¿SERÁ QUE SÓLO LOS GATOS TIENEN “SIETE VIDAS”?

Una tarde de marzo de 2011, una señora algo apurada, asistía a un consultorio veterinario del norte de la ciudad de Guayaquil con un cachorro en manos, lo había comprado el día anterior en una tienda de mascotas y lo llevaba para que la doctora en turno lo revisara y constatara que estuviera en buenas condiciones de salud, ya que mencionaba que su motivo de preocupación era que: “el cachorro estaba haciendo la popó aguada”.

El cachorro, un pedacito de ser, de unos diez centímetros de altura, midiéndolo parado en cuatro patas desde la cruz hasta el suelo, de dos meses de edad, de color blanco y colita erguida, que no paraba de moverse de un lado a otro, con orejas plegadas hacia adelante, su rasgo más predominante era una mancha perfectamente definida de color negro con amarillo ubicada en el lado izquierdo de su rostro, característica de los perros de raza Jack Russell Terrier.

Según la dueña no estaba inapetente, en ningún momento se observó decaído, todo lo contrario, parecía un torbellino, denotando lo inquieto que podía llegar a ser, parecía percatarse de que ya no estaba encerrado en la vitrina, donde veía a las personas muy lejanas, en ese momento él ya tenía humanos cerca de él y se sentía enormemente feliz.

La veterinaria procedía a realizar el examen físico general del cachorro, que incluía toma del peso, la temperatura, la frecuencia cardiaca y respiratoria. Sus mucosas estaban de color rosado, tenía buena contextura corporal, excepto porque su abdomen se notaba ligeramente abultado, sin haber comido aún. Y en medio del procedimiento el cachorro hacía una deposición un poco más blanda de lo que podía ser normal. La doctora tomaría una pequeña muestra de esas heces para realizar un examen instantáneo para observación directa bajo el lente del microscopio.

El resultado de ello fue que el cachorro tenía una carga moderada de huevos de parásitos llamados  coccidias, lo cual sugería tratamiento antes de que tuviese una carga mayor, sus defensas bajaran, presentara signos clínicos como diarreas, decaimiento, inapetencia, deshidratación, etc., y finalmente todo esto ocasionara la muerte del cachorro a corto o mediano plazo.

La doctora le explicó a la señora todo lo que debía saber para evitar mayores problemas, le entregó la receta con la medicación específica para matar los parásitos de su cachorro. Aparentemente, se fue consciente de la situación, pero sin conocerla en profundidad, daba la apariencia de ser una persona extremadamente ocupada y con muchas responsabilidades encima, ya que en el tiempo que duró la consulta nunca pudo dejar de contestar su teléfono insistente.

Después de cuatro días, la señora regresó con el cachorro alegando que no había dado nada de lo que se le había prescrito, y sin rodeos le dijo a la veterinaria que se lo regalaba, porque prefería dejarlo a alguien que seguro lo iba a poder cuidar. La doctora, sorprendida, preguntó: “señora, ¿pero por qué lo compró entonces?”, a lo que ella contestó: “por burra, sólo porque a mi hijo le gustó, pero la verdad es que yo no tengo tiempo, tengo hijos que cuidar, ahora ni siquiera tengo una empleada que me ayude, se lo regalo”.

Sin más, la señora se lo dejó a la veterinaria con todo el arsenal que había comprado el día que lo adquirió: collar, correa, platos, funda de alimento balanceado de alta calidad. Tanto fue el apuro por dejarlo, que se mostró decidida y mencionó que no se le informara sobre el cachorro, de hecho, nunca más quiso saber de él.

La veterinaria se encontró como entre la espada y la pared, tratando inmediatamente de encontrar un adoptante porque pensar en la idea de quedárselo era muy remota, ya que tenía otras mascotas, la mayoría viejitas, y comenzar con un cachorro desde cero resultaba una tarea difícil tanto para ella como para su mamá. Además, debía analizar detenidamente a quien darlo, ya que era un cachorro muy hiperactivo que seguro se ajustaría mejor a personas igual de activas.

Decidió llevarlo a casa, manteniéndolo aislado temporalmente de sus demás mascotas ya que no había sido tratado aún contra los parásitos. Su tratamiento duró una semana completa, tiempo en el cual, el cachorro la identificó como su cuidadora, no sentía miedo de ella, por el contrario, se adaptó rápidamente a la toma de medicinas, tanto que al término de la semana le ladraba a la vez que miraba donde se encontraban los frascos de medicinas, como reclamándole para que le siga dando esos líquidos que le resultaban agradables.

Se mostró como un cachorro de temperamento chispeante, sin temor a nada, arriesgado y vivaz. El cuarto donde habitaba era subterráneo, al cual se tenía acceso por medio de una escalera de unos diez niveles, y era por donde el cachorro subía para salir a un patio para su recreación, y así mismo debía bajar por ella cuando tenía que ir a comer y a dormir, tan sólo un par de días le tomó aprender a subir y bajar dicha escalera perfectamente.

Llegó la hora de decidir si se quedaría en casa o no, la veterinaria en ese corto lapso de tiempo se encariñó con el cachorro gracias a su temperamento sociable y amoroso. Su madre, por su parte, se oponía rotundamente, pero en conjunto este cachorrito pudo hacer que cambiase de opinión, gracias a que hubo compromiso de parte de la doctora en tomar las riendas de la situación, que implicaba educarlo, alimentarlo, asearlo, seguir con su plan de vacunas, sacarlo a pasear una vez terminado éste, etc., cuidarlo en general. Sólo así pudo finalmente quedarse.

A partir de entonces, fue posible integrarlo en la casa y comenzar a educarlo para que hiciera sus necesidades en lugares que se habían señalado para ese fin, comenzando con dos lugares distantes cubiertos con hojas de periódicos, los cuales se cambiaban cada vez que se ensuciaban. La tarea era llevar al cachorro después de cada una de sus comidas exactamente en el momento en que daba vueltas en sí, como anunciando que ya estaba a punto de defecar. La ventaja es que lo aprendió relativamente pronto, al cabo de un par de semanas él ya buscaba “sus baños” tanto para defecar como para orinar, sin ayuda. Esto pudo darse porque enfocaba su atención en su dueña, tenía agilidad mental y no sólo física, y se lo reforzaba positivamente con galletas naturales para perros o trozos de frutas, más no gritando ni castigándolo.

La veterinaria optó por darle un nombre, el cual mencionaba cada vez que le daba una orden, éste debía sonar fuerte y llamativo, y ser corto a la vez, máximo de dos sílabas.

Normalmente, entre las ocho y diez semanas la mayoría de los cachorros pueden mostrar temor ante muchas situaciones, sin embargo, éste era uno de los que, por el contrario, mostraba confianza en sí mismo y no se atemorizaba si alguno de los otros perros o gatos le daba su arañazo o le gruñía de vez en cuando, pero sí guardaba algo de distancia cuando se sentía amenazado.

Pasados los dos meses y medio de edad, comenzó a desarrollar más activamente sus habilidades sociales, era la etapa en que sería más influenciable por quienes convivían con él, personas, perros y gatos. Los cachorros a partir de esta edad utilizan un rango para darse cuenta ante quién se someten  y a quién dominan. Por momentos quería expresar dominancia ante la hermana mayor de la dueña: si lo cargaba en brazos o lo apretujaba fuerte porque según decía le daba ganas de comérselo por lo bonito que era, el cachorro ahí dejaba de serlo y le gruñía, como diciendo “no me gusta lo que haces, suéltame”, simplemente no le gustaba que lo tocaran o trataran de esa forma cuando no estaba de humor. Cabía entenderlo por ese lado, pero por otro, comenzaba a no dejarse tocar tampoco para que lo revisaran o asearan, cual muchacho rebelde. Ese comportamiento no llegó a acentuarse porque entonces la dueña le decía un NO con tono fuerte cada vez que él quería hacer su voluntad. Desde entonces supo que él no era el que dominaba.

Hasta ahí las cosas iban perfectas, pero después no todo fue color de rosa, dentro de las semanas siguientes la veterinaria estuvo a punto de ser exiliada de la casa de su mamá con su perro. El cachorro estaba pasando por una etapa normal de su crecimiento y de su desarrollo, la del cambio de la dentición y la masticación, y ésta fue difícil de sobrellevar.

Tenía predilección por los muebles de la sala de la casa, como si éstos casi hubieran estado ensalzados sólo para él. Su necesidad de masticación no era algo que se debía prohibir sino re direccionar, pero por más que se trataba de un comportamiento natural, éste se volvió destructivo, no había juguete que le durara más de cinco minutos por reloj, a pesar de ser pequeño en tamaño era un cachorro de contextura corpulenta y de mandíbulas fuertes, los juegos le parecían insaciables, si veinte veces se le lanzaba la pelota para que la trajera de vuelta corriendo a toda velocidad, la que terminaba rendida era la persona que lanzaba la pelota porque él parecía estar dispuesto para otras veinte idas y venidas más. Era altamente energético, y faltaba canalizar sus energías de manera óptima para disminuir los destrozos en casa. En un abrir y cerrar de ojos se volvió un ser sin control, si hubiese sido humano, recordaba a Junior, el niño aficionado a las travesuras de una de mis películas favoritas de los 90’s, Mi Pobre Diablillo o Problem Child, protagonizada por Michael Oliver y John Ritter.

Literalmente, logró sacar “canas verdes” a las mujeres del hogar, parecía que esa etapa nunca llegaría a su fin, y por su parte, la dueña tuvo que optar por adelantar sus salidas a caminar, ya que el cachorro parecía genio embotellado, tenía todas las ganas de explorar otros ambientes, y era extremadamente observador, necesitaba recrearse más visualmente. Las salidas no habían podido darse desde antes y todavía no era el momento oportuno, ya que su programa de vacunación aún no culminaba y no era conveniente exponerlo sin él estar mayormente protegido contra virus que podían ser adquiridos en el ambiente por medio del aire.

Pues bien, para minimizar los dolores de cabeza de su madre, la veterinaria quería comenzar sus rutinas cuanto antes para hallar solución a la ansiedad del cachorro, sacándolo tres veces al día, durante aproximadamente 20 minutos cada vez, a pesar del riesgo que conllevaba aquello, pero no podía esperar hasta terminar el calendario de vacunas, enhorabuena, éste estaba en la última fase.

Llegaría el día en que usaría por primera vez el collar y la correa que su antigua dueña le había comprado en la tienda de mascotas. El collar le fue colocado como se debía y salió a caminar con la dueña y su hermana, desafortunadamente minutos después ocurriría una desgracia…

Como no sabía caminar bien con correa, sino que halaba, repentinamente el collar, cuyos extremos se embonaban entre sí, se abrió totalmente, y el cachorro se fue de largo. Pudo pasar que el collar no estuvo perfectamente bien cerrado desde el inicio, o era de tan mala calidad que sólo por la presión de las fuerzas no pudo más y se abrió. El corazón de las chicas se paralizó por unos segundos al ver al cachorro muy confiado y sin sentir que nadie lo sujetaba, cruzarse hasta un parterre que dividía dos carriles de autos en toda la avenida principal, con el temor más grande de que el cachorro cruzara y se dirigiera hacia ellas nuevamente ya que en cualquier momento podía ser atropellado por los autos que no paraban e iban a toda velocidad. Aquellos segundos se hicieron eternos, las manos de las chicas temblaban y estaban heladas, se pusieron de color blanco, esperando aun así el momento oportuno para ir al rescate del cachorro, ya que por más que hacían señas a los conductores, éstos no se detenían, hasta que de pronto todo volvió a la calma más ansiada… el cachorro fue el que esperó el momento ideal para cruzar hacia donde ellas estaban, en tan sólo unos minutos en que dejaron de transitar autos. En ese preciso instante el corazón de las chicas volvió a latir.

Esa tragedia hubiera representado una pérdida enorme, mucho más invaluable que lo que se perdió con los muebles rotos de casa. Ahí es cuando se cae en cuenta que una pérdida material se puede recuperar, pero la vida no.

A pesar de la tenebrosa primera caminata que experimentaron las mujeres de la casa con el cachorro, éste no iba a permitir quedarse sin sus salidas rutinarias. Él estaba fascinado cada vez que sabía que saldría a dar sus vueltas por las calles del barrio y al parque de al frente, para él no había nada más emocionante que sus paseos, tan sólo viendo a su dueña sacando su collar y correa de la alacena se alborotaba.

Las caminatas fueron la solución para mantenerlo entretenido y para que socializara con otras personas y perros, nunca faltaba alguien que lo halagara por su simpático andar, cada vez caminaba mejor sin halar de su correa que, por cierto, por seguridad y para mayor tranquilidad optaron por cambiarla por una más gruesa y fuerte, que se enganchaba consistentemente a un collar regulable tipo cinturón, con agujeros para ajustar a la medida del cuello.

Los siguientes meses transcurrieron normalmente, fueron alrededor de cinco de relativa calma desde que había ocurrido el susto mayor hasta entonces, para lo cual el cachorro ya había llegado a su etapa de adolescencia, bordeaba los ocho meses de edad y reconocía a su manada, se llevaba bien con sus demás compañeros caninos y obedecía a la líder. Había adoptado la costumbre de ladrar, junto con el

resto,  todas las mañanas que veían pasar a otro grupo de perros dirigidos por un paseador. Sin embargo, una nueva parada de corazón se volvió a dar en el pecho de la dueña…

Una mañana, estando ella alistándose para ir al trabajo, desde el segundo piso, escucharía ladrar a sus perros a través de un ventanal al grupo que pasaba todas las mañanas al pie de la casa, sus perros más viejos que el adolescente, siempre se detenían en el borde de la ventana y sabían que de ahí no pasaban, pero el nuevo integrante en su afán de salir corriendo a ladrar también, no controlaría su velocidad, no se detuvo y se fue ventana abajo, ya que justamente había un espacio de vidrio abierto por donde él fácilmente salió disparado. La dueña se percató de tal infortunio al ser el único al que dejó de escuchar mientras el grupo de perros paseadores se alejaba. Había caído de una altura de aproximadamente tres metros.

Rápidamente ella corrió a socorrerlo esperando encontrarlo con vida, y lo encontró inmóvil con una evidente fractura de su pata anterior derecha, a pesar del dolor profundo que debía aquejarlo, nunca emitió llanto alguno y se dejó sujetar cuidadosamente de su dueña, asustado por el impacto al caer sobre el cemento. A Dios gracias que cayó de tal forma que sólo su brazo fue el afectado, y no se ocasionó una contusión pulmonar o algún otro daño en sus órganos vitales, que habría ocasionado su muerte instantánea. Se procedió a medicarlo para el dolor hasta llegar al establecimiento donde le harían radiografías de la lesión y poder operarlo para reparar la fractura.

Nuevamente Dios fue grande al permitir que el corazón de la dueña volviera a latir y que su perro estuviera con vida.

Dicen que los gatos tienen “siete vidas”, pero éste era un perro que no llegaba ni a los nueve meses de edad y ya tenía dos vidas menos.

Esta es la historia de un cachorro que pasó a la adultez y este año entró a la etapa de adulto mayor, actualmente tiene casi nueve años de edad, y es mi perro, sí, su nombre es Boris, alias el “Patucho Boris”, el “Perro volador”, el “Carita manchada”, el “Doble cara”, el “Ojos de pechiche”, apodos propinados por todos los que lo conocen y saben que es “Mi niño”.

Si la señora que me lo dejó aquella mañana estuviera leyendo esto, quisiera agradecerle porque gracias a ella conocí a mi perro, y gracias a él aprendí sobre los accidentes que los cachorros pueden experimentar cuando son muy traviesos e hiperactivos y, a la hora de dar recomendaciones, bajo mi propia experiencia puedo hacer mayor énfasis a sus dueños para que los cuiden mejor y se eviten esos sustos que paralizan los corazones por segundos.

Y aún me sigue dando lecciones, pero de vida: de compañerismo, lealtad, fidelidad, cariño y amor, y será así hasta el día en que Dios definitivamente lo quiera tener con Él. ¿Le quedarán otras cinco vidas? Espero que sean cinco y muchísimas más…

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: Mariella Chacón. / Mascota Modelo: Boris


Mariella Chacón Morales

WhatsApp: + 593 98 401 0758

E-mail: marielinha20@hotmail.com

Guayaquil-Ecuador

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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