MI BARRIO. EL CENTENARIO

El Centenario. Un recorrido por las calles de la nostalgia de ese sur querido y añorado. Las casas y sus familias, las galladas, las actividades, las aventuras y la famosísima Olimpiada, en una nota larga, bastante larga, tan larga como los recuerdos, pero tan sentida como el amor barrial.  Si quiere entrar en ese túnel del tiempo y no le molesta leer 18 páginas, entre. Está invitado. Recordará mucho, se lo aseguro.

El BARRIO (así, con mayúsculas). ¡Ah, el barrio! El barrio, los barrios, están adheridos a la piel de Guayaquil, como la sangre a las venas, como el balón al fútbol, como el pescado al encebollado, como los principios morales al ser humano. Son parte de la misma naturaleza del Guayaquil de antaño, claro, porque en el Guayaquil de hoy, el barrio no es lo mismo. Y no es que el barrio haya cambado, cambió la gente. Hoy en los barrios, al menos en los de clase media alta y alta para arriba, los vecinos casi no se conocen, ni se saben sus nombres y en algunos casos ni se reúnen. Peor, se ayudan. Las nuevas generaciones y su “modernismo”, los centros comerciales, el peligro de la inseguridad, la descomposición social y nuestras conductas, “mataron” los barrios. Yo mismo, soy ejemplo de ello. Volví a mi barrio, El Centenario, que me vio crecer, muchos años después. Ya no vive casi nadie de los de mi época de juventud. Hoy, ni conozco a los vecinos. Ya no parece el mismo barrio, aunque lo sea. Todo cambió. Pero esa es otra historia.

La historia que voy a contar, es la historia de muchos ex jóvenes, de aquellos que crecieron en los barrios, antes de los noventa. En el Guayaquil de mis años mozos, no puede hablarse de la vida cotidiana, de la vida de uno, si no se habla de los barrios, pues fueron ellos los que forjaron la vida de sus ciudadanos. El barrio, la calle, la esquina, fue el ADN del guayaquileño de entonces, el ácido desoxirribonucleico que nos marca la genética “guayaca”. “Guayaca”, entre comillas, porque según el diccionario, guayaco es un examen de laboratorio, mejor no decir de qué y guayaca es una bolsa.  Pero apartándonos de la gramática, el barrio fue nuestra vida. Así, nuestra existencia se desarrollaba en la barriada, que era como un tercer hogar, luego de la casa y el colegio y para algunos, el primero. Allí en la esquina, afuera de la tienda, en el portal de la casa más grande, en la calle más o menos transitada, en el punto clave o donde se nos ocurría parar, los jóvenes del sector hacíamos la vida.

Uno por aquella época se crió en las calles. Yo me crié en ellas y hay una razón. Un día la vida me “dirigió la palabra” y me dijo: “Hable ahora o calle para siempre” y yo preferí la calle para siempre. Así, en el barrio se hacía todo o para ser exacto, casi todo. En la barriada, se hacía deporte. Las calles con dos piedras como arcos o los más organizados con porterías de tubo o hierro, eran el mejor estadio de fútbol del mundo. ¡Qué partidazos que se armaban!

Las calles, muchas, por entonces, sin asfaltar, eran las pistas en las que hacíamos carreras de patineta, monopatín, moto o bicicleta; el torneo de atletismo, en el que la prueba de 100 metros era correr una cuadra, la de 400, una vuelta a la manzana y el salto largo, brincar lo que más se pueda. La calle, era también la cancha de vóley con una soga como red o la de badminton con esas campanitas que fungían de bola, o las beisbol en la que jugábamos con bate de madera y pelota de tenis y en la que cada poste de la esquina era la base.

El barrio era también, la sede social.  Allí se hacían las fiestas callejeras con orquesta y baile y se elegía la reina del sector con las guapuras de las casas aledañas; las mañanas deportivas en la que se ponían cintas de un lado a otro con los colores de la bandera de Guayaquil y en las que además del indor, se hacían juegos tradicionales como:  palo encebado, el torneo de las cintas en bicicleta, la carrera de ensacados, concursos de yoyo, trompo o pepo, y los mayores,  de naipes con el juego de poker, 21 o 40. Y claro, el barrio también era la sede social de la bohemia, donde se jugaba barajas y se levantaba el codo hasta que el cuerpo aguante o hasta que salga alguna vecina “metida” a cortar nota, llamando a la policía. Y si querías divertirte, en el barrio estaban los billares, cantinas, discotecas, cabarés, fuentes de soda, restaurantes y cines. Cada barrio tenía uno. En el mío no había billares, cantinas y cabarés, los había a pocas cuadras, saliendo a la periferia.

En el Guayaquil de ayer, lo que identificaba a cada barrio, era su cine. En el Centenario estaba el Inca, de propiedad de la familia Espinoza y justo a la vuelta de mi casa, en otro barrio, el cine Cuba, que era al aire libre y cuya proyección podía ver desde mi casa a través de la ventana del cuarto de al fondo. Es que los barrios tenían de todo: colegios, escuelas, iglesias, tiendas, boticas, tercenas, bazares, librerías, panadería, sastrerías, mecánicas, gasolinera, salones, restaurantes, peluquerías y hasta cabarés.

¡Ay!, ¡el barrio! Si las calles de Guayaquil hablaran…

La vida del barrio nació con Guayaquil, de los tiempos de los años veinte al sesenta. Sé, porque he leído, porque me lo contaron mis abuelos y mis padres o los padres de mis amigos. De eso no fui testigo. Fui testigo y testigo viviente, sí, de la vida barrial del 70 a inicios de los 90, década en que empezaron a “morir” los barrios. Sí, morir entre comillas, porque los barrios no han muerto, están ahí pero sin vida, que no es lo mismo que morir, aunque suene y parezca igual

 El inolvidable Barrio del Centenario

Mi barrio, era el Centenario en el sur de la ciudad, reconocido por los historiadores de Guayaquil, como el primer barrio residencial. Según información del Municipio, se ubica en la parroquia Ximena, entre las calles El Oro al norte, Francisco Segura al sur, Rosa Borja de Icaza al este y Bogotá, al oeste, comprende 26 manzanas, en las que hay 308 viviendas, incluidas 51 de los años veinte, consideradas patrimonio histórico. Por esta delimitación, al terminar el barrio en la Pancho Segura, yo no sería del barrio, por dos cuadras, ya que yo viví en Rosa Borja y la C. ¿Cuál será mi barrio, entonces? Pues el Centenario, porque así los límites no lo quieran reconocer, yo soy del barrio. Punto.

Nacido allá por los años 20, cuenta la historia que la idea de construir el barrio nació de Rafael Guerrero Martínez y Juan Aguirre Oramas en 1915, cuando empezaron a comprar lotes en el sector de la hacienda La Esperanza, propiedad de la familia Chambers Vivero y terrenos que habían sido propiedad del Jockey Club.  El barrio fue finalmente construido en 1919 como el primer barrio urbanizado de la ciudad. Fue bautizado con el nombre de «Centenario» en conmemoración de los cien años de independencia de Guayaquil. Las primeras casas del sector fueron construidas por arquitectos e ingenieros italianos y eran dirigidas a las familias más pudientes de la ciudad. En la actualidad aún se conservan muchas de las mansiones de la época. Eran los años de las familias Guerrero, Plaza, Icaza, Estrada, De Prati, López, Noboa, Baquerizo, Arosemena, Robles, entre otras.

Según publicaciones del historiador Ángel Emilio Hidalgo, “el proyecto surgió como resultado de la presión demográfica que vivió Guayaquil en plena etapa del boom cacaotero (1880–1920), razón por la cual, las élites locales concibieron la ampliación del límite urbano más allá de la actual calle El Oro”. Según cuenta el historiador de la arquitectura, Florencio Compte, al principio sólo se construyeron seis casas, pues se consideraba al sector, muy distante del centro de la ciudad. Fue a partir de 1930, cuando la ciudad había crecido hacia el sur, que el Centenario se empezó a poblar. En su creación hay algo anecdótico y especial. Según narra el estudioso Hidalgo, por esos años se expidió un reglamento que establecía que “únicamente los guayaquileños de alcurnia podían habitar el barrio”. La disposición, dice, reflejaba el pensamiento clasista de la entonces sociedad guayaquileña en la que “prevalecían criterios de distinción social, basados en el linaje étnico– racial de una aristocracia porteña que creaba leyes, en el marco de estructuras sociales de carácter señorial que es propio de las sociedades premodernas”. Menos mal no nací en esa época, porque cholo como soy, jamás hubiera podido vivir allí.

Cuentan las historias, narran las leyendas y dicen las verdades que los primeros años del barrio eran tiempos de tranvías que en el sur llegaban hasta las calles Chile y Colombia, por el sector del barrio del Astillero, de solares de sarteneja molida, de pocas casas y de haciendas con extensas áreas que servían para pasear en caballo. Época en la que aún no existía la televisión y en la que la distracción de las amas de casa de la época, de ese antaño nostálgico, era escuchar las novelas radiales, como la famosa novela Camay de la que tanto hablaban mi abuela y mi madre. Eran muy pocos los propietarios de vehículos que transitaban en calles sin pavimento. Época que se cocinaba con kérex y en la que en cada casa no podía faltar el hoy casi desaparecido guardafrío en el que se conservaban los alimentos, pues las neveras no entraban aun en la imaginación de la mente más progresista.

Era la época en la que nuestros abuelos primero y nuestros padres después tenían la grata costumbre de visitarse entre vecinos y en la que se compartía mucha unidad. En la que se intercambiaban postres o platos tradicionales de nuestra gastronomía como la fanesca o la colada morada, que se hacía en ollones para brindar a todo el mundo. Era también la época de la vida estudiantil de doble jornada, en la que las familias almorzaban juntas. Tiempos del pan de la tarde con café con leche, meriendas diarias con arroz y menestra, de comprar la carne en la tercena del barrio y de llevar del mercado la gallina viva para emborracharla, matarla, desplumarla en un ritual de terror, pero que servía para ponerlas en nuestra mesa como apetecido manjar. No había por entonces los pollos que hoy se compran en los comisariatos y que ahora consumimos. Definitivamente, otros tiempos

Tiempos que cambiaron con el paso de los años en los que las cosas empezaron a tomar otro matiz. Así, para 1962, ya había en el país los televisores en blanco y negro, en los que los televidentes de esa época le ponían los colores con su imaginación. Tiempos en que se empezó a facilitar la movilización y empezaron a rodar los buses y colectivos, unos vehículos de madera con ventanas sin vidrios y al aire libre. Por el barrio pasaban la 1 que llevaba al centro, la 3 que iba para el suroeste, la 9 que iba al sector de la Universidad Católica, la 12 que llevaba a Urdesa, Miraflores y los Ceibos y la 13 que salía a las periferias. Tiempos en que no escribíamos por WhatsApp “estoy afuera”, sino que pegábamos un chiflido o gritábamos a voz en cuello el nombre del amigo al que a buscábamos, antecediendo la letra A al nombre. Tiempos “idos y no volvidos”, decimos con gracia.

Llegué al barrio Centenario 47 años después de su nacimiento, en 1966, cuando tenía seis años de edad y viví hasta los 29 (1989), en que me casé y me mudé. A mis 55 (2015), volví a mi barrio querido, el Centenario, pero ya nada es igual. Por eso me quedo con el Centenario de mi alma, el de mis años mozos. Y conste que no digo el de mi época. Porque ésta, la del siglo 21, sigue siendo mi época, porque que yo sepa, no me he muerto. Los tiempos actuales son también mi época, época de cincuentón y medio, pero época al fin.

Como contaba arriba, llegué al Centenario a los seis años y mi vida empezó a hacerse en el colegio de mi barrio, el Cristóbal Colón, de los curas salesianos, ubicado en la misma calle de mi casa (Rosa Borja), a seis cuadras de distancia. Casi medio barrio estudiaba ahí, por eso tengo una vivencia, que es vivencia de muchos de ese sector. Los amigos del colegio, incluso los compañeros de aula, eran también los mismos amigos de la zona en que parábamos, así que imagínense la parcería que puede nacer entre niños, primero y jóvenes después que se ven desde los cinco años de edad, de diez a quince horas diarias. Por eso el barrio llegó a ser como la casa de uno, o quizá más.

El barrio, sus calles y las familias

El barrio era, por entonces, un lugar romántico y señorial en el que casi todos se conocían, uno caminaba por las distintas calles de norte a sur y de este a oeste y sabía que familias habitaban allí. Quizá no se era amigo o no se conocía a todas, pero se sabía quién vivía allí. Hubo también algunas familias que se cambiaban de casa en el mismo barrio, pero uno sabía que familia la ocupaba en el momento determinado.

Así casas más, casas menos y considerando que las villas esquineras ocupan dos calles, podemos hacer un recorrido geográfico por la ruta de los recuerdos y la avenida de las remembranzas en mis inolvidables 60 y 70 para saber, por ejemplo, que en dirección de las calles principales, la Rosa Borja de Icaza, mi calle, la más transitada del barrio, denominada así en honor a la escritora, ensayista, socióloga y compositora guayaquileña Rosa Borja Febres-Cordero de Icaza, casada con Alberto Icaza Carbo e hija del doctor César Borja Lavayen, médico y político y de Ángela Febres Cordero Lavayen. En dirección este – oeste, empezando en su intersección con la calle el Oro y llegando a la D (hoy denominada Aurelio Carrera Calvo), donde terminaba por ese entonces el barrio, en la vía donde queda el emblemático colegio Cristóbal Colón y la iglesia María Auxiliadora y en la que estaban la tienda de Jacinto, el bazar Bugs Bunny de la mamá de mi compañero de colegio Johnny Haro (+), la fábrica de vidrios y el aserrío del maestro Ibarra, frente a la casa de mis padres. Sabías que entre las dos aceras, estaban, entre otras: las casas de las familias Solorzáno, Romero, Paulson, Ycaza, Intriago, Calvo, Vinueza, Ponce, Estrada, Isaías, Lamparelli, Tanca, Rodríguez, Baquerizo, Gallese, Molestina, Fernández, Morla, Arroyo, Guzmán, Riera, Fabara, Patiño, Gutiérrez, Soro, Bruno, Arcos, Salvador, Álava, Pincay, Cazar, Paredes, Cepeda, Parra, Lascano, Romero, Iturralde, Hidalgo, Borja, Ramírez, Parenti y Henriques y así por el estilo.  Al terminar la primera cuadra de esta calle, hay una intersección que se denomina Callejón Daule y en la que queda la parte lateral de la iglesia María Auxiliadora.

En la misma dirección, si ibas por la calle Argüelles llamada así en honor al abogado, político y diplomático español Agustín de Argüelles Álvarez, apodado “el Divino” por su oratoria durante las Cortes de Cádiz, quien fuera presidente de las Cortes y tutor de la Reina Isabel II, en esa rúa adornada de hermosas y frondosas palmeras que daban sombra y protegían de la lluvia o el sol, en la que quedaba el por el entonces único centro comercial del barrio, el Sul América, que tenía en su interior al cine Inca, el Milko, las panadería, peluquería y boutiques y en la esquina, el supermercado Más por Menos. En esa calle en la que  encontrabas mansiones de ensueño y en la que a la altura de Oriente, casi una manzana era un solar vacío que lo convertíamos en cancha saltándonos la cerca y que al urbanizarse vivieron los Jiménez, Nogales y Gamboa; estaban las casas de los Bruno, Ortega, Coronel, Aspiazu, Solá, Elizalde, Limongi, Alcívar, Franco, Lisken, Stagg, Sánchez, Bustos, Roldós, Ycaza, Trujillo, Coronel, Sonne, Noboa, Nieto, Aray, Plaza, Borges De Prati, López, Maino, Proaño, Maspons, Lingen, Aguilar, Nogales, Iturralde, Carbajal, Johnson, Mata, Jurado, Asanza, Zeller, Cordero, Soria, Correilla, Sabando, Ramírez, García, Cárdenas, Morales, Suárez, González, Chevasco, Behr, Gómez, Chiriboga y Alvarado. Y a la altura de la calle D, estaba el callejón Coning de una sola cuadra donde vivían los Úraga, Dunkley, Baquero, Aguayo, Salvador y Pérez.

   La señorial calle José Salcedo, llamada así en homenaje al filántropo José Salcedo Delgado, empezando en El Oro y terminando en la D,  tenía y tiene  en su recorrido caserones de buen gusto y distinción. En el inicio de esa vía, quedaba la casa de la Zona Naval, ocupada durante años por mi tío Efraín con su esposa Lucha y mis primos (sus hijos) Patricio, Ernesto, Andrés, Marcelo y Verónica, en la que yo viví grandes momentos, disfrutando de la piscina y sus amplio patio en el que  solíamos jugar lo que se nos ocurría. Al frente estaba la academia de inglés Berlitz que luego fue Bénedict, de grandes recuerdos para muchos, más que por lo académico, por lo farandulero. Esa calle tenía entre otras casas a las familias Yerovi, Neal, Azar, Ortega, Quintana, López, Ayala, Stevens, Wright, Aray, Plaza, Brubaker, Johnson, Icaza, Roldós, Espinoza, Valero, Daluz, Valdiviezo, Parker, Sempértegui, Alvarado, Salcedo, Ortiz, Rosales, Amador, Mata Salvador, Baratau, Samán, Sotomayor, Valverde, Garzón, Hidalgo, Vélez, Silva, Wood, Morán, Paredes, Aspiazu y Chiriboga.

La calle Dolores Sucre, denominada así en honor a la poetisa y escritora guayaquileña Dolores Sucre y Lavayen, hija del coronel José Ramón de Sucre y Mercedes Lavayen y García, y sobrina del General Antonio José de Sucre, el gran Mariscal de Ayacucho y prima de César Borja Lavayen, que tiene como sede al colegio Liceo Panamericano, en el que estudiaban mujeres hermosas, de las mejores de la ciudad y en la que quedaba la tienda “El Ringo”, en el que paré por muchos años y viví una de las mejores etapas de mi vida, cobijaba sobre sus aceras a las familias: Maruri, Bowen, Ponce, Albán, Vélez, Estrada, Tanca, Iturralde, Arcos, Meneses, Daluz, Ginatta, Alcívar, Díaz, Torres, Noboa, Aguirre, Arosemena, Cornejo, Peet, León, Lamparelli, Roca, Roldós, Arévalo, Zea, Posada, Ramírez, Ortega, Marangoni, Granja, Sánchez, Parra, Costa, Avilés, Salem, Serrano, Villamar, Molestina, Bellés, Ferreti y Mármol.

La calle 6 de marzo, denominada así, en honor a la fecha de la revolución marcista desarrollada entre el 6 de marzo y 17 de junio de 1845 que puso fin a las intenciones del primer ex presidente del Ecuador, el general venezolano Juan José Flores, quien quería modificar la Constitución con el fin de perennizarse en el poder y hoy popularmente conocida como “la calle de los Años Viejos”, por vender los monigotes en fin de año, y también sede del colegio Liceo Panamericano en su parte trasera, tenía como moradores entre otros a las familias Vélez, Estrada, Castro, Sheppard, Coronel, Arosemena, Noboa, Molestina, Jurado, Grau, Zambrano, Pérez, Robles, Isaías, Estrada, Gallardo, González, Menéndez, Arosemena, Oviedo, Norero, Icaza, Samán, Baquerizo, Grau, Cheing, Patiño, Salmon, Vidal, Coello, Parra y Basurto.

Cerrando el recorrido este – oeste, en la última calle que cobija al barrio en esa dirección, la Bogotá, llamada así por la capital de Colombia, en la que había un pequeño sector comercial entre las calles Nicolás Augusto González y O´Connor, donde quedaba el supermercado el Rosado (hoy Mi Comisariato), la tienda de Don Lucho, la marisquería “Don Pipo”, el restaurante “La Jaiba”, vivían las familias: Bejarano, Ormaza, Coronel, Constante, Bruno, Orcés, Guzmán, Zamora, Spurrier, Ziadé, Guevara,  Drouet, Jurado, Espinoza, Pérez, Trujillo, Gilbert, Rodríguez, Samán, Vera, Gómez, Fabiani, Koppel, Navas y Parra.

Las calles transversales que van de norte a sur, también tienen sus historias y también invoca a un recorrido geográfico por la calle de la nostalgia y la avenida de la añoranza. Considerando que ya se nombró las casas esquineras de algunas familias, cuyas villas dan a dos calles, podemos saber que en la primera rúa fronteriza del barrio en este sector, la transitada y popular El Oro, llamada así en honor a una provincia costeña, quedaba la academia de natación Thoret, en cuya piscina que en inicio perteneció al colegio Cristóbal Colón y que tenía como instructor al popular Cirilo, se formaron grandes figuras de nuestro deporte. Esta vía era de pocas villas, pues gran parte de ella la ocupaban varios complejos de edificios de departamentos como el “Verano” que tiene varios bloques, además que en una gran extensión está el predio de la escuela salesiana Margarita Bosco. Entre otras familias, vivían allí: los Obritz, Cabanilla, Mora Bowen, Eguez, Nébel.

La calle Maracaibo, cuyo nombre se debe a una ciudad venezolana, era una de las zonas más visitadas del barrio y sector de farándula y “muñequeo”, porque allí quedaba la academia Benedict y junto a ella el famoso Sun Set, propiedad de una doña amigable y simpática, María Elena Arízaga, en el que paraban los “aniñados” del barrio y al que acudían las mujeres guapas del sector a comprar negritos, alfajores y otros dulces que eran una delicia. Allí había casas inmensas, que ocupaban gran extensión de la cuadra. Allí, entre otras, estaban las familias Noboa, Quintana, Achi, Pozo, Mena, González, Drouet.

En la calle Nicolás Augusto González, llamada así en honor al escritor, dramaturgo, poeta y político guayaquileño Nicolás Augusto González Tola, quien fuera desterrado a Lima por razones políticas en el gobierno de Gabriel García Moreno, vivían las familias Arosemena, Coronel, Ginatta, Díaz, Espinoza, Chiriboga, Coronel, Trujillo y Ponce.

En la calle Rosendo Avilés, llamada así, en homenaje al periodista y articulista del diario “Los Andes”, Rosendo Avilés Tolozano, en la que quedaba el Supermercado El Rosado y la conocida tienda de Patricio,  vivían las familias Valdiviezo, Gómez, Hidalgo, Avilés, Baquerizo, Oneto, Aray, Florencia, Torres, Sempértegui, Arévalo, Noboa, Alcívar, Del Cioppo, Pérez, Orcés.

En la calle O´Connor, llamada así en honor del médico norteamericano, Dr. Michael  O´Connor, quien presidía la Comisión de Salubristas de Guayaquil que a finales de los años 10, estudiaba como erradicar la fiebre amarilla en el país, vivían las familias Ormeño, Macchiavello, Aguilar, García, Baratau, León, Nebot, Gallardo, Mena y  Suárez.

Esa misma calle en dos sectores diferentes, situados cada uno, en los límites del barrio, yendo de sur a norte, tiene dos calles pequeñas en la que hay pocas casas. Una de ellas, que se extiende hacia la ría, está en la intersección con Rosa Borja de Icaza, ocupando una sola cuadra, en cuya esquina, quedaba el conocido Bazar Gardenia, que vendía útiles escolares, papelería y diversos artículos que nuestras madres compraban para los regalos en nuestros compromisos. Allí vivían las familias Gutiérrez, Morla y Larriva.  La otra calle pequeña, de la O´Connor, se cruza con las intersecciones de Seis de Marzo y Bogotá. Allí vivían las familias: Mena, Suárez, Landívar, Ordóñez, Ampuero y Vizcaíno

En la calle Pancho Segura, que rinde homenaje a una figura gloriosa del deporte nacional, el tenista Francisco Segura Cano, en su tiempo número uno del ranking mundial entre 1950 y 1952, quedaban dos de los pocos edificios de departamentos del barrio como La Castellana en el que vivieron las familias Guzmán, Sabando e Hidalgo y otro sin nombre, ubicado en la zona del cine Inca, frente a uno de los lados del Centro Comercial Sul América y el Milko, en el que vivían los Suárez, Guerra, Noboa, Onetto. En las villas, vivían las familias Roca, Ormeño, Samán, Gómez, Soria, Gagliardo, Heinert y Ortega.

En la calle Oriente, en honor a la región amazónica de nuestro país y que hoy por disposición municipal se llama Tomas Wright en honor al general Thomas Charles James Wright Montgomery, oficial del ejército de Simón Bolívar y fundador de la Escuela Naval ecuatoriana, vivían las familias, Ampuero, Cifuentes, Salvador, Bruno, Gallo, Fayad, Roca, Cordero, Nogales, Sotomayor, Posada, Zea, Oviedo y Vélez.

En la calle C, por un tiempo llamada Amazonas en alusión al río más caudaloso del mundo y que hoy por disposición del cabildo guayaquileño se llama Juan Alfredo Illingwort, vivían las familias Tello, Pazmiño, Molina, Cepeda, Hidalgo, Parra, Lascano, Caamaño, Neumane, Gómez, Ceballos, Fayad, Trujillo, Rendón, Morales, Cárdenas, Mora, Sampedro, Castillo, Haro, Vélez, Valverde, Pérez, Silva, Hidalgo, Fiore, Morales, Russo, Icaza, Solórzano.

En la calle D, hoy llamada Aurelio Carrera Calvo,  en honor a un ilustre bombero guayaquileño que en su momento presidió esta Institución, vivían las familias Ramírez, López, Ponce, Gómez, González, Behr, Silva, Acosta, Baquerizo, Díaz, Basurto, Straneser, Parra, Baquerizo y Lascano.

Entre las calles D y C hay una pequeña calle de dos cuadras, denominada Acacias, en una de las cuales quedaba la despensa Ringo, testigo de mi adolescencia y sede de muchas vivencias. Allí vivían las familias Yépez, Tapia, Escala, Cucalón, Baquerizo, Granja, Castillo, Sardinha.

Ahora, con la regeneración urbana emprendida por el Municipio de Guayaquil, en una nueva propuesta urbanística, el barrio se renovó. Sus calles, hoy adoquinadas, se pintaron de rojo y las zonas de parqueo de gris, las vías internas tienen unas isletas – jardineras que le dan un toque de naturaleza, colorido y verdor a la zona. Se ampliaron las aceras y elevó el nivel de la calzada, los ingresos peatonales a las casas tienen un revestimiento rojo, similar al que se aplican en las esquinas de las zonas regeneradas. Además, y en lo que por muchos años fue el sueño de muchos, hoy hay un pequeño parque situado en las calles Dolores Sucre y Maracaibo, adornado por varias plantas que le dan un toque de encanto, que tiene una fuente de agua y un monumento al empresario Luis Noboa Naranjo.

Historias, vivencias y aventuras barriales

Este barrio al que amo tiene muchas historias, historias que las escribimos todos y cada uno de los moradores que vivimos allí. Historias escritas con letra de oro y nostalgia, en las calles, esquinas, escuelas, colegios, academias, casas propias y amigas, centro comercial, tiendas, farmacias, bares, discotecas, canchas, fiestas, galladas y todo aquello que hizo latir nuestro corazón y provocar emociones que aún años después las rememoramos con nostalgia y alegría. Es que esa zona fue nuestra vida, vida que vivimos y gozamos en el hermoso e inolvidable Barrio del Centenario.

Cuando llegué al barrio, allá por 1966, el barrio era aristocrático, distinguido, señorial con casas inmensas, caserones de cuarto de cuadra con piscina, con muchos árboles frutales y espacio para regalar. El barrio tenía la sombra de los árboles de acacias,  mango, grosella y almendra y olía a manglar, guayaba, caimito y pechiche, se percibía el olor a café colado que preparaban en las casas y en gran parte de la zona se respiraba polvo, polvo de la calle por si acaso, no sean mal pensados, el polvo químico se olió muchísimos años después.  En medio del silencio, de ese remanso de paz que pretendía ser el barrio, por entonces alejado de todo, se escuchaba la voz del vendedor pregonero que alargando sus cuerdas vocales o agrandando o cortando palabras promocionaban sus mercaderías con las que llevaban el sustento diario a sus casas. Pasaban deambulando con su producto a cuestas, tomándole el pulso al distinguido Centenario. Así, se oía el grito del ostionero que se paraba en la vereda de las casas con saquillo en mano a darle al vecino la satisfacción de degustar de la ostión recién sacada del manglar o pasaba el periodiquero o canillita gritando “El Universoooooo”, al tiempo que tiraba el periódico al portal de las casas y el rondín del afila cuchillos con su sonido clásico de la piedra que gira mecánicamente, al tiempo que con su pie calzado con zapatos kit sin cordones, agitaba una rueda para impulsar el esmeril que rozaba la hoja del cuchillo o la tijera, haciendo saltar chispas candentes.

Además veíamos pasar otros vendedores ambulantes, hoy llamados informales, a los que a casi todos, conocíamos, como: el legumbrero con su carreta llena de verduras y frutas; el carbonero con su cuerpo tiznado de negro en su carretilla desvencijada; el fresquero con su carreta abombada de botellas con jugo de coco, tamarindo, naranjilla y piña o de esencia de rosa y menta para los prensados a los que había que ponerle leche condensada arriba, al tiempo que el bloque de hielo ubicado en la carreta echaba su humo como fumador empedernido. Y estaba el que compraba “botellas vacías, periódicos viejos” que hacía sonar los ejes oxidados de una carreta, a veces repleta de planchas, licuadoras y otros artefactos eléctricos dañados y más chucherías aparentemente inservibles; el ropavejero que compraba ropa usada “la que ya no usen los niños que crecieron”, decía; el de la “Bola de maní y tu ñaña para mí”; el grosellero con sus frascos de grosella curtida y las fundas de ciruela y mango con sal; el silbido largo y pronunciado del mulato del ceviche en balde, pero en esos baldes blancos de loza, que contenían encebollado de pescado y yuca que por entonces se llamaba “languriango”; y no faltaba el camalero que llevaba atado a un palo las patas de la vaca, las vísceras y el mondongo para preparar la guata y que iba dejando un rastro de sangre en el empolvado caliente de la calle.

 Y mientras veíamos pasar a los vendedores ambulantes, había otros personajes más cercanos que nos causaban alegría, como cuando escuchábamos sonar las campanas de la carreta de helados del querido y recordado “Yango”, un viejo bonachón, amigo de los jóvenes y transporte de las chicas del barrio a quienes sobre su carretilla les llevaba la maleta y la máquina de escribir. Y no podía faltar el lotero, ese hombre pobre que guachitos en mano, vende el sueño de ganar fortunas, diciendo que tiene el número premiado en sus manos, “Lotería para luego”, gritaba. Y todavía están allí, ya ahora casi ancianos, los señores que cuidaban los carros afuera del cine Inca, Don Mario, un flaco ocurrido y comedido y Don Honorio, un señor serio, atento y servicial. Ellos aún siguen cuidando los carros que asisten a la iglesia evangélica que funciona en lo que era el Cine Inca. Y eran cuida carros de esa zona, también dos personajes pintorescos, víctimas de nuestras bromas: Marcos, el “Narizón Marcuá” y Chiricato, no me pregunten su nombre. Siempre fue Chiricato y punto. Y aunque no vendía nada, ni cuidaba nada, también pasaba una mujer mayor, encorvada de vestido largo y caminar lento, que portaba un palo en la mano y a quien se conocía como “María la Loca”, de quien se tejieron mil historias y de quien nuestros padres nos decían que venía a llevarnos en su saco si nos portábamos mal o no comíamos toda la comida.

Los vendedores ambulantes de productos que hoy casi no se comercializan eran parte de la estampa de ese barrio cercano a la orilla del río, donde estaba el mercado Caraguay para abastecer a la zona, antes de que llegara el supermercado “Más por Menos”, situado en la esquina de Arguelles y Oriente, (frente a la casa de “Gorilón” Zeller  y diagonal a la de los Cordero, grandes amigos míos), de propiedad de doña Nena Baquerizo, mamá de mi pana ringuero y compañero de colegio “Garza” Avilés (Àlvaro), quien además tenía el Milko, una fuente de soda que era el centro de reunión obligado de la juventud de entonces. En el “súper”, que en las afueras tenía un caballo amarillo con montura de cuero de verdad, al que le ponías un sucre para que “galope” por unos minutos, trabajaban como cargadores de funda, varios jóvenes del barrio que llevaban las compras a las casas de las doñas de la zona. Mis amigos ringueros Rafael Dunkley, Eduardo Mora, Jorge Gómez y Pablo Ceballos, su hermano Ernesto y Bolívar Cárdenas, se dedicaban a esa labor y la propina que les regalaban se la gastaban luego en golosinas, según recuerda mi gran amigo dibujante, escritor y en diciembre Papá Noel, Jorge Gómez Vidal.

Eran tiempos en los que sin temor a enfermarte, podías tomar agua de la llave de las mangueras con la que los vecinos o sus empleados, regaban el jardín y en el que el pan y la leche te la iban a dejar a la casa, inundando con su aroma de harina fresca y leche hervida, la mañana que empezaba a nacer. En la mía antes de las seis, ya estaba la bicicleta de Juan Gusqui, (quien luego llegó a tener su propia panadería afuera del cine Inca), dejando el clásico pan de agua y el sabrosísimo pan de dulce y también iba Walter Guamán a dejar en esos tarros grandes de aluminio la leche de la vaca recién ordeñada en el camal o la embotellada de leche Ilesa, Indulac Pluca algunas con sabor a frutilla y chocolate.

A mediados del sesenta, cuando llegué el barrio, mi calle la Rosa Borja aún no estaba pavimentada y el barrio que de este a oeste nacía en la calle El Oro, moría en la calle E en la última casa que era la de mis yuntas los Henriques. A partir de allí, todo era campo, monte, despampado, no había civilización, incluso era zona de haciendas. Allá íbamos con los amigos, a cazar palomas con las horquetas, a coger frutas o a tirarnos de exploradores paseando a campo traversa y lanzar piedras a las pozas que se formaban por las lluvias que eran repletas de gusarapos, pese a la prohibición de nuestros padres que nos decían que nos podían picar las culebras y los mosquitos o aparecer el cuco. ¿Cómo habría sido “el fin del mundo” esa zona del barrio? que aún no existía la calle Domingo Comín y que para llegar a la ciudadela Nueve de Octubre se debía coger por Pancho Segura hasta la Quito para de ahí llegar a dicho sector, en el que tuvimos las primeras fiestas de adolescencia.

El barrio en verdad, era una amplia sede social al aire libre con muchas galladas en los alrededores. Cada tres, cinco, seis cuadras, veías un grupo diferente. Era el tiempo de las galladas de los 70 en las que había llegado la influencia hippie del Woodstock, un festival de música que duró tres días y que tuvo como lema: paz y amor, en el que se dieron muchos excesos, celebrado en Estados Unidos en 1969. Así era muy común ver a los jóvenes con pelo largo, barba y bigote y vestir camisas floreadas y multicolores, pantalones acampados de tela poliéster que los llamábamos “choliester” y zapatos de plataforma con taco alto de hasta cinco centímetros para hacernos crecer y vernos más grandes. Bueno, yo, debí haber rogado para que existan zapatos con zancos si quería crecer.  Tiempos de las fiestas con luces oscuras, los discos de acetato (long play), las grabadoras de cassetes, los primeros carros de los jóvenes de entonces y quienes no lo tenían se “robaban el de sus padres para “turquearse por la zona. Tiempos de decenas romances, de interminables tardes de pelota y también de riñas entre galladas, tiempo de canciones inolvidables como “Noche tras Noche” y “Las Calles del Viejo París” de Solera,  o de Los Náufragos y Los Mitos,  de los nacionales Corvets, Darwin, Jinsop o Los Errantes y los clásicos boleros, como los llamábamos aunque no lo fueran, de las canciones en inglés Alone Again de Gilbert O`Sullivan,  Killing Me Softly With His Song de Roberta Flack, Hotel California de Eagles o Tin Man de América. ¿Cuantas canciones estarán sonando en nuestras mentes? al leer este párrafo de recuerdos, de tiempos y contextos.

Las “Galladas” y su personal

Entre los 50 y los 80, fue el tiempo de las galladas, que en el barrio, había muchas. En los barrios era normal que paren en distintas zonas del mismo sector, diversos grupos, ellos eran los que ponían el bullicio, la alegría, en la que la unión, la amistad y la fraternidad era el ingrediente principal.

La Tienda de Lucho: . La mayor, la más antigua, data de fines de los años 50 y era la de la Tienda de Lucho en Dolores Sucre y la D. Ellos que ahora frisan los 70 años y más, debieron haber alcanzado el Guayaquil de finales del 50 en la que corrían por las calles de la ciudad los últimos tranvías eléctricos y se daba el nacimiento de los buses de madera que recorrían las calles empedradas en una época romántica y señorial.  Por referencia y por lo que me han comentado Martín Úraga y Arístides Cordero (+), esa gallada estaba compuesta por los hermanos Úraga (Aurelio y Fernando), Garzón (Fernando, Javier y Julio César), Cornejo (Francisco y Federico), Gómez (Gustavo “Nikita” y “Pico” (+), Antonio Álvarez, Luis Castro, Iván Ampuero, “los Flacos” Amaya, Amador, Crespo y Merchán, César Tapia, Carol Morales, “Gabeto” Moncayo, Alfredo Paredes, Fernando Pólit, John Wood y José “Pipo” Bruno (+).

La Canchita:  Casi contemporáneos a los «de la tienda de Lucho, otra  de las primeras galladas, la conformaban, allá por los años 60, un grupo de entonces jóvenes, que hoy deben rondar los 70 y que eran conocidos como La Canchita, porque con ese nombre con participaban con gran suceso en la Olimpiada del Centenario, pues eran buenos deportistas, sobre todo en básquet, disciplina deportiva, en las que algunos fueron seleccionados de Guayas y Ecuador. En ese grupo estabas mi primo Jorge Guzmán, «El Chino”, Ronald Dunn (+), Pepe Baquerizo, Mario Díaz, Jaime Patiño, Lucho Rojas, Ricardo Estrada, Álvaro Maruri, Nicolás Lapentti, Galo Vargas, Víctor “Caballito” Zevallos, Jaime Solorzáno, José «Pipo» Bruno y su hermano Pancho, Rafael Morla, entre otros.

El Ringo: Esa gallada, tuvo una segunda generación, que nació en la Tienda de Lucho, pero que tiempo después migró una cuadra más al norte, a la altura de  Dolores Sucre y la C, donde por la estructura urbanística se formaban cinco esquinas, en dos de las cuales estaba el Ringo, por el nombre de una tienda llamada así, de propiedad de los hermanos Calvas (Gonzalo, Hernán y Eduardo).  Las calles en las que se situaba dicha zona queda entre las calles C y D con la Acacias y Dolores Sucre del otro lado. Allí pararon tres generaciones. De la primera, que la conforman algunos de los que iban a la tienda de Lucho, poco recuerdo. Lo que sé, es por lo que me han contado los grandes de la segunda generación, de quienes sí me acuerdo con absoluta claridad.

Al personal de la segunda generación, que es mayor que yo con unos cuatro o cinco años de diferencia, lo conozco muy bien porqué muchos de ellos estudiaban en mi colegio en cursos superiores y otros eran hermanos mayores de compañeros míos de colegio o de amigos del barrio, otros eran amigos de mi hermana mayor y frecuentaban mi casa, además cuando yo era niño y tenía entre doce y trece años, solía a ir a la esquina, los sábados  a verlos jugar indor fútbol, llevado por varios amigos de mi edad, cuyos hermanos jugaban y paraban allí.  Así fui tomando contacto con ellos y formando una relación de amistad  que se basaba en la admiración, porque suele ser usual, o al menos en esos tiempos, solía ser usual que el menor siempre tenga un respeto especial por el amigo mayor.

El Ringo se caracterizaba por jugar buena pelota y por una hermandad de otro mundo, que hasta ahora perdura. Para la fiesta de Guayaquil se organiza una reunión de las tres generaciones y se vive un momento de recuerdo y anécdotas increíbles. De ese Ringo de la segunda generación, que por entonces para mí eran grandes, (me sacaban de tres a cinco años de diferencia), aprendí a jugar indor callejero y me sentaba en la vereda a ver la clase del Negro Maikol (Miguel Charcopa) a quien le decían Marangoni por trabajar en la casa de esa familia, de Martín Úraga, Armando Patiño, la “Garza” Avilés (Álvaro), compañero de colegio mío y gran amigo, “Minino” Boloña (Alfredo) que jugó en Emelec, “Cicuta” Sánchez (Gonzalo) y un arquerazo, El “Viejo” Ampuero (Camilo).

El Ringo ganó en 1973 un torneo barrial organizado por las fiestas de Guayaquil, por las damas del barrio de la zona de Arguelles entre la C y Oriente. Los niños ringueros de ese entonces (Mario Patiño, Jaime Salvador, Roberto Lascano, Jorge Gómez, Pancho Silva, Pablo Ceballos, Leopoldo Cordero y yo) también ganamos ese torneo en la categoría infantil, vistiendo una camiseta naranja, que al inicio era blanca y que las señoras tiñeron con esas cajas redondas de tinte que antes se vendían en cualquier botica y con la que amarrábamos la prenda con nudo y la remojábamos en agua salada para sacar efectos dizque sicodélicos. Fue una fiesta inolvidable, hubo mañana deportiva, verbena, fiesta nocturna con baile incluido en la calle y elección de reina, dignidad que recayó en mi hermana mayor.

Pero volviendo al Ringo y su peloteo. Alguna vez en esas calles jugó el crack peruano Pedro “Perico” León, llevado a la zona por Jaime Patiño que era buen amigo del futbolista de Barcelona. Fue un espectáculo verlo. Buena pelota se jugaba allí.  También participaban con buenos resultados en las Olimpiadas del Centenario. Del Ringo, además de los peloteros ya nombrados en líneas anteriores, eran también: los hermanos Bruno (Mario y Javier), los Mellizos Paredes (Richard y Jimmy), los Garzón (Pablo, Javier, Julio César) los Fernández (Xavier y Jaime), los Sánchez (Gonzalo “Cicuta” y Jimmy), los Cordero (Carlín y Arístides +), los Morales (Carol y Jaime), Gonzalo Escobar, “Pechito” Salcedo (Xavier) (+),  Alfonso Salcedo, Víctor Aycart, Emilio Cucalón, Galo Moncayo, Marco Tapia (+), Jaime Bellés, Antonio Aspiazu, Pablo Russo, Gino Norero, Licurgo Constantine, Héctor Salvador, Juan Carlos Caamaño (+), Antuco Álava, Eduardo Zunino, “Pavita” García (Mario), “Matute” Henríques (Javier), “Manchocho” Kopel (Germán), Gustavo Trujillo, Carlos David Hernández, Pichín” Escala (Cristóbal) (+), Luis Ernesto Platón,  el “Chino” Carranza (Hólger), Santiago Parra, el eterno Pedro Carbo, que estuvo en todas las generaciones, y a veces llegaban los hermanos Aroca (Pepín y Federico), los Mena (Pepe e Iván), Paco Parra, Milton Chicala, Robin Guerrero, el “Mono” Robinson (Carlos), Juan Caamaño “Tomajauk”, Rafael Ferreti, entre otros.

Y claro la tercera generación, de la que más sé y de la que haré reseña en otra ocasión, es la mía. Al Ringo llegué en 1972 a los doce años, llevado por Mario Patiño y Jaime Salvador, compañeros de colegio y hermanos de dos jóvenes mayores que paraban allí Armando Patiño y Héctor Salvador. Me llevaron a ver jugar pelota a los grandes y luego de que ellos terminen, a jugar nosotros también. Íbamos solo los sábados en la mañana para el peloteo, aunque de tarde en tarde íbamos un rato a tomarnos una cola, comer un sánduche o comprar algo, mientras pasábamos por allí con rumbo a la casa de Mario que quedaba a una cuadra y que era paso obligado para llegar allá. En esa época paraban los grandes y a ellos, obviamente, como es lógico y comprensible no les hacía mucha gracia que peladitos, niños como nos decían, invadan su espacio. Pero a veces se lo invadíamos. Poco tiempo después de mi llegada, con Jaime y Mario fuimos llevando a otros compañeros de clase, entre los que estaban: Jaime Henríques, “Capita”, quien tenía a su hermano mayor Javier, parando con la segunda generación, Roberto Lascano, Tarquino Andrade, Miguel Rodríguez y Jorge Gómez, quienes luego seríamos la base de la tercera generación cuando los grandes dejaron la esquina. Junto a nosotros estaban también cuatro pelados más, Jimmy Tapia (el Negro),  que justo vivía al frente del Ringo y es hermano de Marco (+) de la segunda generación, Javico Valdiviezo, primo de otro mayor, Juan Carlos Caamaño (+); Pancho Silva que vivía a una cuadra de la tienda y era amigo de Jimmy y un pana de nombre Leonardo, quien era sobrino de Antuco Alava, y de quien nunca más supimos.

Ya para el año 1975, cuando teníamos quince años y la esquina había sido dejada por los de la segunda generación (quienes al graduarse de colegio, tomaron su rumbo), llegamos nosotros para apoderarnos de ella. Con nosotros, la esquina tuvo dos etapas. De entre los quince a los 16 en la que parábamos los “niños” nombrados arriba, más otros compañeros y amigos más; y de los 16 a los 28 en que llegó un nuevo personal, que fue la que más anécdotas, vivencias y locura, tuvo. Los de la tercera generación recibimos una herencia de los de la segunda: Un caballero de lujo, mayor a nosotros que paraba con los mayores, pero que se adaptó a nuestra joda y que era quien nos controlaba, aconsejaba, acolitaba y ponía al orden, el queridísimo Pedro Carbo, a quien apodamos el “Viejo Pedro”, famoso por su baile y por ser el conquistador de las “peroles” que iban a comprar a la tienda. Así, con herencia incluida de la primera gallada  que era recontra zanahoria, empezamos a parar en la para esquina a jugar indoor, contar canchos, conversar, pasear en bicicleta y reunirnos para salir rumbo a las fiestas. Dentro del personal, estábamos a más de los que llegamos niños (Mario, Roberto, Tarquino, los Jaime, Miguel, Jorge, Jimmy, Javico y Pancho), tres compañeros de promoción que estaban en el otro paralelo: Mario Aycart, Jonathan Gómez y Lucio Basurto, que fueron llevados por Mario Patiño; mi vecino Iván Cepeda,  lasallano,  a quien había llevado yo; Vicente Bohórquez “Chento” un motociclista amigo de Jimmy, a quien molestábamos por el zumbido de su moto, a la que apodamos mosquito y llamábamos la honda “chentoventichinco, por el apodo de Chento, abreviatura de Vicente. También llegaron los hermanos Suárez (Manolo y Dantón “Chobi”, que en paz descanse), quienes vivían muy cerca de allí. Ellos tenían motos y se habían hecho amigos de Jimmy y Chento que también tenían esos vehículos. Los Suárez a su vez llevaron a Rafael Dunkley “El Flaco” o “Moxquiflax”, a quien todos conocíamos porque estaba en el colegio y era un año mayor que nosotros. Eventualmente pero muy eventualmente, sabían caer dos compañeros de colegio del otro paralelo Oscar Cornejo, apodado “Tiburón” y Alberto Alprecht, “Ocho Goles”, quien fue llevando un amigo de su barrio a quien le decíamos “Olmedini” por su parecido con el popular mago nacional.

Casi al final de esa generación, entre finales de 1975 e inicios de 1977 fueron llegando de a poco, indistintamente y en tiempos diversos: Marcelo Patiño, hermano de Mario; los hermanos Alarcón (Gustavo y Gigi), los hermanos Johnson (Diego y Jimmy) que fueron llevando a los hermanos Farra (Eduardo e Iván), Pablo Ceballos que había dejado de parar en el Inca, el fallecido Fabián Cornejo, llevado por su compadre y ñaño del alma Roberto Lascano, y los lasallanos Galo Barrezueta, Oscar Armijos y Pepe Lucho Díaz.

Así, para 1977 ya con Jimmy Sánchez de la segunda generación, como dueño de la despensa, quedó claramente establecida lo que sería la segunda gallada de la tercera generación que entre estas y las otras, legamos a ser más de 50 perennes y una docena de eventuales. Ya no paraban con nosotros los Mario (Patiño y Aycart), los Gómez (Jorge y Jonathan), Tarquino, Miguel, Jaime e Iván que cogieron diferentes rumbos y “Chento” que se fue a vivir a Estados Unidos. El resto continuamos y de a poco se fue sumando nuevo personal. Así llevados por Diego Johnson “Pipí”, se sumaron: Roberto Castillo “Bototo” y Mauricio Guzmán “Courtin” o “Cuervo”, que duró poco tiempo y que iba eventualmente; los lasallanos “Chino” Armijos (Oscar), “Bembón” Barrezueta” (Galo) y “Chino” Díaz (José Luis), Pepe Lucho, a quien apodamos “Chichuma” (no pregunten porqué), quien vivía a una cuadra de la tienda y que fue quien llevó a sus compañeros de colegio, ellos además llevaron a dos eventuales muy considerados por la gente: el Negro Avilés (Carlos) y el Colorado Velásquez (Javier). Del barrio del Seguro llegaron: Carlos Torres (el patucho Litoscar), Elmo Alava (Coco Plano), José Roberto Palacios (Pepín), Gabriel Morán (Julio Iglesias) y Oscar Simmonds (Negro).

La gallada se fue armando además con gente que nosotros llevábamos. Así, Pablo Ceballos “Cebolla” o “Cortisona”, fue llevando a Eduardo Mora (Celino), un galán incorregible que tenía una suerte increíble para las mujeres y quien a su vez, llevó a Fabián Bruno “Colorado”, Henry Alava (Pipita de Mula) y a los hermanos Sampedro (Gustavo y Edgar) a quienes los apodamos los “broders Sanpiter” y que poco tiempo después se fueron a vivir a Estados Unidos.  El abuelo, Javico Valdiviezo “Don Ja” o “Tito Fito”, fue llevando a Guillermo Sánchez “Guillo” (+)  y Javier Martínez “Bichín”, sus panas de pelota; Gustavo Alarcón  “Tavo” o “El Comisario”, llevó a un primo suyo chileno que vino a vivir al país Xavier Alvarado (Lino) y su hermano Gigi Alarcón llevó a su cuñado Rafael Robles “Totico” o “Cartucho”, quien había llegado de Estados Unidos donde estudiaba y quien había sido compañero de clases mío en primaria y gran amigo mío. Yo también puse mi cuota y llevé a un compañero de colegio y también de universidad, gran amigo mío, Alex Vélez (el Loco), del Inca llegó Vicente Rodríguez  (Dorian). Y del cielo cayó Carlos Xavier Gómez (Nikita), quien era más pelado que nosotros aunque parecía mayor por lo grandote,  que vivía en la esquina de la zona y que con el paro de acercarse a comprar se fue haciendo amigo de la gente, hasta que se ganó nuestro cariño y respeto y se convirtió en uno de los referentes, al punto que es junto a Fabián, quien organiza con su entusiasmo al personal, para los reencuentros de julio. “Nika”, también puso su cuota, y llevó al “Chino” Ferreti (Fabricio).

También fueron llegando de diversos lados Mario Mera, del gajo de los Chuchones; el negro Henry Simisterra “Guzigú”, quien asustaba con su talla y que nos deleitaba con su guitarra; Víctor Vizcaíno “Vizcocho” que en paz descanse, Víctor Lucero “Tochi” con su micro camioneta verde, Gonzalo Cordero (Orejón Chunga) el hombre de los mil apodos (Vicentino, Maya, Brutonio, Coacciales) que con su inocencia e ingenuidad era el blanco de las más pesadas bromas; Víctor Hugo Jalón, quien tuvo una cortísima estadía al igual que el “Colorado” Pontón, que salió corriendo asustado de tanta joda y Néstor Rocha, a quien acusábamos de salado y no lo queríamos dejar ingresar al grupo porque argumentábamos que traía mala suerte, porque coincidencia o no, cuando él llegaba pasaba algo. Si hacía sol, llovía; si jugábamos indor la pelota caía a la casa de la vecina que nunca las devolvía, si hacíamos relajo, llegaba la ley, si estábamos chupando se regaba el trago.  Luego llegaron tres de los hermanos menores del personal: Roberto Dunkley, Mario Suárez y Leopoldo Cordero, aviones como ellos solos.

Los Chuchones: En la C y Arguelles entre la casa de los Ceballos y los Cárdenas, estaban los “Chuchones”. Así se llamaban. Decían que eran los capos de las chuchas (léase peladas). Ahí paraban  los Baquerizo (Otón y Carol), los Alfredo: Ceballos y Sampedro, Eduardo Intriago (+), Víctor Hugo Ruiz, Tito Recalde, el “Flaco” Díaz (Roberto), Joselo Mora, “Coco” Bolaños (Juan Carlos),  Mario Mera, Juan Behr y el “Gordo” Baquero, temprana y trágicamente fallecido en un accidente náutico.  Algunos de ellos, luego se pasaron a una de las esquinas frente al Ringo, la de Dolores Sucre y la C y con otras “pintas” que se les sumaron, se convirtieron en “Ringueros” también, entre esos nuevos “chuchones” estaban Mario Valdiviezo y Javier Coello (fallecidos), el “Colorado Mackenzie” (Alfredo Basurto), “Sancocho” Baquerizo (Fernando) (+), Santiago Parra, Arístides Cordero (+), Mario García, “Pavita; ”el Doctor Solórzano (Enrique), el “Colorado” Ayala (Jimmy), Giancarlo Bruno, Enrique Alcívar y un pana que les tapaba, apodado “Quiroga” por el arquero argentino nacionalizado peruano.

Los Boy Scouts: Apenas una cuadra más al sur, en las calles D y José Salcedo, por la estación del bus de la calle 13, alado de la tienda del “Serrano Lucho”, paraban unos entonces niños de los cuales algunos, cuando crecieron fueron ringueros, que vivían en la zona aledaña al callejón Coning, que solo mide una cuadra estrecha,  que solían jugar indoor y beisbol afuera de la casa de los Wood (José Salcedo y el callejón) y que en su mayoría eran Lobatos de los Boys Scouts, que por entonces funcionaba en la casa que ocupaba el Plan de Padrinos y que luego fue adquirida por la familia Aspiazu, en la que vivió mi gran amigo “Cucho” (Juan Carlos) quien se nos adelantó en la partida. De ese gajo eran los hermanos Dunkley (Rafael y Roberto), los Pérez (Geovanny y Paúl), los Baquero (Gustavo y Geovanny), el “Chino” Igor (Aguayo) y los “Siempre Listos” : los hermanos Cordero (Gonzalo y Leopoldo), los Ceballos (Pablo y Ernesto), Octavio Roca, el “Chino” Behr (Hanz), el “Cabezón” Cárdenas (Bolívar) y Jorge Gómez en el grupo que como Akela dirigía una de las hermanas mayores de los Cordero, Matilde.

Los de Arguelles y Rosendo Avilés: En esa esquina hubo dos grupos, que pararon en su momento al pie de la casa del doctor Gustavo Noboa Bejarano, guía espiritual de los jóvenes que estudiaban en el Cristóbal Colón y años después presidente de la República.  Al igual que el Ringo, ese lugar tuvo dos generaciones de jóvenes parando allí. Inicialmente a comienzos de los 70, hacían zona allí: los hermanos Chiriboga: Luis y Leonardo, Ottati: Nello y Benito, Santos: Carlos y Eduardo «Mango» y Solorzáno: Álvaro y Enrique «El Doctor», Jaime Dunn, Julio Macchiavello, Mario Borges, Fernando Proaño, Xavier Pesantes, Andrés Rosales (+), compañero mío de escuela, Emilio Ycaza (+), Mario Valdiviezo (+), Oscar Iturralde (+), Julián Roca, Giancarlo Bruno, Fabián Ortega, Alamiro González, Ricardo Menéndez, Carlos Luis Trujillo, Mauricio Ramírez, Ricardo González “Mezcalito”, Peko Kusijanovic y José Antonio Núñez, un venezolano hijo del cónsul, que vivía por allí. De ellos algunos, eran buen puñete, principalmente el “Colorado” Icaza. Según recuerda Roberto Proaño, hermano de Fernando, ellos solían darse de puñetes contra los de Urdesa en la Olimpiada del Yacht Club, cosa que pasaba al calor del partido, pues los urdesinos iban luego a jugar pelota al barrio, al entonces solar vacío que quedaba en Arguelles y Oriente. Frente a la casa de la familia Cordero. Como los jóvenes se sentaban en el muro de piedra de la casa de Gustavo Noboa, él optó por hacerle poner varias capas de aceite y grasa, que demoró mucho tiempo en secarse, lo que impedía que ellos ya pudieran sentarse.

El Inca: Cuando la gallada anterior creció y tomó su rumbo, el lugar fue heredado por algunos de los hermanos menores de los jóvenes que paraban allí que con otros chicos del sector formaron en ese lugar una segunda generación a los que se conocía más como del Inca, por la cercanía al Cine. Eventualmente yo iba a parar con ellos, pero con otros amigos nos establecimos para siempre en el Ringo por no estar de acuerdo con el tipo de joda que algunos jóvenes de esa zona tenían. Capitaneados por dos hermanos que no eran del barrio, sino que venían de atrás de la calle Machala, con otras costumbres, pero que se hicieron populares y queridos en el barrio, se hacían “bromas” muy pesadas. ¿Bromas? Esas no eran bromas, realmente eran maldades, como la de “asaltar” a cuanto heladero, panadero, pastelero, fresquero y más vendedor ambulante que pasara por allí para servirse los productos o lanzar excremento dentro de los buses que pasaban por la Pancho Segura. El relajo, lo hacían solo tres o cuatro, pero era festejado por casi todos.

Felizmente la mayoría, que eran jóvenes de bien, buena gente y sensibles, no permitieron que eso se haga costumbre y se impusieron para reunirse en el tráiler de caballos de  los Nogales a pasar momentos amenos en tranquilidad, como se debe. Eso sí, a esa zona, le encantaba el puñete. Es que tenían otro infiltrado, un boxeador profesional, campeón nacional y vice campeón latinoamericano,  que era del Camal, a quien en el mundo del deporte se conocía como “Karate” (José Loor) que era su adalid para buscar puñetes donde fuera. Todos eran mis panas, muy buena gente muchos, compañeros de colegio, otros, unos caballeros con quien se podía disfrutar de grandes veladas. Allí estaban los hermanos Baquerizo (Juan y Diego), López (Eduardo y Carlos), Larriva (Galo y Fernando), Méndez (Wilson y Walter). Justamente fue  el «Negro» Wilson, quien me bautizó con ese ápodo inmortal que me lo puso una tarde de 1974 en el patio del Cristóbal Colón, antes de un partido de fútbol y que al verme legar dijo. «Ahí llega camina deladito», luego se suprimió el camina y quedó Deladito y así fui. Delado para siempre. Yo en desquite le puse un apodo que jamás se popularizó «Nariz de Mapa» por una cicatriz en su nariz. Estaban en el Inca, además: César Nogales, Roberto Proaño, «El Negro», Jaime Chiriboga (+), el “Chino” Carvajal (Adolfo), Felipe Trujillo, Pablo Ceballos, El “Mono” Kusijanovic (Boris), el “Tucho” Ziade (Alfredo), el “Culón” Zapac (Pedro), “Tachuela” Alarcón (Marlon), el Loco Ramírez (Juan Carlos) y dos panas que llegaron de otros barrios como Roberto Puga y Jorge Carrera a quien le decían “Narciso” o “Peinilla”. Y eventualmente cruzaba la acera para compartir con ellos, mi buen amigo y compañero de colegio Aldo Borges, que paseaba en su moto por el barrio antes de ir a hacer motocross.

El Sun Set: Otra de las zonas del barrio, era el Sun Set, estaba casi al inicio del mismo, en dirección este –oeste, en la calle Maracaibo y José Salcedo, junto a la academia de inglés Berlitz que luego fue  Benedict, en la fuente de soda de la señora María Elena Arízaga, en la que se comía unos negritos y alfajores de campeonato. Allí paraban los “aniñados”, jóvenes de buen nivel social y dinero, que no obstante de ello, eran sencillos, buena gente y buen dato. Tranquilos y educados como ellos solos. Allí no había escándalos, pelea, relajillo, vacilaban su dato sin meterse con nadie. También peloteaban y algunos muy bien. Entre ellos estaban los hermanos y primos Coronel (Alberto, Jorge, Eduardo y Roberto), los primos Péndola (Lucho y Juan Carlos), el “Colorado” Stagg (Carlos Martín), “Pocholo” Cornejo (Flavio), Federico Ponce “Federrurri”, Francisco «Panchi» Vélez (+), Ottón Meneses, Emilio Soro y Guido Egüez. Con dos de ellos Jorge y Guido, años después fuimos compañeros de universidad y establecimos una bonita amistad. Buenas personas, ambos.

Los gajos más al sur

Y ya saliendo del barrio, yendo más al sur, había otras galladas, que aunque geográficamente no sean propiamente del Centenario, tenían mucho contacto con nuestros grupos, porque si de amistad se trata, el sur era uno solo.

Los de Amarilis Fuentes y Oriente: En la esquina de Amarilis Fuentes y Oriente al inicio de los 70, paraban tres galladas. Varios de ellos, poco tiempo después y con algunos amigos nuevos que se integraron, pasaron a hacer zona en la intersección de Oriente y La Habana, que se nombrará a continuación. El primer grupo, era el de los mayores, formada por Walter, Jorge, Jaime y Alfredo Colamarco, Pepín Alarcón, Adolfo «Chino» Negrón, Juan «Juanchiche» Moreira, «Borrego» Núñez, «Yogo» Espinoza, y  Alfredo y Roberto Salas, el «Tonche», ex arquero de Emelec entre 1975 y 1976.
El gajo de los medianos, la integraban: los hermanos: Santos, Xavier y Jhonny (Cachirulo y Copetón), Alarcón: El Ñato y Jorge, Mármol: Xavier “Cara de Chancho y Enrique; Negrón: Carlos Alberto «Calobeto» y Manuel, el «Patucho», «Jaimichu» Moreira, el Serrano Lucho Freire, Rafael «Guasón» González, Miguel Sosa, Tiburón Pérez, Kiko Gilbert, Oscar Hidrobo, Pedro «Perico» Santos y Francisco «Paco» Villacís..
La de los menores, la integraban los hermanos Villacís: Carlos y Chicho Villacís, Prado: Mario “Papita” y José «Pepe», Sierra: Alfredo y Luis; Matamoros: Jorge «Yoyo», Fernando» Pechiche y Edison «Muertito»; Barcos  Xavier (+), Carlos “Puchi” y Mauricio; Renato Dongilio, Hanz Behr, Fabián Mármol, Mario Aycart, Joselo Gilbert “Pechiche”, Enrique Alemán, Marlon “Tachuela” Alarcón, Xavier “Javico” Carrillo.

La Banda: Entre las calles C y Oriente, más al oeste, ya más para el lado del Seguro, por las calles Habana, México, etc, paraban otros grupos, que también jugaban fútbol y que tenían equipos como La Banda y Oriente. De ese gajo que en su mayoría era familiar y en la que todos o casi todos los hermanos de una familia paraban allí, recuerdo a los ñaños  Moreira en la que todos tienen como primer nombre Juan, los Mármol (Xavier y Enrique), Alarcón (Pepín y el Patucho), los Colamarco, Barcos (Xavier (+) Mauricio “Puchi” y Carlos Luis), Sierra (Luis y Alfredo, compañero mío de colegio), Prado (José, compañero de promoción colegial, gran amigo y Mario “Papita”), Espinoza (Fulvio “Yogo” y Mario “Mariño”), Negrón (Manuel “Patucho y Adolfo), Palacios (Jimmy y Tito), Matamoros (Jorge “Yoyo”, Edison y Fernando), Santos (Javier “Copetón” (+) y Johnny “Marihuana”,  además de “Perico” Santos (Pedro), el “Chueco” Metz (Manuel), el “Serrano” Freire (Lucho), Daniel Yagual, Carlos Torres, Aln Gilbert, Freddy Romero, el “Flaco”, Brambila (Christian), el Colorado Ubilla (Antonio), los Lucho Montevideo y Blum, “Paco” Villacís, Abel López y el “Gordo” Renato Dongiglio, gran arquero, piloto, salsero empedernido, emelecista de cepa y “nada racista”, entre otros. Ellos eran en su mayoría peloteros y amantes a la música. Tenían dos equipos, los mayores “La Banda”, los menores “Oriente y además tenían un conjunto musical “Imagen”. Ellos aún se reúnen todos los noviembre de cada año, en la misma calle donde vivieron sus andanzas juveniles. Tengo el agrado de ser invitado a ellas y junto a grandes amigos, disfrutar de recuerdos imborrables.

La Jaiba: Por esas calles, en la zona de Bogotá y O´Connor, cerca de la tienda de Lucho que quedaba afuera de la casa de la familia Bruno Díaz, había una cevichería llamada La Jaiba en la que paraba una gallada entre los que estaban Francisco “Paco” Villacís, los hermanos Arboleda (Eduardo y Luis “Rocotoco”, el “Chino” Fernando Aguirre, Roberto “Mono” Uscocovich, Carlos Iván Freire, entre otros.

El Seguro: Por esa zona, calles más, calles menos, en el barrio del Seguro, allí donde las vías tienen nombres de países o ciudades extranjeras, paraban tradicionales galladas, como los “Kennedy”, “Pinguinos” “Inticory”, “Américos”, “Alfa 7”,  “Omega”, “Los de la Capilla” y  “Chambana”, quienes realizaban las denominadas “Fogatas” que no le hacían ninguna alusión a su nombre pues realmente no había fogata, pero si bien, no tenían el fuego que producen los palos al quemarse, tenían el calor del afecto y la amistad. Y aunque el nombre no corresponda a la realidad, porque éstas “fogatas” eran realmente una kermesse, allí se cerraban las calles con paredes de caña, para vivir una fiesta nocturna en la que  había comida y bebida y en la que los vecinos bailaban al ritmo de conjuntos famoso de la época como Los Dragones, Los Corvets, Los Cuatro, Los Errantes, que era un lujo para la zona.

La 42: En la misma zona del Seguro, ya a mediados de los 70, hubo otro gajo de jóvenes, que paraban en la calle denominada «La 42» (la Foritú), zona en la que tuve grandes vivencias, sinfín de aventuras, ahí jugué indor en la calle, me tomé algunas bielas, vi algunos amaneceres e hice buenos amigos. Esa era la zona de mi parcero del “Ringo”, “Coco Plano” (Elmo Álava) quien en ese sector era apodado “El Biuri” (por lo de beautiful) y de mis compañeros de colegio Pablo Camposano y Eduardo Cobos. Mis amigos más cercanos de esa gallada eran, mejor dicho son, porque aunque así no nos veamos mucho, siguen siendo mis buenos amigos: “Rocotoco” Cornejo (Rodolfo), “Oso” Plaza (Freddy), “Color” León (Eduardo), el “Colorado” Georgi Pólit (Jorge), “Bebucho” Mármol (Gabriel), “Carecalzón” Lozada (Carlos) y seis amigos que ya partieron de esta vida: los hermanos Torres (Rafael, Ampy y Fabián), “Deivid” Steves (David), “Roculo” o “Casi Loco” Delgado (Walter) y Juan Carlos Moreno “Di Fonz”. Con ellos compartimos muchos vuelos por la vida. Y en esa zona también pararon, muchos por entonces jóvenes, amigos míos todos, algunos de quienes por increíble que parezca solo les sé el ápodo, desconociendo su nombre como: “Guata”, “Wiri Wiri”, “Pilón”, “Mayiyo”, “Robert Mitchum” “Pico” “Cabeza de Funda”, “Topo” y “Tuto”. También paraban ahí, el “Negro” Alberto Torres, hermano del ringuero “Litoscar”, Luis Freire “Don Lu” y su hermano Camilo, Pedro Moreira, Atilio Posada, “Culo de Papa” Moreira (Hernán), “Guazón” Rodríguez, “Caucheche” Ricaurte (Roberto), “Bertoluchi” Almeida (Marco), “Lupara” Delgado (Francisco “Paco”), “Pibe” o “Pantera” Cedeño, Juan Carlos Layana, los hermanos “Kiko del Sur” Ramírez (Arturo) y el fallecido “Piña Aguada” Canessa (Galo), que partió de esta vida como partieron cuatro amigos más, “Récord” Villacrés (Mauricio), “Osito” Plaza (Boris), “Yoyo” Bataglia (Jorge) y “Buitre” Coello (Héctor).

Callejón Sin Nombre: Por esa misma zona había también otros gajos, como era la costumbre del barrio, muchas galladas a pocas cuadras de distancia y casi todas amigas. En las calles Callejón Sin Nombre (que nombre para raro) y Chambers en los inicios de mis parceros Tavo y Gigi Alarcón, que luego fueron al Ringo, paraban los hermanos Villacrés, Aguilar, Pesantes y Ruales, además del “Cabezón”  Rada, “Pelado” Trujillo, “Colorado” Ubilla,  y otros de apellido García, Núñez, Salazar, Benavídez, Valencia, Posada, Valero, Valdiviezo, Suraty, Luzuriaga, Quiñónez, Uscocovich, Valdez, Rodríguez, Peña, Jordán, Alvarado, Delgado y Enderica.

 

Oriente: En ese mismo sector, en las calles Oriente y Washington, había otra gallada, que le metía duro a las fiestas con bailes hasta que el cuerpo aguante, la de fin de año en casa del “Gordo” Beto Rodríguez, que ya no está entre nosotros, era de otro mundo. Era una farra de alto nivel, en la que el “Dogor” y su hermano Rafael, se esmeraban por ser bueno anfitriónes y que no faltara nada, buena comida, buen trago, gran ambiente y mucho baile. Yo no fui nunca bailarín, pero igual disfrutaba sus fiestas aunque no saliera a la pista a “arrugar los zapatos”. Gracias a mi buena amistad con él, tuve el honor de ser invitado a algunas de esas celebraciones, en las que compartí con esa gallada y vi algunos amaneceres del nuevo año. Tan bailarines eran que incluso practicaban los pasos de baile en la misma calle en la que paraban. Muy deportistas no eran, por ello era poco común verlos jugar fútbol en la calle o participar en los torneos barriales. La excepción a esa regla eran Jimmy Palacios que jugaba muy bien fútbol y básquet y el “Cabezón” Ulloa (Gustavo), que era seleccionado nacional de pinpón y jugó algunos torneos sudamericanos representando al país.  Lo de ese grupo eran las fiestas y su virtud, ser sumamente unidos. De ese gajo que no era muy numeroso como las otras galladas del barrio, en la que era normal ver de treinta personas para arriba, recuerdo a los hermanos Palacios (Jimmy y Tito), Rodríguez (Beto (+) y Rafael) y Jaramillo (Xavier y José, quien era compañero mío de colegio), “Piraña” Hidalgo (Sergio), Roberto Castañeda, Pepe Lynch, “Gordo” Mawyín (Eduardo), Abel López, Arturo Ron, Lucho Rosero, Pepe Tapia, Romeo Muñoz, entre otros.

Malú: Por allí mismo, en las calles Amarilis Fuentes y la C, en la despensa “Malú” y luego en las calles La Habana y O´Connor, paraban jóvenes algo menores que yo, con quienes al crecer hicimos buena parcería, algunos de los cuales se adelantaron en la partida como los hermanos Castro (Andrés y Pablo), Manolo Sánchez, Charlie Gonzaga, “Ñoco” Iturralde (Fabrizio) y “Puñalada” Hidalgo (Carlos) (+) una persona noble, buena, compañero de aventuras y un gran amigo que la vida me dio, que se hace extrañar en su eterna ausencia. En ese gajo al que lo conocían como el de los “Chicos Farritas, estaban varios hermanos como los “Corronchos” Mejía (Jorge y Héctor “Yuyi”), los Iturralde (Mauricio, Fabrizio (+) y “Cabañoco” o Cabezón Renato) y los Argenzio (Iván y Roberto “Pipo”, buena pelota también, surfista y ocurrido como el solo). Con ellos estaban mi broder del alma, el “Colorado” Fabián Bruno que los comandaba en sus andanzas prestando la sede social para la tarde de “bebancia” con las “patuchas”,  “Chicho” Eiser (Carlos), buena pelota y emelecista enfermo igual que “Alambrito” Caballero (Allan) y “Huanz” Peña (Hugo) solo que ellos de jugar lo único que saben es que la pelota es redonda; “Joaco” Tamariz (Joaquín), surfista, rockero y gran persona; el “Cabezón” Ulises (Moscoso), “Ozzy” Alarcón (Fabricio), hermano menor de mis grandes amigos Tavo y Gigi y como mi ñaño menor; Jorge Herrería, Junior González, mi vecino de al frente, buena persona, muy buen dato e hijo de una gran amiga de infancia que Dios la tenga en la gloria; “Diablo” Robles (César) y Luchi, hermanos de mis panas Totico y Yoli; Totón Sardinha (Roberto), Andrés Veintimilla, Jorge “Mono” Fabre, “Chichi” Yánez (Fabián), Antonio Neira, Javier Iglesias, el “Pepudo” Landívar (Marco), el “Chino” Cheing (Gabriel), Orlando Pita.

La Canchita: Por esa misma zona, más al sur, casi bordeando mis 28, ya cuando me estaba retirado de la vida barrial y de parar en las esquinas, conocí otra gallada, la de la cancha del Centenario Sur que con la modernidad y la nueva delimitación municipal, ya se había sumado al barrio. Ellos eran bastantes menores que yo, con una diferencia  mayor a diez años y a quienes conocí por la bendita pelota, llevado a esa cancha por mi broder ringuero, el “Patucho” Javico Valdiviezo, que tenía un sobrino que jugaba allí. “Ponte pilas, no les vas a pegar que los pelados juegan y no son ningunos giles”, me advirtió. Y era verdad, en ese gajo había manes que jugaban de verdad. Pero ellos ya son otra historia y otros tiempos. Prefiero hablar de mis años mozos en los que conocía bien al personal y viví mis aventuras.

Ciudadela Naval: Aunque ya no quedaban en los límites del Barrio Centenario, paraban también en la zona del sur, los grupos de la Ciudadela Naval, cuyas casas en su gran mayoría pertenecían a oficiales de Marina. En el sur  todos nos conocíamos y casi todos éramos amigos por ello la cercanía de la amistad, así compartíamos fiestas, ellos iban a las nuestras y nosotros a las de ellos, así conocíamos a las chicas de ambos barrios y establecíamos amistad y en algunos casos, romances. Del gajo de la Naval eran mis primos: Paredes Patricio, Ernesto, Marcelo y Andrés (+), mi pata de aventuras y pelota; mis compañeros de colegio Alfonso Montalvo, Patricio León y Willliam Ramos, mi compañero en la Benedict y gran amigo, Galo Max Larrea.  Junto a ellos, paraban el hermano de Alfonso, Pedro, el hermano de Patricio, Mauricio, Pepe Solórzano, Pedro Obritz, entre otros.

Muy cerca de allí, en la misma Naval, estaba el Pasaje Jambelí, en donde paraban Roberto Parra, Fernando Alvarado, el «Colorado» Rubio, Buraye, que jugaba buena pelota, entre otros.

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El A&C: Mi última zona, la viví en la postrimería del partido, cuando promediaba los 25 años y habían cerrado el Ringo. Con los Ringueros que aún quedábamos, fuimos a parar entre la panadería de Juan Gusqui afuera del cine Inca y en el minimarket A&C de mis panas Orlando Asanza y su esposa Carola Colmont, situado en Arguelles y Pancho Segura, en la que empezamos a compartir zona con amigos de ellos de la península de Santa Elena, como los matrimonios formados por “Chicho” Abad, Pepe León – Hi, y Lucho Chang y sus respectivas doñas, además de otros amigos de ellos como “Chito” Aray, Víctor Muñoz (+), el inolvidable “Sangreyuca”; un cubano que llegó de la isla, “Colorado” Lopetegüi y Servio “Chivo”, el hermano de Orlando. Inolvidables jornadas de tertulia, amistad, paseos campestres a diversas fincas y noches de guitarra entonada por Orlando, quien en su época juvenil fue Norman, un conocido cantante de la ciudad, marcaron la tónica de una época inolvidable. Las familias Asanza y Colmont son muy numerosas y unidas. Ellos tenían una hermosa costumbre, organizaban cada año, sus olimpiadas familiares en las que se jugaba fútbol, vóley, básquet y se hacía natación y atletismo. Hermosos partidos de fútbol, disputé allí. El torneo culminaba con una fiesta que duraba hasta el amanecer. Linda época, la que viví con mi último gajo, como para cerrar con broche de oro, la “paradera” barrial.

Lugares de recuerdos inolvidables

Nombres más, nombres menos (disculpen a los que se me escapan), ese era el personal, ese era el barrio. Como también era el barrio, el centro comercial “Sul América” en el que como lugares emblemáticos estaban el Cine Inca con la fuente de soda Milko de la mamá de mi pana la “Garza” Avilés, lugares en los que se mataban las tardes y noches de fin de semana viendo películas y comiendo o tomando helados.  En el Cine muchos vieron quizá sus primeras películas. Yo particularmente disfruté de una en especial, “Melody”, la historia de un amor infantil protagonizada por la guapísima Tracy Hide, Mark Lester y Jack Wild. Platónicamente me enamoré de ella, que me vi la película con mi pana Jorge Gómez catorce veces. Como en esa ocasión, ¿cuantas veces maté el día haciendo cine continuo?, entrando de tarde y saliendo de noche o yendo a la vermout 2 x 1. En una época mi pana del alma, compañero de colegio y amigo de infancia, el siempre recordado, Fabián Cornejo (+) fue inspector y tenía entrada gratis para dizque ayudarlo a supervisar el local con ayuda del cascarrabias de Felipe, que era quien recogía los boletos al entrar. Y más allá de ver películas, que ricos eran los hotdogs, esos que ruedan en la máquina y no llevan cebolla, solo salsa de tomate. Una delicia.

Y saliendo del cine, tenías que ir al Milko, una fuente de soda de lujo para la época que tenía dos pisos, arriba como bar – cafetería y abajo como restaurante. En la parte alta, se saboreaban las mejores bananas split que he probado, unos deliciosos milkshake de frutilla y chocolate, el afamado club sándwich y una espectacular torta de chocolate. Abajo, algunas noches de fin de semana iba a comer con mi familia y yo era fanático del filet – mignón. Una exquisitez al paladar. El Milko, que tenía tres puertas de entrada o salida, una por la plazoleta del centro comercial, otra por el pasillo del mismo y una a la calle Francisco Segura, era un lugar con ambiente exclusivo, en el que al son de la rockola que tenía algunas canciones en inglés que las escuchabas poniendo una moneda de a un sucre, desfilaban las bellezas del barrio, porque si algo tuvo esa barriada fue mujeres hermosas. Qué manera de destilar “guapura” ese lado del sur. Había cada belleza, algunas fueron reinas de Guayaquil, Miss Ecuador y ganadoras de varios torneos. Uno no podía comer tranquilo porque salía con torticolis. Que lujo de lugar y que bien que se pasaba.

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Y en el mismo centro comercial estaba además la panadería de Juan Guzqui que vendía además de panes, dulces de muy buena calidad. Eran clásicos su dulce de piña y sus relámpagos, así como delicias en sal como los chorizos envueltos y los pasteles de carne. Allí refrescábamos con cervezas heladas con los amigos de la zona. Había además la peluquería “Centenario Barber Shop” del barbero Pepe San Clemente, con su peluquero Renelmo, a la que iba muy poco por mi rebeldía juvenil a cortarme el pelo y esa afición tan mía de usar melena y en la que al salir te hacían coger un caramelo de una copa blanca de plástico, aun así, pese a que no entraba mucho, era amigo del dueño y los peluqueros, personas muy profesionales y amigables. Había además una boutique, una florería en la que además revelaban fotos y vendían tarjetas de conmemoración para cualquier ocasión de propiedad de una señora muy guapa. Por los pasillos los jóvenes del barrio practicaban monopatín (hoy patineta), hasta que un día, alguien se estrelló contra el ventanal de vidrio de la boutique y prohibieron esa atractiva práctica deportiva. Hoy ese centro comercial desapareció, fue convertido en iglesia evangélica y en agencia bancaria y sólo quedan los recuerdos y esas vivencias tan propias que cada uno dejó a su estilo y los vivió a su manera.

Y barrio también era el kiosko de Don Lucho, en las calles D y José Salcedo, por la estación del bus de la calle 13, la tienda en la que atendía Patricio, malgenio como el solo en Rosendo Avilés y Dolores Sucre, junto a la casa de mis grandes amigos y compañeros de mil aventuras Ampi y Rafael Torres, fichas de lujo (lo de fichas con inmenso cariño y respeto) que en paz descansen, e hijos de doña Fanny, quien fue como una madre para mí; la despensa de Jacinto al frente de mi  colegio con sus sabroso sánduche de jamón y en cuyo interior solía esconderme cuando me hacía la pava del colegio y esperaba el momento oportuno para fugarme sin ser visto por el portero Morocho, o algún cura sapo que anduviera por afuera; la tienda Mescolanza, y el kiosco de madera de otro “Don Lucho”, que quedaba en la calle Bogotá, en la acera que quedaba fuera de la casa de mi broder el “Colorado” Fabián Bruno, y diagonal de allí, una panadería en la que vendían una sabrosa hamburguesa de un sucre, cuando en cualquier lado valían dos o tres y la cevichería “Don Pipo” del jovial José Díaz padre del ringuero Pepe Lucho y de mis amigas Misuki y Mikiko. Y por ahí mismo, había una pecería en la que mi yunta el “mentirero” de Nikita asegura compró las pirañas más inofensivas que existen en la faz de la tierra, tanto que las tenía en la bañera y podía bañarse con ellas.

Y barrio también era, la cancha de fútbol, que cancha de fútbol, el inmenso solar vacío ubicado en Arguelles entre Oriente y la C que iba de calle a calle y que nosotros saltándonos la cerca de rejas, entrábamos para convertirla en cancha de fútbol con los grandes portones como arcos y con el piso de tierra como superficie. Allí se armaban partidazos a toda hora, o hasta que el sol lo permitía. Pero no solo fútbol se jugó allí, en 1972, hubo un torneo oficial de beisbol organizado por Los Bravos delas Américas que tuvo gran acogida en el sur, al punto de hacerse dos categorías que iban de 12 a 15 años y de 16 a 20 en la que participaron más de 20 equipos. Los partidos eran emocionantes aunque con muchas dificultades para los jugadores, pues la cancha era de tierra con muchas piedrillas lo cual les provocaba grandes rasmillones, además de que la bola cogía un pique extraño por el terreno irregular.

Allí en esa cancha, se filmaron escenas de una película mexicana ecuatoriana: “El Derecho de los Pobres” rodada en gran parte del barrio y en el que actuaban varios pelados de zona, como mis compañeros de colegio Diego Baquerizo y Felipe Valencia, y otros de cursos menores como Jaime Chiriboga (+) y Carlos Espinoza, entre otros, que se codearon con grandes actores mexicanos, figuras de nuestro fútbol como el gran Alberto Spencer y personajes como Pablo Vela Córdova, el Rey de la Cantera y Lucho Gálvez, todos fallecidos  Luego urbanizaron esa manzana y empezó a ser habitada por varias familias. Pero el tiempo del solar vacío en el que muchos aprendieron a jugar y el recuerdo de haber sido locación de cine la convierte en inolvidable.

Y como ese lugar, barrio también eran: la discoteca Mao Mao que tenía las matinés de los sábados y domingos, a la que acudía la crema y nata de la zona, un lugar aniñadísimo, de lo mejor de Guayaquil, que luego se convirtió en la Hipopótamo, pero que dejó a un lado la característica de la disco anterior y se convirtió en un mini antro al cual en su gran mayoría asistían peladas de otros barrios, a los que llamábamos cobronas y en los que uno iba a revolar. De esas discotecas, había un personaje popular, del que pocos sabían su nombre y que era conocido por su apodo de «Fierro Viejo», al que todos lo vacilaban como “remón”, era un joven fornido, alto, de voz gruesa, lamparoso como él solo, llamado por muchos, «el insoportable rey de las mentiras». Personaje folklórico, pintoresco que conoció a todo el barrio. Para comer también estaba el restaurante “El Rincón del Centenario” ubicado en Francisco Segura y Dolores Sucre en la que se degustaban platos típicos y gourmets.

O los varios colegios que quedaban en mi juventud, ahora hay más, pero de ellos ya no escribo, por no ser parte de mis añoranzas. De los que sí puedo pegarles una “escribancia de cariño son mi colegio Cristóbal Colón que tiene un capítulo aparte, el Liceo Panamericano, situado en las calles Dolores Sucre y Nicolás Augusto González, en el que estudiaban varias de las mujeres más hermosas de Guayaquil, que eran tan bellas que hasta vestidas con su uniforme de vestido blanco y sin maquillaje se veían preciosas. Además estaban el Letras y Vida que inicialmente estaba en Nicolás Arguelles entre El Oro y Maracaibo y que luego pasó a una cuadra de mi casa en Rosa Borja y la D, uno de los tantos colegios que estudió mi hermana menor que tenía compañeras muy guapas, una de ellas no solo que me movía el piso sino que me causaba un terremoto más fuerte que el que azotó Esmeraldas y Manabí. Para mí, una de las mujeres más hermosas del barrio. Además cerca al barrio estaba el Notre Dame en el que también estuvo mi hermana y el Hispanoamericano. Y estaba también como centro de estudios La Berlitz, primero, Benedict después, que más allá de ser un punto de estudio, era un centro social, al que acudían muchos jóvenes del barrio que hacían amistad con las compañeras. Algunos romances salieron de allí.

Y si hemos hablado, de lugares inolvidable del barrio, barrio era también la casa de los Suárez (Manolo y Chobi), en el que se improvisó un cine porno, al que acudía medio barrio y medio Cristóbal Colón, pagando su entrada por su puesto y en que se dieron rienda suelta a las primeas curiosidades pornográficas de una infancia y adolescencia curiosa y adelantada. El cine murió cuando Doña Sonia, la madre de los amigos se enteró que lo que allí se exhibía no eran películas de vaqueros ni conciertos musicales.

La Olimpiada del Centenario

Al hablar del barrio del Centenario no se puede dejar de lado una parte histórica y mítica de esa querida zona: Su Olimpiada. La Olimpiada del Barrio del Centenario, nacida de la mente del ingenioso y entusiasta Julio Macchiavello, el “Loco”, fue lo máximo. Solo a Julio en sus 15 años de edad se le pudo ocurrir tan magno acontecimiento. Hubo cinco olimpiadas, una con mayor éxito que otro. Fue tan grande su boom, que la prensa cubría el evento e informaba periódicamente del desarrollo del torneo por lo que su ámbito traspasó las fronteras del barrio. Allá, fueron equipos aniñados de toda la ciudad. Del sur, estaban la Ciudadela Nueve de Octubre con la gente del Eloy Alfaro y la Favorita; y la zona de los Buitres de Maracaibo y Quito capitaneados por ese grande del fútbol profesional que fue Ricardo “Bocha” Armendáriz y el entonces melenudo Juan Cevallos, quien luego fuera compañero mío en el equipo de leyes en la Universidad Católica. Del Centro estaba la gente de Boca – Nueve y el Agostino, y del norte llegaron equipos de Urdesa, Miraflores, los Ceibos, la Bolivariana, Orellana, la Kenedy y del barrio salían más de 30 equipos.

Reseñas periodísticas señalan que la primera Olimpiada se inauguró el viernes 10 de agosto de 1973 con la participación de 21 equipos, terminando el viernes 25 de septiembre con una fiesta amenizada por el grupo musical de Roberto Viera. La nota publicada en diario El Universo, reseña que en la ceremonia inaugural, tras el desfile de los equipos con sus respectivas madrinas, hubo diversos actos como las palabras de inauguración del entonces concejal de Guayaquil, el periodista Otón Chávez Pazmiño, el juramento deportivo a cargo del ex basquetbolista de la selección nacional, Omar Quintana Baquerizo; el paseo de la tea olímpica por otro seleccionado ecuatoriano de baloncesto, Ricardo Patiño Aroca y la elección del equipo mejor uniformado que fueron: Alerto Kilowatio en la categoría Senior y Subaru Jr. en la división Junior y de  las madrinas del torneo, que fueron María Hidalgo del equipo Copesa en los mayores y Ana Cecilia Alvarado de Jalisco en los menores. Mi zona, el Ringo cuya madrina fue Cecilia “Titi” Trujillo, cumplió gran papel en el torneo, llegando siempre a las etapas semifinales en varias disciplinas.

Las Olimpiadas, eran una bacanidad, todo un acontecimiento social y deportivo. Full farándula en medio de sana competencia atlética. En el patio y el coliseo del colegio Cristóbal Colón, se jugaban varias disciplinas: fútbol, indor, básquet, vóley, ping pong, tenis, ajedrez y en las calles del barrio se competía en las disciplinas de ciclismo, motociclismo y hasta karting. En la inauguración se hacía una “maratón” (maratón de nombre porque solo se corría cinco kilómetros). Se jugaba en varias categorías según la edad y el sexo. Ahí jugábamos hombres y mujeres de diferentes edades. Había equipos clásicos como Canchita, River, La Banda, Oriente, Sun Set, El Ringo y otros que en su mayoría llevaba nombres comerciales por las firmas que los auspiciaban.

Ya en su ámbito farandulero, la fiesta de clausura era un magno acontecimiento social. Muchos romances se forjaron allí, muchas amistades se hicieron entrañables, mucha algarabía y gratos recuerdos. La cancha y el coliseo se abarrotaba cada noche. Era una locura. Cuanto se añora esos momentos. Gracias Julio.

Capítulo aparte dentro de esas Olimpiadas era el personal femenino, como las jugadoras de los distintos equipos,  las madrinas de los mismos y las que asistían como hinchas a hacer barra. Era un desfile de bellezas. Las mujeres más bellas de Guayaquil, ahí para deleitar las miradas y hacer palpitar los corazones. El barrio en lo deportivo, estaba representado por los equipos de la zona, como el de las chicas del Inca que tenían nombres de las empresas que las auspiciaban como Culligan, National Tours, entre otros. Gioconda Proaño con las hermanas Machiavelo (Gianna y Sabina), hermanas del organizador, armaban sus cuadros con sus compañeras de la Asunción,  mientras su vecina Cinthia Lingen, traía el equipo de sus compañeras del María Auxiliadora, en el además  estaban las hermanas Serrano (Cecilia y María del Rosario), dos de las mujeres más bellas que he visto en mi vida. Además había equipos de otros barrios o colegios como el Liceo Panamericano, Sagrados Corazones, las Mercedarias, La Asunción, Sagrados Corazones, que también enviaban a sus deportistas a una sana competencia. Y los uniformes de ellas, eran de lo más femenino y sensual, con camisetas deportivas, muchas sin mangas porque jugaban básquet y vóley y unas pequeñas falditas shorts que permitían bien el contorno de piernas bien formadas. Tan impresionante era el toque femenino que las crónicas que el diario publicaba sobre el torneo, más allá de ilustrar con equipos o jugadas, lo hacía con fotos de las madrinas que se robaban las miradas y arrancaban suspiros.

Entre las madrinas o reinas de la Olimpiada, cuyos nombres fueron publicados por la prensa y extraídos de allí para esta nota: estaban las hermosísimas hermanas Paulson, Elena, Silvia e Inés, las Baquerizo: Fernanda, Patricia, Victoria y Paula, las Trujillo: María Amada, Gin, Cecilia «Titi» y María Emilia «Mila», las Ramírez: Leticia y Soledad, las Macchiavello: Paola y Sabrina, las Serrano: Cecilia y María Del Rosario, Gloria Arcentales, Lee Stagg, Bechi Tulín, María Hidalgo, Norka Intriago, Priscila Henríquez, Isabel Wagner, Maritza Valarezo, Maritza y Mitzi Constantine, Gioconda Proaño, Maritza Pereira, Carlota Camacho, Noel Stevens, Fanny Paredes, Lourdes Velásquez, Alexandra Lingen, María Elena Icaza, María del Pilar Sánchez, Roxana Carrión, Roxana Fiore, Bechi Tulín, Becky Trujillo, Jenny Chávez, Maggy Avellán, Pierina Segale, Jenny Ruiz, María Luis Buraye, Balbina «Balbi» Eschke, Lucy Carrión, Gigi Leone, María Verónica López, Ileana Icaza, Susana Trujillo, Tatiana Koeile, Daysi Campuzano, Patricia Meneses, Johanna Olsen, Gloria Granja, Amparo Roca, María Eugenia Franco, Poly Granja, Martha García, Carla Machiavello, Martha Ayala, Gina Torres, Franchesca Abad, Silvia Pontón, María de los Ángeles Mayorga, María de Lourdes Alcívar, Lupe Subía, Yolanda «Yoli» Robles, Ángela Falquez, Cecilia Aspiazu, Ana Cecilia Alvarado y Gisella Valverde (+), para mí, la mujer más bella del barrio y una de las mejores de la ciudad. Buena persona, lujo de mujer, que nos dejó para siempre pero queda su recuerdo.

Otras actividades barriales

El barrio no solo era deporte, también había música y de la buena. Cada gallada tenía su grupo o su guitarrista oficial. En la segunda generación del Ringo, los músicos eran los guitarristas Mario Bruno y el Negro Henry Simisterra, “Guzigú”, que en paz descanse, que incluso sacó un disco sencillo de 45 revoluciones. El gajo de Amarilis Fuentes, también tenía un conjunto denominado Imagen en el que tocaban, Lucho Montevideo, Abel López y “Yogo” Espinoza  en las guitarras. Enrique Mármol en el bajo y Renatto Dongiglio en la batería. La zona central del Centenario, también hacía música con la guitarra de Carlos Santos, hermano de mi pana “Mango”, las guitarras de Pablo Rueda y Galo Reyes, la percusión de Lucho Vélez, la batería de Benito Otatti y Camilo Nevárez como vocalista. No sería el único grupo barrial de Camilo y Benito, pues además conformaban otro, con sus compañeros cristobalinos de aula, como los guitarristas, Rodolfo Farfán y Carlos Balseca. Ese grupo también sacó un sencillo que hizo roncha en el ámbito colegial y que contenía en su lado principal las canción “Vuelve a mi casa” del grupo español Fórmula V.  El colegio también tenía otro grupo barrial en el que también tocaba Rodolfo del grupo de Benito. Junto a él estaban Oswaldo Abbedrabo y Javier Cajas en la guitarra, Ecuador Santacruz en los teclados, Alfredo Antón en la batería y el vocalista, mi tío Ramiro Cazar, que participaron con éxito en un concurso colegial.  Julián Roca que le hacía a la batería y Julio y Pepe Álvarez qué le hacían a la guitarra y el canto, también tenían sus grupos y  andaban rodando por varias bandas para poder tocar.

Mi broder Freddy Soria también tenía su grupo, él, que le hacía a la batería, se juntaba con su hermano Joffre y Luis Ortega en la guitarra y yo a veces solía hacer el ridículo, pues Freddy me daba chance a corear haciendo los falsetes, aprovechando que yo tenía voz fina. Y en verdad eran falsetes, pero por lo falso, porque yo para el canto soy tan “bueno” como para las matemáticas. Y del gajo de la zona de la calle Oriente, también había música con el “Pelón” Denis Mancero y su grupo roquero Blaze en el que tocaba la batería mi primo, Javier Abarca y que además estaban Juan Carlos Alza, Manolo Castro y cantaba John Eric. Ángel Duarte también tenía su grupo Drama, por el que pasaron Abel López en la voz, los hermanos Franco y Xavier Cañizares en la guitarra, Virgilio Avilés y Pepe Tapia en la batería y José Luis Gambarroti en los coros. Y por el barrio también caía “Ñañón” Jurado (Julio César), con su inseparable amigo Paco Cánepa para hacer música de América, Eagles, Chicago y ese tiro. Y habían los guitarristas innatos que en cualquier esquina solían tocar y poner un toque de bohemia a las tertulias nocturnas como Ricardo Patiño, que alguna vez tocó afuera del minimarket A & C, el bajista Fabricio Rodríguez, hermano menor de mi yunta Miguel, los hermanos Vera, el Patucho” y Leonardo que tocaban para la gente del cangrejal de los Cordero, en la calle Arguelles y Oriente en la esquina de la casa de dicha  familia. Y si de concertistas se trataba, estaba el organista Reinaldo Cañizares, ya fallecido. Había música y grupos para todos los gustos.

El momento de la fe

Y así como hemos transitado por los callejones de la nostalgia y escribir de lugares divertidos no podemos olvidar que más allá de la chacota, está la espiritualidad. Así, el barrio también era devoción y el templo era y es la iglesia María Auxiliadora, situada entre las calles Rosa Borja y Domingo Comín, con intersecciones entre el Callejón Daule, a la que acudían y acuden las familias a rezar, a encomendarse al creador, a vivir su propia fe. Iglesia en la que los cristobalinos escuchamos centenares de misas. Iglesia en la que muchos del barrio, se bautizaron, se confirmaron, hicieron la primera comunión y se casaron. La iglesia es parte fundamental del barrio.

Y en esa onda de espiritualidad y devoción, se recuerda a las posadas navideñas, que se realizaban en varias casas del barrio. La memoria de mi gran amiga de infancia Gioconda Proaño, hermana de mi compañero de colegio, el “Negro” Roberto y hoy esposa de otro gran amigo, Galo Larriva, rememora aquellos momentos, cuando la señora Lidia de Abad, madre de mis dos buenos amigos, Germán “Pocho” y Juan, organizaba estas novenas llenas de espiritualidad y fe. “Yoco” recuerda que cuando tenía 11 años, con sus hermanos Roberto y Fernando y la gallada de éste, visitaban las casas más “aniñadas” del sector como las de las familias Briz, Antón, Gómez de los padres de mi pana y compañero de aventuras, Ricardo, para, al ritmo de la guitarra de Carlos Santos cantar villancicos y rezar las oraciones propias de la época. Época de muchas actividades de diversa índole, que dejaron huellas en cada uno de quienes hicimos el barrio Centenario y cuyos recuerdos quedan perennes en la memoria.

Historias Inolvidables

Y el barrio también tiene sus historias. Sus anécdotas. Una de ellas una clásica y “recordadísima” pelea que se dio allá por 1976 entre la gente del Inca y del Ringo. La pelea recorrió varias calles. ¿El motivo? No recuerdo o quizá hasta no lo hubo. Alguna fricción entre ambos grupos debió haber, que terminó con un citatorio para un battle royal en un día acordado. El Ringo no era de puñete, allí se amaba la joda y la paz, el Inca si era trobero, pero si nos buscaban, nos encontraron.  Ellos (El Inca) tenían como carta brava al boxeador peso mosca José “Karate” Loor, (nombrado líneas arriba), importado del camal y a Galo Larriva, puñetes de los bravos. Nosotros teníamos a los hermanos Farra, Iván y Eduardo también boxeador y de mayor peso que “Karate” y a “Dorian” Rodríguez (Vicente); pero el Nariz y su hermano Tobi no estaban ese día, así que tuvimos que “contratar” como refuerzo a un puñete bravo del centro, de la zona del Bongo, a mi compañero de colegio Jorge Gavilanes, quien le hizo un peléon a Karate y que hizo respetar nuestra zona. Ahí se dieron. Ahí nos dimos, porque ninguna zona salió ganando.

La pelea que como contaba arriba recorrió varias cuadras y tuvo varios contendores, se inició en Maracaibo y Arguelles en la esquina de la Benedict por entonces Berlitz, con la que protagonizamos el “Mono” Kusijanovic y yo, que hoy somos grandes amigos. Ahí nos dimos. Luego cuadras más abajo se dieron duro Pepe Linch, hoy un prestigioso disckjokey de Guayaquil, uno de los mejores y Walter Méndez. Fue la única pelea que tuvo ganador, porque las otras fueron parejas. Ganó Pepe que boxeó por el Ringo. En el mismo Ringo, se dieron luego el “Chino” Armijos (Oscar) por nosotros y “Juanelo” Baquerizo (Juan) por ellos. Fue una buena pelea, se dieron ambos. Pelea caballerosa de darse de puñetes y terminar dándose las manos. Empate. Y el plato fuerte, el esperado, la pelea de la jornada, como quedó dicho arriba la protagonizaron Karate y Gavilanes. Se dio en plena Arguelles y Oriente, afuera de lo que era el supermercado Más por Menos. Fue un combate épico de varios rounds. Unos los ganaba Jorge, otros el “Patucho”. Se dieron durísimo. Pelea callejera de puñete y patadas, pero altamente técnica.  Gavilanes era mucho más alto, pero Karate era bravo y boxeaba perfecto. Se sacaron la chucha, como debe decirse en términos barriales boxísticos. De otro modo no hay descripción más certera que esa. Empate. Al final como broche de oro, apareció “Matute” Henríquez, un viejo ringuero de la segunda generación, para pelear con Gavilanes, en cobro de una venganza, pues Jorge le había pegado a su hermano Carlos, días antes en una fiesta. Fue una pelea desigual pues Gavilanes ya estaba extenuado.

Al final de la pelea, como solía suceder en esa época de caballeros, nos dábamos las manos y seguíamos de amigos o en el peor de los casos de conocidos. Ese día el Ringo se hizo respetar y los del Inca aprendieron que con nosotros era mejor no meterse.

Vida de barrio. Centenario. Zona de anécdotas, vivencias, experiencias, alegrías, penas, triunfos derrotas y muchas sensaciones que tuvieron como testigo al barrio que crecimos, al que queremos y al que jamás olvidaremos.

 

 

 

 

 

 

 

 


La foto de apertura corresponde al antiguo hipódromo de Guayaquil en el Barrio del Astillero, inaugurado en 1888. Como se puede apreciar aun se notan las huellas del óvalo de la pista. El hipódromo colindaba con el que después fue el barrio del Centenario (Contribución del historiador y periodista Ricardo Vasconcellos Rosado)

1930. Infografía. Barrio del Centenario, vista aérea. (Foto: Archivo Julio Estrada Ycaza. GUAYAQUIL DE AYER. 1984 BCE).  #GYEInfografia#guayaquil2020. (Contribución Arq. Pedro Gambarrotti).

La Infografía que muestra algunos lugares tradicionales del barrio en los años 30, es cortesía del Dr. Fernando Mancero Coloma.

 

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

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