LOS NIÑOS PERDIDOS DE LA CIUDAD

Era viernes. La ciudad estaba gris, ese gris como de lluvia en estos tiempos de invierno puro, pero, también era que la gente llevaba prisa. Las tardes de los viernes suelen ser así, muchos corren por llegar pronto a la cita del fin de semana, la diversión aguarda. Entonces tanta correteadera impregna de otro color la vida. Y la ciudad lo siente, en los rostros de los transeúntes se percibe y en el aire flotan las ansias por disfrutar. El fin de semana es fiesta. Cuando llegué a la esquina de Pedro Moncayo y Víctor Manuel Rendón, en busca del querido Montreal del padrino Floresmilo, ya no estaban las mesas en la calle ni las sillas ni la gente llenando de colorido y fresco bullicio a este Guayaquil regenerado. Le pregunté a Miguelito, uno de los trabajadores del café. ¿Por qué? «Se fueron con la regeneración». Claro, cómo no me percaté. Al frente está invicto el nuevo parque Centenario y la propia acera del Montreal también luce regenerada. ¿Qué vamos a hacer? «Es el precio del progreso», dice Alberto Cedeño quien tiene 38 años.

La vida de la ciudad cambia irremediablemente». No quería enfrascarme en discusiones filosóficas. Así que le metí dos monedas a la rocola y enseguida la música de Los Iracundos nos envolvió. Luego llegaron las cervezas y al rato estábamos riendo y pensando, que no importan las miles de regeneraciones que tengamos que soportar, la vida siempre vale la pena y, si es con amigos, mucho mejor. No habían pasado dos canciones cuando entraron dos chicos: niña y niño. Iban sin zapatos. Sucios. Una ropa de la cual era imposible saber el color los vestía. Mientras la música sonaba y cuatro parejas se susurraban palabras agradables tocándose mutuamente, los niños empezaron su trabajo. Alberto seguía hablando de lo mal que está el mundo. Guerras. Mentiras. Muertes. Políticos. Hambre. Desolación. Yo callaba y miraba cómo, lentamente, los chicos se aproximaban a nuestra mesa con la mano extendida. Aún no pensaba en escribir esto, pero en algún momento maldije por no tener una cámara ni andar con algún fotógrafo. Hubo un instante en el que ya no escuché nada. Esos niños sucios y sus rostros de hambre, el signo de la afrenta en la piel haciéndome sentir incómodo.

La diversión del fin de semana echándose a perder. Pronto vendrá alguien a sacarlos, pensé. De los presentes, solo uno de los hombres de las parejas, les dio algo, y también le dijo a la chiquilla: «Eres muy pequeña y muy bonita para andar pidiendo plata en la calle». Ella tomó la moneda, la apretó entre su mano y siguió. Detrás venía el otro, pasos tímidos y mirada sin fuerza. Con más pena que otra cosa, dudando demasiado. Les falta experiencia, me dije. Luego ya estaban junto a nosotros. Alberto no se pudo contener. –¿Cómo te llamas? –Interrogó a la niña. –Angélica. –Respondió de prisa y mirando la rocola. –¿Y tu hermanito? –Arturo. –¿Cúantos años tienen? –Yo 6, y él, 4. ¿Y por qué piden dinero en los bares, no saben que es peligroso, que hay gente mala? La pequeña lo miró con ojos de desconsuelo y habló. «¿Me va a dar o no?». Alberto iba a continuar con sus torpezas, entonces le pateé por debajo de la mesa. Hasta entonces Arturo no había dicho nada, solo miraba hacia el suelo. Yo observaba sus pies desnudos y sus piernas flacas, sus cabellos amarillentos por el sol. Las ideas llegaron sin remedio.

Aparecieron en mi cabeza las tremendas diferencias que dividen a los seres humanos, que nos separan, que nos hacen personas de otra categoría. –¿Tienen hambre? –Pregunté. –¡Sí! –Contestaron ambos. La música de Los Iracundos ya había pasado. Alberto se levantó a poner otra canción en tanto las tostadas y los jugos llegaban. Era un tango viejo del que no recuerdo la letra, pero era triste. Después se pusieron a comer, siempre de pie, con prisa, con un hambre atrasada, sin consideraciones formales. Inventando Angélica una sonrisa de vez en cuando. Arturo sin mirar a nadie, la vista en el plato, hacia abajo. Y entonces la pregunta indebida apareció. La hizo Alberto, creo que sin pensarlo demasiado. –¿Y tu madre? Fue como un mazazo, uno directo en el pecho que te deja sin respiración. Luego los niños atragantándose, comiendo con frenesí, olvidando la moneda que, al fin, Alberto había decidido regalarles, también olvidándose de pedirles al resto de los clientes. Y pareció que todo se hacía más gris, como que oscurecía de súbito, o quizás fue una idea tonta, o el tiempo del invierno que nos pone melancólicos y nos llena de nostalgia. Se fueron pronto, casi corriendo, como asustados. –¿Y tu mamá? Volvió a preguntar Alberto. –¿Por qué se van? –Nos está esperando en la esquina. –Alcanzó a decir entre las prisas Angélica.


Foto: sinpermiso.info

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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