EL DESENCANTO DEL AMOR COMPRADO

Este relato forma parte del libro Historia Sucia de Guayaquil publicado por Cadáver Exquisito Ediciones

Estoy parado junto a una carretilla de chuzos en la avenida Nueve de Octubre y Esmeraldas. Antes fui a Barricaña y me tomé una botella de vodka con Enrique Ponce, el dueño del café bar. Espero mi turno para comer, hay cuatro borrachos antes que yo. Es un jueves de agosto y es noche en Guayaquil. El viento sopla con fuerza y se lleva lejos el humo del asado. Yo me tambaleo un poco. El tipo que atiende el negocio tiene veinticuatro años y se llama Johnny Cedeño, lo conozco hace tres años. A veces, cuando paso por aquí, camino a mi departamento en la Ferroviaria, me como un hot dog o un chuzo. Nunca hablamos demasiado, de vez en cuando le tiro de la lengua y me suelta algún dato de su vida. Nació en Jipijapa, Manabí. Tuvo un padre borracho pendenciero que, cada vez que bebía, le entraba a golpes a su madre, a Johnny y a sus seis hermanos; luego quedaba tendido en un mueble con la correa en la mano. Cuando Johnny cumplió trece años, lo enfrentó con una escoba, su padre se defendió con la hebilla del cinturón, le rompió la cabeza y le hizo una herida en la ceja izquierda; para disimularla, Johnny se la tapa con el pelo. Una semana después, su madre le pidió que mejor se fuese de la casa porque cualquier día el papá podría matarlo. Johnny sólo se despidió de su madre; a sus seis hermanos menores, cuatro mujeres y dos hombres, les dijo adiós cuando estaban dormidos. Así comenzó la aventura y el viaje que lo trajo a Guayaquil.

Sentadas sobre una banqueta de metal, dos putas conversan sin reservas. En su charla, el tiempo se vuelve eterno y los hombres se transforman en estadísticas, en anécdotas de encuentros graciosos, en cochinadas a las cuales las han obligado muchos clientes, en noches que se esfumaron en horrendos hoteles, en aventuras para relatar a sus nietos cuando éstos no quieran tragar la sopa. Ambas visten de negro: una con pantalón a la cadera, camiseta que muestra el ombligo y zapatos rojos de tacón; la otra lleva una minifalda, blusa de mangas acampanadas y zapatos de plataforma. Las dos tienen el cabello tinturado de rubio y ríen a carcajada vulgar cada vez que se acuerdan de sus fechorías. Son jóvenes y arrogantes, todavía no están arrugadas ni destruidas por el trago y el vicio, ni tienen muerta la mirada como algunas prostitutas que deambulan por la calle Primero de Mayo, pero parece que llevan el rumbo correcto hacia a ese punto del cual ya no hay regreso posible; al menos sin empeñar el alma. La calle luce poco alumbrada y la oscuridad ayuda cuando se trata de comprar placer, el encanto del amor en brazos de una mujer que conoce los recovecos de la noche. Johnny es amigo de ambas y de vez en cuando va y se acuesta con una.

Entre los tres hay una especie de pacto para turnarse, un buen arreglo que conserva la amistad, reparte los dólares y crea la ilusión de que el mundo es mejor, cuando cualquier desdichado consigue algo similar a cierta afectuosa compañía, aunque haya que pagar por ella. Después de unos minutos llega un tipo de unos treinta años, se sienta frente al banco de las putas y prende un cigarrillo. Es alto y blanco, viste chaqueta de cuero, jean y zapatos deportivos. Antes de su llegada, tres autos pararon para negociar con las mujeres, la cosa no funcionó y ellas quedaron lamentándose de su mala suerte. Cuando termina su cigarrillo, se acerca a ellas y luego de unos minutos se marcha en un taxi con la chica de la minifalda. Al otro lado de la calle hay una licorera, afuera cinco jóvenes beben y conversan a gritos. De repente, uno de ellos se aparta y cruza hacia la chica de pantalón. Lleva una cerveza en la mano y bebe sin preocupación. Al saludarla, da la impresión de que ya se conocen. Entre risas y toqueteos mutuos suben a otro taxi y desaparecen. Johnny me pasa mi chuzo.

—Parece que la noche mejora —dice sin emoción.

—Es rutina —le respondo.

—Bueno, al menos hoy no tendré que escuchar los lamentos de que no hicieron ni un dólar.

—No te metas presión.

Créeme que conozco a algunos tipos que hasta pagarían por tener a una mujer que les eche un par de lamentos de vez en cuando.

Pago el chuzo y camino hasta la licorera. Pido una cerveza y me arrimo a la pared para beber y comer en paz. Veo un carro de la policía con las luces encendidas, que viene desde el puente Cinco de Junio, se detiene frente al semáforo. El grupo se pone alerta y esconde las botellas. Todos bajan la voz para no

llamar  la atención. El tipo que atiende la licorera, se va hacia el fondo del local para evitar problemas. La luz del semáforo cambia, pero el patrullero no avanza. Un policía sale del carro y se reúne con tres prostitutas que charlan despreocupadas sobre la calle Esmeraldas. Luego de un breve diálogo, las mujeres se dispersan, dos caminan hacia la calle Los Ríos, la otra se dirige por Esmeraldas en dirección a Primero de Mayo; el patrullero la sigue y un poco más allá la mujer sube con calma en la parte de atrás. Pido otra cerveza y me siento cerca del grupo. Escucho sus palabras envuelto en una lenta espera. Todos alardean. La conversación se centra en sus grandes proezas a la hora de amar; ilusorias realidades que más bien saben a mentira, risas que se convierten en escándalo con la facilidad propia de muchos guayaquileños. Las cervezas desaparecen con rapidez y las mujeres se pasean sugerentes, haciendo ruido con los zapatos. Se va la noche despacio, como robando los sentidos. Todo queda traslúcido en las aceras de Guayaquil, la soledad se arrastra por sus calles, aunque haya algarabía en los rostros de quienes saben que su actitud va contra la ley. Beber en la calle está prohibido, prostituirse también.

Una flaca de pelo negro, cuerpo provocativo y peinado de cerquillo se sienta junto a mí.

—Me llamo Mirna —dice con sonrisa fingida.

Enseguida pega su pierna a la mía. Se sube un poco la falda y veo sus muslos, me muestra la carne sin pudor. Hermosas piernas, podría lamerlas toda la noche, pienso mientras bebo.

—¿Me invitas una cerveza?

Voy hasta la licorera y pago dos cervezas. Le paso una y observo su cuerpo. Está bien para un palo desesperado. Y yo todavía no soy un hombre desesperado. Estoy al borde, pero aguanto con engaños. Me miento a diario y paso por encima de las cosas, como un gusano arrastrando su cuerpo deforme, como una babosa que se adhiere a cualquier superficie y sobrevive hasta encontrar una posibilidad para avanzar. Pienso que todo es el principio de la decadencia. Todo el mundo es codicioso y decadente. Todos somos corruptos en esencia. Yo más. Mirna es más atrevida que sus demás colegas. Habla despacio, abriendo la boca demasiado y formando una O con sus labios pintados de un rojo refulgente.

—Cualquier cosa que busques yo te la puedo dar —dice convencida.

La observo con descaro. La cartera grande sobre sus largas piernas. El cabello corto, el rostro blanco y alargado, las tetas pequeñas. Viste falda rojo oscuro, camiseta celeste y chaqueta azul. Tiene una pequeña cicatriz sobre el labio superior. Sus ojos son grandes y tiene las pestañas inmensas y muy risadas, con esos ojos y aquellas pestañas podría conquistar con facilidad a cualquiera. Bebe a sorbos su cerveza, con un gesto mecánico. Los chicos del grupo le ofrecen trago, pero rechaza sus ofrecimientos. Los mira de frente, con desparpajo, casi burlona. Pareciera que calcula sus posibilidades de éxito. Se queda en silencio un buen rato. Yo aprovecho y voy por dos cervezas más.

—¿Cuál es tu historia? —pregunta.

—Nada profundo. Sólo intento escribir. Necesito combustible para avanzar.

—Yo tengo una buena historia. ¿Quieres oírla?

—No tengo dinero para pagar.

—Eso es una pena.

—Son dos, porque ya mismo se me acaba la plata para comprar más cerveza.

—¿Cuánto tienes?

—Diez dólares —mentí. Tenía treinta, pero no quería alimentar sus esperanzas.

—Con eso no te alcanza ni para una mamada. Otro día puede ser.

—Puede ser. ¿Cuánto cuesta una mamada?

—Para ti, quince.

—¿Y todo completo?

—Para ti, treinta.

—Paso. Si quieres te invito otra cerveza.

—Bueno.

Después de unos minutos compro dos más. Hablamos sin apuros. Nadie llega para comprar placer, los carros pasan lentos, sin detenerse. Mirna tiene la mirada profunda y los dedos de las manos largos, dos anillos en cada mano y pulseras de metal en la izquierda. Dice que algunos hombres, con los que se ha acostado por negocio, han intentado enamorarla para no pagar. Ella conoce los trucos. Empezó a los dieciséis años en una casa de citas, ahora tiene veintitrés. Durante un buen tiempo fue la sensación, casi todos los hombres, que llegaban al lugar, querían acostarse con ella. Al amanecer terminaba con el bollo ardiendo.

—Me quemaba la chucha. Me sentaba en una lavacara con agua y hielo para refrescarme. Tenía que usar harto lubricante. La dueña de la casa me lo regalaba y siempre me daba consejos. Me cuidaba porque yo era su consentida. Trabajé durante tres años casi todos los días. Cuando estaba con la regla, sólo chupaba la verga o les hacía la paja. No me gusta que me den por el culo, soy muy estrecha y me duele mucho, aunque me pongan vaselina o lubricante. Sólo doy el culo cuando estoy enamorada de verdad. Yo sé mucho sobre el amor, —dice con sonrisa coqueta—. Te puedo decir exactamente cuándo es placer y cuándo es negocio.

Pasa un patrullero y el grupo se pone nervioso. Mirna no se altera. Me abraza y finge ser mi novia, me besa en la mejilla. Susurra:

— ¿Estás seguro que no tienes más plata?

—Puede ser que me alcance para una mamada.

—Ya pues, vamos.

No quiero ir, al menos no todavía. Pienso que si aguanto un poco más, ella se rendirá y me podría salir gratis. Bueno, le he brindado algunas cervezas, creo que eso puede aceptarse como parte del pago.

—¿Podemos tomar otra cerveza? —le pregunto.

—Sí, pero no me hagas perder el tiempo. ¿Vamos a ir o no?

—Primero la cerveza.

—La última.

Mirna sigue con su historia. Un día de diciembre habló con la dueña de la casa y le pidió el dinero que había ganado durante esos tres años. Inventó un cuento: quería ver a su mamá por la Navidad. Ella vive en Pasaje, un pueblo de la provincia de El Oro. Doña Narcisa tenía experiencia con otras chicas, como Mirna, que pedían el dinero y nunca más regresaban. Sabía mucho de la vida, o por lo menos creía que sabía. La escuchó en silencio y dejó que Mirna se envolviera en su mentira. Cuando al fin se decidió a hablar, le dijo que tomara las cosas con calma, que no era buena idea viajar con tanto dinero porque siempre asaltaban en esos buses, que ella se lo guardaría hasta su regreso; luego irían al banco para abrir una cuenta, y que ella misma se encargara de manejar su propia plata. Doña Narcisa mentía y Mirna también. Ella quería escapar con Antonio, un tipo que frecuentaba la casa y del cual se había enamorado de manera estúpida y lamentable. Muy poco se podía hacer. La dueña del cabaret sabía que no debía dejar escapar su mejor material; si le daba todo el dinero, Mirna no volvería, así que solo le entregó una pequeña cantidad, a pesar de sus pataletas y reclamos. Con el tiempo, Mirna comprendió que la mayoría de las mujeres solo pueden enamorarse de manera estúpida e irracional. Antonio fue su perdición. Doña Narcisa se lo advirtió. No hubo forma de que ella entrara en razón. Su corazón estaba contaminado e invadido por el fuego del amor, le quemaba la piel y las noches solo eran despojos miserables e imposibles de soportar sin Antonio, poco se podía hacer; estaba atrapada y aquello era un infierno del que nadie le había hablado. La vida no podía ser una cosa tan estúpida y bestial, pensaba. Mirna salió y se perdió con Antonio. Cuando quiso regresar a la casa de citas, doña Narcisa la trató como a un perro. Ni siquiera le entregó su dinero.

—Tú sabes. Los hombres siempre le mienten a las mujeres, sobre todo a las mujeres como yo —dijo mirándome directo a los ojos.

—Todos mentimos —le respondí.

—Sí. Tienes razón. Pero yo soy una… yo trabajo en esto. No es que me esté lamentando, sólo que la güevada es diferente.

—Puede ser.

—¿Vamos a ir o no?

—¿Siempre eres tan apurada?

—¡Mijito, llevamos aquí un buen rato!

—¿Te fue mal con Antonio?

—Ni siquiera se llamaba así. Te cuento el resto si nos vamos.

—Deja que termine mi cerveza.

—Tómate también la mía, ya no quiero más.

 

La mujer de pantalón y zapatos rojos regresa con el chico en el mismo taxi. Los amigos lo miran y hacen ruidos de celebración y de burla.

—Buena don Xavi, volvió rapidito —dice uno y le da palmaditas en la espalda.

Mirna dice que los taxistas las ayudan, ellos también se benefician de este negocio. Xavier pide una cerveza descartable y se sienta entre las burlas de sus amigos, porque volvió demasiado pronto. Sonríe de manera forzada y bebe rápido, se levanta y camina de un lado para el otro. Se sienta con gesto de impaciencia y entre bromas se pone filosófico, y aparece su faceta de poeta universitario: “He ido por la noche buscando el placer que la oscuridad regala, pensando que en alguna esquina lo podría encontrar, rumiando el amor en madrugadas frías y solo puedo decir que siempre he perdido”. Todos ríen. Parece que la seriedad no es buena idea cuando se mezcla con la noche y el alcohol.

—Es el desamor —afirma Mirna convencida.

Me bebo la cerveza de ella y otro de los tipos confiesa. “La otra noche fui a una casa de citas, las chicas eran simpáticas y aparentemente selectas. Estuve con dos chicas, de las cuales me acuerdo muy bien; la primera se llamaba Éricka y me hizo sentir culpable, pues durante el acto sexual se puso a llorar, lo cual me desconcertó y el placer no fue satisfactorio. La otra era Mariuxi y ya la tenía elegida, pero me molestó que se fuera a cumplir con otro compromiso de trabajo, por lo que tuve que esperar una hora. La espera sirvió y realmente fue muy bueno, creo que valió la pena pagar los veinticinco dólares, pero al final siempre queda como un no sé qué en el fondo de uno mismo”.

Toda esa palabrería era algo deprimente. Agarré a Mirna y nos fuimos caminando.

—¿A dónde vamos?

—A mi casa, no estamos lejos.

—¿No quieres coger un taxi?

—No. No me alcanza

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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