CONVERSACIÓN CON UN TAXISTA

Sábado por la noche. El trabajo ha quedado atrás y se hace necesario buscar un poco del Guayaquil nocturno. En esta ciudad todavía todo es posible. Lo mejor es agarrar un taxi; en los colectivos abunda la bulla. No hay cómo saber con qué cosa le van a salir a uno los taxistas. Entre el regateo y la discusión siempre hay alguien que se molesta, pero eso es pasajero, porque principalmente aquí la gente es cálida. Roberto, de 30 años, usa bigote y el cabello corto peinado hacia atrás, y se ríe de lado, un gesto que incomoda un poco. Mientras conduce su Lada no deja de mirar hacia el costado del pasajero. Es una costumbre que adquirió después de tantas experiencias callejeras. Dice que le ha pasado de todo, y podría ser por la forma cómo lo cuenta. La voz fuerte y tono elevado. Le digo que parece policía, responde que no. Alguna vez fue jefe de seguridad de un banco ya cerrado, ahora lo suyo es la calle. Habla con orgullo de su auto, al que trata con ciertos mimos. El interior del vehículo luce limpio y huele a fresa. El volante forrado de cuero y los asientos son cómodos, encima de los controles en la base del parabrisas lleva un tapete de felpa con un nombre grabado que no se alcanza a distinguir. En la calle Eloy Alfaro no hay mucho tránsito por las noches, pero a Roberto no le gusta correr, toma las cosas con calma, además eso le permite observar mejor a los pasajeros, porque según él, estos no son tiempos para confiar en nadie. “Ni en las mujeres”, afirma muy seguro. Cuenta que se mantiene soltero pero eso no quiere decir que no le gustan las chicas, “por si acaso”, agrega para despejar las dudas. – El problema con las mujeres es que ellas son más pilas que los hombres, y con tanto tiempo que uno pasa en la calle al final casi siempre la cosa termina en líos. – ¿Por qué? – Es que en las calles siempre hay tentaciones. Usted va por ahí, trabajando nada más, pero con tantos sitios que se conocen, cuando regresa a la casa ya no es el mismo. –

¿Ah sí? – Sí. Uno sabe. Por ejemplo, cuando una chica se sienta adelante todo cambia. Cualquier chofer ya se empieza a hacer ideas. Lo normal es que se siente atrás, a veces uno le abre la puerta a propósito para ver si ella se sube. Si acepta, el resto depende de cada uno. – Interesante. – Pero no crea, a veces las que aceptan son delincuentes. Son la carnada. Cuando llegan a la dirección adonde van aparecen los compinches y eso ya es otra historia. – ¿A usted le ha pasado? – No. A mí no. Pero tengo dos amigos a los que sí. Ni le cuento cómo quedaron. Lo turro es que no se conforman con robar, si fuera eso no habría mayores problemas, usted sabe que lo material siempre se puede recuperar, pero la vida es otra cosa. Me quedo pensando en su última frase. A pesar del viento se siente calor dentro del auto. – Todo es cuestión de suerte. Yo he vacilado con algunas, con los años se conocen los huecos, las barras, las zonas donde se puede pasar bien. Con experiencia, hasta por la forma de vestir uno más o menos sabe con quién se puede y con quién no. – ¿Usted tiene mucha experiencia con los robos? – Creo que en Guayaquil todos hemos pasado por algo así, aunque ahora la ciudad ha cambiado. – ¿Cree que es más segura? – Podría ser. Lo que pasa es que con el tiempo se aprende. Aquí pasa de todo.

Tal vez para presumir o por impresionarme, Roberto se fue de largo en su relato y explicó cómo en una ocasión en que se salvó de morir casi de milagro. – Me contrataron para una carrera atrás del Hospital Guayaquil, eran dos tipos. Uno se sentó adelante y el otro detrás. Fue algo inmediato, en seguida sospeché. Si la gente es amiga no tiene por qué sentarse separada. Yo desde el inicio me puse pilas y tomé mis precauciones. Nunca salgo a trabajar sin mi bella –dice mientras enseña un revólver– es calibre 38 largo, lo tengo de los tiempos del banco. Ellos hablaban y medio se reían, supongo que tienen sus claves. Cuando llegamos, el que iba adelante se bajó y por el espejo retrovisor me fijé que el tipo de atrás intentó agarrarme del cuello; abrí la puerta y me tiré afuera, fue algo muy rápido, que ni lo pensé. El tipo de atrás también se bajó pero yo cogí una piedra y se la tiré; ahí aproveché para subirme al carro otra vez y arranqué con todo. Esos tipos estaban realmente locos, mientras me perseguían insultándome, uno me tiraba piedras y el otro se prendió de la ventana rogando para que detuviera el carro. Yo manejé como loco hasta que ese tipo se soltó, ni siquiera se me ocurrió mirar para atrás.

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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