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EL MATRIMONIO IGUALITARIO

De entrada: no me gusta la mariconada. Yo soy de mente abierta y de culo cerrado. Tengo amigos homosexuales, como tengo amigos heteros, bisexuales, lesbianas, travestis y trans. Los respeto como seres humanos, a algunos los quiero mucho. De hecho, uno de mis mejores amigos es gay y lo quiero muchisisisímo y lo frecuento muchísimo también. Pero hasta ahí. Los respeto, no comparto su forma de vida, pero los acepto y les guardo consideración y afecto como personas más allá de lo que hagan con su cuerpo.  Al fin y al cabo, a los que les duele y disfrutan es a ellos, no a mí. Los respeto. Y en eso creo que debe estar la clave, en respetar.

No comparto sus conquistas. No creo en ellas. No estoy de acuerdo con el matrimonio igualitario. Fui criado con otros valores en el que la familia es el eje principal, y la familia la conforman hombre y mujer que procrean o adoptan, si la naturaleza no los beneficia con el don de ser padres. Como me hizo notar mi amigo Patricio González. ¿A quién se festeja el domingo? Se refiere al festejo del Día del Padre, padre que nació de la unión de un hombre y una mujer. Pero duélale a quien le duela, moleste a quien moleste, ofenda a quien ofenda, fue una disposición legal y punto. Disposición no del todo apegada a la ley, quizá hasta contra la ley para algunos juristas, pero ley al fin. Quizá hecha como una cortina de humo para tapar tanta corruptela y tanta decadencia social.

El punto es que la consiguieron, trabajaron por ella, lo lograron y ya la tienen. Fue su conquista. Es su derecho. Ley polémica, acertada, equivocada, adecuada, lo que sea, pero se les dio.  No soy quien para oponerme, no soy quien para criticarlos, no soy nadie para juzgarlos o censurarlos y como dice jocosa e irónica y realmente mi pana Paola: “todos tenemos derecho de cagarnos la vida, incluso con el matrimonio”. Pienso que es su vida y no creo tener derecho a decirles cómo manejar su vida y esto incluye a su situación sentimental. Por último, más allá de no estar de acuerdo, no puedo hacer otra cosa. No está a mi alcance hacerlo. Si estuviera a mi alcance, otro fuera el cantar. Pero no lo está y mientras no esté, allá ellos. No los voy a joder, no los voy a censurar, no los voy a criticar, no los voy a juzgar. No me compete hacerlo.

Sé que lo que voy a decir, mejor dicho, a escribir, puede ser criticado y aceptaré las críticas, si estas vienen con altura y respeto, pero voy a ser bien egoísta y si quiere “quemeimportista”, “quechuchista”.  Y voy a pensar solo en mí y por mí, y estoy en mi derecho a hacerlo: a mí, este hecho (matrimonio igualitario) no me afecta. No me quita ni me da, mi vida sigue exactamente igual. No cambia en nada, ni en lo económico, ni en lo personal, ni en lo profesional, ni en lo moral, que dos seres del mismo sexo se unan. Allá ellos. Mientras no me afecte a mí o a mi entorno, allá ellos.

Y si no me afecta, ¿por qué, hacerles la guerra? Para empezar, y cada uno póngase la mano en el pecho y no se mienta, si quiere ser moralista, tenga su moral bien puesta. Si es mal padre, mal esposo, mal hijo, traiciona siendo infiel a su pareja, traiciona a sus amigos estafándolos, quitándole la pareja, el trabajo o sus pertenencias, hablando mal de ellos; si es mal empleador explotando a sus colaboradores; si roba, mata o manda a matar, si incumple los mandamientos de Dios al que dicen amar, no pueden ni deben decir una sola palabra. No tienen calidad moral para hacerlo. Porque es peor cualquiera de los actos mencionados arriba, que tener sexo con alguien de su mismo sexo, valga la redundancia. En todo caso, que hablen, y tienen derecho a hacerlo, los que obran bien y están libres de pecado. Si es que existen los que no pecan. Que hablen ellos y que calle el resto.

Creo que, como todo en la vida, hay que ponerse en los zapatos ajenos. ¿Han pensado en cómo se sentirán los padres, hermanos, hijos, abuelos etc. de los que tienen otra tendencia sexual diferente a la nuestra? Ellos, seguramente, deben sufrir y mucho, deben desaprobar lo que hace su ser querido, deben llevar su propia cruz. Demasiado tienen con el dolor de su familiar distinto a ellos, como para sumarse una pena más con el rechazo de la sociedad. Y peor aún. ¿Se han imaginado por un instante, que pasaría, si la vida nos hubiese “castigado” con un hijo, un padre o un hermano en esa condición? ¿Qué harían? ¿Qué haríamos?, ¿Lo desampararían, lo botan a la calle, lo deshereda o los niega y los declara muertos en vida?

Piense. No todos tenemos la fortuna y la bendición de tener una familia normal. Si fuesen ustedes los que tienen un familiar así, ¿cómo verían la problemática? No nos rasguemos las vestiduras. Nos guste o no, y a mí no me gusta y no estoy de acuerdo con el matrimonio igualitario, ya está y va dirigido a seres humanos diferentes a nosotros. Y quiera o no, me toca respetar a cualquier ser humano que merezca respeto. Obvio, un violador, un asesino, un delincuente, un político ladrón, un inmoral, no merece mi respeto y se gana mi repudio. El respeto no es ni debe ser para todos. Hay lacras que no merecen ser respetados. Éste no es el caso. Este es el caso de dos personas que aman a alguien del mismo sexo y deciden unir su vida al ser que aman. Que es distinto a nuestra condición, sí. Que es antinatural, también. Que está contra la Ley Divina, también. Pero no creo que la Divinidad los desampare. Creo que la clave está en ser tolerante y respetar. Y, por último, como dice mi pana “La Concha”: “cada uno tiene derecho de hacer de su huevo, un clavel y de su culo, un florero”.

Se tenía que decir y de dijo.

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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