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¿POR QUÉ ES NECESARIO EL EJERCICIO DE LA RAZÓN?

Primero lo primero:

Antes de iniciar con la verborragia digital, quiero darme un respiro y asimilar lo que está sucediendo: mi primer artículo en la revista de mi padre. Así es, mi padre tiene una revista. Mi padre ha creado su revista digital y me ha permitido publicar unos intentos de artículos. ¡Cuánta presión! El, con casi 40 años de experiencia bien habida y yo, con siete várices en la pantorrilla derecha. El reto es gigante; el miedo, aún mayor. Espero hacerle justicia a lo que todos atribuyen como herencia genética. Espero escribir.

 

El Tema:

Volviendo a la intención del artículo, ¿por qué es necesario el ejercicio de la razón? ¿por qué revisar una razón? ¿qué es la razón? ¿cuánto vale mi razón? He logrado creer, en mis veintiocho años de experiencia de vida, que lo mejor que se puede hacer es ocupar el tiempo en asuntos que desarrollen la mente, que la ejerciten. Que los días se llenen de cuestionamientos y debates. Que de todas las horas se obtenga -al menos- una reflexión. Que no nos quedemos con las impresiones, que dudemos de las primeras lecturas. Que no confiemos en el juicio anticipado. O, mejor dicho, que no siempre lleguemos a emitir un juicio.

Sería propicio darle a la mente la misma sentencia que se le da al cuerpo humano: si te llenas de grasa por falta de movimiento, te restrinjo del placer y te someto a mil años de sudor. En mi caso, nunca funciona ese fallo, pero hay quienes sí lo hacen valer. La misma programación debería valer para la mente humana: a la primera señal de vagancia intelectual, un ejercicio de proyección mental (y ojo, que hay varios). ¡Me encantan los ejercicios de proyección mental! No estoy totalmente segura de qué son, pero los asumo como aquellas creaciones imaginarias en las que traes a reflexión ciertos temas y les piensas posibles respuestas desde la emisión de varias preguntas. Lo hago todos los días durante el trayecto de mi casa hacia el trabajo.

Veo una calle llena de vendedores ambulantes. Al frente, veo las instalaciones de un mercado vacío que ninguno de esos vendedores usa para su beneficio. Veo basura generada de ese comercio abstracto. Veo gente intentando sobrevivir. Empiezo: ¿qué pasa con ellos?, ¿qué pasa con el mercado?, ¿estará en buen estado?, ¿habrá alguna entidad pública que les imposibilita su ocupación?, ¿qué pasaría si se pasan al mercado?, ¿qué pasaría si se quedan en la calle?, ¿dónde venderían más?, ¿cuánto logran vender al día, hoy en día?, ¿cuánto costaría organizar un mercado comunitario?, ¿cómo sé que la mejor opción es apostarle a lo comunitario?, ¿y si en vez de generar basura, de esa calle se genera compost?, ¿cuánto impacta nuestros desechos en la preservación del planeta?, ¿dejaré algo de planeta para los hijos de mis hijos?, ¿cuánto tardaremos en descubrir qué hay en Marte?, ¿cuánto costaría viajar hacia Marte en el futuro? ¿y si se instaura un mercado al aire libre, orgánico, bien puesto, para los vecinos de esa comunidad y se utiliza las instalaciones ya cimentadas del mercado vacío para crear habitaciones que las utilicen las personas que duermen en las calles de ese barrio?, ¿y si retrocedo el tiempo unos dieciséis minutos atrás para no estar llegando tarde a mi jornada de trabajo?

Lo hago siempre, cada día. Llegar tarde al trabajo, no, ¡eh! Eso no sucede con regularidad. Me refiero a la proyección mental. Eso le pasa a mi cabeza todos los días, incluso durante el trabajo. Me hago preguntas de todo lo que veo. Hago preguntas hasta de las preguntas. Luego vienen las respuestas. Sería incompleto de mi parte no caminar hacia las respuestas. Pero debo confesar que lo que me causa real emoción es la etapa de preguntas. Me sorprende las cosas que salen del pensamiento. A veces me río sola y no es porque recordé mis propias picardías, sino porque -de las preguntas- se convergen escenarios tan frenéticos que mi cerebro solo puede reír.

Me gusta que las preguntas me hagan pensar porque lo fácil sería, simplemente, criticar. Vería una calle llena de vendedores ambulantes y diría en voz alta: “¡Qué sucia que es la gente en Guayaquil!”. Y se acabó. No habría reflexión o razonamiento. No tendría entrenamiento adecuado para crear una opinión responsable. Sería como las personas que gritan “chantón” antes de llenar la última columna, solo porque quieren ganar sin ganar. Me anticiparía a dictaminar un veredicto sin -al menos- darle el beneficio a la duda. Sería una pena.

Lo que pasa realmente con esa anticipación es que alcanza a los demás. Imaginemos que mi expresión sucede en un carro lleno. Imaginemos que digo: “¡Qué sucia que es la gente en Guayaquil!”, mientras viajo con mi madre, mi sobrino menor y mi tío. Es muy probable que a mi madre y a mi tío no les repercute mi opinión, porque son adultos que han vivido durante muchos años en la ciudad, que han visto como se ha regenerado varios barrios urbanos y que tienen evidencia real sobre cuánto ha mejorado Guayaquil como para considerar que, hoy en día, la gente sigue manteniéndose sucia. A dos adultos con pensamiento crítico formado es difícil cuestionar. Pero ¿qué hay de mi sobrino menor? ¿qué le causa, a él, mi expresión? ¿soy responsable de lo que va a pensar él, durante su crecimiento, sobre la sociedad guayaquileña? La respuesta es sí. Sí, lo soy. Y, ¿qué pasa si no es mi sobrino menor, sino un adulto que no ejercita su criterio? ¿soy responsable de lo que él vaya a creer? La respuesta sigue siendo: sí. Sí, lo soy.

No pretendo ser la más dramática. Seguramente estoy causando que estas mismas letras se corten sus propias venas. Pero, a mi parecer, no se puede ir por la vida pensando que mi burbuja no revienta la burbuja del otro. O se puede, pero con el riesgo de terminar sin aire en mi propia burbuja. Y, justamente, para entender por qué es necesario el ejercicio de la razón, es que he puesto el ejemplo de mi día a día. Creo que la opinión es una proposición que se construye de varias ideas, que supone un cierto grado de conocimiento pero que reconoce que no posee la verdad absoluta. La opinión construye -primero- pero admite -después- una importante posibilidad de error, porque no se establece como una certeza. La opinión es beneficiosa para uno mismo, más que para el otro.

Por eso me halaga cuando mi padre me dice “opinóloga”, porque -aunque su intención es jugar al invento de palabras- este neologismo realmente significa quien estudia las opiniones del resto y no quien emite una propia. Es decir, mi padre cree que yo estudio todo y que no me limito a ser un simple “opinante”. Y eso, para mí, es un mimo paterno. ¡De lujo!

Cuando se tiene claro que las opiniones suelen crearse desde la subjetividad, se comprende que siempre hay un “más allá”; o, al menos, casi siempre. Hay casos y hay casos. Pero, para cada caso, debería haber un “más allá”. Sería lo ideal. Después de la opinión, viene la razón. Si nos quedamos solo en la opinión, habría un riesgo grande de limitar el razonamiento y, peor aún, habría una fuerte amenaza de crear falsificaciones de pensamiento. Traigamos de vuelta el ejemplo de mis mañanas: si me quedo en el “¡qué sucia que es la gente en Guayaquil!”, no estoy ejercitando mi mente; al contrario, la estoy llenando de carbohidratos difíciles de digerir.

Si me detengo con esta opinión, ¿cómo voy a descubrir lo que realmente pasa en ese barrio? No podré descubrir los motivos de esas personas; de pronto, están en la calle porque no pueden estar en el mercado. Quizá, están en la calle porque les cuesta mucho dinero cambiarse al mercado. Puede que necesitan de alguien que les ayude a establecer su mercado. Y, en el peor de los casos, de pronto -simplemente- les gusta trabajar en la calle y no en el mercado. Hay tantas posibles respuestas. Hay un fenómeno muy interesante por investigar desde ese barrio. Pero, si no ejercito la razón y me limito al prejuicio y a la opinión, ¿cómo podré descubrirlo? Por cierto, la calle es real y está al inicio de la Avenida Carlos Gómez Rendón, bajando el Puente Patria.

Me gusta traer a mención lo que pensaba Platón sobre la opinión. Es una forma de conocimiento que se fundamenta en la percepción (mundo sensible) y sabe -solo- de las cosas espacio/temporales, de las entidades corporales, y, en la escala de todos los conocimientos, es el género de conocimiento inferior. Lo que creían los hombres encadenados en la conocida caverna de Platón sobre las sombras proyectadas en la pared, era solo una opinión. No era la realidad. Y así nos pasa a nosotros, a menudo. Nos quedamos con las sombras y no buscamos la verdad. En vez de ejercitar nuestra razón, nos quedamos con las primeras impresiones, porque somos cómodos y vagos y preferimos -en muchas ocasiones- evitar la fatiga. Convivimos dentro de una sociedad que, usualmente, no fomenta el razonamiento. Vivimos entre personas que no solo opinan en reuniones sociales; lo hacen a gran escala, incluso lo suficientemente extenso como para tornarse influyentes en la construcción de la opinión pública. Lo que es peor aún, hay quienes no dicen sus opiniones al azar, pero que creen y se convencen en la intención de aquellos que opinan con micrófono en mano.

¿Por qué es necesario el ejercicio de la razón? ¿Por qué revisar una razón? ¿Qué es la razón? ¿Cuánto vale mi razón? Es necesario el ejercicio de la razón porque, primero, nos estimula a fundamentar nuestras ideas en conceptos válidos, reales y elaborados desde varias comprobaciones y, segundo, porque nos convence de la necesidad de incorporar varias configuraciones a nuestro pensamiento crítico y no utilizar -solo- las herramientas de reflexión más rápidas y desechables. Cuando pensemos dentro del ejercicio de la razón, no estaremos reflexionando del texto, sino que incluiremos elementos del contexto, de la intención, de la conclusión y de la formulación del autor. Analizaremos su profundidad, su alcance, emitiremos una crítica elegante, como los ternos que tienen en las vitrinas de Hugo Boss. Aprenderemos de aquellos que acostumbran a emitir juicios objetivos y, por qué no, de quienes pasan la vida comentando sobre juicios subjetivos. Será difícil que nos vendan un Huawei por Samsung, porque tendremos tan claro el concepto de razón, que las verdades y falacias que recibamos serán diferenciables aún con nuestros ojos cerrados. Finalmente, sabremos cómo y cuándo hacer valer nuestra razón, porque conoceremos lo que valemos y cuidamos lo que valen los demás. Cierro con lo que el abuelo de mi padre le enseñó a él y lo que -de seguro- enseñaré a los hijos de mis hijos: “Si a viejo quieres llegar, ver, oír y callar”, porque, al callar, se da paso al acto de pensar; y, cuando se piensa, se razona, y, en la razón está el gusto de la vida bien vivida, de esa vida que no se quiere dejar de vivir.

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

12 comments

  1. Hija de Tigre…Paredes. Buenazo el articulo!!!

  2. Mélida Plúas

    Excelente artículo Lizzeth. Hiciste que ejercitara la razón. Gracias.

  3. Excelente pluma muy buen artículo, no podría ser de otra manera

  4. Gabriela Lalama

    Excelente artículo… para reflexionar!

  5. Rafael Dunkley

    Lizzeth, mi Princesa y «sobrina» querida, comparto con tus Padres, la emoción y el orgullo, de saber, que te haz convertido en una profesional, muy talentosa, con una sólida formación y educación, que te han dado las herramientas necesarias para ejercer, el análisis objetivo, el pensamiento crítico y el razonamiento de profundidad compleja.
    Pero así, como es cierto que nos moldea y somos producto del entorno -exo- en el que nos desarrollamos, también lo es, lo que la genética-endo- nos aporta, al nacer.

    Ciertamente, somos la evidencia constatable, de la existencia de quienes nos antecedieron, y nos legaron toda esa evolución, de la que disfrutamos hoy, y de la que hacemos uso, para seguir y continuar, construyendo la «Realidad», según como la entendemos, desde nuestra perscepción.
    Esa Realidad, cuando la construimos «bién», para nosotros y para los que nos precederán, está forjada, con las más importantes herramientas, la Inteligencia del Cerebro, la Valentía del Corazón, y la Determinación del Coraje, y tú las tienes,….¿ de todas ?….Todas !!!
    Por tanto, como dice la leyenda en el ingreso principal de una muy antigua Universidad, » Lo que Natura no da, Salamanca no otorga «.
    Orgullosos y satisfechos, deben y pueden estar tus Padres, por toda la «Natura», con la que te «forjaron».
    La «Facultad»…faculta !!!, pero no garantiza, capacidad de «Discernimiento», ni «Criterio», eso se logra, «Ejercitando la Razón»……

    En hora buena querida Princesa, veo desde yá, a una excelente Articulista, Ensayista, Editorialista y porqué nó, a una Gran Escritora, que hará reflexionar a la Sociedad, y que dejará profundas huellas en el Intelecto y Cultura Humana.

    Te deseo un esplendoroso porvenir, lleno de logros profesionales y metas éxitosas, pero por sobre todo, que la vida te depare, el verdadero triunfo, el de haber sido Felíz.

    Un Inmenso Abrazo, por Siempre, Lizzeth.

    R.D.

  6. Aurelio Paredes

    Sus palabras son una hermosura 🙂 Gracias por ese apoyo, ¡desde siempre! Siempre nos hemos sentido respaldados por usted y Anita. Los queremos muchísimo más. Qué gusto que le gustó el texto 🙂 Espero que se anime y nos de una notita suya también para publicar, porque escribe muy hermoso. Un abrazo grande y nuevamente: ¡gracias por ese apoyo!
    Atentamente: Lizzi

  7. Aurelio Paredes

    ¡Gaby! ¡Qué gusto tenerte por aquí! Gracias por tus palabras, espero que te guste la página y que seas una lectora contenta por todo el material que tenemos aquí 🙂 ¡Un abrazo!

  8. Aurelio Paredes

    ¡Muchas gracias por sus palabras, Tío! Qué gustazo que haya leído el artículo y que le haya gustado. Espero que toda la revista sea de su agrado 🙂 Un abrazo!
    Atentamente: Lizzi

  9. Aurelio Paredes

    Muchas gracias, Mélida. Qué gusto que le haya resultado interesante el artículo. Estaremos publicando más en el transcurso de esta semana. ¡Que siga con nosotros en este camino! Muchos abrazos
    Atentamente: Lizzi

  10. Aurelio Paredes

    Muchas gracias por sus palabras, Luis. Es una alegría que haya disfrutado del artículo 🙂 Estaremos publicando muchos más y esperamos contar con su seguimiento. Un abrazo.
    Atentamente: Lizzi

  11. Felicitaciones Lizzy!! Definitivamente lo que se hereda no se hurta. Excelente artículo!! Muchos éxitos!

  12. Que hermosa felicidades! Tiene a su máster ahí bella buen pie linda felicidades!!???❤ bello articulo así se empieza ??

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