YO, LA DROGADICTA

Iba a cumplir quince años, soñaba con su fiesta rosada, esperaba irradiar felicidad y ser la reina del salón, pero el destino le tenía preparado asistir a otro salón… al salón de terapias de una clínica de rehabilitación para drogadictos, lugar al que no merecía ir, al que no necesitaba ir, al que no debía ir y al que solo fue por la desesperación de una madre asustada, que en su excesivo amor y deseo de protección se apresuró al tomar una decisión errada, que hizo que su hija transite por lugares que jamás debió transitar y que viva circunstancias, experiencias, dificultades, penurias y sufrimientos que jamás debió vivir. Esta es una historia contradictoria, de esas que sorprenden y marcan. Una paradoja en reversa de la vida. Una historia que parecería increíble pero que es real. Se supone que las clínicas de rehabilitación para drogadictos son para eso, para rehabilitar drogadictos, para la protagonista de esta historia, fue todo lo contrario, la clínica de rehabilitación sirvió para convertir en drogadicto a quien no lo era. La clínica que tiene como misión arreglar la vida de una persona, sirvió en este caso para destruirla por completo.

“Yo era una joven normal, tenía 15 años, tal vez un poco adelantada, algo acelerada, inquieta, tal vez con un carácter complicado, pero sana. Yo ya me tomaba unas cervezas con mis amigas en las fiestas del colegio, nos gustaba la farra, el rock latino, las fiestas, la jodienda con los amiguitos, pero nada más. La droga ni la conocía, literalmente no las conocía, ni estaba cerca de ellas, porque en mi círculo de amigas, mis compañeras del colegio, nadie las consumía. De unas cervecitas en las fiestas no pasábamos. Una vez con una amiga por esas cosas de la vida y por curiosidad combinamos la cerveza con unas pastillas sedantes llamadas Rohypnol, un fármaco hipnóptico, que nos puso en buen dato, eufóricas, alegres y nos gustó y las empezamos a consumir muy esporádicamente. Cuando tomaba la pastilla me daba por dormir y cuando la combinaba con cerveza y estaba en una fiesta, con la música me alocaba, me arrebataba y bailaba efusiva, gozaba con la jodienda y eso me gustó. Una vez como a la tercera o cuarta vez que las usé mi madre me las encontró en el cajón del velador, me preguntó que eran, yo le dije que unas pastillas para el dolor de cabeza, pero ella no se tragó el cuento. Las había llevado a analizar y le dijeron que era droga. Entonces pensó que yo era una drogadicta, se armó un escándalo familiar, pero el escándaloooooooo, le dije que no lo era, le conté la verdad, le expliqué las cosas, pero no me creyó, para no alargarle el cuento me terminó internando en una clínica de rehabilitación y allí conocí la droga y me hice drogadicta. Maldita la hora que me llevaron allá”

Hasta ese día, ella era una chica que venía de un hogar súper conflictivo, con padres divorciados, que se creó con una tía materna y con su abuela, que eran su vida. Su madre no vivía con ella, aunque siempre estaba pendiente, pero no vivía con ella y a ella le hacía falta. Un día murió su abuelita y la joven cayó en completa depresión y tuvo un cambio de carácter que cambió su vida. “Siempre fui una niña muy inquieta engreída, carente de afecto por parte de papá, afecto que lo buscaba en toda la gente que se pegaba a mí. Tenía dos mamás, mi mamá que me trajo al mundo y su hermana, mi tía, que fue con quien me críe  y quien es mi tía mamá. Entonces con dos mamás, era súper complicado, me tenían súper controlada, reprimida y de paso estaba mi abuelita que también vivía conmigo y me criaba con una sobreprotección tremenda. Pero yo la adoraba, al morir ella, tuve un gran dolor, quizá por eso tomé esas pastillas y cambié radicalmente mi carácter y mi comportamiento. Yo era una chica terrible, pero terrible en mi comportamiento. Me hice súper rebelde, vaga, recontra híper vaga, me salía de las clases y me fugaba o no iba al colegio, me escapaba de la casa, pero siempre me encontraban. Me iba en la mañana y en la noche me encontraban.  Era tan estúpida que no tenía donde irme, era una peladita y no tenía ni dinero, ni nada.  Me iba a la casa de una compañerita de colegio, a estar con ella, para no estar en la casa, pero no hacíamos nada malo, cuando llegaba la noche, la mamá de ella me botaba y llamaba a mí casa y enseguida me iban a ver mi mami, mi tía y mi abuela que me hacían problema. Yo era virgen, pero ese asunto, entre otros, creó una presión en mí. En esa época todavía importaba la virginidad. Mi mamá me la recalcaba tanto. Mi tía mamá me decía que cuando uno tenía la virginidad tenía el mundo en sus manos y que cuando la perdía uno estaba en el mundo y así tanto hincapié en eso y me lo recalcaba que me tenía mamada con eso y hacían como que ese era el único valor que tenía una mujer, después de que perdía ese valor, la mujer era una huevada. Y así, como con ese tema, había otros que me alteraban demasiado. Cuando mi mamá encontró esas pastillas, asumió que mi carácter y mi mal comportamiento, se debían a la droga, lo cual no era cierto. Yo no consumía drogas y esas pastillas las había tomado solo tres veces, pero no era drogadicta. Quizá por mi problema o mi carácter, con el paso del tiempo pude llegar a ellas, quien sabe, pero en ese momento, la droga no era parte de mi mundo, ni las conocía, así de ingenua, el mundo de la droga, lo vine a conocer en la clínica que definitivamente cambió mi vida”

La vida y un rumbo inesperado

Hasta antes de ese día, ella no había tenido ningún capítulo traumático en su vida, a no ser una noche en una fiesta en que su “enamoradito” de entonces le quemó el brazo con un cigarrillo, porque ella lo rechazó violentamente, cuando la quiso manosear y ella no lo permitió. Era lo más grave que había vivido. Su familia asumió ese incidente, como una causa de su drogadicción inexistente, que fue otro motivo más para incentivar el internamiento, pues debían alejar a la niña de cualquier amor para que no pierda su virginidad en una noche de drogas. Total, a los quince años, la niña ingresa a una clínica de rehabilitación de Guayaquil en la que estaban internados jóvenes de clase media alta y alta, un mundo diferente al suyo que la vislumbró y le mostró otro camino. Ahí empieza su vida con otra historia.

“Bueno al llegar a la clínica, el doctor le miente a mi mami y le dice  que yo había consumido todo tipo de droga,  que era una drogadicta empedernida. ¡Mentira!, yo solo había consumido solamente  pastillas y alcohol y no tanto, tampoco. Pero en mi casa se comieron ese cuento y con más razón me dejaron allí. Y fue allí que llegué a conocer el mundo de la droga y me llamó la atención los otros tipos de droga. En realidad mi historia empezó cuando pisé la clínica. Ahí comenzó mi mundo en las drogas. Yo era muy peladita y cuando llegué a esa clínica eso de escuchar tantas historias, ver tanto chico lindo, porque había chicos guapísimos, ver chicas con quien hacer amistad, era como un mundo nuevo para mí. De pronto, recién saliendo al mundo, me encuentro un mundo totalmente diferente al mío que me impactó. En terapias escuchaba unos testimonios tremendos, de hombres y mujeres que tocaron fondo, que sí estuvieron presos, que sí perdieron fortunas, que sí durmieron en las calles, que sí robaron, que sí entregaron su cuerpo por droga. En fin, historias terribles que no me las hubiera imaginado jamás. Era gente  que habían vivido cosas que yo no había vivido, que no había pasado de las escapaditas, las cogiditas de mano, las fiestitas con cervezas, las pastillas, no más. Entonces descubrí otro mundo. Yo antes quería vivir y allí tenía la libertad de rodearme con tanto hombre, con tanta gente, sin la necesidad de tener permiso, por primera vez sentí la libertad que tanto había deseado. Cuando yo entre allí, la mayoría eran jóvenes 18 a 21 años. Y allí, encontré un chico, que fue la primera ilusión de mi vida, el hombre del que me ilusioné en realidad, me ilusioné muchísimo. Estando dentro de la clínica, con este chico, hice serruchito, pero no tuvimos intimidad, porque no era el momento ni el lugar y nos daba miedo, porque mi mamá con ese tema de la virginidad me tenía traumada, tanto que me hacía exámenes cada vez y cuando y él tenía miedo de tener problemas con mi mamá o mi papá. Era una ilusión de dos jovencitos. No más. Total, estuve en la clínica todo el año lectivo de quinto curso. Los terapistas me iban a dejar al colegio y luego me iban a ver a la clínica y allí vivía, hacía los deberes, mis compañeros me ayudaban en las tareas, conversábamos, nos divertíamos sanamente, porque allí nadie consumía nada de nada. Había un control total y todos tenían deseos de recuperarse y era chévere. Cuando terminé el año lectivo me quedé dos meses más, hasta que me mandaron a mi casa”.

Paradójicamente al volver a la casa,  las amistades que había conocido en la clínica, le introdujeron a un mundo nuevo que con el paso del tiempo fue su pesadilla. “Al salir de la clínica, salía con la gente que conocí allí, todo sano al principio, que ir al cine, a terapias, a pasear, a comer y así. Con el paso del tiempo, algunos recayeron y en una de esas empecé a fumar marihuana por primera vez en la vida. Ellos me enseñaron a fumar, a armar, luego a comprar, aprendí donde se compraba, como se tenía que hacer y ya pues, me convertí en una mujer que empezó a fumar marihuana 100%. Me hice maestra. Y solo tenía 16 años. Era peladita pero sabidísima. Imagínate con esa escuela aprendida en la clínica. Yo iba a comprar a la zona más heavy de Guayaquil, a la calle Riobamba, donde todo el mundo me conocía. pasó el tiempo y ya no andaba con los de la clínica. Me hice independiente, tenía una súper amiga mía que ahora vive en Dallas con las que nos hicimos mariguanerísimas y me hice amiga del pusher, tenía hasta crédito. Yo nunca tuve miedo a nada. La marihuana pasó a ser mi vida. Pero solo fumaba marihuana. Ningún otro tipo de droga. La marihuana me relajaba, me hacía reír, me hacía comer, me ponía tranquila, y empecé a andar en ese círculo. Allí conocí a mi segundo enamorado, con quien perdí la virginidad en un viaje a la playa, en un momento hermoso, lleno de amor, de paz. Viví el mundo de fantasía de la marihuana y me lo creí”

La historia se repite

Estaba en el mundo de la fantasía, entregada al mundo de la marihuana, en el que ya llevaba dos años, estaba viviendo “feliz”, claro una falsa felicidad, cuando un nuevo incidente, un nuevo hallazgo de droga en su casa, la lleva por segunda vez a una clínica de rehabilitación en el que paradójicamente ella encontraría por segunda vez y esta vez, si trágicamente, su mundo a la perdición.

“Yo estaba enviciada con la marihuana. Ya fumaba en mi casa. Me las ingeniaba para que no me descubrieran. Yo ponía de todo para camuflar el olor, experimentaba con todos los olores habidos por haber, me subía al zinc del baño a botar el humo. Yo guardaba las mugas de marihuana en  el aire acondicionado, destapaba la tapa del aire y ahí guardaba. Un día no sé cómo, de allí, empezó a salir un olor a marihuana terrible, mi mamá se percató, me dijo que es ese olor y yo dije no sé, empezó a revisar todo hasta que encontró. Allí se desató otro drama, peor que el de la primera vez cuando me encontraron las pastillas. ¡No puede ser! ¡Pensé que te habías regenerado! ¡Tanta plata gastada en clínica para nada! ¡Ya no sé qué hacer contigo! Total nuevamente terminé en la clínica. No creo que estaba para clínica aún, la marihuana no te lleva tan al fondo, al menos no a mí, pero en mi casa, pensaban que sí, al no saber cómo es este mundo, vieron nuevamente en la clínica la solución y tal como pasó la primera vez, allí internada en la clínica conocí otra droga, que esa sí me llevó a la perdición”

“Yo no quería volver a la clínica. Me llevaron a la fuerza. Al entrar, al pasar la puerta lo primero que veo es un hombre guapísimo que me impresionó. Fue instantáneo, de no creer, me encantó y me flechó. Tenía unos ojos azules que impactaban, era colorado, atlético, guapísimo. Se lo veía bastante mayor a mí y eso me impactó aún más. Él era veinte años mayor, yo recién tenía 18, él estaba cerca de los 40. Yo no quería quedarme en la clínica pero al verlo, decidí quedarme. Inicié el tratamiento, a la par que cada día me iba a enamorando más de este hombre, que aparte de mayor y guapo, era inteligente, culto, fino, lo sabía todo. Nos amarramos y empezamos a tener sexo, allí mismo. Pasó el tiempo, y terminado su tratamiento, el salió a su casa. Tiempo después salí yo y afuera seguimos con nuestro noviazgo. Al principio todo iba bien, Cuando salí de la clínica,  fui a la Universidad. Él me iba a ver y andábamos juntos. Iba a mí casa, todo muy tranquilo. Todo sano. Tiempo después recaímos y empezamos a fumar marihuana. Para él la grifa nunca fue problema, su problema era la base. A mí me encantaba la marihuana, yo era adicta a ella, me gustaba la sensación de relax que me daba. Él me decía que mejor era fumar marihuana que base, que era menos dañino o mejor dicho que no hacía daño, porque era una planta natural y yo le creí. Además en la clínica oía que nadie robaba o se prostituía con la marihuana como si pasaba con la base o la coca  y quien ha estado en droga sabe que en el fondo eso es verdad. El problema de la marihuana es que te lleva a otras drogas y ahí ya cambia la cosa”

Empieza la historia de terror

Su noviazgo iba viento en popa, hasta había planes de boda, las familias de los novios se conocían y se aceptaban, ellos eran felices. Vivían su mundo, el mundo del cannabis, del amor y la paz, pero nada en la vida es perfecto, ni es un cuento de hadas. Secretamente, había una tercera “persona” en la relación y la protagonista de esta historia tenía una rival muy fuerte a la que jamás pudo vencer. Alguien a quien su novio amaba, a la que nunca pudo dejar. Su nombre: base. “Él al principio me engañaba, me decía que no consumía base ya, que la había dejado, que de marihuana no pasaba. La cuestión es que cuando yo le caía en su casa, siempre olía a naranja, a mandarina, a incienso, a mil olores, pero yo no soy estúpida y percibía que algo pasaba y le preguntaba por qué huele así, él me decía que le gustaba el olor, que esto que el otro y siempre había excusas, yo me las olía por lo del aroma, por su comportamiento, una sabe de esto y lo comencé a presionar, hasta que me tuvo que aceptar que él estaba fumando base, pero que lo controlaba, que manejaba la situación, que había aprendido como hacerlo, que aplica el programa de rehabilitación  y toda la majadería esa que decimos los adictos para justificar, minimizar y no reconocer que estamos mal. Ya era un hecho que él había recaído, pero yo estaba tan, pero tan enamorada que no me importó, yo creí que podía ayudarlo, que lo podía cambiar. ¡Mentira!.  Yo estaba súper embobada con él. Me encantaba todo de él, me encantaba verlo tan varonil, tan macho, tan grande para mí, el me gana con 20 años, había mucha diferencia de edad y él se las sabía todas, era como una enciclopedia yo le preguntaba algo y él me contestaba y eso me encantaba de él.  Pero había un gran problema. Él, mejor dicho, los padres, tenían muchísimo dinero, pero muchísimo dinero, su padre es un político muy conocido e influyente, así que  él, plata para fumar nunca le faltó. Como adicto era tremendo, fumaba por varios días y cuando se le acababa la plata, se fumaba lo que encontraba, desde una licuadora a una cocina, un carro. Dilapidó mucho de la fortuna de su padre, que ya no sabían qué hacer con él”.

“Yo estaba súper enamorada, así que no me importó. Entonces por acolitarle, yo fumaba marihuana y el fumaba base. A él no le gustaba la marihuana, a mí sí y él me la compraba. Así que cada quien fumaba lo suyo. Él me ponía a armarle sus pistolas (tabaco con base). Yo desnuda sentada en la cama bajaba el tabaco al cigarrillo y se lo llenaba de base. Eso me excitaba. A él la base lo sicoseaba,  él era paranoico cuando fumaba, oía las sirenas de la policía, veía entrar a gente por la ventana, que tocaban la puerta y no era nada. Se metía debajo de la cama, se encerraba en el closet. Era impresionante. Un día le dije que quería fumar base con él, que quería saber porque se ponía así. Me decía: estás loca, ¿para qué quieres fumar? No te metas en esto. Mira que te lo digo yo. Mantente al margen de este infierno. Él no quería que yo fume base. Parte por protegerme, lo cual me enamoraba más, pero más, y con el tiempo me di cuenta, para no tener que compartir su droga, para que no le quite su ración. A él le podías hacer cualquier cosa, pero si le pedías polvo, era como arrancarle el brazo. Un día luego de insistirle varios meses, accedió a que fume base con él. Empecé dándole unas pitaditas en corto. Las dos primeras veces me dio nausea y vómito, me cayó mal, no me hacía gracia fumar, pero  no sé cómo ni en qué momento, me enganché y ahí empecé y nos hicimos pata. Al final terminé siendo tanto  o más adicta que él. Tenía una ansiedad por querer más y más y nunca me saciaba. Ya después era una competencia entre los dos, ya no sabíamos quien fumaba más, el me escondía la droga o se encerraba a fumar solo y yo peleaba. Todo se vino a la mierda, ya vivíamos para eso, cuando me mandaba a escuchar a la puerta ya no quería ir, porque estaba pendiente que no me la esconda, porque a él le daba por esconder y yo le reclamaba esa manía de estar refundiendo las cosas. Era una cosa terrible. Yo le robé a mi mamá, me quedé sin ropa. Tuve muchos problemas en mi casa por eso. Luego de fumar, yo tenía que regresar a la casa y obviamente es ese estado no podía llegar a mi casa. Mi mamá no era estúpida, siempre me decía hueles feo, has vuelto a la droga, me salía con un poco de cosas, con una cantaleta terrible, ella sufría, lloraba y me daba pena, del cargo de conciencia, decía que no volvería a fumar más, pero al día siguiente volvía a hacerlo”

Cuando juntos no se puede

El rumbo a la perdición y el camino a la destrucción se había iniciado y ya la ruta del mal se había marcado. La situación se fue de las manos y todo empeoró cundo ellos tomaron una decisión: vivir juntos. “Me fui a vivir con él, porque lo amaba y porque en mi casa tenía muchos problemas. Para colmo, mi tía mamá que era quien me ponía en orden y me controlaba, se fue a vivir a Estados Unidos y ya no tenía que rendirle cuenta a nadie. No es que no quiera a mi mamá  o que no le haga caso, pero mi tía mamá fue quien me crío y era de ella de quien sentía su autoridad. Un día, él me dijo: ya no te vayas quédate conmigo y yo enamorada y atrapada también en el vicio, acepté. Los padres de él, que me querían, pensando que yo le haría un bien, porque lo controlaría, lo cuidaría y todo eso que normalmente somos las mujeres y representamos para un hombre, nos apoyaron y nos armaron un departamento hermoso, pero hermoso, con todo de primera calidad. La mejor refrigeradora, la mejor cocina, los mejores muebles, todo. Hasta carro nos pusieron. Y bueno, como era de esperarse, la situación avanzó, las cosas empeoraron, todo se degeneró y se fue a la mierda total. Primero empezamos pidiéndole plata a sus padres. Él me llevaba a su casa y les mentíamos para sacar dinero y yo le acolitaba la mentira. Esa era mi función, meter la labia para sacar plata porque teníamos que sacar paquetes. Les hacía unos cuentos, la cosa es que nos daban, además, mientrs yo hablaba con ellos, él se cogía cosas de la casa, ropa, joyas, cogía los perfumes de la mama que eran carísimos, perfumes de ricachones y con jeringuilla sacaba el líquido y lo envasaba en otro frasco y se lo íbamos a dar a la señora que nos vendía la base. Huy no, que no hicimos. Yo me puse muy flaquita, pero muy flaquita. Tanto es así la señora que nos vendía la base, me daba de comer y a veces me quedaba a dormir en su casa y él lo permitía con la esperanza que al día siguiente regresara con polvo y por lo regular así era. Yo le insistía a la doña hasta que les convencía y les sacaba algo.  Cada vez era más y más y ya se había tornado una situación insoportable”

Situación que se puso peor, cuando los padres de él decidieron cerrarle las puertas. Al cerrarle la llave, ellos echaron mano de lo que tenían como propiedad, la que fue despareciendo con el paso del tiempo, hasta que tal como le pasa a los drogadictos que se quedan vacíos, su nido de amor, también quedó vació llegando a situaciones extremas.

“Al no poder ir ya a la casa de mi suegros a sacar cosas, no nos quedó de otra que sacar de la nuestra. Lo primero que hizo él, porque lo hizo él, yo no supe, fue vender el carro para comprarse una moto. Una tarde me dice que me tiene una sorpresa y la sorpresa era una moto rojo hermosa, súper aniñada. Yo le reclamé por perder el carro, pero él me aplacó, cuando me dijo que la venta era beneficiosa, el vendía el carro y  con el saldo del dinero, nos quedaba para fumar y no nos quedábamos sin transporte. El papá cuando se enteró se enojó muchísimo, porque él nos había dado el carro y la moto, siempre es peligrosa, de mucho riesgo y no da la seguridad que da el carro, pero a mí, me encantó la idea, obvio, pues además de la plata que nos quedaba para fumar, en la moto se vive mucha adrenalina y a mí me encantaba eso. Cuando se acabó la plata de la venta del carro, empezaron a desaparecer las cosas del departamento. Poco a poco las cosas fueron desapareciendo, primero las cosas pequeñas, luego las más grandes. Un día llegabas y ya no había microondas, ya no estaba la lavadora, la secadora y así cada vez teníamos menos cosas. Tocamos fondo. Hicimos cosas suprémamente arriesgadas, indebidas y locas. En las moto nos íbamos al Camal a una zona de terror. Él me mandaba a comprar a mí porque yo era más valiente para eso y me metía por unos callejones que eran unos recovecos terribles, a las dos, tres de la mañana y él me dejaba con los maleantes y yo lanzadota, me hice amigo de ellos y me respetaban. Nunca sentí miedo. Jamás me acobarde. Él tenía miedo. Yo nunca. Yo era súper desafiante, eso me generaba más adrenalina y me encantaba el miedo, el peligro, no sé por qué, pero me encantaba estar en esa situación de riesgo, esa huevada me encantaba. Hicimos la dupla perfecta porque él tenía mucha ansiedad y era temeroso y yo era la fuerte. Los pusher (vendedores de droga) a él lo basureaban y lo estafaban y yo era la que reclamaba y no me dejaba. Yo no sé cómo esa gente no me hizo nada. Definitivamente estuve protegida por Dios  y el manto de y de la Virgen. Que idiotez Ahora digo que estupidez. Así fuimos perdiéndolo absolutamente todo. Lo último que nos quedaba era el colchón. Y una vez a las dos de la mañana, los dos íbamos por la calle cargando ese colchón para canjearlo con droga. Además nuestra relación se volvió conflictiva, porque yo siempre le reclamaba que porque empezábamos a fumar si no teníamos la plata necesaria para satisfacernos, sino que nos quedábamos a medias y luego debíamos arriesgarnos en situaciones peligrosas. Cuando de madrugada, se nos acababa la base, yo le decía ¿y ahora que vamos a hacer? Yo no me iba a dormir, no podía, entonces me cabreaba, me enojaba y le reclamaba que para que empezábamos si teníamos poquito. Me enfurecía. Él estaba asustado y yo enojada. Éramos los polos opuestos en ese momento y se armaban unas peleas terribles. De lanzarnos cosas y eso. Ya habíamos tocado fondo”.

La fuga geográfica

En el mundo de la rehabilitación un de las opciones para rehabilitarse es cambiar de ambiente, dejar el medio que se frecuenta, para ir a un lugar desconocido, donde se supone que al no saber dónde comprar o frecuentar con gente que consuma, se debe cambiar y mejorar. A eso se llama fuga geográfica y a ello apelaron ellos forzados por las circunstancias.

“Un día nos fueron a visitar los padres de él y vieron ese departamento vacío y a nosotros muy desmejorados. Yo solo tenía una muda de ropa, porque a medida que iba adelgazando, la ropa no me quedaba y al no poderla usar, se convertía en hayacas de polvo. Entonces el papá de él nos dijo: Ya acá no pueden vivir más, están acabando con todo y nos fletaron a una finca fuera de Guayaquil. Nos dieron unas cuadras para sembrar arroz y nos equiparon un departamento muy lindo, nos pusieron otra vez todas las cosas. Supuestamente como íbamos a estar allá, metidos en el campo íbamos a parar, él iba a trabajar, yo lo iba a ayudar, pero nada, la adicción seguía y seguimos en la jodienda. Eso sembrar arroz, no funcionó, no sembró o sembraba poquito, iba a vender al pueblo cercano, loque encontraba y se rebuscaba la plata, así, seguíamos consumiendo, nunca paramos, fue un cuento de nunca parar, nunca hubo un límite. Con nosotros fumaba un amigo de él,  un hacendado de una finca cercana, primera y única vez que yo fumé ante otra persona. Porque siempre, siempre fumé con el, con nadie mas. Yo no tenía vida social, ni amigos de otro círculo, ni nada fuera de el entorno de el. Total es que le cogió unos celos tremendos y me hacía escándalos, cuando entre nosotros no pasaba nada. Él falleció después e igual me celaba con él. Estaba loco. Se puso insoportable, pero nada, yo solo tenía ojos para él y no quería perderlo. Total es que nos fumamos todo. El papá le dio un dinero para agrandar una glorieta que había allí, no hizo nada, nos fumamos ese billete. Nos fumamos los insecticidas para fumigar las plantaciones, la maquinaria, las herramientas. Era una locura. Los empleados llamaron a sus padres y le contaron todo. Su madre llegó a decirme: Ustedes no pueden estar juntos, tienen que separarse, alguien de ustedes se debe salvar y creo que es usted porque aún está a tiempo. Sepárese, regrese a la casa de sus papás. Mi papá todavía vivía, yo me demoré en volver y cuando regres,e él ya había fallecido. Me sentí fatal.

“Un día, pasó algo muy extraño. Él me dijo que me vaya a Guayaquil y que me quede durmiendo donde mi mami. Él me dijo que tenía que hacer algo, que tenía que ir donde la mamá, me pareció  raro, pero dije está  bien. Esa vez fue la primera noche que dormimos separados desde que que nos juntamos. Al día siguiente le dije a mi mami que me lleve a la hacienda,  ella no quería  y yo le dije que si no me llevaba me iba en bus. Total es que me llevó, cuando llegué, percibí  algo raro, como una angustia, una desesperación, fue fatal. Al llegar al portón de la hacienda, vi las caras a los empleados y los vi asustados. Ahí supe que pasaba algo. Ellos no que me querían dejar entrar, ni me decían nada. Yo al braveo me les metí y fui a nuestra casa.  Al llegar el cuarto estaba desbaratado, los muebles ya no estaban, las cosas de él ya no estaban, había solo unas fotos todo muy triste. Ese día sentí que me moría, que el mundo se me acababa. Y decía y ahora donde voy a fumar, o porque lo perdí a él. Lloré, grité y patalié, como no tiene idea. Mi madre estaba asustada y los empleados más. De regreso a Guayaquil,  en la carretera con el carro andando, abrí la puerta del carro y me quise botar. No sé cómo mi mamá me alcanzó a agarrar de las mechas y me impidió que me bote. Y yo le dije ya no quiero vivir, si no lo tengo a el me quiero morir, no quiero vivir más. Déjame morir. Mi mamá me dijo: tienes 22 años, aun te queda mucho por vivir. Nada ni nadie nada merece que tú  te mueras. Pero yo no encontraba un norte, para mí, él era todo, había creado una dependencia absoluta que no sabía vivir sin él. Al final, llegamos a Guayaquil y desde ese día supe que lo había perdido, porque nunca más lo vi. Sus padres lo habían internado en una clínica una vez más y me alejaron de él.”

Nueva vida

“Me costó mucho estar sin él. Cuando llegué a casa de mi mamá, ella  y mi tía mamá que había vuelto de vacaciones , en su desesperación, me propusieron permitir que fume en casa para ir dejando poco a poco,  que ella me cuidaban, que me iban a ayudar a dejar el vicio, pero yo dije. No. No puedo seguir. Porque si hago eso, nunca lo voy a dejar.  Tengo que parar. Ayúdenme a parar. Y yo dije, esta porquería me hizo perderlo a él, esta mierda me separo de él. Debo dejarla. Y la dejé. Desde ese día nunca más volví a fumar base y ya van más de 20 años, sin fumar esa mierda. Fue duro dejarla. Al principio a las cinco de la tarde, la hora que empezábamos  a fumar porque dormíamos la mañana, me daban retortijones en el estómago, vomitaba, me daban ganas de hacer popó. Me daban unas crisis de abstinencia tremendas, pero me las aguantaba y mi mamá y mi ti mamá me apoyaban. Hasta que algunos meses después, ya quedé limpia y no necesitaba más”

Así pasó un año. Ella estaba bien, no consumía nada, absolutamente nada, estudiaba, trabajaba, su ex había desaparecido de su vida  y era otra persona. Pero no estaba libre de tropiezos en la vida. “Nunca más consumí droga, pero si tomaba. Una vez, conocí un chico que había venido de vacaciones de Estados Unidos y comencé a salir con él. Un día nos fuimos a  Ambato de paseo con un grupo de amigos y en la borrachera, en nota de joda, me acosté con él. Yo había estado cuatro años con el amor de mi vida sin cuidarme jamás y nunca salí embarazada, entonces pensé que nada me podía pasar y ese día estuve con él sin protección, pero salí embarazada. Yo no lo amaba. Le conté a mi madre lo del embarazo e  increíblemente me dijo que me lo saque y yo me negué. Le dije de forma firme. No voy a abortar. Lo voy a tener. Ella me dijo. Si lo tienes te casas y me casé. Me casé sin amarlo. Era la época en que en Guayaquil no podías ser madre soltera. Me casé con él y como él vivía en Estados Unidos, me fui a vivir con él y con nuestro hijo. Mi matrimonio duró siete años. Pero él fue un mal hombre. No tenía vicios, no tomaba ni fumaba cigarrillo, siquiera, pero era un vago completo. Vivía del gobierno. No hacía nada. Era vago total. No tenía aspiraciones, no era compañía y de paso jodía todo el día, porque vago como era, no tenía otra cosa que hacerme la vida imposible. Duramos siete años, hasta que un día cogí a mi hijo y me vine  Ecuador. No nos divorciamos. Acá con unos abogados tramitamos el divorcio y me libre de él. Yo había salido de la droga y no quería volver  ella.”.

Volver a empezar

Ya tenía 26 años y mucha vida recorrida, cuando volvió a su país. Tenía ocho años limpia, pero el fantasma de la droga que no la olvidaba, la volvió a tentar “Al volver al país, empecé a trabajar, a tener una nueva vida y a estar sola. Yo había jurada jamás estar nuevamente con un drogadicto y así fue. Jamás hasta hoy tuve una pareja droga. A los siete años, de estar aquí, conocí a alguien, me enamoré me casé, tuve mi segunda hija, pero me fue mal, muy mal (no por droga, él ni la conocía)  y me divorcié. Pero yo seguí con mi vida, sana, dedicada a trabajar, a sacar adelante a mis dos hijos y a batirme sola. Un día, varios años después, conocí a alguien y me enamoré de él. Él era casado, pero separado de su esposa muchos años, aunque no le daba el divorcio. Estando con él, un hombre sano y ejemplar, un día en una fiesta, una amiga me brindó coca y cometí el error de probarla. Total es que me volví cocainónama, cuando yo  jamás antes había probado eso. Y volvieron los problemas. Tenía problemas emocionales. Yo tomaba pastillas para la depresión que interfería de mala forma en mi cuerpo, cuando usaba coca y obvio con la coca me daba por ingerir alcohol, eso me ponía mal, me daban alucinaciones, cosas que nunca viví con la base, me puso mal y eso me trajo problemas, porque mi pareja se enteró, él se dio cuenta, nos separamos. Él sabía todo de mi vida anterior, yo se lo conté y me dijo no puede ser. No puedo creer que con la experiencia que tienes y a esta edad, con dos hijos, sigas en estas, me sentía culpable, porque yo ya sabía  de memoria los doce pasos de la rehabilitación, sabía que tenía que hacer y qué no, pero había caído nuevamente. No tengo excusa, dije otra vez una clínica, no. Así que tomé un tratamiento ambulatorio. Lo tomé con mi sicóloga de la clínica, pero me fue muy mal, terminamos en malos términos. Ella no me quería recetar y obvio, no podía porque las pastillas con lo que consumí no eran compatibles y me hacía mal efecto a mi cuerpo. Yo me enojaba con ella por eso. Además yo estaba loca desquiciada, llegué a un estado de fastidio, de celos, de neurótica, la perica (cocaína) me puso mal genio, insoportable y la acusé sin fundamento que se quería comer a mi novio, y nada que ver, porque ella era muy seria, pero yo estaba loca. Así que perdí a mi pareja y a mi sicóloga. Estaba otra vez pisando fondo y ya con  26 años y dos hijos”

Una luz en el camino

“Cambié el tratamiento. De sicóloga pasé a  siquiatra y él me descubrió que es lo que tenía realmente y que me había atormentado tantos años El me diagnosticó que yo sufría de una enfermedad llamada  bordeline, un trastorno límite de la personalidad, que es un trastorno de la salud mental que impacta la forma en que piensas y sientes acerca de ti mismo y de los demás, lo que causa problemas para insertarte normalmente en la vida cotidiana. Comprende patrones de relaciones inestables intensas, una distorsión de la propia imagen, emociones extremas e impulsividad. Síntomas que es lo que me había pasado siempre. Para tratarme tenía que tomar medicamentos, pero para eso era necesario, no consumir más drogas, porque si consumía, me daba un infarto y podía morir. Por mis hijos y por mí, tomé el tratamiento y nunca más me drogué y ya llevo 20 años sin drogas. Desde que volví de Estados Unidos a Ecuador en 1995 hasta el 2011 que regresé  Estados Unidos, tras vivir 16 años en mi país me pasaron muchas, muchas cosas. Hoy a los cuarenta y más años,  y tras vivir nuevamente en Estados Unidos, soy feliz, disfruto de una vida sana, de mis dos hijos, de mis tres nietos, de mi trabajo, de mi progreso, de mi casa comprada con mi trabajo y mi esfuerzo, de ser una persona nueva. Totalmente nueva. Cero drogas, cero alcohol».

«No me arrepiento de nada, pienso lo que lo que viví fue escuela para criar a mis hijos y para guiarlos. Pero hoy tengo una gran preocupación.  Mi hijo fuma marihuana, yo hablo con él, le aconsejo, le hago leer libros, le paso vídeos, le doy cantaleta, le muestro lo malo y peligroso que es,  pero él me dice que eso no es malo, que es medicinal y bla bla bla. Y yo ese cuento ya me lo sé. Él sabe que yo algún día por joda, fumé marihuana, pero no sabe de mi vida real. Le pido a Dios que salga de ese vicio, le digo que le falta tratamiento médico especializado y llegar a Dios. Él dice que está bien, pero yo tengo experiencia y sé que viene después. Solo le pido a Dios y rezo todos los días porque la historia no se repita”


Fotos: es123rf.com; okdiario.com; soylibreencristocom; mallorcardio.com; esaleteia.com, alamy.es

 

 

 

 

 

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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