsia.co; giraenlared.com; vix.com; freepìck.es

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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