COCAÍNA DE LUJO

Sobre la barra de caoba hay un montón de cocaína. Es difícil saber cuánta. Quizás ocho o diez gramos. Suena música de los ochenta. Rock suave de Queen, Pink Floyd; aunque de vez en cuando, las chicas se apoderan de la computadora y ponen algo de Madonna. Ni siquiera se inmutan al repetir Like a virgen, Material girl o La isla bonita. Solo bailan con los vasos llenos de whisky en sus manos, ríen y un par de veces se bajan las blusas para mostrar las tetas; gozan con alegre indiferencia y despreocupación. Nadie tiene ni un pequeño gesto de tensión. Nada. Todo marcha como debiera porque esta noche el bar está cerrado para los extraños. No hay atención al público. Todo es privado. Un lujo para cinco personas: tres hombres y dos mujeres.

Los cinco están felices, eufóricos, locuaces. Hablan a los gritos y mastican chicle para aflojar las mandíbulas. Cada funda de cocaína costó 20 dólares. Para aquellos lectores zanahorias, la cocaína se vende de manera ilegal en forma de un polvo blanco, fino y cristalino, nunca se consigue 100% pura; entre más alta su pureza, mayor es la posibilidad de morir de una sobredosis. También se puede inyectar, pero hoy no hablaremos de esa opción. El pusher (vendedor) es un tipo común. Un padre de familia que se rebusca la vida vendiendo un buen, en ocasiones, excelente producto. No le gusta quedar mal, tampoco negociar, ni que la gente regatee por su mercancía. Es serio y directo. Habla poco. No participa de la fiesta. Entrega el material y se va. La disciplina es su principal virtud. A las nueve de la noche se desconecta. No existe manera de localizarlo. Entonces hay que ser provisor. Comprar un poco más, por si acaso la parranda dure hasta el amanecer. Tener de a bastante, como dicen algunos. Porque la buena, incluso la mala cocaína, nunca está demás. Es como una ley de Murphy: cuando más intensas y mejores se ponen las cosas: el producto desaparece. En la canción Carne pa’ la picadora, el grupo vasco La Polla Records dice: “La culpable de mi ruina es la sociedad, que cuando mejor estoy se acaba el material”. Esa frase podría ser un himno de multitudes.

El pusher dice que el precio depende de la calidad. Hay vendedores que no respetan al cliente y le venden cualquier güevada. ¿Qué se puede conseguir por una funda de 5 dólares? Cualquier cosa, porquería, de eso no hay duda. Ya que entre más bajo es el precio de la fundida, menos porcentaje de cocaína contiene. Dice que hay manes que le compran a él y luego rebajan la droga agregándole maicena o talco o cualquier otra basura. Los más hijueputas le ponen cal o raspan las paredes y fabrican una mezcla de terror. Él no es así. Él da el peso justo y cuida todos los detalles. Es un individuo fino y delicado que no deja nada al azar. Cuidadoso. No cree en la suerte, cree en el trabajo. Aunque algunos consideran que su producto se ha convertido en un lujo, él justifica el precio desde la presentación: un ziploc. Además, entrega en el tiempo convenido, a veces se manda un promoción: pague tres y lleve cuatro. En Navidad y Fin de Año se pone generoso y siempre regala algo; por unos pocos días se transforma el Papa Noel de la cocaína.

Algunos detalles para tener en cuenta: el kilo a veces le sale en 5.000 dólares, en otras ocasiones le cuesta más; sobre todo cuando la Policía hace redadas y la cocaína se pone escasa. Tiene excelentes contactos y proveedores, gente de la high, alta sociedad. De vez en cuando le llega material de Bolivia o Perú: algo que se conoce como la Caspa de Atahualpa o de Huayna Capac. Vaya, eso es un delicia, una ricura, dice que no exagera. En el negocio ha visto de todo: hombres, varones que le quieren entregar el culo por un poco de cocaína, mujeres que hacen cualquier locura: cosas que no te puedes imaginar por una cuantas líneas. Así es el business: una montaña rusa de emociones interminables donde se arriesga la vida. El futuro es ahora.

El trabajo es duro y de alto riesgo. Valga el lugar común para dejar claro que en esto se vive en constante zozobra. Al borde. Con stress permanente. En eterna sospecha. El pusher deja colgada una frase: siempre pilas, mosca, cañón. Después afloja una sonrisa para aliviar la tensión de la charla.

No puede dar todos los detalles de la industria, incluso no entiende cómo y por qué se dejó convencer para esta crónica. Sin embargo, arriesga algunos datos, porque aunque yo no lo crea, hace tiempo quiere contar su historia. No importan las razones. Nunca se sabe, el final te puede alcanzar en cualquier momento. Entiende que todo en su oficio es peligroso. Hablar es un lujo. A veces le llega una roca (cocaína solida y cristalizada), ahí empieza la aventura de buscar un sitio para cortarla, ya que en donde vive no se puede hacer: Nunca hay que foquear el hogar, es un regla importante. Si tiene suerte, algún pana que vive solo le acolita una casa o departamento, para esos amigos la recompensa es buena: un pedazo de roca. Después que se raspa, generalmente con una hoja de afeitar o gillete, viene lo más complicado: mezclar el raspado con… ¿quizás maicena? ¿talco? ¿azúcar? Es un secreto. ¿Puede ser bicarbonato de sodio? ¿Ritalin, la famosa cocaína para niños? Nada asegura. No quiere contestar. Ríe como si estuviera metido en una película mediocre. Recuerda que hay cosas que nunca se deben decir. Quizás otro día, cuando todos estemos a salvo. Él sabe que ese día no existe. ¿Entonces? Siempre pilas, mosca, cañón. La fiesta acaba de empezar.

Francisco Santana

Acerca de Aurelio Paredes

Periodista de Profesión (Licenciado en Comunicación Social, graduado en la Universidad de Guayaquil), ecuatoriano de nacimiento, 59 años de edad y 37 años de experiencia. Empezó en 1982 como reportero radial y escaló posiciones hasta llegar a ser Editor de Deportes de Diario El Universo de Guayaquil, considerado el matutino de mayor circulación en Ecuador; Director de Revista Estadio (Deportiva) y Editor de Revista Vistazo (Política y Actualidad); presentador de televisión en varios programas deportivos; columnista de deportes y páginas humorísticas bajo el seudónimo de Delado; y guionista empírico en algunos programas de la televisión ecuatoriana. En la función pública fue Director de Comunicación de la Procuraduría General del Estado y en la empresa privada, Director de la Federación Deportiva Nacional del Ecuador.

Check Also

SIEMPRE HAY UN LUGAR PARA EL ENCEBOLLADO NOCTURNO

La última canción que sonó aquella noche del jueves fue Plato de segunda mesa. Héctor …