ÁNGEL MATAMBA: MUERTE Y VIDA EN EL RING

El 26 de junio de 1981, Iván Matamba Arroyo subió a un ring de Lima, Perú, para pelear contra el boxeador peruano Domingo González Arredondo. Al final del sexto asalto, González caminó tambaleante hacia su esquina, se sentó con la cabeza gacha y demoró en salir. Se puso en guardia, con la mirada vaga, inmóvil. Era el anuncio de un final impostergable. Matamba se le fue encima con un jab de izquierda y otro golpe de derecha que le impactó en la nuca. El árbitro los separó. González intentó defenderse con varios golpes que colgaron en el aire, sus piernas se doblaron y cayó inconsciente en el ring. Nunca se levantó.

Su nombre de combate era Mingo. También era compadre de Matamba. En algunas publicaciones de Perú dicen que se trataba de uno de los muchos boxeadores que, empujados por la necesidad, pelean para ganar alguito de dinero arriesgando su salud y su vida. Recuerdan que en aquella jornada peleó valientemente y que incluso ganó un par de asaltos. Pero los golpes del ecuatoriano lo fulminaron. Matamba no sabe lo que pasó por su cabeza en ese momento. Se había metido a boxeador porque los golpes le salían fáciles y hubo un tiempo en que ganaba las peleas rápidamente. Después peleó por orgullo, fama y fortuna. Por la gloria.

El boxeo es un asunto primitivo y fascinante en el que la tragedia aparece todos los días. Nos arrastra a un callejón del que casi no hay retorno. Nos recuerda quiénes somos: básicamente gente que pelea para sobrevivir. Y en la lucha algunos caen pronto. Otros quedan marcados para siempre. Espíritu y materia. Eso es todo.

Ahora Iván Matamba se llama Ángel. Ya no es el mismo hombre que combatió en Colombia, Venezuela, Chile y Perú. Se convirtió en pastor evangélico. Vive para Dios y está empeñado en compartir su palabra. “Mi nombre era Iván. Un día, como hace doce años, fui a sacar mis documentos al Registro Civil y mi partida de nacimiento salió con Ángel. Reclamé y me dijeron que tenía que ir a Quito y presentar un escrito con abogado, entonces me quedé con ese nombre; aunque todo el mundo me conoce como Iván. Ahora veo que Ángel en hebreo significa mensajero de Dios”. Muestra la cédula y explica que Iván se borró. “Lo cual es mejor porque ese nombre significa devastación”.

Cuando mató a su compadre le llegaron propuestas para boxear en África, México y Estados Unidos. La fama apareció, pero no hubo forma de que se calzara los guantes nuevamente. El gobierno de Perú tampoco permitió su salida del país, porque investigaron el caso durante dos años. Dice también que la pelea que cambió su vida nunca debió realizarse por las condiciones y algunos sucesos que solo él conoce; pero contra lo que está escrito en el destino, nada puede hacerse.

Son las diez y cuarenta de un martes soleado y áspero en Guayaquil. Afuera de la esquina en las calles Los Ríos y Cuenca (estadio Ramón Unamuno) hay un ruido imposible de ignorar. El polvo sube como una nube, se mete por los ojos y vuelve todo color plomo sucio. Unos cuantos obreros trabajan en la regeneración de la ciudad. La puerta del local donde funciona la oficina del Club Don Café (Atletas de Cristo) está cerrada. Ángel-Iván es el presidente de ese club de fútbol y no aparece. Lo llamo al celular y responde que se había olvidado de nuestra cita. Me pide que lo espere unos minutos, porque está arreglando unos asuntos legales.

Cuando llega cruza invitación al fotógrafo y a mí para comer encebollado. No hay forma de decirle que no. Viste pantalón y zapatos blancos que contrastan con su piel y camiseta negras. Camina con un maletín en la mano derecha mientras habla con suavidad, pero sin pausa. Su rostro brilla y unas gotas de sudor le recorren la parte superior de los labios. Sus ojos son dos líneas que el tiempo, y seguramente los golpes de tanto pugilato, volvieron señas de identidad personal.

Nos sentamos en un chiringuito donde mucha gente come de prisa. Matamba  pide un jugo. Cuando abre la boca resaltan las coronas de oro en sus dientes. También lleva anillos, reloj plateado y cadena de oro. Sin embargo, ahora lo sabe: en el boxeo no hay forma de ganar, aunque algunos lleguen a campeones mundiales. Como muchas cosas en la vida sólo se trata de una vanidad más. Y ése es uno de los pecados favoritos de Satanás. “Las secuelas del boxeo son graves. Afecta al cerebro, que es una parte fundamental del cuerpo. Es por eso que muchas personas sufren de Parkinson. Yo me aparté temprano por la muerte de ese finado. A mí casi me matan. Ahora con la edad yo me olvido de algunas cosas”. Se ríe porque no recordó la entrevista.

Matamba no juzga ni es severo con los demás. Asegura que el boxeo te da fama, no obstante, muchos de sus protagonistas mueren en la indigencia porque la mayoría se dedica al trago. En el alcoholismo pierden su vida. Cuando se dan cuentan ya no sirven, ya no tienen nada. Reflexiona que en el fútbol la situación es parecida. “En Don Café tal vez no hacemos buenos jugadores, pero si hacemos buenos hijos, buenos jóvenes, buenos padres de familias para que mañana sean buenos ciudadanos. Siempre hay que cultivar la parte espiritual”. Dice que le sirvieron mucho los malos ejemplos que vio, por eso nunca fue borrachoso. Sin embargo, admite que sí le gustaban las discotecas, las mujeres y el baile.

Ya en su oficina, relata que esta historia empezó en Esmeraldas hace 54 años. Sus padres fueron Eloy Matamba y Basilia Arroyo, gente humilde. Aunque su padre era conocido y bravo. Es el séptimo de ocho hermanos. “Casi el concho”, observa, y agrega que ese número tiene un significado especial. Vino a Guayaquil cuando tenía dos años. Viajó en un barco que casi naufraga. Él encuentra significados en cada hecho. Tiene una respuesta para todos los sucesos de su vida sustentada en una explicación divina. Pero no es una persona intransigente ni beligerante. Reconoce que más allá de cualquier religión siempre está Dios.

Se hizo peleador porque cuando era niño tenía que coger agua para las necesidades de su casa en la pileta de su barrio en las calles Décima y Pancho Segura, un lugar de tipos duros, malencarados y curtidos por el sol. “Siempre había uno que venía y botaba los tarros de los demás y los muchachos de mi barrio no le decían nada porque era más grande. Un día me botó los míos y yo peleé con él”. Puede ser que haya ganado o quizás no. Pero lo que sí quedó demostrado es que Matamba, a partir de ese momento, se iba a fajar con cualquiera por muy bacán que éste se presentara. Entonces, el muchacho se endureció.

Como muchos pobres quiso ser futbolista para salir a flote. De niño jugaba como arquero en su barrio. La gente decía que era bueno porque era largo y cubría mucho espacio en el arco. Un día lo llevaron para que se probara en los juveniles de Emelec. Recuerda: “Yo no tenía zapatos y me dan unos de un argentino que se llamaba Cabaleiro que eran grandotes, no podía ni correr. Por mi talla me pusieron de defensa central. En una pelota que venía alta. Salté a cabecear y ni siquiera sabía dónde estaba la pelota. A los diez minutos me botaron. Me decepcioné y me fui al Barcelona, pero al boxeo”.

De sus peleas en el barrio relata que no siempre ganaba. Recuerda a un tal Walter Contreras que siempre le hinchaba el ojo y lo chiboleaba. Un tipo, al que le decían Juan de Dios, fue quien lo motivó y lo llevó a boxear a Barcelona. Ahí conoció al entrenador Guillermo “Figurita” Villagómez. Su primer torneo fue en el Canal 4 (hoy RTS) en un evento que se llamaba Guantes de Plata y en el que celebraban un aniversario de la emisora. Por aquella época todavía la televisión era en blanco y negro, pero el adolescente Matamba igual quedó deslumbrado. “Pusieron un ring dentro del canal. Era la primera vez que me vía en la televisión. Perdí por mirarme en la pantalla”. Por la derrota le regalaron pan, arroz y un montón de cosas en una funda.

Cuando llegó a la casa, su mamá -a quien nunca le gustó el box- lo recibió con otra paliza. Esa situación se repitió en algunas ocasiones. Recuerda que desde la escuela se iba a entrenar con unos zapatos de caucho escondidos dentro del pantalón. Cuando regresaba a su casa mentía y decía que se quedaba jugando pelota. Comenzó lento y se curtió con tipos más grandes y pesados. Los doce años fueron el inicio de una carrera que acabó ese 26 de junio. Pasó por la categoría mosca, siguió con gallo, en la que fue campeón; llegó a pluma. Dice que fue campeón nacional en welter[1] y mediano representando a la provincia del Guayas. Luego se hizo profesional.

Debutó contra un negro de apellido León, que ahora trabaja en el Consejo Provincial del Guayas. “A él le gané por nocaut en el primer round”. Después peleó con un tal Andrade de Quito, al que también derrotó por KO. Entonces le llegó el turno de medirse con el chino Grijalva. Aquí hace una pausa y se cuadra como si estuviera en un cuadrilátero. “Semejante animal”, exclama. “De la taberna salía a pelear, creo”. El chino ya era un viejo del ring y tenía más de 40 peleas. Matamba apenas tenía cuatro. “Hermano, le di a diestra y siniestra. Dale izquierda y derecha, y no caía ni se movía. Oiga a ese le di duro, ¡pum, pum, pum! y no caía. Le metía por aquí y por allá, y nada. Le di con todo primero, segundo y tercer round hasta que me cansé. En el cuarto ya estaba que me moría. Luego se me vino como un tractor y ¡pow, pow, pow! entonces tiraron la toalla porque ese me mataba”, recuerda entre risas.

Había risas. Pero también estaba el miedo. Desde niño siempre el miedo. A ese enemigo tenía que vencerlo. En cada combate se fue haciendo duro. Boxeaba con cualquiera y golpeaba fuerte. El joven se hizo intrépido y trató de olvidarse del miedo. En Guayaquil no hubo más chance y viajó a Perú. Allá trabó amistad con Óscar Terán, quien era presidente de la Federación Peruana de Boxeo. Se radicó y combatió con algunos, perdió, ganó y siguió. La pelea con Domingo González destruyó su carrera. Pero al mismo tiempo sirvió para enrumbar su vida. “Porque si no yo no estuviera aquí conversando contigo. Quizá me hubiera hecho alcohólico. Quizá me hubiera convertido en un guiñapo, porque la mayoría de los boxeadores aquí en Latinoamérica que no son bien remunerados terminan mal. Nunca guardaba nada. Uno siempre piensa que habrá otra pelea y que va a ganar más”.

La oficina de Matamba es mínima. En las paredes cuelgan fotos de su pasado como boxeador. Aparece con Luis Chiriboga, presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol. En otras está predicando; también están las de sus hijos: Iván, cabo de la Marina, y Rosalía, ingeniera de sistemas. Hay más fotos con otros dirigentes deportivos; acuerdos, pergaminos y reconocimientos. En el baño una llave gotea agua sobre el lavabo; el ruido apenas distrae. En la verja de metal, que separa la oficina del espacio que funciona como tienda, están colgados unos letreros con tarifas de llamadas internacionales y a celulares. Llamar a Estados Unidos y a Canadá sólo cuesta 5 centavos. Por ese lugar Matamba paga 130 mensuales.

El combate con González se iba a realizar en enero de 1981. Entonces empezó el conflicto armado entre Ecuador y Perú y deportaron a todos los ecuatorianos. Ahí narra un episodio novelesco con suspenso y emoción, en el que  se mezclan la huida con su mujer, falsificación de documentos, suplantación de identidad, acusación de espías, estadía en la cárcel de Cancas, escape cinematográfico y, por último, permiso para quedarse en Perú, con el desenlace fatal. En Colombia vivió otras aventuras que casi lo involucran con la guerrilla. Escapó con suerte, pero probó el abandono. También dejó una hija, de quién se enteró que existía gracias al Internet.

Es protagonista de otros relatos fantásticos, como aquel cuando jugando con un revólver, un amigo de apellido Martínez le apuntó a la cabeza y Ángel le pegó un caratazo como en película de artes marciales y ¡pum! El disparo fue un sonido que se quedó guardado en la memoria. “Yo caí, pero no sabía que me había impactado porque no sentí la bala, luego vieron la sangre y me llevaron al hospital. Dijeron que era un milagro porque la bala había pasado cerquita del corazón y había doblado en el pulmón”. Muestra la cicatriz. “Esto es un tiro” dice, y señala el hueco en su pecho. Hay que volver la mirada para evitar esa cicatriz grotesca.

Matamba tiene sus planes: uno es construir un albergue para jóvenes en la zona norte de Guayaquil, donde los buses sólo entran de día, donde falta todo y sobra la necesidad. Otro, combatir la drogadicción y la violencia con deporte y prédica. Al final, cuelga frases de agradecimiento para Jorge Salcedo, el mecenas que mantiene al club Don Café. “A él no le gusta que lo mencione, pero en la vida hay que ser agradecido”, dice este predicador al que no le gusta hablar del boxeo y ya no desea mirar hacia atrás. No quiere convertirse en estatua de sal.

[1] Peso medio mediano o peso semimedio

 Foto. Diario Extra

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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